AVELLANEDA, Nicolás (1837-1885)

El Doctor NICOLÁS AVELLANEDA nació en la ciudad de Tucumán el 2 de octubre de 1837. Presidente de la República Argentina entre 1874 y 1880; abogado, escritor y economista. Fue el segundo Presidente argentino graduado en aulas universitarias (el primero fue Derqui). Hijo de una ilustre familia tucumana, su padre era el doctor Marco M. de Avellaneda (el mismo día  que cumplió cuatro años de edad, su padre, “el mártir de Metán”, era ejecutado por el ejército rosista, después de la victoria de Oribe en Famaillá) y su abuelo, el distinguido catamarqueño Juan Nicolás de Avellaneda y Tula, figura pública de los primeros tiempos de la independencia. Pocas vidas han sido tan intensas como la suya.

En solo 48 años, que es lo que duró su vida,  conquistó las más altas posiciones y dejó una abundante labor escrita. Era de físico pequeño, pero sus decisiones tenían grandeza de auténtico estadista. Como definición de lo primero, ha quedado la observación del famoso matrero entrerriano Calandria, gaucho jordanista que lo conoció allá por 1875: “ Tan chiquito!, ¿no?, ¡y tan ladeadito!”, Sobre lo segundo, se conserva su frase de la proclama contra Tejedor: “Voy a mover los hombres y las armas de la Nación a  fin de hacer cumplir y respetar las leyes”.

Desde muy pequeño, conoció las amarguras del destierro. Fusilado y escarnecido su padre después de Famaillá (3 de octubre de 1841), se estableció con su madre, DOLORES SILVA Y ZAVALETA, en Tupiza (Bolivia) donde pasó varios años. Posteriormente  en 1850 regresó al país y se instaló en Córdoba. Inició sus estudios de Derecho en la Universidad de esa provincia y los terminó luego en la Universidad Nacional de Buenos Aires, donde en 1858 se recibió de Doctor en Jurisprudencia, presentando una tesis (“Régimen de la tierra pública”) que resultó una obra de gran influencia sobre la legislación agraria de la época. Inmediatamente fue convocado para desempeñar funciones en ámbitos que le eran gratos.

Trabajó en su profesión, asociado al estudio del doctor JOSÉ ROQUE PÉREZ, uno de los abogados más prestigiosos  de esos tiempos y fue Profesor de Economía en la Universidad de Buenos Aires. En 1862 se casó con CARMEN NÓBREGA y en 1864 ocupó una banca en la Cámara de Diputados de la provincia de Buenos Aires y posteriormente, en 1866, el gobernador ADOLFO ALSINA lo designó Ministro de Gobierno, cargo que desempeñó hasta 1868, en que Sarmiento lo nombró para la cartera de Justicia Culto e Instrucción Pública.

Desempeñó este ministerio con gran eficacia y con una visión esclarecida, de tal suerte que dio un extraordinario impulso a la educación popular, a la creación de las primeras escuelas normales y a la reorganización de la enseñanza primaria. Contaba para ello con el apoyo del Presidente SARMIENTO, y gran parte de la obra que generalmente se atribuye a este último fue realización directa de Avellaneda. En tres, años diversas provincias duplicaron el número de sus escuelas. En La Rioja, por vía de ejemplo, de una escuela con es-casos alumnos se pasó a 58 establecimientos,  con un total de 4.158 alumnos. Cuidó celosamente la formación de personal docente capacitado, otorgó subvenciones a las provincias y premios especiales  a las que llegaron a tener un 10 por ciento de alumnos en aulas con relación a la población. Creó bibliotecas escolares y dotó a las escuelas de mobiliario adecuado.

En 1873, se retiró de la vida pública para dedicarse a organizar el Partido Nacional para propiciar su candidatura a la presidencia de la República. En 1874, merced al apoyo del interior del país, triunfó en los comicios presidenciales y fue electo Presidente de la República cuando tenía solamente 37 años. Asumió el cargo el 12 de octubre de 1874,  en medio de una revolución, encabezada por BARTOLOMÉ MITRE (paradoja que se repite cuando le entregó el mando a su sucesor, después de otro alzamiento, el promovido por el gobernador de Buenos Aires, CARLOS TEJEDOR) y cuando llegó al gobierno, en plena revuelta, dijo en su primer mensaje: “Tendremos pronto, señores senadores, señores diputados, otro espectáculo: el espectáculo de la vida normal que proseguirá su curso, marcando cada día con un nuevo adelanto. Continuaremos contando los kilómetros de las vías férreas, los vapores y los millares de hombres que llegan a nuestros  puertos; extenderemos las líneas  telegráficas con  las fronteras lejanas, que han podido encubrir motines de cuartel, porque las hemos dejado fuera de nuestra inspección cotidiana”.

Como primer magistrado de la Nación fue un digno continuador de las presidencias históricas de Mitre y de Sarmiento. Tres acontecimientos enaltecieron particularmente sus méritos de gobernante: la forma como encaró la crisis económica, la conquista del desierto y la federalización definitiva de la ciudad de Buenos Aires (1880). Esto último lo consiguió no sin sangre, pero selló así para siempre la unidad nacional.

Durante su gobierno fomentó la inmigración y la agricultura. En 1876 se sancionó la primera Ley, amplia y racional, sobre tierras públicas para facilitar el asentamiento de campesinos, tanto nativos como inmigrantes en la recientemente incorporada Patagonia y en otras zonas del país y ello permitió incrementar en un 50% el valor de las exportaciones, especialmente de productos agropecuarios (cereales, lana y carne congelada).

En 1878 se realizó el embarque del primer cargamento de trigo desde el Puerto de Rosario a Gran Bretaña (Avellaneda consideró esto y el gran incremento de los embarques de otros cereales, como el más relevante hecho de su gobierno). Inauguró el ferrocarril a Tucumán. Abrió las tierras patagónicas a la colonización y sus políticas, permitieron un incremento del 50% en el valor de la lana.

Tales progresos en el área de la economía, tuvo su paralelo en el terreno de la cultura y la educación. Hubo un remarcable y continuado progreso en estos temas ya que partiendo desde la optimización de la tarea educativa que se cumplía en las escuelas primarias, con disposiciones especiales para grupos minoritarios, hasta la avanzada investigación científica. La vida cultural floreció a lo largo de todo el país.

En 1879 se dio por finalizada  la total ocupación del desierto; obra iniciada por Adolfo Alsina y completada por el general Roca, con lo cual quedó terminado el problema del indio y se incorporaron al país grandes extensiones de tierra utilizables. Bregó por la federalización del territorio del municipio de Buenos Aires y lo consiguió con la ley que declaró a esta ciudad capital de la Argentina en 1880.

En política exterior, solucionó honrosamente cuestiones internacionales pendientes. Se firmaron tratados para resolver las disputas limítrofes demoradas desde la Guerra del Paraguay, restableciéndose así las relaciones con este país. En 1876, se hizo lo mismo con Brasil y en 1877, sometido a arbitraje un viejo litigio que se mantenía con Chile (involucrando al estrecho de Magallanes y a Tierra del Fuego), defendiendo personalmente la Tesis argentina. El presidente Avellaneda completó la conformación de la Nación comenzada por Mitre y seguida por Sarmiento con la consolidación del orden nacional.

La política de conciliación nacional por él desarrollada, si bien debió superar difíciles tropiezos, fue constructiva para a Nación pues se conjuró la crisis económica, se obtuvo un balance comercial favorable y se abrieron las tierras patagónicas a la colonización. Se suavizó la tradicional rivalidad política entre las provincias y Buenos Aires, los viejos partidos desaparecieron, preparando el camino para nuevas actividades políticas y se permitió que se reintegraran a la vida política del país miles de emigrados y perseguidos políticos, especialmente los “jordanistas”, gestión que aparece claramente reflejada en el poema La Vuelta de Martín Fierro, de José Hernández, aparecido en 1879. Cuando se lo evoca, se hace imprescindible también recordar que durante su presidencia, tuvo que enfrentar una preocupante situación financiera nacional desde los comienzos de su gobierno y que debió por ello, conjurar una grave crísis económica que afectaba nuestro desarrollo, pese a lo cual, acertadas medidas de gobierno, le permitieron obtener, después de mucho tiempo, un balance comercial altamente favorable.

Recordemos también que durante su gobierno se inauguró el ferrocarril a Tucumán y se saldó una cuenta pendiente con nuestro prócer máximo, al traer los restos del general SAN MARTÍN de regreso a Buenos Aires desde Francia. Terminando su período de gobierno, no se retiró de la vida pública, pues fue Rector de la Universidad Nacional de Buenos Aires y Senador por Tucumán, su provincia natal, cargo desde el que presentó numerosos proyectos, entre los que se destaca uno referido a la educación nacional.

El doctor Avellaneda se distinguió también como hombre de letras, de gran cultura literaria y como orador brillante, acaso el más completo que haya tenido el país. Fue conferenciante y ensayista, autor de una enjundiosa obra que consta de 12 tomos que incluyen su libro sobre tierras públicas, titulado “Estudio sobre la Ley de Tierras” y sus propios intereses personales y profesionales, durante mucho tiempo encaminados hacia la educación, el desarrollo de la tierra y la política y la diplomacia de la conciliación, conformaron las bases de la mayor parte de sus escritos como periodista (fue redactor de “El Nacional” y “El Pueblo”, dos influyentes diarios de la época) y fueron los fundamentos que guiaron sus actividades como funcionario público y como Presidente de la República. Fue un orador selecto: “Pocos como él tenían el don de la imagen feliz, la elegancia del estilo, la ciencia de la frase armoniosa, que centelleaba con los fulgores de la poesía y arrebataba en un rasgo, vastos horizontes intelectuales. Una personalidad enciclopédica de vasto alcance, autor de dos célebres sentencias: “No debe haber en la Nación nada superior a la Nación misma” y “Los pueblos que olvidan sus tradiciones, pierden la conciencia de sus destinos y los que se apoyan sobre tumbas gloriosas son los que mejor preparan el porvenir”, que lo definen claramente como uno de los mayores estadistas que gobernaron la República Argentina”.

El dominio de variadas disciplinas y la extrema juventud a que arribó en el desempeño de las más altas funciones públicas, integran las facetas más sorprendentes de este hombre que fue Periodista, abogado, catedrático, economista, Diputado, Ministro del Gobierno, experto en Legislación Agraria, educación y régimen municipal. Senador Nacional, Rector de la Universidad de Buenos Aires, orador rutilante y finalmente Presidente de la República durante el período 1874/1880. Falleció en alta mar, cuando ya se aproximaba a su patria, el 25 de noviembre de 1885, mientras viajaba a bordo del  “Congo” de regreso a Buenos Aires, luego de cumplir una misión diplomática en Europa.

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