BAGUALES Y CIMARRONES, CAUSANTES INOCENTES DE UNA GUERRA (1820)

En 1541, por orden de MARTÍNEZ DE IRALA fue despoblado el puerto de Santa María del Buen Ayre y sus pobladores enviados a Asunción. Quedaron abandonadas entonces las ruinas de aquellas instalaciones que misteriosa y equivocada-mente, pasaron a ser para nuestra Historia, la “primera Buenos Aires” (ver La primera fundación de Buenos Aires, es un mito?).

Los caballos y yeguas que aún quedaban, habiéndose salvado de la matanza, que la hambruna que invadió el poblado les tenía reservado, huyeron y se dispersaron por las praderas, aprendieron a sortear los peligros, se acostumbraron al medio y se reprodujeron en grandes cantidades. Eran tantos, que en 1580 Garay, “concedió estos potros en propiedad”, a quienes lo acompañaron en su jornada fundadora.

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Los yeguarizos silvestres, que los españoles llamaban potros y los indios baguales (1), habían hecho posible la supervivencia de los pobladores de Buenos Aires en el inhóspito Río de la Plata de aquellos años. Con su carne dulzona pudieron reemplazar a los todavía ausentes vacunos y ovinos y alejaban el fantasma de la hambruna, compañera inseparable de quienes habitaron las márgenes del estuario. Además daban sebo y crines que podían comerciarse con grandes ganancia (el cuero no contaba todavía), y eran aptos para servir de transporte o como arma militar.

El 16 de octubre de 1589 el Cabildo de Buenos Aires confirmó el derecho de los pobladores a invocar la “Orden de los Mercedarios”, mediante la cual se le otorgaba al rey, la propiedad de los animales “mostrencos” (2) para servir a la redención de cautivos (decisión que fue ratificada por el Consejo de Indias en 1591.

La propiedad exclusiva de los potros fue desdeñada por los vecinos cuando hacia 1606 comenzaron a aparecer en las praderas, grandes cantidades de vacunos cimarrones (3), que ofrecían muchísimas más ventajas que los potros. Nadie saldrá a partir de entonces a cazar y a matar caballos pudiendo cazar y matar vacas, pero así fue que nació una costumbre que se llamó “la cacería libre de colas”.

Un derecho que se le otorgó, sin sancionar ninguna ley ni reglamentación que lo acotara, mediante el cual, cualquier habitante de Buenos Aires, fuera vecino o no, podía adueñarse del potro que enlazaba y tenía derecho a tusarlo para quedarse con sus crines.

El ganado yeguarizo silvestre, se extendió así libre y sin peligro por la pampa, llegando a formar inmensas manadas que despertaron la codicia de los aborígenes araucanos, que comenzaron a cruzar la cordillera para cazarlos.

El caballo se transformó en la base de su economía: con sus cueros hicieron toldos, botas, delantales y tientos; su carne dulce les servía de alimento y la leche de las yeguas alimentaba a sus niños. Se hicieron consumados jinetes y nadie igualaba su pericia en “la doma de abajo” (sin jinetear), una técnica que requería mayor paciencia pero hacia más dóciles a los animales.

El caballo fue además, su medio de transporte, pero por sobre todo, un formidable aporte para sus tácticas guerreras, algo que le fue muy útil para confrontar a los españoles primero y a los “huincas” que vinieron luego, durante las campañas al desierto.

Su mayor belicosidad y destrezas los hizo dueños de la Patagonia. Doblegaron y “araucanizaron” a las tribus originarias y se lanzaron a una guerra que duró más de 100 años y cuyos herederos aún continúan.

En un principio no chocaron con los españoles: la pampa era inmensa y había de todo para todos. Los aborígenes preferían los caballos y los españoles las vacas; los aborígenes tenían sus diferencias tribales y los españoles estaban ocupados más al norte, afianzando su presencia en estas tierras y buscando ávidamente los tesoros que tenían la esperanza de encontrar aquí. Pero las yermas tierras de la pampa comenzaron a ser repartidas y amojonadas; aparecieron las estancias y las postas, las sendas se transformaron en caminos y todo eso, era algo que los aborígenes no estaban dispuestos a aceptar, porque consideraban que el blanco estaba invadiendo su propiedad.

Comenzaron así los malones, los robos de hacienda y los ataques a los establecimientos, hasta que en 1833 llegó CALFUCURÁ y la Patagonia se incendió. Y lo que hasta ese momento, era una confrontación que tenía largos períodos de paz durante la cual se firmaron acuerdos, se establecieron alianzas y hasta hubo participación conjunta en confrontaciones durante nuestra lucha por la Independencia, se transformó en un guerra. Una despiadada guerra sin cuartel, que diezmó a todos nuestros pueblos originarios por un lado y dejó la angustia, por no hacer sabido hacer las cosas de otro modo, por el otro.

(1). Baguales Se les llama así a los caballos y vacas que se han vuelto salvajes, evitando la presencia humana. Generalmente son animales domésticos que accidentalmente han quedado libres, o animales engendrados en estado salvaje. El nombre proviene, según la Real Academia Española, de un cacique principal querandí que se llamaba “Bagual” (también llamado Miniti), que vivió en la época de la fundación de Buenos Aires por JUAN DE GARAY (1580). BAGUAL, habiendo sido repetidamente entregado en encomienda, capturado y cristianizado, siempre lograba desprenderse del yugo español y huir para vivir libre en los montes, dedicado a combatir a los conquistadores españoles, hasta que en 1642 lo mataron las tropas que lo perseguían.

(2). Mostrenco. Que no tiene dueño conocido.

(3). Cimarrón. Dícese del esclavo o del animal doméstico que huye al campo y se hace montaraz. Una definición que deja claramente expuesta la sinonimia de Cimarrón con Bagual

Fuentes. Diccionario Histórico Argentino”. Ione S. Wright y Lisa M. Nekhom. Emecé Editores, Brasil 1994; Historia Argentina”, Ediciones Océano, Barcelona, España, 1982; “La Historia en mis documentos”. Graciela Meroni, Ed. Huemul, Buenos Aires, 1969; “El caballo criollo en la tradición argentina”. Guillermo Alfredo Terrera, Ed. Plus Ultra, Buenos Aires, 1970; Historia Argentina”. José María Rosa, Editorial Oriente S.A., Buenos Aires, 1981; “Historia de la Argentina”. Ernesto Palacio, Ed. Peña Lillo, Buenos Aires, 1868; “Caciques y capitanejos en la Historia Argentina”, Guillermo Alfredo Terrera, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1986; “La conquista del Desierto”, Juan Carlos Walther, Buenos Aires, 1947; La raza pampeana y la raza guaraní. Los indios del Río de la Plata en el siglo XVI”. Samuel Quevedo Lafont, Ed. Compañía Sudamericana de Billetes de Banco, Buenos Aires, 1900.

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