LA REFORMA UNIVERSITARIA (12/10/1918)

.La huelga iniciada por estudiantes de la Universidad de Córdoba en 1917, dio comienzo a un suceso que revolucionó la historia de la educación terciaria en la República Argentina y que culminó cuando el 12 de octubre de 1918 por Decreto del Poder Ejecutivo de la Nación, se aprobó la Reforma Universitaria.

Recordemos que en aquellos años, las universidades argentinas representaban un anacronismo: todas pertenecían al gobierno nacional y reflejaban los intereses políticos y los conceptos elitistas de la oligarquía imperante durante esa época, por lo que había un gran resentimiento dentro de estas altas casas de estudio. Los cargos universitarios se otorgaban por razones políticas, más que académicas y esos profesores, generalmente considerados incompetentes, podían hacer fracasar en sus estudios o reprobar a los estudiantes, por razones simplemente políticas y no académicas

Tal situación, generadora de un muy bajo nivel educativo y una peligrosa intromisión del Estado y la política partidista en el ámbito universitario, había creado un gran resentimiento entre el estudiantado, aunque la verdad, es que la exaltación de los estudiantes ya venía de antes.

Llegado el año 1917, los tiempos ya habían comenzado a cambiar. Un difundido sufragio político había elegido como Presidente de la República a un líder radical, el doctor HIPÓLITO YRIGOYEN, y otros aires soplaban.

A principios de ese año, los estudiantes protagonizan una huelga general. Agitan las calles y exigen cambios profundos. El movimiento se extiende y se suman profesores, intelectuales y políticos y el escándalo ya no se detuvo en la ciudad de Córdoba, centro reputado como culto y sede de una Universidad dogmática, con sello de respeto por la cultura togada, donde dominaba aún el espíritu monacal de sus orígenes.

Exigían lo que venía siendo enunciado desde tiempo atrás, por varias federaciones universitarias: “la soberanía y el derecho a darse un gobierno propio, “porque éste radica principalmente en los estudiantes”.

Pero lo cierto, es que, la exaltación de los estudiantes ya se venía gestando de antes. Se remontaba a un sofocante 13 de diciembre de 1817, cuando curiosos transeúntes se preguntaban: Se suicidó?. Si le respondieron. Por qué?. Porque lo aplazaron. Condolido, el curioso transeúnte porteño, se plegó a la columna. Pocas veces como aquel 13 de diciembre, desfiló por las calles de Buenos Aires un cortejo fúnebre más espontáneo, numeroso y movido por una silenciosa indignación que acompañaba los restos de ROBERTO A. SÁNCHEZ, sanjuanino de 20 años, alumno de la carrera de abogacía. Después, en grupos tumultuosos, las calles se poblaron con gritos tajantes: Abajo los inquisidores universitarios ¡!. Queremos estudiar en libertad !.

Enseguida, frente a la Universidad y en los alrededores del viejo Mercado del Centro, a lo largo de Perú y Potosí, cuando el resto de la ciudad se apoltronaba en la siesta obligada, los estudiantes volvieron a reunirse. ¡Que renuncien los verdugos ¡. Clamaba un adolescente de voz aflautada. ¡Condenemos el absurdo régimen universitario que promueve suicidios!, vociferaba este flamante orador. ¡Expulsemos los métodos arcaicos de enseñanza!, ¡Basta de limitaciones!, decía enardecido este incipiente líder estudiantil, que pasó a la historia: se llamaba ESTANISLAO CEBALLOS y el ardor de su arenga contagió a sus seguidores.

El vocerío ensordeció las cerradas aulas, los sombreros volaron por el aire. La efervesencia fue en aumento y el conflicto se agravó tomando caracteres de rebelión. En ese momento, un almidonado funcionario decidió conformarlos: reclamó silencio y leyó la renuncia que minutos antes le habían presentado los tres profesores, culpables del “al parecer injusto aplazo de Sánchez”.

El conflicto se renovó a fines de 1917, cuando las autoridades dispusieron unilateralmente suprimir el internado de los practicantes en la Universidad Nacional de Córdoba y la medida fue violentamente rechazada por los estudiantes que se declararon en huelga.

Y esa fecha, diciembre de 1817, pasó a ser una fecha clave en la historia universitaria argentina. Las manifestaciones y solicitudes de aquel año, enhebran entonces, una larga lista de actitudes y huelgas estudiantiles.

En marzo de 1918, el Presidente YRIGOYEN, que simpatizaba con ellos, manda un interventor: el ministro de Instrucción Pública JOSÉ SALINAS. Éste designa nuevos profesores, por lo que muchos de los antiguos renunciaron y finalmente se elige un Rector provisorio que satisface medianamente a los reformistas, por lo que la situación, sigue efervecente.

Corría ya el mes de junio de 1918 cuando se produjo un nuevo hecho que agitó aún más los ánimos. El día 15 de ese mes y año, nuevamente una manifestación de estudiantes invade los claustros de la Universidad de Córdoba, para impedir la asunción del nuevo rector que se había nombrado, el doctor ANTONIO NORES, miembro del más tradicional grupo católico.

Convocan a un Congreso Universitario al que pronto respondieron las universidades de Rosario, Buenos Aires, La Plata, entre otras y en abril de 1918 crean la Federación Universitaria Argentina (FUA), y allí saldrá a la luz, la proclama que venía siendo enunciada desde tiempo atrás, por varias federaciones universitarias exigiendo la revocación, modernización y adecuación a la realidad nacional, de una serie de medidas y disposiciones, entre las que se destacaban la obtención de una mayor participación de los estudiantes en el control de la universidades, el acceso a los cargos por concurso público y la posibilidad de que la clase media accediera a ese nivel de estudios.

La Reforma Universitaria
Fue entonces, que el 21 de junio de 1918 se publicó el Manifiesto Liminar” que dio origen a los contenidos de la Reforma Universitaria y que expresaba los ideales de los estudiantes, protagonistas de los grandes cambios en la organización de la universidad nacional.

Ese “Manifiesto”, que apareció publicado luego en la “Gaceta Universitaria” de Córdoba”, bajo el título de “Manifiesto de la Reforma Universitaria”, estaba dirigido a los “hombres libres de Sudamérica” y en él, reclamaban participación estudiantil en el gobierno de la universidad, una profunda renovación pedagógica y científica y una vinculación con las luchas del pueblo. “Nuestro régimen universitario es anacrónico”, decía. “Está fundado sobre una especie de derecho divino: el derecho divino del profesor universitario”.

Hasta entonces, las universidades nacionales habían sido un reflejo de los intereses políticos y económicos de la clase dominante, pero la llegada de HIPÓLITO YRIGOYEN a la presidencia de la Nación, había creado las condiciones para un profundo cambio en esta situación y tras arduas sesiones, se logró llegar a un acuerdo con los estudiantes y se acordó una amplia reforma que significó la revocación, modernización y adecuación de las estructuras universitarias a la realidad nacional, la autonomía universitaria, la aplicación de una serie de medidas y disposiciones, entre las que se destacaban la obtención de una mayor participación de los estudiantes y las Facultades en el control de la Universidades, el acceso a los cargos por concurso público y la posibilidad de que la clase media accediera a ese nivel de estudios.

Así fue entonces que, finalmente, el 12 de octubre de 1918, el gobierno de HIPÓLITO YRIGOYEN, suscribió un decreto de reformas que contempló ampliamente los reclamos estudiantiles y a fines de 1918, es la Universidad de Buenos Aires, la primera que introduce la participación de los estudiantes en el gobierno.

Para completar este tema, reproducimos algunos de los párrafos del denominado “Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria”, redactado por DEODORO ROCA y que apareció en la “Gaceta Universitaria” de la ciudad de Córdoba, el 21 de junio de 1918. “Nuestro régimen universitario, aun el más reciente, es anacrónico. Está fundado sobre una especie de derecho divino: el derecho divino del profesorado universitario. Se crea a sí mismo. En él nace y en él muere. Mantiene un alejamiento olímpico. La federación universitaria de Córdoba se alza para luchar contra ese régimen y entiende que en ello le va la vida. El concepto de autoridad que corresponde y acompaña a un director o a un maestro en un hogar de estudiantes universitarios, no puede apoyarse en la fuerza de disciplinas extrañas a la sustancia misma de los estudios. La autoridad, en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: enseñando. Si no existe una vinculación espiritual entre el que enseña y el que aprende, toda enseñanza es hostil y de consiguiente infecunda. Toda la educación es una larga obra de amor a los que aprenden.

Fundar la garantía de una paz fecunda en el artículo conminatorio de un reglamento de un estatuto es, en todo caso, amparar un régimen cuartelario, pero no una labor de ciencia. Mantener la actual relación de gobernantes a gobernados, es agitar el fermento de futuros trastornos. Las almas de los jóvenes deben ser movidas por fuerzas espirituales. Los gastados resortes de la autoridad que emana de la fuerza no se avienen con lo que reclaman el sentimiento y el concepto moderno de las universidades”

“Por eso queremos arrancar de raíz en el organismo universitario el arcaico y bárbaro concepto de autoridad, que en estas casas de estudio, es un baluarte de absurda tiranía y sólo sirve para proteger criminalmente, la falsa dignidad y la falsa competencia. La juventud ya no pide. Exige que se le reconozca el derecho a exteriorizar ese pensamiento propio en los cuerpos universitarios, por medio de sus representantes Está cansada de soportar a los tiranos. Si ha sido capaz de realizar una revolución en las conciencias, no puede desconocérsele la capacidad de intervenir en el gobierno de su propia casa. La juventud universitaria de Córdoba, por intermedio de su Federación, saluda a los compañeros de la América toda y los incita a colaborar en la obra de libertad que inicia hoy”.

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