SAN MARTÍN SE DIRIGE NUEVAMENTE AL OSTRACISMO (10/12/1823)

Desalentado por las luchas internas entre unitarios y federales y la desunión y el desorden institucional que imperaba en su Patria, SAN MARTÍN decidió marcharse del país con su hija y se embarcó con ella en el buque francés “Le Bayoneisse”.

Sus diferencias con BERNARDINO RIVADAVIA y con los unitarios, le habían demostrado que sus compatriotas habían llegado a extremos insostenibles enrolados en una disputa que ni los federales, que ninguno de los dos bandos deseaba terminar. Ya en noviembre de 1823, al llegar a Buenos Aires, tarde para ver a su esposa que había fallecido en agosto de ese año, se lo había acusado de haberse convertido en un conspirador y los unitarios que no le perdonaban que en 1819 se hubiera negado a combatir contra los federales, incumpliendo así una orden del Directorio, hasta habían pensado someterlo a juicio.

Su decisión entonces es irrevocable y el 10 de febrero de 1824 se embarca con “Merceditas” en Buenos Aires para dirigirse hacia Europa, con destino final en el Puerto de El Havre en Francia. Al llegar allí le negó la visa y debió dirigirse a Escocia, desde donde, luego de permanecer un breve período se trasladaron a Bruselas y poco después a París.

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Se cumple así una ley que parece inexorable, guardándole un mismo trágico destino a los grandes hombres que hicieron libres a sus patrias: Los precursores de las revoluciones en La Paz y en Quito, murieron encadenados en un cadalso. MIRANDA, el gran precursor de la emancipación sudamericana, murió desnudo y abandonado en un calabozo, entregado a sus enemigos por los mismos que lo acompañaron en sus gestas. HIDALGO, el caudillo popular de la revolución de México, murió en un patíbulo. MANUEL BELGRANO, el númen de la independencia argentina, murió en la más absoluta miseria. O’ HIGGINS, el héroe máximo de Chile, acabó sus días proscrito y lejos de su patria. ITURBIDE, el verdadero libertador de México, murió fusilado. CARLOS MONTUFAR y su compañero VILLACENCIA, jefes de la revolución de Quito y de Cartagena, fueron ahorcados; RIVADAVIA, el genio civil de América del Sur, murió en el destierro. Todos los miembros de la Primera Junta de Gobierno tuvieron triste final. SUCRE, el vencedor de Ayacucho, fue alevosamente asesinado por los suyos en un desierto camino. BOLÍVAR y SAN MARTÍN murieron en el ostracismo, aunque el de este último fue un acto deliberado de su voluntad, impuesto por las incongruencias morales de sus compatriotas.

Recordemos que SAN MARTÍN, luego del angustiante resultado de su entrevista con BOLÍVAR en Guayaquil, decide su retiro del escenario militar y político y tomando a su pequeña hija, huérfana de madre, en sus brazos, se dirige hacia Europa, donde vivirá injustas penurias económicas, hasta que impulsado por la nostalgia, intenta volver a su patria, pero no logra poner pie en ella y debe volver a la soledad de su ostracismo en Francia (ver Finales amargos para hombre y mujeres públicos)

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