EL ESCUADRÓN INMOLADO (13/09/1855)

Hacia 1855 en los campos de un tal JOSÉ G. DE IRAOLA ubicado en el actual cuartel 7º del Partido de Benito Juárez en la Provincia de Buenos Aires, se hallaba un cantón militar. Era el llamado “Cantón San Antonio” y estaba guarnecido con 150 hombres al mando del Capitán GONZÁLEZ, con la misión de cubrir la frontera de Tandil.

Fotos Viejas de Mar del Plata: COMANDANTE NICANOR OTAMENDI

En los primeros días de setiembre de ese año, fuerzas de CALFUCURÁ invadieron las estancias próximas al Cantón de San Antonio, cuyo jefe hostilizado por fuerzas superiores, solicitó urgente ayuda a Tandil. El Coronel EMILIO MITRE a cargo de la Frontera Sud le informa lo sucedido al Ministro de Guerra de la Nación, el Coronel BARTOLOMÉ MITRE, quien, habiendo previsto ya con anterioridad estos ataques, había dispuesto que el Comandante NICANOR OTAMEDI (imagen), al mando de una fuerza compuesta de 80 hombres de su Escuadrón y 50 Húsares al mando del Capitán CAYETANO RAMOS, marchara hacia San Antonio de Iraola.

El 11 de setiembre OTAMENDI y su tropa llegan al Cantón que ya había sido abandonado por su antigua guarnición y allí se instalan. Mientras tanto, los aborígenes, muy a retaguardia, merodeando los bañados de El Perdido, recorren los campos buscando señales que les indiquen la llegada de refuerzos a “los cristianos”. OTAMENDI los oye en sus furtivos desplazamientos y aguarda expectante. El rumor es cada vez más audible, a medida que se va concentrando la indiada y al caer la noche del 12 de setiembre de 1855, el negro poncho de la noche pampa, parece como estremecido por el hálito siniestro de la tragedia que se aproxima.

Cuando amanece el 13 de setiembre, comienza a colorear los campos del oriente, una fuerza de más de dos mil aborígenes rodeando el corral de palo a pique donde OTAMENDI y sus hombres han tomado posición, encerrándose en él, junto con sus caballos. Un guerrero enviado por YANQUETRUZ se acerca a la empalizada y pide «un parlamento». OTAMENDI escucha indignado la propuesta que se le hace para que se rinda y ordena estaquear al emisario como toda respuesta.

De pronto, una gritería horrible atruena los aires y quiebra brutamente la paz de la llanura. Los nobles caballos patrios, enloquecidos de terror, remolinean por el corral pisoteando a los hombres de OTAMENDI. Afuera, los indios han echado pie a tierra y precedidos por nutrida pedrea, avanzan a la carrera hasta tocar la empalizada.

Meneando bala se defiende la tropa, pero el desorden de la caballada es cada vez mayor dentro del corral, obstaculizando la defensa y mermando sus posibilidades. De pronto, un potrillo y luego otro y otro más, dan paso a la horda salvaje, ebria de furor por las bajas hasta entonces sufridas. OTAMENDI, entero y sereno, se multiplica tratando de sostener una resistencia desesperada. Indios y cristianos, cuerpo a cuerpo se acuchillan sin cuartel. Los soldados, vendiendo caras sus vidas humildes y heroicas. Los pampas, seguros de la victoria que les da su número abrumador.

Ya lanceado, aturdido a golpes de bola, el joven y valeroso Comandante se está muriendo junto a la puerta que ha defendido hasta su último aliento. Cuando cae por fin, su segundo, el Capitán RAMOS asume el mando y con un grupo de sus hombres se abre paso y pelea fuera del corral hasta quedar él también tendido cribado su cuerpo por múltiples lanzazos.

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Rápidamente la defensa se deshilvana como las brasas de un fogón; una a una se van apagando las vidas de aquellos valientes defensores. A chuza, facón, sable y bolla de piedra, pampas y cristianos han ventilado una ve más, el pleito de sangre y de muerte que los enfrenta desde los tiempos primeros de la conquista.

Solo cuando el escuadrón entero yace cadáver, cesa la lucha. Pero falta aún el corolario de esta tragedia. No bastan al salvaje el degüello o la mutilación de los vencidos. Aún resta el despojo que desnuda de sus pobres ropa al milico inmolado. Y esos trapos tibios todavía del coraje y la sangre noble que cubrieron, darán testimonio allá, en la lejana toldería, de la guapeza indómita de los señores de las pampas (ver “Batalla de San Antonio de Iraola”).

El gobierno de la provincia de Buenos Aires, presidido por el Dr. PASTOR OBLIGADO honró la memoria de los caídos en San Antonio de Iraola, declarándolos “beneméritos entre sus hijos” y le envió sus condolencias al padre del Teniente Coronel Otamendi, el diputado JOSÉ M. OTAMENDI, que, el 26 de septiembre, agradeció diciendo: “Si alguna cosa en la tierra-pueda dar un consuelo al corazón de un padre que ha perdido un hijo en la flor de su edad y lleno de esperanzas es, sin duda, la honrosa carta que he recibido de V.E. Lloro, excelentísimo señor, porque no puedo menos que llorar la pérdida de mi hijo Nicanor; pero tengo, al mismo tiempo, la satisfacción de que él ha cumplido hasta el último momento de su existencia, con honor y valentía, los deberes que para con la Patria le imponía su posición”.

Aquellos tiempos se fueron y los sufrimientos y hazañas de los argentinos viejos se han ido olvidando. Esperemos que llegue el día que en las Escuelas argentinas, nuestros hijos, escuchen historias como las aquí narradas, tomen ejemplo de quienes fueron nuestros antepasados y luchen por mantener vigentes los valores morales y éticos, el tesón, el coraje y el amor a la Patria que los erigió en un ejemplo, no ya con las armas que sus circunstancias le impusieron empuñar, pero si con la entereza, el valor, la honestidad que le son propias a una sociedad que merezca el respeto y la consideración del mundo que la alberga.

Confeccionado con material extraído de un texto de Carlos Settel publicado en los “Anales del Instituto de Historia Militar Argentina, Buenos Aires, 1997).

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