MORENO, MANUEL (1790-1857)

Patriota, periodista, legislador, diplomático. Nació en Buenos Aires; hermano menor de Mariano Moreno, que fuera Secretario de la Primera Junta de Gobierno Patrio. Asistió al Colegio de San Carlos. En 1806 participó en la defensa de Buenos Aires contra los ingleses  y luego de la Reconquista, acompañó al virrey marqués Rafael de Sobremonte cuando éste, se trasladó a Montevideo para hacerse cargo de la defensa de esa plaza. Allí, el virrey le otorgó el grado de subteniente de las milicias urbanas de la plaza.

El 12 de enero. de 1807 el Cabildo de Buenos Aires convalidó ese grado otorgándole empleo militar, que a solicitud suya, el 16 de abril del mismo mes, le fue canjeado por el de Subteniente de la tercera compañía del tercer batallón del Regimiento de Patricios, con la aprobación del Comandante General de Armas, Santiago de Liniers.

Cuando se produjo la Revolución de Mayo de 1810, se alistó en las fuerzas que apoyaron con las armas los principios que derivaron en ese movimiento por la libertad. En enero de 1811, en calidad de su Secretario,  acompañó a su hermano, el doctor Mariano Moreno, en el viaje que éste emprendió, en misión diplomática, a Brasil y luego a Londres y cuando este ilustre patricio falleció, fue quien tuvo el penoso deber de disponer su sepultura en el mar.

Continuó viaje hacia Inglaterra y allí permaneció hasta que dio fin a su obra “Vida y memorias de Mariano Moreno”, publicada en Londres en 1812 .  De regreso a Buenos Aires tuvo activa participación en el grupo patriótico y fue designado secretario del Segundo Triunvirato (1812) y enviado a Montevideo después de la caída de esta plaza en 1814 para organizar su nueva administración

Asumiendo un papel activo en su carácter de periodista, él y Pazos Kanki fueron los únicos que defendieron el republicanismo desde la prensa durante las discusiones (1816) para determinar qué forma debería asumir el gobierno patrio ahora que la independencia había sido declarada. Moreno colaboró con otros radicales en La Crónica Argentina expresando violentas criticas al gobierno del directorio de Pueyrredón.

En 1817 Moreno fue exiliado junto con sus colegas; embarcó a los Estados Unidos y pasó allí los años siguientes propagando entre los norteamericanos sus críticas al gobierno de Pueyrredón, y estudiando medicina en Baltimore (se graduó de médico pero nunca ejerció la profesión). A su regreso a Buenos Aires en 1821, actuó de inmediato en la vida pública; Como miembro de la legislatura de Buenos Aires, (1821-1826), fue uno de los pocos que defendió el federalismo contra las prevalecientes ideas unitarias de la época.

Como editor de La Abeja, publicada por la Sociedad Patriótica Literaria de la que era miembro, se opuso a la federalización de Buenos Aires, propugnada por Rivadavia, y defendió la autonomía provincial; en 1822 fue director de la Biblioteca Pública fundada por Mariano Moreno y designado primer profesor de química de la Universidad de Buenos Aires (18221828) fue miembro de la Academia de Medicina y colaborador de su publicación.

En 1827 desempeñó el cargo de ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores en la administración de Manuel Dorrego; enviado como ministro de la Argentina ante Inglaterra en 1828, permaneció allí aproximadamente siete años, distinguiéndose, en 1833, por la publicación, en inglés y en español, de una clara y detallada defensa de las reclamaciones legales argentinas por la soberanía sobre las Islas Malvinas (q.v.) en el momento de producirse su ocupación por los británicos; transferido a los Estados Unidos, más tarde fue designado nuevamente en su cargo en Londres.

En 1853 regresó a Buenos Aires y se retiró de la función pública falleció allí cuatro años después, el 28 de diciembre de 1857. Entre sus más importantes obras se cuentan la biografía de su hermano, ya aludido y “Arengas en el foro y escritos del doctor Mariano Moreno”, (Londres, 1836).

De la obra mencionada transcribimos algunos pasajes referentes a la muerte del doctor Mariano Moreno: “Desde antes de embarcarse, la salud del doctor Moreno se hallaba grandemente injuriada por la incesante fatiga en los asuntos políticos. Los últimos disgustos abatieron considerablemente su es­píritu y la idea de la ingra­titud se presentaba de continuo a su imaginación, con una fuerza que no podía me­nos de perjudicar su consti­tución física. En vano era que la reflexión ocurría a ali­viar las fuertes impresiones causadas en su honor por el ataque injusto de las pasio­nes vergonzosas de sus con­trarios. La extrema sensibi­lidad le hacía insoportable la más pequeña sombra de la irregularidad absurda que se atribuía oscuramente a sus operaciones.”. “El doctor Moreno vio venir su muerte con la serenidad de Sócrates. Ya a los princi­pios de la navegación, le pro­nosticó su corazón este te­rrible lance. No sé qué cosa funesta se me anuncia en mi viaje –nos decía con una seguridad que nos consterna­ba. No pudiendo proporcio­narse a sus padecimientos ninguno de los remedios del arte, ya no nos quedaba otra esperanza de conservar sus preciosos días, que en la prontitud de la navegación; mas por desgracia tuvimos ésta extraordinariamente mo­rosa, y todas las instancias hechas al capitán para que arribase al Janeiro o al Cabo de Buena Esperanza, no fue­ron escuchadas “Después de esto, el doctor Moreno se entregó tranqui­lamente a su duro destino. A las cuidadosas atenciones que le pagaba nuestra amis­tad y respeto, correspondía con una suavidad admirable, pero con el triste desenga­ño de que serían sin efecto. En el momento en que es­cribo estas líneas, todavía las lágrimas que corren de mis ojos vienen a perturbar mi razón; igual tributo pagarán a la memoria de este reco­mendable ciudadano todos aquellos que están animados de los deseos de la libertad de América. “Su último accidente fue pre­cipitado por la administración de un remedio que el capi­tán de la embarcación le su­ministró imprudentemente y sin nuestro conocimiento. “A esto siguió una terrible convulsión, que apenas le dio tiempo para despedirse de su patria, de su familia y de sus amigos, Aunque quisimos estorbarlo desamparó su ca­ma ya en este estado, y con visos de mucha agitación, acostado sobre el piso sólo de la cámara, se esforzó en hacernos una exhortación ad­mirable de nuestros deberes en el país en que íbamos a entrar, y nos dio instruccio­nes del modo que debíamos cumplir los encargos de la comisión, en su falta. Pidió perdón a sus amigos y ene­migos de todas sus faltas; llamó al capitán y le reco­mendó nuestras personas; a mí en particular me recomen­dó, con el más vivo encare­cimiento, el cuidado de su esposa inocente –con este dictado la llamó muchas ve­ces. El último concepto que pudo producir, fueron las si­guientes palabras: ¡Viva mi patria aunque yo perezca! Ya no pudo articular más “Tres días estuvo en esta si­tuación lamentable: murió el 4 de marzo de 1811, al ama­necer, a los veinte y ocho grados y siete minutos sur de la línea, en los 32 años, 6 meses y un día de su edad. “Su cuerpo fue puesto en el mar, a las cinco de aquella misma tarde, después de ha­berle tributado las demostra­ciones compatibles con nues­tra situación. “La bandera inglesa, a media asta, y las descargas de fu­silería anunciaron a las otras fragatas del convoy la des­gracia sucedida en la nues­tra, y el cadáver estuvo ex­puesto todo aquel día sobre la cubierta, envuelto también en la bandera inglesa.”

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