VOCES Y COSTUMBRES DEL CAMPO ARGENTINO

Textos extraídos de una serie de notas de PEDRO INCHAUSPE, publicadas en el diario “La Prensa” de Buenos Aires y de otras publicaciones y notas realizadas por diversos medios de prensa, sin identificación de su autor.

A bocha
En el noroeste argentino y en gran parte de la región andina, el modismo “a bocha” es aplicado a muy diversas acciones: expresa abundancia excesiva, por lo que “llover a bocha” significa que llueve larga y copiosamente, diluvia podría decirse. “Jugar a bocha” es arriesgar dinero sin control en el juego de naipes, bochas o cuadreras. “Regalar a bocha” es el obsequio desmedido que hacen algunos políticos en actos públicos. “A bocha” es entonces, sinónimo de muchísimo.

Aloja
Bebida fuerte fermentada hecha de la fruta de la algarroba blanca, muy popular entre los diaguitas y los indígenas de los alrededores de la provincia de Córdoba.

A talón y lonja
En las carreras de caballos, cuando uno de los “parejeros” es manifiestamente superior a su rival en resistencia y velocidad, las competencias se resolvían fácilmente. Pero si los que competían, gozaban de las mismas aptitudes, los jinetes debían apelar a recursos extraordinarios para vencer a su rival. Uno de tales recursos era “el talonazo”, golpe que se daba con el talón en el costillar del animal; acto semejante al picar de las espuelas, pero que lo reemplaza, porque los jinetes que corrían las cuadreras, lo hacían sin ellas; y la mayoría de las veces lo hacían calzando simples alpargatas. Otro recurso, y siempre nos referiremos a los que eran válidos, consistía en azotar con la lonja del rebenque al montado. Y si la carrera era muy reñida, era común que los jinetes debieran apelar al empleo de  estos dos últimos recursos simultáneamente. Se decía entonces que una competencia, se había ganado a “taco y lonja” o a “talón y lonja”.

Agarrar sin perros
El rancho del hombre de campo argentino, por lo general, se encontraba perdido en medio del desierto. La soledad lo rodeaba por todos lados y con la soledad, llegaban los peligros: el indio alzado, el gaucho matrero, las fieras y mil sabandijas más de toda especie y laya. Por eso, en cada rancho, había siempre un cierto número de perros y a ellos, les estaba confiada la vigilancia del hogar. Nadie podía aproximarse a una casa, fuese de día o de noche, sin que el estridente ladrido de esos fieles guardianes, diese la voz de alarma, con sobrada anticipación. Así tuvo origen, la conocida frase “agarrar sin perros”, para referirse a ser tomado por sorpresa, sin haber sido advertido de algo.

Aguadas
Las aguadas eran los lugares del campo, donde la lluvia formaba depósitos más o menos permanentes. Allí iban a beber todos los animales de cría o salvajes que se encontraban en esas tierras y próximos a la “aguada”. Esta presencia segura de presas, era aprovechada por los pumas que esperaban allí al acecho para hacer de alimento.

Al freno
A los caballos muy duros de boca, o muy briosos, unas veces debido a una deficiencia en la doma y otras por exceso de vitalidad, es necesario reprimirlos con firmeza. Para ello, el jinete debe llevar siempre tensas las riendas para que el freno se ajuste sólidamente en la boca del caballo, que se ve así forzado a contener sus ímpetus. Esto es llevar o tener “al freno” al animal, modismo que se aplica también a las personas que por carencia, por enfermedad, por voluntad propia o de otros o por otros diversas razones, se ven obligadas a abstenerse de cosas que son de su agrado. Es decir que están “al freno” , privadas de hacer su gusto, tal como es el caso del caballo, contenido por el jinete.

Al pelo
Toda la vida del gaucho estuvo vinculada con el cuero y éste fue el elemento capital para su existencia y su trabajo, pues el cuero, transformado en piezas para su apero y en otras herramientas como ser lazos, boleadoras, mates, hijares,  puertas y ventanas para su rancho, etc. etc., le permitió procurarse el alimento de cada día y desenvolverse con solvencia en el duro escenario que le tocó vivir.  En la construcción de ranchos y corrales, el cuero reemplazaba a la madera, escasa y cara para su menguado bolsillo, a los clavos y al alambre; en la vestimenta se empleaba para hacer las botas y cualquier otro calzado, el cinto y hasta el sombrero. Para hacer los “noques” (recipientes de cuero), camas y hasta para hacer muchas partes de las carretas y otros vehículos. La necesidad hizo que el trabajo del cuero y su adaptación los diversos usos que comenzaron a dársele,  se convirtiese  en una verdadera industria, que superándose llegó a constituirse en arte. Con procedimientos rudimentarios, empíricos por lo general, el campesino  obtuvo del cuero, todo lo que se propuso y desde los comienzos de esta actividad manual, adquirió una experiencia que luego le permitió ampliar su vocabulario, como por ejemplo, lo hizo al decir “al pelo”, usándolo como sinónimo de fácil, pues el cuero, ya en el proceso del corte, ya en el del “sobeo” (sobarlo para darle flexibilidad), merced a un procedimiento especial de frotación que se facilita si se hace a favor del pelo, es decir, en la misma dirección en la que éste crece. Decir “al pelo” es decir sin inconvenientes, fácilmente y por extensión que algo “quedó bien hecho”.

Al que raye
Mientras se aguardaba la realización de alguna carrera importante “en el pago”, y tanto para matar el tiempo como para despuntar el vicio, solían correrse otras carreras improvisadas, consecuencia de algún desafío del momento, que se expresaba con diversos modismos, a cual más original. “Al que raye”, “al que le bajen las caronas”, “no respeto pelo ni marca”, fueron y son los más comunes. Cualquiera de estas frases, encierra un amplio desafío, sin limitación de destinatario. “Al que raye” significaba “al que primero se atreva y se presente”. “Al que le bajen las caronas” se refería a la costumbre criolla de correr “en pelo” e invitaba a una carrera sin sin montura, apero o recado. Y “No respeto pelo ni marca”, se refería a que al desafiante no le importaba la fama ni las cualidades de quien quisiera oponérsele, virtudes generalmente reconocidas por el pelo y la marca que caracterizaba a los animales de valía.

Alfa
La alfalfa, pasto o forraje  que se utiliza para alimentar al ganado, cuando no pastorea, suele ser designada con el apócope “alfa” y cuando está en el comienzo de su crecimiento “alfita”. Para el gaucho,  un alfalfar o un campo sembrado con alfalfa, era un “campo de alfa”.

Aljibe
El aljibe, es un pozo, cuyas paredes están totalmente revestidas con ladrillos unidos con argamasa para evitar la filtración del agua. Es en resumen, un depósito destinado a guardar agua de lluvia en las regiones donde no hay red de agua potable o donde ésta se encuentra a tanta profundidad, que resultaría muy oneroso hacer perforaciones para extraerla. Una canaleta, generalmente de cinc, colocada en las caídas de los techos de las casas, recoge el agua de la lluvia que cae y la encauza hacia el “aljibe”, donde queda depositada, conservándose en buen estado para su consumo, durante mucho tiempo.

Almuerzo chico
Hoy el habitante urbano se desayuna con una taza de café o té con leche, algunas tostadas y quizás, pan manteca y dulce. Pero semejante alimentación no era suficiente para los hombres de campo, que salían al aclarar el dóia de sus casas y ya no regresaban hasta el mediodía, después de una intensa y agotadora jornada de trabajo. Por eso, esta gente, después de tomar unos “cimarrones”, hacía una comida a la que llamaban “almuerzo chico”. Consistía en un “churrasco”, (bife de vacuno), cocinado sobre la cocina de hierro, un trozo de carne asada o una cazuela de puchero, asentando lo que haya comido con unos “amargos” o con un vaso de vino. Entonces sí se sentían en condiciones de volver al trabajo “duro y parejo”. En algunas regiones del país, a este “almuerzo chico”, se lo llamaba “hacer la mañana”.

Aloja y Chicha
Desde tiempos inmemoriales, el hombre ha sabido descubrir los caminos que lo llevaran a esos paraísos artificiales que le prometen las bebidas alcohólicas. Ya Ulrico Schmidt, el primer cronista del Río de la Plata, escribió, refiriéndose a las tribus que poblaban estas regiones “…. Con la algarroba, hacen también un vino muy bueno, tanto como allá en Alemania, es el hidromiel”. En efecto, las vainas del algarrobo, machacadas en un mortero y puestas a fermentar en agua, producen la “aloja”, bebida más o menos alcohólica, al que Schmidt llama vino. Contemporánea de aquella y de similar factura, aunque fabricada con otra materia prima es la “chicha”, a la que también se refiere este cronista, diciendo “Hacen vino de trigo turco y con él se emborrachan en la misma forma, que en otras partes, se hace con el mejor de los vinos”. El “trigo turco” al que hace referencia Schmidt, es el maíz, cereal nativo de América, por entonces desconocido por los europeos.

Alonsito
Así como hay árboles de nuestra flora autóctona que recibe nombres de personas, como es el caso de “Francisco Alvarez”, “Martín Gil”, “María Molle”, etc., igual costumbre se pone de manifiesto en nuestra fauna. Y ese es el caso del hornero (Furnarius rufus), que en la provincia de Corrientes llaman “Alonsito”, refiriéndose a un tal Alonso García, nombre que se le da a este pájaro en Paraguay.  En el noreste se lo llama “ogaraitig”, nombre más apropiado, ya que éste significa “casa nido”, y se refiere al típico hornito de barro y paja que el pajarito construye. En otros lugares de la Argentina, el “Alonsito” recibe el nombre de “casero”, “caserito”, “hornillero” y otros.

Amalhaya
Este vocablo, de uso tan común en todas las regiones argentinas, es nada más que una adaptación de la forma castiza “a mal haya”, transformada y tergiversado su significado por esa costumbre criolla de simplificar todo, para hacerlo más fácil para su austera y simple existencia. Así, además de quitarle el sentido imperativo y crítico de la expresión española, ha convertido el vocablo en un simple y exacto sinónimo de “ojalá”, sea, expresión de un ferviente deseo de que ocurra o se produzca algo considerado como muy importante o necesario. Valgan los siguientes ejemplos de su uso, para ilustrar lo expresado: “Amalaya me encontrara con ese guapo!”. “Amalaya fuese cierto lo que me han dicho!”, “!Amalaya llueva tres días seguidos!”.  Lo curioso con respeto a este término es la verbalización que el gaucho hizo del mismo: para él, “amalayar” equivale a desear.

Andar de florcita
En la espartana y dura vida del campesino del ayer, las flores eran para los hombres, cosas de mujeres, cosas sin importancia. Una flor era pues, algo sin valor, algo inútil, simple adorno que las mujeres ponían en “las casas”; de lo que podía prescindirse sin que le importara a nadie. La frase entonces “andar de florcita”, aludía a esa minusvaloración de las flores y se aplica aún, como antes, a las personas de ambos sexos que se preocupan demasiado de su apariencia personal, de su vestimenta  y de las diversiones, pero que descuidan y hasta rechazan el trabajo.

Andar venado
Andar venado o “venao” era andar con el estómago vacío, o sea, sin haber comido, especialmente en horas de la mañana, cuando por cualquier circunstancia, no se había podido hacer el “almuerzo chico”, comida que se hacía en las primeras horas de la mañana, después de “cimarronear”, es decir tomar mate amargo. El modismo expresa “no haber comido cosa sólida (asado, guiso, etc.), y se aplica a todo el tiempo que dure el ayuno, ya sea porque se ande de viaje por lugares desiertos o por estar trabajando lejos “de las casas” y sin víveres a mano. La frase tiene su origen en las costumbres de los venados o ciervos, que por ser despiadadamente perseguidos, se han acostumbrado a permanecer escondidos en los montes para no ser presa de los cazadores, saliendo sólo al anochecer para comer, es decir que permanecen largas horas sin probar bocado. De ahí que “andar venado” equivale a “andar sin comer”.

Antarca
Es una voz quichua que ha sido asimilada por el lenguaje  popular del noroeste argentino, que quiere decir “de espaldas”. Caerse “antarca” quiere decir “caerse de espaldas”. El vocablo se usa en  muchas formas, particularmente como complemento de los verbos estar, tener, quedar, poner, tirar y otros. Un juego que atrae a los “changos (niños, muchacho) de esas tierras, consiste en “poner antarca” a unos gigantescos  “tucos” y “cocuyos”, nombre que se les da a las luciérnagas, que puestas de espaldas, realizan violentos movimientos hasta lograr retomar su posición normal, merced a un espectacular salto, causando la jarana del corro que se forma a su alrededor para observarlos.

Apareá
En casi toda la campaña argentina existe un pequeño roedor, de color parduzco, muy parecido a las ratas y los tucucutos, en tamaño y aspecto, pero sin cola. Es el “apareá”, nombre guaraní, conocido en otras regiones como “cuís” o “cuí”, un animalito muy asustadizo, que cuando quiere salir de su madriguera, observa atentamente y por largo rato, antes de aventurarse a dejar la seguridad de su escondite.

Apartar
Es la actividad que le sigue al “rodeo” y designa a las actividades que se realizan para “apartar” a uno o a un lote de varios animales del resto.

Api
En el noroeste argentino, a la mazamorra, esa comida criolla hecha a base de maíz blanco, se la conoce con el nombre quichua de “Api”.

Árganas
Eran una especie de cilindros de cuero abiertos en uno de sus extremos, que la gente de campo utilizaba como maletas para llevar sus pertenencias, cargadas sobre el caballo.

Arrias
En ciertas épocas, sobre todo para transitar por zonas montañosas, en lugar de carretas para transportar mercaderías hacia destinos muchas veces muy lejanos, se usaban “arrias”. Eran conjuntos de mulas “cargueras” que unidas en fila india mediante “cabestros, marchaban llevando sobre sus lomos bien balanceadas cargas, bajo la atenta mirada de los “arrieros” (ver “Arrias de mulas” en Crónicas).

Atajar el pasmo
En el empírico arte de curar de los “curanderos”, todo edema o hinchazón que se produjese en el cuerpo de una persona, era diagnosticado como “pasmo”, sin importar cuál fuera su origen. Y como es lógico, también tenían siempre a mano, la cura eficaz de este mal: había que “atajar el pasmo” porque si se lo dejaba avanzar, éste terminaría por causar la muerte  del atacado. Para hacerlo  contaban con una abundante cantidad de remedios, a cual más extravagante. Las “friegas o frotaciones (“fletaciones” se decía) los beberajes de extraña composición, los “yuyos”, que en muchos casos servían realmente para curar, las “ventosas” y las cataplasmas, eran según estos “curanderos”, un segura garantía para “atajar el pasmo”. Pero como era muy frecuente en el vocabulario del hombre de campo en la Argentina, la frase excedió pronto el límite de sus aplicaciones y se generalizó para referirse a otras circunstancias o actividades. Se usó por ejemplo, para expresar que se ha logrado poner término a una situación de conflicto, antes de que pase a mayores, es decir que se han conjurado, en sus principios, tal como es el caso del “pasmo”. Así, como se le “ataja el pasmo” a un camorrero, al que se le impone respeto, ya sea por las buenas o por las malas, o a un caballo que ha sido dominado para sacarle mañas o al que discute sin fundamentos, y que es obligado a callar, porque se lemuestra la falsedad de sus afirmaciones.

Avíos del mate
El jinete que debía transportar consigo los elementos necesarios o avíos para tomar mate en medio del campo (“cimarronear” en su lenguaje), llevaba la “pava” (llamada “caldera”  en el Litoral y en Uruguay), colgada del fiador o cogotera de su caballo El mate, por lo general hecho con el asta de un vacuno, tenía aplicaciones de metal en su boca y en su base, ambas unidas por un travesaño que a modo de manija, permitía que se los prendiera en el cinto, sobre el costado izquierdo. Por último, la bombilla que le servía para sorber la infusión y que para preservarla de posibles torceduras, era llevada en la vaina del cuchillo.

Baba del diablo
En campo abierto, es frecuente ver una especie de filamentos blanquecinos, largos y muy livianos que vuelan empujados por el viento y que sólo se detienen al tropezar con algún obstáculo (alambrado, árbol, matorral alto, etc.). Cuando este obstáculo es una persona, estos filamentos se adhieren con particular firmeza a las ropas y a veces lo hacen en la cara o en las manos. Y es esta circunstancia, la que motivó que la gente de campo del pasado argentino, a afirmara que estos desagradables filamentos, eran nada menos que las babas espumosas que el diablo, dejaba caer sobre aquellos, destinados a recibir una “maldad” o maldición. De ahí que estos filamentos, que son en realidad nada menos que un material segregado por una gran variedad de arañas que pueblan los descampados, sean llamados “baba del diablo”.

Bagual
“Bagual” es uno de los términos más antigüos de los utilizados por la gente de campo en la República Argentina.  Se usó en su origen y por más de dos siglos, para designar a los animales salvajes que poblaban las llanuras rioplatenses. Nacidos en libertad y dueños absolutos de las llanuras, eran muy ariscos y huían del hombre. Se los capturaba sólo con el lazo o las boleadoras y se los definía como “chúcaro” o “cimarrón”. Estos animales, reproducidos en cantidades fabulosas, tenían sus ancestros en los caballos abandonados en 1541, cuando IRALA dispuso el despoblamiento de Buenos Aires, ciudad fundada por PEDRO DE MENDOZA  en 1536. Hay quienes afirman que “bagual” es voz araucana, pero parece que no es así, porque en el idioma de éstos, al caballo salvaje, se lo llamaba “cai-tá”. El verdadero origen del término, se conserva en documentos históricos, donde se afirma que, cuando JUAN DE GARAY refundó Buenos Aires en 1580, hizo el repartimiento de tierras e incluyó en la encomienda del poblador CRISTÓBAL ALTAMIRANO a un aborigen llamado “Bagual”, cacique o jefe en sus épocas de libertad, que conservó, a pesar de ser ahora un esclavo del hombre blanco, la altivez propia de su raza y un odio profundo y natural hacia los hombres  que lo habían sojuzgado. En 1604 acaudilló un levantamiento contra los españoles y sufrió un cruel castigo que no lo doblegó, sino que fue estímulo para insistiera en su actitud de rebeldía, hasta que fue ahorcado. “Bagual”, quedó así como sinónimo de indómito, de rebelde y luego, el término se aplicó a los caballos salvajes, cuya fiereza y rebeldía eran semejantes a las de aquel bravo cacique, que prefirió la muerte a la esclavitud. Desaparecido el ganado cimarrón, el vocablo “se usó y aún se usa, para designar a los potros (caballo sin domar), y más que nada al animal, que sometido al proceso de amansamiento, tarda en perder o no pierde nunca, sus condiciones de arisco y chúcaro. Por extensión, se llama también “bagual” al individuo torpe, grosero, ignorante, es decir, el que carece de disposición  para su mejoramiento personal o para la realización de las tareas que se le encomiendan.

Bandear
Las líneas costeras de una extensión de agua, de mayor o menor longitud, son también conocidas con el nombre de “bandas”. Cruzar o atravesar un curso de agua, de costa a costa, es “bandearlo”, es decir ir de una a otra orilla o “banda”. Al principio, se vocablo se usó exclusivamente para definir el acto de cruzar a nado un curso de agua, ya sea el hombre solo o con su caballo; luego el significado se generalizó y “bandear” o “bandiar”, era la forma popular de deir que se había cruzado un río, ya sea a nado, a caballo, en bote  o en carreta. Aquel primitivo concepto hizo que el hombre de gaucho  convirtiese  el término “bandear” en sinónimo de traspasar y así fue que para ellos era “bandeado” el cuerpo humano traspasado por un arma blanca, una bala u otro elemento perforante, que había sido traspasado de lado a lado  por alguno de estos elementos. Esta segunda acepción, derivó a su vez  en la costumbre de decir que se había “bandeado” a alguien, cuando aportando pruebas irrebatibles, un contrincante superara al otro, sin discusión, en la controversia que los enfrentaba.  De igual modo alguien podía “bandearse” solo, cuando por su ineptitud o incapacidad, por la falta de razones atinadas, contribuye, involuntariamente, al triunfo de un rival, por lo que, en ambos casos, este “bandeado” queda en la misma situación de inferioridad que aquel “bandeado” o atravesado por el arma de un adversario, en el curso de una pelea. Hoy la acción de cruzar un curso de agua, se llama “vadear”.

Baquiano
La palabra “baquiano” deriva de “baquía” que quiere decir habilidad y el “baqueano” o “baquiano”, era el hombre que conocía a la perfección los caminos, vueltas y recodos, el vado de los ríos y las sendas y “picadas” más convenientes para cruzar  los extensos territorios que se debían recorrer para trasladarse de un lugar a otro, para llevar mercaderías o para escapar de una partida de indios. Nadie se atrevía a emprender un viaje sin contratar antes a un “baqueano”, pues sin e´l, los viajeros se perderían indefectiblemente en aquellas inmensidades, donde las huellas de antigüos pasos, se borraban con gran rapidez, invadidas por los pastos y barridas por los vientos. El “baquiano” tenía un sentido especial para orientarse y era muy difícil que uno de estos “guías” llegara a extraviarse. El sol, el viento, los árboles, los pastos y hasta los animales silvestres  le servían de referencia para orientarse. Cuando la noche sorprendía a los viajeros en medio del campo, el “baquiano” se guiaba por las estrellas y si éstas no estaban, lo que no veía, era reemplazado por su sentido del gusto: desmontaba y arrancando un puñado de hierbas, determinaba el curso a seguir, según el sabor que percibía de ellas. O miraba los árboles y estudiaba su inclinación, o escarbaba la tierra debajo de uno de ellos, para descubrir el rumbo según el grado de humedad que veía.

Bilma
Los emplastos, cataplasmas y parches, especialmente los que se llamaban “porosos”, fueron remedios principalísimos de la farmacopea campera del pasado, como aún lo es para los “curanderos” y en la medicina casera. A estos emplastos se lo conocían con el nombre de “bilmas”, término que aún se oye en el interior. Su nombre no es un fonema autóctono, sino que parece ser una deformación de “bizma” o “bidma”, palabra castellana que precisamente define a estos emplastos, cataplasmas y parches.

Bola perdida
La “bola perdida”(1), antecesora y también contemporánea de las “boleadoras”, ya sea las llamadas “ñanduceras” que tienen dos bolas o las “porreadoras” que tiene tres (2), la “bola perdida”, fue una de las primeras armas arrojadizas utilizadas por nuestros aborígenes. Estaba hecha con una bola de piedra, sujeta por un ramal de cuero, nervios o tendones de diversos animales, de poco más de un metro de largo y que abatía a la pieza por percusión. Es decir, mataba el golpe que producía esa piedra en alguna parte vital de la misma. Era calificada como “perdida”, debido a que como era muy fácil tanto confeccionarla, como encontrar los elementos que la componían, los indios nunca se preocupaban por recuperarla, ya que una vez arrojada, era muy difícil encontrarla caída en medio de esos infernales pajonales que cubrían nuestras llanuras. Por tal razón, era común ver a  los cazadores y a los guerreros de un malón, partir, llevando atadas a su cintura, diez, doce y hasta quince de esas bolas (1) El primero que menciona este tipo de arma es ULRICO SCHMIDT, cronista de la expedición de PEDRO DE MENDOZA, aunque su descripción de la misma, hace pensar que lo que vió en realidad en acción, fueron “boleadoras·” de tres bolas, pues decía que con ellas volteaban una animal y eso, con las bolas perdidas, les era imposible lograr.(2) A estas boleadora de tres bolas, los gauchos las llamaban “las tres Marías”.

Boleadoras
Las primitivas “boleadoras” utilizadas por los aborígenes, fueron en las manos del gaycho, un arma formidable. Son dos o tres bolas de piedra forradas con cuero fresco sin curtir y sujetas por ramales de cuero retorcido o tientos trenzados, de unos dos metros de longitud cada uno. Nuestro hombre de campo las llamaba “las tres Marías” a esas de tres bolas, las que le servían como arma o para bolear potros chúcaros. Unas veces las llevaba atadas a la cintura y otras atadas en la cabecera de los bastos. Las boleadoras de dos bolas, mucho más livianas, las usaban para cazar ñanduces, gamos y guanacos, y las llamaban “ñanduceras”.

Bolearse
Durante la “doma” suele suceder que un potro, al alzarse sobre sus patas traseras con demasiada violencia, pierda el equilibrio y caiga hacia atrás, golpeando el lomo contra el suelo. Y a eso se lo llama “bolearse”, es decir, enredarse y caer uno solo, sin que lazo o boleadora alguna haya provocado la caída. Los domadores tienen una especial habilidad para darse cuenta instintivamente de cuándo el animal que montan se va a “bolear” y esquivan el peligro de ser arrastrados en la caída, dejándose caer rápidamente por el costado, pero sin soltar el cabestro, para evitar que el potro se dispare, cuando logre levantarse.

Bombacha
Más de una vez se ha señalado la connotación árabe del gaucho argentino o rioplatense. La guitarra, el caballo, la asimilación de la pampa al desierto. La España mora ha sido señalada como el canal de transmisión de estas características. La “bombacha”, con sus pantalones muy amplios que se angostan en el tobillo, constituye una característica particular en la indumentaria del gaucho argentino, que también tiene origen árabe, como resulta obvio al constatar que es en el mundo árabe y en especial en lo que constituía el imperio turco en el siglo XIX  -que dominaba los Balcanes e incluso Grecia- donde este tipo de vestimenta se usaba. No la encontramos en el guazo chileno, el charro mexicano, el llanero venezolano o el gaúcho brasileño.  Resulta claro y verificable que la indumentaria del gaucho argentino en la primera mitad del siglo XIX, no incluía la bombacha, sino el chiripá. Todos los cronistas y viajeros europeos así lo constatan, como las acuarelas y litografías y los uniformes militares. Así, la bombacha, es un elemento de la indumentaria árabe o turca que no llegó a la Argentina a través de España. Es JORGE V. DUIZEIDE, quien ha explicado esta curiosa traslación. En marzo de 1856, se firma el Tratado de Paz que da fin a la Guerra de Crimea, que enfrentó a las fuerzas de aliadas de Gran Bretaña, Francia, Turquía y Cerdeña contra Rusia. Siendo presidente de la Confederación Argentina JUSTO JOSÉ DE URQUIZA, al año siguiente de finalizar esa guerra, el representante diplomático francés ante el gobierno de Paraná, informó que su país estaba en condiciones de vender a un precio muy conveniente, 100.000 bombachas que habían sido fabricadas para el ejército turco y que como consecuencia de la paz se habían convertido en “rezago militar”. Urquiza se entusiasmó con la forma de pago ofrecida, que era un trueque por productos y lograda la aprobación de la compra por parte del gabinete, se aceptó la oferta de las bombachas originalmente destinadas al ejército turco. Todas las bombachas fabricadas por los franceses eran del color del uniforme de dicho país, el gris “ojos de perdiz” de color blanco sucio o isabelino y éste es el origen de la bombacha gaucha que entra en Entre Ríos a fines de 1858. Muchos paisanos que traían productos del litoral a Buenos Aires vendían también “bombachas batarazas”. En Entre Ríos muchas fueron revendidas y como algunos de los comerciantes eran de origen árabe o turco, la fábrica de origen fue confundida por muchos. En tres años, se difundió con gran éxito. Es después del triunfo de Mitre en Pavón en 1861, que se difunde en forma generalizada su uso. Cabe señalar que en esos mismos años, los ponchos que se vendían en las pulperías eran fabricados por la industria británica y ya no por los telares locales. Tanto la bombacha fabricada en Francia como el poncho salido de las industrias textiles francesas muestran, cómo después de la caída de Rosas la Argentina entró en un proceso de globalización económica. Otros sostienen que RICARDO GÜIRALDES importó de Francia bombachas vascas, de donde también provino la alpargata, pero esto fue muy posterior y recién en los comienzos del siglo XX; pero hay también quien argumenta que con el ingreso de las primeras colonias de este origen traídas por PEDRO LURO en 1862,  fue como se difundió la bombacha vasca y la alpargata. Pero en mi opinión, el origen predominante del uso de la bombacha proviene del rezago francés fabricado para el ejército turco, siendo la influencia vasca posterior y en todo caso concurrente (Fdo. Rosendo Fraga, Director del Centro de Estudios Nueva Mayoría).

Bota de “anca de potro”
Estaban confeccionadas con el “pellejo” de las patas traseras de un yeguarizo. Para hacerlas se sacaba este trozo de cuero entero y una vez limpio de todo pellejo, debía ser cuidadosa e intensamente sobado para que adquiriera flexibilidad y pudiera adaptarse como un guante, a la pierna del hombre. Esta especie de tubo que se había logrado, estaba abierto en ambos extremos, para que por el más angosto, asomaran los dedos del jinete ya que  los necesitaba así,  para poder estribar, como era costumbre en aquellos días. Cuando alguien quería hacer algo sin tener la capacidad necesaria para ello, se le recordaba que “no es para cualquiera la bota de potro”. Se referían así a lo difícil que era calzarse estas botas, pues si estaban mal sobadas o quien se las ponía, no tenía la piel de sus piernas y pies bien curtidos y acostumbrados al rigor de esa prenda basta y tosca, estaba condenado a sufrir graves escoriaciones e inflamaciones.

Botón pastelito
En el arte del trenzado campero, los botones hechos con tientos y que se usan en las presillas de ciertas sogas, riendas, cabrestos, maneas, etc., son por lo general de forma semi esférica y el “botón pastelito” es una excepción de este formato. Son cuadrangulares en los costados y redondeados en su parte superior, a semejanza del trozo de dulce recubierto de masa que ocupa el centro de los “pastelitos criollos”.

Brasita
“Churrinche”, es la onomatopeya para nombrar a un pájaro de hermosos colores que abunda en gran parte de la llanura argentina y cuyo copete, cuello y pecho de color rojo vivo, ha inspirado los otros nombres con que se lo conoce en distintas regiones de la Argentina. “Fueguero”, “fueguito”, “hijo del sol”, “solcito” y “brasita” son ellos y todos son tan comunes como “churrinche”. Los guaraníes lo llamaron “güirá-tatá” y “güirá-pitá” o sea “p´jaro de fuego” y “pájaro colorado” respectivamente.

Buche
La enorme duración de los viajes en épocas pasadas, hacía que los carreteros se las ingeniasen para aumentar al máximo la capacidad de carga en sus vehículos y así, como el jinete dispuso que lo acompañara “un caballo carguero”, para llevar su exceso de equipaje, los conductores de carretas y otros vehículos, incorporaron a los mismos, una especie de abolsamiento, hecho con cueros, unidos entre sí y asegurado con lonjas del mismo material, en las partes delanteras y traseras de sus vehículos (pescante y culata respectivamente). Estas grandes bolsas o depósitos auxiliares, prolongaban así el piso y su forma  combada sobresalía del cuerpo principal del vehículo, como sobresale el buche de ciertas aves que comen con exceso, semejanza que determinó, que se llamara buche a estos antigüos “portaequipajes”.

Cachapé
En los obrajes del norte, para el levantamiento y transporte de los grandes troncos derribados en los montes por los “hacheros”, se emplea un vehículo especial llamado “alzaprima” y que en ese mundo, conocen como el “cachapé”, sin saberse el origen de tal nombre.

Caldera
La “pava”, recipiente característico en el que se calienta el agua para cebar mate u otros menesteres culinarios, es conocida como “caldera” en la Mesopotamia argentina, y es un término que trajeron los hermanos uruguayos, asiduos visitantes de esas tierras, daba su proximidad territorial.

Calzoncillos cribados
La parte inferior de los “calzoncillos del gaucho”, la que salía por debajo del “chiripá”, solía tener bordados calados y “cribas”, y hasta flecos mas o menos largos que caían sobre las botas. Esos “cribos” eran los que le daban nombre a los “calzoncillos cribados”.

Camineras
En la Patagonia argentina, en toda la zona de la precordillera, abundan unas palomitas muy semejantes en forma y tamaño a las “torcacitas”, de otras regiones. Son diferentes solamente en el color, que es una mezcla de gris y castaño claro. Con pintas oscuras en el lomo y una especie de corbatita negra a lo largo del pecho. Andan siempre en bandadas, poco numerosas y vuelan a poca altura; preferentemente se asientan en los caminos removidos por el tránsito de vehículos y animales y avanzan, por lo común, todo el grupo en la misma dirección, presurosas e incansables, picoteando briznas, semillas y pequeños bichitos que han quedado al descubierto. Esa presencia constante en los caminos, es lo que les ha valido ser popularmente  llamadas “camineras”

Camino del Inca
Los pueblos incaicos, cuyo eino entral tenía asiento en el Perú, mantuvieron estrechas relaciones comerciales y políticas con los pueblos nativos de las regiones andinas del norte y del litoral argentino. Las tropas de llamas, cargadas con los productos destinados al intercambio (traían tejidos y metales preciosos, retornando con alimentos, especialmente granos y tasajo), bajaban desde el Perú por un camino especialmente trazado entre montañas y espesos montes, cubriendo un trayecto de centenares de leguas, llegando gasta el antigüo Tucumán. Desde allí el camino se bifurcaba: uno de los ramales se dirigía hacia el sudoeste y por Mendoza, pasaba a Chile o Arauco. El otro, cruzando Santiago del Estero, y el gran Chaco, llegaba hasta Paraguay y Corrientes. Esta ruta, conocida como “el camino del Inca”, ofrecía innumerables motivos de sorpresa y maravilla a los conquistadores españoles y fue HERNANDO PIZARRO, hermano del conquistador del Perú y su sucesor en el gobierno, quien primero se refirió a ella, diciendo “es cosa de ver, porque, en verdad, en tierra tan fragosa, en la cristindad  no se han visto tan hermosos  caminos. todos la mayor parte “calzada” y los arroyos tienen puentes de madera o de piedra”. Por su prte, su secretario, FRANCISCO DE XEREZ, amplía esta información diciendo: “Es tan ancho, que seis caballos pueden ir por él a la par, sin llegar uno a otro; van por el camino, caños de agua, traída de otra parte, de donde los caminantes beben (quizás se refería a las acequias). A cada jornada hay una casa a manera de venta, donde se aposentan los que van y vienen” (Lo que llama “venta”, eran los “tambos” o “postas” que además de ofrecerles comida y avituallamiento a los viajeros, les daba albergue. Acotemos que espaciados a lo largo de este singular camino, estaban las “pascanas”, simples refugios que también daban albergue a los viandantes.

Campos tendidos
Las diferencias de nivel en las llanuras, hacía y todavía hacen que en ciertos campos, por ser más bajos, se inunden muy rápidamente, a poco de producirse un lluvia copiosa. A esos campos, que son los primeros en anegarse, se los llamó “campos tendidos”, que significa lo mismo que “campos bajos”. La palabra “tendido”, hace referencia a la diferencia de altura que tiene una persona que está parada, con una que está “tendida en el suelo”.

Candiles y velas
El “candil” fue el primer artefacto utilizado por el gaucho para iluminar su vivienda. Un tarro, un cuerno, cualquier recipiente servía para que lleno con grasa o un poco de sebo y un pabilo retorcido o mecha, sirviera para darle luz, con mucho humo y tizne, seguramente, pero luz al fin. El “pabilo” era una especie de hilo o fibra de algodón que se compraba en las pulperías y que después, las mujeres se encargaban de retorcerla o trenzarlas, dándoles el largo adecuado. Vinieron luego “las velas de baño”, las primeras y verdaderas de fabricación simple, aunque muy engorrosa: un largo pabilo, bien afirmado entre los dedos pulgar e índice de ambas manos, se sumergía en sebo derretido y tibio, cuya temperatura  se mantenía uniforme por medio del “baño María; una delgada capa de la sustancia grasa quedaba recubriendo el pabilo y expuesto éste al aire, se endurecía rápidamente. El procedimiento se repetía cuantas veces fuere necesario, hasta darle a esta “vela” el grosor necesario. Para ganar tiempo, después de la primera inmersión, se colgaban varios pabilos de un alambre, al que se mantenía siempre en posición horizontal y se los sumergía a todos, en el sebo caliente. Más tarde, aparecieron los moldes de metal, especialmente de hojalata y entonces, la tarea se perfeccionó y simplificó de gran manera, ya que en cada molde, se podían hacer hasta 6, diez o veinte velas simultánea y rápidamente.

Cara vuelta
A veces se concertaban carreras en las que un caballo concedía ciertas ventajas al adversario. “Dar alivio” se decía y éstas consistían en aceptar algún descargo en el peso del jinete, correr sin rebenque (1), la elección del “tiro” (distancia a recorrer, convenir que sólo llegando con luz a la meta, se considerará un ganador etc.). Dar “cara vuelta”, significaba que el favorecido, debía colocarse en el punto de largada, en posición natural, con la cabeza en dirección a la meta, mientras que su rival, debía hacerlo a la inversa, es decir, de espaldas a la misma. Una ventaja inmensa que se otorgaba, pues al darse la orden de largada, mientras el favorecido podía partir velozmente hacia la meta, el otro debía dar vuelta a su caballo, para recién después iniciar su carrera. Ésta y “cortar la luz” eran las mayores ventajas que se podían otorgar (1) Conviene recordar que los jinetes solían llevar dos rebenques, uno en cada mano, para evitar tener que hacer cambios en los finales reñidos o para hostigar al rival, cuando los caballos iban “costilla a costilla”, es decir muy juntos, recostándose uno en el otro, tratando ambos de desviar de su rumbo al otro.

Carbonada
Entre los diversos platos de nuestra cocina tradicional, la “carbonada” criolla, no sólo es de muy antigüa data, sino que es uno de las más populares. Es un guisado hecho con grasa, cebollas, trozos de carne vacuna, ajíes, zapallo, tomates, batatas, papas y choclos al que se le agrega caldo, Es común también que se le pogan duraznos frescos u orejones.

Carguero
Como le resultaba muy incómodo llevar elementos de cierto bulto, los hombres de campo, cuando viajaban a caballo, llevaban a tiro de cabestro otro animal que llamaban “carguero”.  En él, ubicaban dos sacos dobles que caían a ambos costados del animal. Se llamaban “alforjas” y éstas, podían se reemplazadas por las “árganas”,  una especie de cilindros de cuero abiertos en uno de sus extremos, que eran cargados sobre el caballo carguero.

Carrasca
En la provincia argentina de Catamarca y en algunas zonas vecinas,  se llama “carrasca” a un pequeño, vivaz  y simpático pajarito, que en otras regiones se conoce como “ratona”, “tacuarita”, “curucucha”, etc. El nombre deriva de una voz o grito particular que emite esta ave: Una especie de tableteo intermitente, monocorde y áspero, que es muy semejante al tableteo que produce la “carrasca”, un instrumento usado antiguamente por los negros esclavos, que consistía en un grueso palo, lleno de hendiduras y muescas horizontales, por las que se pasaba, un pequeño palillo de arriba abajo, de abajo arriba, unas veces con vigor y otras suavemente, produciendo sonidos apropiados para acompañar los cantos y danzas que les enseñaron de niños en su África natal, antes de ser vendidos como esclavos.

Cataplasma
Los fríos, lluvias y vientos que debían soportar nuestros hombres de campo, cumpliendo sus tareas, muchas veces les provocaba el lógico estado gripal, los resfríos, tos  y congestiones que también hoy son habituales, pero en aquellos tiempos no acudían a los descongestivos, antigripales, antihistamínicos y otros remedios que compramos en las Farmacias. En casos así, se recurría a “las cataplasmas”. Éstas eran un emplasto caliente, hecho con una gran diversidad de ingredientes, como frutas, hortalizas, plantas y hierbas que se colocaban entre dos trozos de tela y se le ponía al paciente en el pecho o la espalda. Tradicionalmente se hacían con harina de trigo, lino u otros cereales especialmente ricos en fibra vegetal, ya que de esta forma se podían aprovechar –y mejorar- la calidad de absorción de esta fibra.

Changarín
En el norte y el este de la región pampeana, se llamaba  “changarín”  al peón de las cuadrillas que, en los galpones del ferrocarril  y a las órdenes de un capataz, se ocupaba de todo lo relativo al cereal ya trillado: carga y descarga de vagones , ventilación del grano  en las playas y estiba  de las bolsas, cuando el grano  era depositado, en espera de su embarque en los trenes. “Changarín” deriva de “changa”, palabra quichua que significa “ganancia ocasional”, pues el jornal de esos “changadores”, era de un tanto por bolsa y en consecuencia, su ganancia dependía de la mayor o menor cosecha que se producía en esa zona. Hoy, el término “changarín” se usa en todo el territorio argentino para designar al peón rural o urbano que se ocupa de tareas ocasionales, sin tener un trabajo o un sueldo fijo, como ser, traslado de equipajes en estaciones de tren, acompañando a los carreros, cartoneros, etc., ocupándose de la limpieza de lugares públicos, etc.

Chango
En algunas regiones de la República Argentina, especialmente en las provincias del norte, a los niños y jóvenes menores se les llama “chango”

Chapeado
El mayor lujo del gaucho era “el chapeado”, un apero o recado cuyas riendas, cabezada, bozal y cabestro se adornaban con bombas y virolas de plata o de plata y oro, La cabecera de los bastos, artísticamente trabajada llevaba una chapa del mismo metal, con el monograma del dueño y hasta las “copas del freno” y la “pontezuela” eran de plata, cuando el orgulloso propietario, disponía de mayores riquezas.

Charango
En las provincias del norte argentino, especialmente en las cordilleranas, aún pueden escucharse los sonidos de una especie de guitarrita, de factura indígena, cuya caja de resonancia se hace con la caparazón de un quirquincho (armadillo o “mulita”). Se lo llama “charango” y no debe confundirse con el”changango”, esa guitarra muy rústica que antiguamente se tocaba en las llanuras.

Charque
El “charque” o “charqui” es carne magra, cortada en finas tiras o fetas de poco grosor y secada al sol, a veces después de ser saladas. Preparada de esta manera, la carne se conserva durante mucho tiempo, si ha sido guardada en algún lugar seco, sin humedad. Para comerlo, antes de cocinarlo como si fuera una carne común, debe ser puesto en remojo para que se ablande y si lo que se quiere hacer es “chatasca”, debe ponerse el “charqui”, seco no más, en un mortero y desmenuzarlo bien para luego cocinarlo. En tiempos pasados, el “charqui” era un bien preciado para el gaucho, porque a veces, debía conformar su hambre, “mascando” un trozo de charqui que traía en sus alforjas. Otro personaje de nuestra Historia que quizás le debió su supervivencia al “charqui”, fue el soldado de frontera, porque en los fortines, donde era muy difícil hacer llegar carne y otros comestibles frescos, el “charqui”,  era la base de su alimentación.

Chicharrones
Hirviendo o friendo trozos de grasa bien picada, que se saca de las reses faenadas, nuestras mujeres de campo, lograban derretirla para obtener lo que se llaman “los chicharrones”. Son éstos entonces trozos de grasa seca, que calientes o fríos, con un poquito de sal, constituían una comida muy agradable para la familia. Amasándolos con harina y agua,  hacían (y aún hoy se hacen), riquísimas tortas, que asadas al rescoldo o fritas, son las “tortas de chicharrones” un lujo que enriquecía el menú y las “mateadas” de campo.

Chilcán
En las regiones del noroeste argentino, especialmente  en la puna, la yerba mate es un artículo de lujo; su elevado costo la pone fuera del alcance de los menos pudientes y éstos la reemplazan con el “chilcán”. Se prepara con harina  de maíz tostado (“ancua”), a la que se le  agrega agua caliente y azúcar y puede tomarse con o sin bombilla. Como el azúcar también es un producto caro, es común que se lo tome amargo. Cuando se está de fiesta, el “chilcán” se prepara mezclando el “ancua” con harina de algarrobo, leche y azúcar.

Chilludo
Los animales, especialmente los caballos, mulas y asnos, sin que esto signifique excluír a otras especies, cuando han pasado el invierno, sueltos en el campo, crían un pelo muy delgado, largo, lacio, descolorido, que le da un aspecto muy desagradable y desprolijo al animal. Parece ser que esto es una forma de defensa que la naturaleza les brinda para que puedan defenderse mejor de los rigores del frío y de la lluvia que deben soportar, durante largos meses o que esta nueva pelambre obedece a la muda o cambio natural de pelo, que produce periódicamente en los animales. A este pelo, lanoso y muy desparejo, se lo llama “chilla” y su derivado “chilludo” se aplica al animal que se encuentra en esa condiciones y a las personas, que tienen el pelo largo, desprolijo y descuidado.

Choique
A las voces “ñandú”, “churi”  y “suri”  del guaraní y el quichua, con las que se conoce el “avestruz americano”,  debe agregarse “choique”, la voz de origen araucano para designar a esta gran “ave paleognata”, que se ha generalizado en toda la Patagonia  y provincias andinas.

Chucho
Chucho es un término derivado del quichua y que popularmente se le da, especialmente en el noroeste de la Argentina,  al paludismo, enfermedad endémica trasmitida por el mosquito “Anopheles”. La característica sintomatológica principal de esta enfermedad, son los temblores,  que producen en el cuerpo del afectado, en sus accesos, de mayor intensidad. El paludismo, es lo que los conquistadores españoles llamaban “las fiebres”, las temidas “tercianas”, a cuyos estragos entre la soldadesca, se refieren muchas crónicas de aquella época (1). Ese temblor, típico, en forma de escalofríos irreprimibles, influyó para  que la palabra “chucho” ampliase su significado y se convirtiese en sinónimo de miedo, ya que se da por sentado que las personas  asustadas, tiemblan, igual que las atacadas por el paludismo. De ahí que en la campaña se dijera que “tiene chucho”, cuando una persona que tenía miedo (1) Acotemos que el paludismo, también conocido con el nombre de malaria, de acuerdo con la periodicidad de sus accesos, se clasifican como perniciosas, cotidianas, tercianas  y cuartanas, según que la reproducción microbiana (que es la determina el estado febril), sea permanente o se produzca  cada veinticuatro, cuarenta y ocho o setenta y dos horas. La primera forma es la de mayor gravedad y por su orden, las demás.

Chumbo
De acuerdo al habla popular, en la Argentina, chumbo es el proyectil que se dispara con un arma de fuego, más exactamente el plomo o bala que sale, preferentemente de un revólver. “tirar un chumbo” en el vocabulario de la campaña, significa “tirar un tiro”. Algunos lingüistas afirman que el término “chumbo” se debe asimilar a “chumbar” que es azuzar a un perro para que ataque, porque ambos representan lo mismo, es decir el tiro con el revólver se lanza contra alguien, lo mismo que el perro que se lanza al ataque a la orden del amo. Otros, lo ven como incorporado al léxico gauchesco, traído por algún brasilero o portugués, de los tantos que viajaron por nuestras tierras como mercachifles, la mayoría de ellos,  y para quienes, según su idioma, “chumbo” es “plomo”.

Churo
“Churo” es una voz quichua que ha ingresado en el vocabulario popular en el noroeste argentino, adquiriendo una significación amplia y variada. Se usa como adjetivo calificativo para ambos géneros y expresa, que las personas, animales o cosas, tienen alguna condición especial que los hace merecedores de sobresalir entre sus semejantes. Un hombre “churo” lo es por viril o animoso; por su belleza física, elegancia en el vestir, corrección, cordialidad en sus modales o mayor capacidad en cualquier actividad que fuere.  A su vez, una mujer es “chura”, por tener esas misma cualidades u otras que la distinguen por sobre las demás. Aplicado a los animales y las cosas, “churo” es sinónimo de atractivo, lindo, bonito.

Churrinche
Por la voz onomatopéyica “churrinche”, en la región pampeana argentina, se conoce a un pequeño y hermoso pájaro de plumaje ceniciento, cuya cabeza, adornada con un copete, similar al de los cardenales, de color rojo y propio del macho y cuyo cuello y pecho están totalmente cubiertos con plumas de un color rojo vivo. Debido a este color, es que en el noreste argentino, se le da el nombre de “solcito” e “hijo del sol” y en el noroeste, los de “fueguero” y “sangre de toro”. Por extensión, suele calificarse de “churrinche” a la persona que abusa de los colores llamativos en su vestimenta.

Chuschín
El “chingolo” ese pajarito representativo de la llanura pampeana, es conocido en las zonas andinas de la Argentina, con el nombre de “chuschín” y en el sur de la provincia de Mendoza, lo llaman “chincol”, lo que permite deducir que el nombre que se le da en la llanura, tuvo su origen en una voz de origen araucano.

Cigarros de chala
Chala es esa hoja que cubre la mazorca de maíz. Cuando está verde, se la emplea como forraje para los animales y cuando está ya está seca, se la usa para rellenar colchones y mucha gente de campo, la usa para armar sus cigarrillos, en lugar del papel, obteniendo así lo que se llama un cigarro de chala”.

Colchas y cacharpas
En el norte argentino, aunque es frecuente el uso del americanismo “pilchas”, para referirse a las ropas de vestir, también se usa “calchas” para englobar a todas ellas, a las prendas que constituyen el apero y aún a las ropas de cama. Por consiguiente “calchero” es la persona que s dedica a vender esos artículos. También son llamadas “cacharpas” alunas de las piezas del apero, como ser las bajeras y las matras o jergas

Con la fresca
En épocas de gran calor, los viajes a través del campo, casi desiertos y sin árboles, obligaba a los viajeros, tanto a los que marchaban a caballo, como los que lo hacían en carreta, a regular cuidadosamente sus jornadas, no sólo por su comodidad y su salud, sino también para cuidar a los animales de silla y de tiro. De ahí que se dijera “marchar con la fresca”, a la costumbre de viajar durante las primeras horas de la mañana o las últimas de la tarde, que es cuando el calor del sol, tiene menor intensidad.

Cortar campo
Los pajonales, las vizcacheras, los guadales, las zonas pantanosas y otros inconvenientes que se le presentaban al viajero que cruzaba la Pampa argentina en el pasado, obligaban a éstos a seguir los caminos normal y frecuentemente transitados, especialmente los llamados “caminos de carretas”, cualquiera fuere el rumbo de su viaje. Estos llamados “caminos de carretas”, eran aquellos cuyas huellas bien marcadas en la llanura, habían sido abiertas por el paso de las tropas de pesados vehículos, que sorteando los inconvenientes enunciados y los intrincados malezales, que se oponían al paso libre de los viajeros, los habían abierto para llegar a destino. Pero ocurría que a veces, urgidos por el tiempo, con escasez de víveres o agua o por tener muy cansadas sus cabalgaduras o animales de tiro, al viajero se le hacía necesario abreviar la duración de su viaje y para ello, recurrían  a los “baquianos”, hombres de gran experiencia, que conocían perfectamente los territorios a cruzar y la ubicación exacta de aquellos accidentes que podrían impedir su paso, por lo que “por una buena paga”, guiaban a quienes deseaban “cortar campo”, para ganar tiempo y acortar su viaje. Para ello, abandonaban la huella y con su gran habilidad para orientarse, cruzaban resueltamente la llanura, en línea recta, hacia el lugar previsto para la llegada. “Cortar campo” es en definitiva lo que hoy conocemos como “a campo traviesa”

Cortar la luz
Se declaraba  “puesta” (es decir “empate”) cuando los contendientes en una carrera cuadrera, llegaban a la meta sin haberse sacado ventaja, es decir cuando la testuz de ambos caballos habían llegado en una misma línea. Así una carrera se definía por media cabeza, por una cabeza  (o “al fiador”), por un pescuezo, por medio cuerpo, etc., etc. Si la ventaja era tan amplia,  que entre uno y otro, se podía ver luz, se decía que el ganador “cortó la luz” o que ganó “cortado”, modismos ambos de igual significación.

Coscojero
Al caballo que mueve mucho la cabeza, haciendo sonar las coscojas (argolla que va en la barra del freno) se lo llama “coscojero”.

Coyuyo
La cigarra o chicharra, insecto hemíptero, cuyo macho, en las horas estivales de mayor calor, aturde con su canto, una potente y monocorde vibración que emite perturbando la “siesta” de la gente, es conocida en el noroeste argentino con el nombre quichua de “coyuyo” y con el nombre guaraní “ñambaruccá” en el noreste. Las frases “cuando cantan los coyuyos” y “cuando canta la cigarra”,  de idéntico significado, expresa que a llegado el verano.

Cuadreras
Carreras cuadreras era el nombre que se le daba  a las carreras de caballos, donde la distancia a recorrer se medía en cuadras: una, dos, tres, cuatro o más, cuadras se establecía de acuerdo a la robustez y resistencia de los “parejeros” que competirían en ellas. De “cuadra”, derivaba entonces el nombre de “cuadreras”.

Cuchillito mangurrero
En correcto castellano, llámase “mangorrero” al cuchillo tosco, ordinario y cuya hoja, como es natural, ha sido deficientemente forjada. En el noroeste argentino, donde la lengua española mantuvo siempre mayor pureza, se emplea el término en su significación castiza, aunque con alguna diferencia fonética, pues suele decirse  “magurrero” (sin la n), al cuchillo que ordinariamente usan los pobres. En la llanura, en cambio, se denomina “mangurrero” al cuchillo de trabajo cuya hoja, por muchas y sucesivas afiladas, se ha reducido tanto que a veces, llega a tener menor longitud que el mago y de ahí lo de “cuchillito”. Como al reducirse la longitud, paralelamente se reduce el ancho de la hoja, el “cuchillito mangurrero” se convierte en una herramienta especial para el corte y desviramiento de lonjas y tientos de cuero, para señalar animales y para otras tareas menudas que requieren una hoja corta, delgada y de buen filo. Resulta curioso otro uso que se le daba a la vaina que contenían  estos cuchillitos: Muchos gauchos llevaban escondidas allí las pocas monedas que tenían y hasta la bombilla para tomar mate, ya que así evitaban que se doblara o se tapara con alguna suciedad.

Culebrilla
Entre las enfermedades  padecidas por nuestra gente de campo, la “culebrilla” era quizás una de las más temidas. La “culebrilla”, una infección bacteria, más conocida en el mundo médico como “herpes zoster”, es una sepa más agresiva que la varicela y en muchos casos las personas que la padecen son mayores de edad y posiblemente no tuvieron la varicela cuando fueron niños. Se trata de la inflamación de un cordón nervioso, que se manifiesta exteriormente por un sarpullido cutáneo o “herpe” de color rojizo, que se inicia, por lo general, en la espalda, donde nacen varios pares nerviosos y avanza, lenta y progresivamente, hacia el pecho o el abdomen, siguiendo el recorrido anatómico del cordón nervioso afectado. Falsas creencias populares y el empirismo de los curanderos”, crearon la leyenda de que, como la cadena de ronchas que caracteriza a este mal, unidas entre si y con borden ondulantes, semejaba el cuerpo de una culebra, imputaron a este ofidio la virtud del contagio y el carácter maléfico del mal. La llamaron “culebrilla”, afirmando que la misma se presentaba cuando alguien dejaba su ropa tendida sobre el pasto, permitiendo que sobre la misma pasara una culebra, dejando su ponzoña para que enfermara al descuidado. Pero lo peor del caso era el carácter que se le asignaba a esta infección: se decía que si el nervio inflamado llegaba a juntar sus dos extremos (la cabeza y la cola de la culebra),  antes de haberse curado, el enfermo moría irremediablemente. Y era ahí, cuando  comenzaba a hacerse presente el curandero; recomendaba la aplicación de un sapo, cuya fría panza  debía ponerse alternadamente sobre ambos extremos del cordón inflamado o bien usaban conjuros  y pases mágicos y exorcismos del más variado género y hasta ciertos nudos “mágicos” hechos con hilo o lana de colores. Y aunque parecía milagro, el enfermo sanaba. Aunque no era el sapo, enemigo mortal de los ofidios, el responsable de esa sanación; ni los conjuros, ni siquiera la magia de los nudos: era que la enfermedad había cumplido su ciclo y simplemente desaparecía, vencida por su propia naturaleza.

Cumbarí
En el norte y el noreste de la Argentina se cultiva (aunque también crece en forma silvestre), un ají pequeño, una especie de guindilla rojo cuando está maduro y tan picante que reemplaza con éxito a la pimienta para sazonar la comida. Este ají, conocido como “cumbarí”, ya existía en tiempos remotos y era utilizado por los guaraníes y los quichuas y hasta “el Inca Garcilazo” le dedicó su atención en uno de sus relatos: “Otro pimiento hay, menudo y redondo, ni más ni menos que una guinda, con su pezón e palillo; llámanle “chinchu uchú”, a quema más que los otros, sin comparación”. Este exceso de picor, hizo que la voz popular, siempre gráfica y acertada, otro nombre mal sonante, (ají puta parió), originado en la exclamación  que provoca en los comensales desprevenidos, cuando sienten en sus bocas, la intensidad de su sabor quemante.

Cumpa
En el noroeste argentino, especialmente en las provincias de Santiago del estero, Tucumán y otras vecinas, se emplea el término “cumpa” a modo de apócope de “compadre”, o sea del nombre que se le da al padrino de bautismo de una criatura. De igual modo, se llama “Cuma” a la comadre, es decir a quien ha oficiado de madrina de dicha ceremonia religiosa. “cumpita” y “cumita” son expresiones de mayor afecto hacia esas personas, unidas por aquel vínculo político.

Curcuncho
Al caballo, cuya columna vertebral o “espinazo”, presenta la forma de un arco cóncavo, que va desde la cruz hasta el nacimiento de las ancas o grupa, se lo conoce con el nombre de “sillón” o “guasancho”, en diversas regiones de la Argentina. En contraposición, a los caballos que presentan un defecto de inversas características, es decir, que su espinazo tiene la forma de un arco convexo, una  especie de joroba en todo el lomo del animal, se los llama “curcunchos”

Dar soga
Cuando se enlaza de a caballo, que es lo corriente, salvo de que se trate de enlazar animales chicos, el enlazador conserva en su mano izquierda, acomodado en rollos, el sobrante del lazo. Esos rollos se van soltando de a uno, de tal modo que el animal enlazado puede moverse como si estuviera libre. Al terminarse los rollos disponibles, el jinete marcha al galope detrás del animal apresado que huye, con lo que sigue “dándole soga” o sea facilitándole la huida. Juzgando que ha llegado el momento  de detenerlo, frena su cabalgadura, a cuya cincha está atado el lazo y así controla el animal enlazado. Vale decir, que la libertad de acción de éste, está supeditada a la voluntad del enlazador y durará lo que éste quiere que dure y nada más. De esta aparente soltura, surgió el “dar soga”, expresión que se aplica en muchas otras circunstancias de la vida: “soga” en algunos casos,  es equivalente del urbano “changüí” y así se define la ventaja o facilidad que una persona capaz de algo, concede intencionalmente a otra que no lo es tanto y a la que puede ponérsele término, intencionalmente también, en el momento que se desee.

Darse vuelta la taba
En la campaña argentina, al margen de las rudas faenas que los gauchos debían realizar para lograr su sustento y de las siempre emocionantes cacerías, boleando avestruces y gamos, el espíritu de competencia del hombre de campo, solo se satisfacía si se le daba la oportunidad de resultar vencedor en una contienda o dirimiendo por un derecho. El triunfo, más que una simple cuestión de suerte, podía ser prueba terminante de su baquía y hasta de su coraje, y por consiguiente, de orgullo personal. Para cultivar un aspecto de esta afición, quizás el menos honroso,  tenía bien a mano, un objeto que muchas veces lo puso al borde del triunfo y muchas otras, lo condenó a la pérdida ignominiosa, no sólo de su orgullo, sino que también de  sus “patacones”, tan trabajosamente ganados. Nos referimos a la “taba”, el “gueso” al decir criollo: un pequeño huesito de la pata de la vaca o de la oveja (el astrágalo), pieza fundamental de un juego procedente de España, la que a su vez lo heredó de los griegos. La “taba” (nombre del hueso utilizado para jugar y al mismo tiempo, nombre del juego que se juega con ella), era común encontrarla en cualquier rancho, por más humilde que fuera y hasta era natural que nuestros hombres de campo, lo llevaran en algún rincón de su equipaje, previendo las infaltables ocasiones que seguramente se le presentaban para “despuntar el vicio”.  El juego consiste en tirar a una distancia determinada “la taba”, a la que se le ha fijado una chapa de hierro en uno de sus lados y una de bronce en el otro,  de manera tal que caiga a tierra, quedando el lado con la chapa de hierro para arriba, pues si cae, dejando ver la otra, es “mala”, o “culo” en la jerga criolla. De más está decir que alrededor de quien tira, se reúne gran cantidad de espectadores, que apuestan a que salga “buena” o “mala”. Con gran expectativa se hace silencio y sale “la taba” disparada para que se eleve en el aire, tratando de que al caer, se clave en la tierra, quedando el lado bueno para arriba, pero se da el caso, que por alguna circunstancia fortuita, un terrón fuera de lugar, un palito que nadie vió, quizás un capricho del destino o la mano de algún gualicho, que la taba, modifique la calculada trayectoria de un tiro y la taba caiga con el lado malo para arriba, convirtiendo en derrota, un triunfo que la pericia del tirador anticipaba. Esta eventualidad es lo que dio origen a la expresión “darse vuelta la taba”, una modismo que expresa el fracaso, en última instancia, de algo que se procuró y se creyó seguro. En forma semejante, “Se le dio vuelta la taba” , quiere decir, “lo abandonó la suerte”.

De gurupa
Llevar el poncho, o cualquier otra prenda “de gurupa” en la cintura, significaba llevarlo hecho un rollo y atado sobre el cinturón (como hoy llevan nuestros niños un abrigo, “por si lo necesitan”). Nuestros hombres de campo dejaban caer las puntas del poncho a un costado, particularmente el izquierdo, para que el nudo no dificulte  los movimientos del brazo derecho. Del mismo modo, se llevaba “de gurupa” en el apero, es decir atado con tientos  en la parte delantera o trasera de los bastos.

De una sentada
Así se llamaba a lo que se hacía “de un tirón” o “de una sola vez”, por ejemplo cuando se referían a un viaje que se había realizado en una sola etapa, sin bajarse del caballo hasta que se llegaba a destino.

Depositada
Una carrera de importancia se concretaba con anticipación de días y hasta de meses. En esos casos, el importe total, o una gran parte de las apuestas, era depositado por los contendientes en custodia de un tercero, designado de común acuerdo por las partes y elegido por su nombradía como persona honrada y justa. Este depósito era la “depositada” y garantizaba la realización del desafío, ya que si uno de los adversarios, por cualquier motivo dejara de presentarse con su caballo en la fecha y hora convenida, perdía el depósito, quedando éste a favor del otro.

Don Simón
Entre los cuentos y consejas que hacían las delicias de las criaturas en la campaña argentina, los animales eran muchas veces, humanizados y hasta se les ponía nombres de personas. Algunos de estos nombres quedaron como clásicos de la literatura infantil, como es el caso de “don Juan”, que le correspondía al pícaro zorro de todos los tiempos, sombra negra de su tío, el tigre, a quien se lo llamaba “don Simón”, que no era otro que el sanguinario “yaguareté”, al que por eso, llamaban “don Simón” en el norte argentino.

Duro de boca
Algunos caballos de silla o de tiro, unas veces por ser éste un defecto natural del animal y otras por deficiencias en la doma, suelen ser “duros de boca”, es decir, indóciles a al llamado de las riendas. El animal muerde la barra del freno con lo que anula su acción  y se dispara, sin obedecer al jinete, que tratando de frenarlo, tira de las riendas vigorosa e infructuosamente.  Por similitud con esta característica de algunos caballos, se le llama también “duro de boca” al individuo que se deja arrebatar por la ira y es propenso al insulto, al denuesto o dicho más popularmente “a llevarse la boca de ajos y cebollas”, resultando ser difícil de contener o de sujetr, como acontece con el animal resabiado.

El ahorcador
La pieza auxiliar del “apero” criollo llamada “ahorcador”, es una simple transformación del “pretal”, que los españoles utilizaban como adorno de sus sillas o monturas. El “ahorcador” es pues, en nuestra tierra, un “pretal de trabajo”. Es una correa reforzada de cuero crudo y de ancho variable, que contornea horizontalmente el pecho o “encuentro” del caballo y se asegura, por sus dos extremos, en las argollas de la cincha o la encimera, mientras que una correa más angosta, que baja desde la cruz del animal, por ambos lados, impide que esta especie de pechera, se descoloque. El “ahorcador” es empleado en los casos en que el caballo debe tirar a la cincha, ya cuando se enlazaba durante el rodeo, ya para cuartear una carreta o en otras tareas similares. Con el ahorcador”, nuestros hombres de campo mantenían su recado siempre armado, evitando el riesgo de que la cincha se corriera hacia los ijares de su cabalgadura, y contribuía a que ésta desarrollara su fuerza al máximo.

El árbol de la lluvia
En el norte argentino, precisamente en la provincia de Misiones, existe un árbol de gran tamaño al que se lo llama “el árbol de la lluvia”, En cierta época del año, durante los meses de diciembre y enero, sus hojas dejan caer una tenue llovizna, una especie de garúa contínua extremadamente fría, lo que le da más singularidad a este fenómeno que se produce en una tierra abrasada por los calores del verano.

El atador
Pese a lo que se lee muchas veces, a ningún gaucho del pasado, salvo muy excepcionales casos de urgencia, se le hubiera ocurrido emplear su lazo para “atar a soga” un caballo, ya se tratase del “nochero” en las casas, o del montado, cuando le tocaba “hacer noche” en el medio del campo. Y la razón era muy sencilla: el lazo trenzado o “torzal”, debía tener una determinada flexibilidad para servir como tal al enlazar o al pialar. Por eso es que no se engrasaban como se hace con otras sogas o “guascas”, empleando un simple trozo de grasa, sino que se lo frota con hígado vacuno, sustancia que le da al lazo ese exacto punto de rigidez que le es necesario, para ser eficaz como herramienta de trabajo. Si usaba el lazo simplemente para atar animales, el roce con la tierra, los pastos y por sobre todo, el rocío de la noche, lo harían perder esa condición vital, ablandándolo o endureciéndolo con exceso. Por eso, para esas eventualidades, el gaucho llevaba en su apero el llamado “atador”, una pieza cuyo sólo nombre define su utilidad: se trata de una tira de cuero crudo de unos cinco centímetros de ancho y de hasta doce metros de largo (en realidad un largo cabestro para que el animal pudiera moverse y pastar con libertad), que por medio de una presilla, se aseguraba a la argolla del bozal. En los viajes solía llevárselo doblado debajo del cojinillo, calzando  la parte delantera del recado, o envuelto alrededor del cuello del animal, cayendo desde la cruz,  hasta el pecho o encuentro, pero era común también, que cuando se viajaba de noche, recorriendo campos minados por cuevas de animales (tucutucus, vizcachas, topillos, etc.), el jinete  lo llevase en la mano, bien arrollado, para que en caso de una rodada, pudiera mantener el animal sujeto y  no quedara de a pie, porque su caballo había escapado.

El bajador
Algunos caballos de silla (y algunas vacas que por un defecto de constitución  o por mañas adquiridas), suelen bajar la cabeza, para luego alzarla con violencia y en un movimiento intermitente y de ángulo muy pronunciado, generando serios peligros para el jinete, que desprevenido puede recibir un violento golpe en la cara. A estos caballos se los llama “estrelleros”, ya que el movimiento que realizan con sus cabezas, parece indicar que quisieran subirla así para ver las estrellas. Para corregir ese defecto o por lo menos, precaver sus riesgos, se usa una soga especial que se llama “bajador”. Es una correa reforzada, de factura y aplicación muy semejante a la del “cabestro”. Un extremo de estos bajadores, provisto con presilla con ojal y botón,  se abrocha en la argolla del bozal y el otro, pasándolo por entre las patas delanteras del animal, corriendo a ras del pecho o encuentro, se asegura en la parte media de la cincha. Como la longitud del “bajador” se gradúa según fuere el tamaño de caballo, éste podrá levantar su cabeza sin inconvenientes, pero jamás podrá llegar con su testuz a la cara del jinete.

El burro
Si tener nada que ver con la voz que define a este animal doméstico de la familia de los équidos, se llamaba “burro” a un caballete de madera, destinado a sostener el recado o la montura, cuando eran guardados luego de desensillar estructura que quizás fue llamada así porque en sus funciones, resultaba tan útil y pacífico como su homónimo animal, de mansedumbre proverbial.

El caburé
El “caburé” es un ave de rapiña que habita en las selvas y montes  del nordeste argentino. Tiene un vigor desproporcionado con respecto a su pequeño tamaño. Es un cruel carnicero que se alimenta con pajaritos a los que aterroriza con su mirada y mata. La tradición le adjudica un gran poder de atracción, afirmando que le basta mirar a su futura víctima, para que ésta, quede paralizada y ni siquiera trate de huir. Por creerse que ese poder de atracción o fascinación permanece aún en las plumas del ave, es que éstas son un elemento primordial en la confección de amuletos o “payés”

El chajá y las horas
El chajá es un ave, nada bonita, que si bien hoy ya casi se encuentra en extinción,  integraba enormes bandadas que poblaban la pampa argentina y la gente de campo le atribuía el don de “cantar las horas”. Porque, aunque se ignore la explicación racional o científica de ello, con diferencia de pocos minutos, todos los días, a las mismas horas (las 21, las 24 y antes del amanecer), esas enormes bandadas prorrumpían en un ensordecedor grito.

El fiador
El “fiador” es una prenda que precedió a los bozales modernos: es un anillo de cuero que se coloca en la parte superior del pescuezo de los caballos, exactamente en la línea de unión de éste con la cabeza. Una correa o tiento que pasa por la frente del animal (la “frentera” o “testera”), evita que el “fiador” se descoloque, corriéndose hacia abajo. El verdadero nombre de esta prenda es “cogotera”; se usó para prender el cabestro o la soga con la que se ataban las cabalgaduras en los palenques “en las casas”, o en una estaca clavada en el medio del campo. Por eso, la denominación de fiador, gráfica como todas las del hombre de la campaña,. tiene también mucho sentido poético, pues a ese anillo o cogotera, fiaba  el gaucho la seguridad de tener su caballo siempre a mano, era pues, “el fiador de su confianza”.

El mate del estribo
En el rancho del gaucho, al visitante siempre se lo convidaba con mate, en general amargo, al que llamaban “cimarrón”, aunque también algunos lo preferían dulce, para lo cual, se agregaba azúcar quemada o algún yuyo (preferentemente romero) para aromatizarlo y darle un sabor peculiar. Cuando la visita ya se estaba despidiendo y montado a caballo dejaba sus últimos saludos, las obsequiosas patronas le acercaban un último mate al que llamaban “el del estribo”.

El mate del resero
En el tiempo de los grandes arreos de hacienda, cuando los “arrieros” o “troperos”  acampaban para comer o para “hacer noche”, juntaban algunas ramas secas y así armaban un pequeño “fogón”, que si tenían tiempo y ganas, rodeaban con piedras que encontraban en el lugar. Encendían luego fuego y se sentaban a su alrededor. Ponían la “pava” con agua a calentar y uno de los peones, por riguroso turno, cebaba el primer mate amargo. Lo pasaba luego a su vecino inmediato en la rueda, quien lo “tomaba” o sorbía. Luego de llenarlo nuevamente con agua caliente, se lo pasaba a su vecino y así, del mismo modo, todos participaban de este ritual que les permitía descansar e intercambiar algunas palabras, comentando los sucesos del día que pasó.

El pago
El gaucho nacía, se criaba y se hacía hombre, siempre en un mismo lugar y era muy raro que cambiara de “querencia” y cuando lo hacía, permanecía por largo tiempo afincado allí. Los campos, los establecimientos, los animales y los vecinos le eran tan conocidos, tan cercanos, que todos eran su familia. Por eso, ese lugar era su “pago” y si alguna vez, ya sea por razones de trabajo o cualquier otra, tenía que abandonarlo, vivía obsesionado pensando en el regreso, pues para él, no había en la tierra, mejor “pago” que el suyo, la tierra que lo vio nacer o el lugar donde se afincó por largo tiempo. Trabando sólidas amistades y acostumbrando su oído al canto de los pájaros de esa región, a los vientos, arroyos y nubes que lo acompañaron durante toda su vida o gran parte de ella. “irse del pago” y “volver al pago”, son frases que aún se usan en la Argentina y ambas se vinculan con un profundo amor a la tierra que nos vio nacer.

El Pato
Juego gaucho que se practica a caballo y que fue descrito primera vez a comienzos del 1700. Dos equipos adversarios se disputaban la posesión de un gran saco de cuero provisto de fuertes argollas para empuñarlo (en sus comienzos se jugaba con un pato vivo). Generalmente en días festivos, se reunían en una pulpería unos trescientos o  cuatrocientos criollos y a veces en doble o triple número; todos en buenos caballos, bien aperados y luciendo sus mejores prendas. Los más conceptuados por su “valor en las peleas a cuchillo”, los más forzudos en los trabajos del campo, los que ostentaban mejores cabalgaduras y  más relucientes chapeados, formaban el centro de aquella reunión, y decidían pedir el pato al pulpero. El pato, un verdadero pato casero (y a falta de éste, tambíén valía una gallina cualesquiera), que una vez muerto era metido dentro de una bolsa de cuero provista de cuatro manijas, era el objeto sobre el que  iban a probar su fuerza, agilidad y destreza como jinete los jugadores de este violento juego. Cuatro de ellos tomaban con fuerza cada una de las cuatro manijas del saco y arrancaban una veloz carrera, tratando de desprenderse de los otros tres que seguían aferrados a la manija que había tomado. Ahí empezaba un forcejeo feroz, hasta que un estruendoso ¡viva! saludaba a quien conseguía arrancarle el pato a los otros tres y escapaba raudo hacia una “meta” previamente establecida y que era siempre la casa de un vecino de la zona. Y bien sabía que ni para acomodarse tendrá tiempo, porque era salvajemente perseguido por el resto de los jinetes, que partían en tropel dando alaridos tras el que trataba de alejarse. Si alguno de ellos lo alcanzaba y conseguía aferrar una de las manijas del “pato”, sin disminuir su carrera ni sus alaridos, debía tratar de arrancárselo de la mano, cuidando que ninguno de los otros jugadores, que también pugnaban por hacerse del pato, se lo arrebatara. Si alguno de ellos, luego de tironeos, embestidas y forcejeos, lograba desprenderse de sus perseguidores y  llegaba a la “meta”, sin perder el pato, lo arrojaba al patio de la casa que era “la meta” y se lo declaraba victorioso, quedando establecidos así de hecho, que tenía el brazo más poderoso, el caballo más veloz y era el más corajudo. La familia dueña del rancho que se había establecido como meta o en algunos casos el mismo pulpero, tenía la obligación de quitar el pato o la gallina que estaba en la bolsa y poner otro en su lugar. Cerrado nuevamente el saco, todo volvía a empezar. Según cuentan crónicas de la época, hubo veces que este juego se jugó con un pato vivo, pobre animal del que luego de ser sometido a tantos forcejeos y arrebatos, sólo llegaban a la meta, sus sangrientos despojos.  La lucha que generaba entre los participantes que pugnaban, uno por llegar al arco y los otros para impedírselo, era tan ruda y peligrosa que el virrey Sobremonte y más tarde, Rivadavia y Rosas, prohibieron el juego del pato. Ya en épocas más modernas, continuó practicándose, pero, en ocasiones especiales, como espectáculo relevante en muchas reuniones sociales. En 1909 fue reconocido y modificadas sus reglas de juego, pasó a ser deporte nacional, , amparado por un riguroso Reglamento que ha reemplazado el animal vivo o muerto, por una pelota de cuero con manijas, que cumple con la misma función que su desgraciado antecesor.

El parador
Los riesgos que entrañaba una rodada para un jinete, cuando el caballo que montaba, tendido al galope, metía una de sus patas delanteras en una cueva de vizcacha, “peludo”  o “tucutucu”, fueron transformados por la pericia y coraje de nuestros gauchos, en un peligroso “divertimento” que realizaban una suerte de salto acrobático, no sólo cuando realizaban sus tareas de campo, sino que también lo hacían como diversión y competencia. A estos hombres con esta habilidad, se los llamaba “paradores” y eran los que vistos en esas circunstancias, donde el caballo lo despedía por haber introducido sus patas en una cueva o por haber sido “pialado”,  a propósito y por diversión. El natural e imprevisto “hocicazo” del caballo, que caía  hacia adelante con violencia, era contrarrestado por el jinete que abría rápidamente sus piernas y daba un salto para desmontar y caer a tierra, quedando con el cabestro en una mano, con lo que impedía  la fuga de su cabalgadura, cuando se reponía de la caída. Ser “el parador” significaba haber adquirido un título honorífico y quien era así conocido, orgulloso de su habilidad, lo repetía una y otra vez , en cuanta oportunidad se le presentara, ya sea en los rodeos de hacienda chúcara, en las boleadas de avestruces y guanacos o en las marchas a campo traviesa.

El pasador
Las principales “sogas” de un recado criollo usado por los gauchos en la Argentina (cabezadas, riendas, bozal, cabresto, etc.) y especialmente las de los “chapeados” o aperos de lujo, suelen ser adornados con unos anillos, virolas o tubos de metal, de longitud diversa, que se colocan separados por cierta distancia y en número variable, de acuerdo con el gusto de su dueño. Esta pieza metálica es conocida  con el nombre de “pasador” (de pasar), en razón de que la “soga” pasa por su interior, tal como pasa el dedo en un anillo común, aunque en aquél caso, con mayor ajuste, a fin de que la virola, no pueda correrse una vez colocada en su sitio. Los “pasadores” cilíndricos, en general, se diferencian por su superficie exterior: son chatos y lisos o de canutillo, barrilitos, media caña y algunos, hasta tienen rebordes o soajes, que contribuyen a darles mayor vistosidad. Las piezas denominadas “bombas” y medias bombas” (huecos para disminuir su peso), son “pasadores” de más volumen, a veces una esfera completa, rematadas en ambos extremos por canutillos, barrilitos o medias cañas y el mayor volumen que por eso adquieren, les permite tener una mayor importancia. La habilidad del gaucho como trenzador, le permitió a mucho de ellos, armar sus pasadores con tientos delgadísimos, logrando hermosas filigranas que enriquecían su apero.

El prendedor
Para el hombre de campo en la Argentina, los animales que viven mucho tiempo en un lugar fijo, se “aquerencian”, es decir se acostumbran a estar en él, les toman “cariño” (de ahí “querencia”) y lo prefieren por sobre cualquier otro. Y ocurre, que si los alejan de esa “querencia” y los dejan en libertad, vuelven indefectiblemente a ella, sin errar jamás el camino, así se los haya llevado a muchas leguas de distancia. Este instinto, que subsiste aún por largo tiempo, obligó a quienes traían nuevos animales a sus corrales, a disponer de una “soga” especial, llamada “prendedor” para mantenerlos sujetos, hasta lograr que se “aquerenciaran” a su nuevo lugar. El “prendedor” (derivado de prender, unir), se componía de una anillo, fiador o cogotera, de uno de cuyos lados arranca una correa o “guasca” de casi treinta centímetros de longitud, articulada en su prte media por un ojal y botón y que termina en una presilla. Esta presilla se abrocha en la argolla del bozal del caballo que se quiere “aquerenciar” y el anillo o fiador se sujeta en otro animal que esté ya bien “aquerenciado”, con lo que ambos animales quedan unidos y en la imposibilidad de separarse. Como el que está embozalado no puede hacer mucha fuerza, son vanos sus intentos para escapar y volver a su pago anterior, impedido por su compañero, al que no puede arrastrar. Pasado un tiempo, la función del “prendedor” habrá concluido y el animal es soltado, porque estando ya “aquerenciado” a su nuevo lugar, no habrá peligro de que escape.

El saludo gaucho
Ave María Purísima!! … así saludaba (y aún lo hace) la gente de nuestro campo al llegar a un lugar. Era la forma acostumbrada de saludar cuando se llegaba a “las casas”. Los moradores de la casa, alertados por el ladrido de los perros, salían a recibirlo y se le respondía  ¡¡¡ Sin pecado concebida !!. Luego, mientras el forastero, permanecía aún sobre su caballo, le daban los informes que requería y si solicitaba permiso para “hacer noche” (quedarse a dormir allí), lo invitaban a acomodarse en alguna de las construcciones de la propiedad. Entonces, y sólo entonces, el viajero desmontaba y ataba su caballo al palenque, porque ya tenía “licencia”, o sea el consentimiento de los patrones para hacerlo. Y así era siempre: el saludo era de rigor y aún los amigos de la casa anunciaban su llegada con el ¡¡¡Ave María purísima !! de rigor. También era costumbre saludar con un ¡Buenas y santas!!.

Embramar
En campo abierto se enlaza de a caballo y como un extremo del lazo queda prendido a la cincha o a la sobrecincha, al enlazador le resulta fácil dominar al animal enlazado, por más grande y violentos que sean sus corcoveos. Pero en el corral, el enlazador está de a pie y sus fuerzas son insuficientes para contener las maniobras que realiza el animal enlazado para desprenderse de su atadura; entonces, se “embrama”. Esta es una maniobra donde se recurre también a un “palenque” que está firmemente  enterrado en el medio del corral, alrededor del cual, dando dos vueltas . El enlazador da dos vueltas de su lazo alrededor del mismo y logra de esta manera, un apoyo firme ”recurre a la ayuda del “palenque”, tronco firmemente clavado en el piso, alrededor del cual, mediante dos vueltas, se afirma el lazo, maniobra que se llama “embramar”. Es una técnica que se utiliza especialmente para amansar vacas para el tambo, pues un vez “embramado” el lazo, se aprovechan los movimientos del animal para “atracarlo”, es decir, ir acercándolo poco a poco hacia el “palenque”, hasta que queda con el testuz ajustado al “palenque” y sin poder moverse.

Encontrar la casa en tapera
La gente de campo en la Argentina de antaño, para visitar a los amigos,  había que recorrer largas y peligrosas jornadas y a veces ocurría que al llegar a destino, se encontraba con que no había nadie en  la casa, ya sea porque sus dueños habían salido de viaje o se habían ausentado momentáneamente. Esas eran las ocasiones en la que el viajero decepcionado por su visita frustrada, expresara “encontré la casa en tapera”, es decir deshabitada, abandonada (aunque haya sido momentáneamente) por sus moradores.

Enlazar y pialar
Cuando se quiere sujetar a un animal que anda suelto, se lo enlaza, es decir se le echa el lazo hacia las astas, si es un vacuno o hacia el cuello si es un yeguarizo. Ahora bien, si lo que se desea es voltearlo, para curarlo, marcarlo o señalarlo, se lo piala y para ello, se le echa el lazo hacia las patas delanteras, para que así caiga al suelo.

Entre San Juan y Mendoza
Las provincias de San Juan y Mendoza en la República Argentina, desde muy antigüa data, han tenido fama por su rica producción de vinos. Esa fama es la que dio origen a la frase “estar entre San Juan y Mendoza”, eufemismo empleado para expresar que alguien está bajo los efectos del alcohol, que está borracho, “machado”, “curado”, “ebrio”, o “achumado”, de acuerdo con las denominaciones que este estado tenga en las distintas regiones del país. El modismo, quizás el más difundido en todos lados, fue inspirado por lo fácil, más aún, lo natural,  que resultaba el estado de embriaguez en aquellas dos provincias, dada la exuberancia de sus viñedos y la difusión de la industria vitivinícola, dadas las propicias condiciones de sus suelos para la misma.

Escuerzo
El escuerzo es otro de los animalitos que pueblan los campos y sin merecerla tiene mala fama, porque se le adjudica la propiedad de exudar veneno desde su piel, causando grandes daños a quien lo toca o lo toma. Pero estas son leyendas sin fundamento alguno. Lo cierto es que como vive en aguas estancadas y en lugares sucios, su mordedura, y solo su mordedura, puede producir alguna infección. Por eso, el hombre que tiene que andar por lugares donde abundan los escuerzos, debe usar unas botas de cuero grueso, llamadas “escuerceras”. Sabiendo entonces que “no es tan mala la fiera como la pintan”, recordemos en su beneficio la utilidad que presta al hombre, porque come gran cantidad de insectos perjudiciales para las plantas,

Eslilla
En el campo argentino, “eslilla” era la antigüa denominación de ese hueso del hombro hoy llamado clavícula y lo curioso de esta costumbre, es que “eslilla” no es otra cosa que la deformación fonética, mantenida después en la grafía gauchesca, de la palabra “islilla”, voz castellana que tiene la doble equivalencia de sobaco y clavícula.

Estancia
La palabra “estancia”, para referirse a los establecimientos de campo donde se criaban diversos ganados, especialmente el vacuno, se originó en las antigüas “vaquerías”, actividad que identificaba a las tareas vinculadas con la captura de animales salvajes y su faenamiento “a campo vierto”. Las cuadrillas, formadas por cierto número de peones a cargo de un capataz, de acuerdo con las cláusulas de los permisos que se otorgaban para “corambrear” (sacar cueros), que era acordado con las autoridades coloniales, se instalaban en los lugares establecidos en las concesiones y se instalaban allí, en viviendas precarias, tanto como fuere necesario hasta terminar la tareas. De esa “estada” (de estar), se deriva la palabra “estancia”, que pasó luego a nombrar los toscos ranchos, con sus corrales de “palo a pique”, que constituyeron los primitivos centros ganaderos estables.

Estanteo
El “estanteo” fue uno de los sistemas más primitivos para la construcción de corrales y edificación de viviendas, empleado en regiones donde abundaba la madera, material éste que era su elemento básico. La palabra tiene su origen en los travesaños horizontales llamados “estantes” o estribos, que se usaban para asegurar los materiales de las paredes. Ya antes del siglo XVII, en las zonas rurales, ricas en plantaciones forestales, se hacían corrales con “palo a pique”, con varios “estantes” para aumentar su solidez. El 1584 el Cabildo de Santa Fe, dispuso que se hicieran “corrales de cinco estantes por banda”, para guardar los caballos de la comunidad. Ordenaba así la construcción de corrales de “palo a pique” (postes de madera dura clavados profundamente en el suelo, reforzados o trabados con cinco parantes horizontales en cada costado. Estos “estantes” se aseguraban a diversa altura con tientos de cuero crudo, que al secarse, garantizaban un ajuste perfecto y daban enorme resistencia al conjunto. En los “ranchos de estanteo”, el esqueleto o armazón y el techado, eran idénticos en toda la llanura: en todos se utilizaban los “horcones”, la cumbrera para dividir las aguas (en los llamados techos a dos aguas) y paja quinchada.  Cambiabas solamente las paredes, que en vez de ser hechas con adobes, se hacían con cañas divididas longitudinalmente por la mitad, que sumergidas en barro, adquirían más cuerpo y  garantizaban una gran impermeabilidad. Una vez seco el barro, se las sujetaba con tientos a los “estantes”, una a continuación de otra, procurando que quedaran lo más juntas y ajustadas posible. Terminadas así estas paredes, se las cubría exteriormente con una capa de barro mezclado con paja fina y estiércol, aumentando así sus facultades para resistir el viento, la lluvia y el frío.

Estribar entre los dedos
Los estribos que se usaban antiguamente eran muy diferentes a los que se usan hoy. Eran una simple tira de cuero que terminaba en un botón, liso o trenzado, un hueso o un simple pedazo de madera atravesado. Esta tira de cuero era tomada entre el dedo gordo del pie y el anterior, de manera que el botón o lo que fuera que se había colocado, servía de apoyo al jinete. A fuerza de estribar de esa forma, los hombres que andaban mucho a caballo, tenían los dedos de sus pies completamente deformados, como deja constancia JOSÉ HERNÁNDEZ en su obra “Martín Fierro”, diciendo en uno de sus versos: “Con las patas como toro, de estribar entre los dedos”.

Farol
En las provincias del norte argentino, el farol no es otra cosa que la “luz mala” como se la conoce en las llanuras. Un fuego fatuo al que la superstición y la imaginería popular vincula con la encarnación de un alma en pena. Creen que “los faroles” denuncian la existencia  de “tapados” (tesoros ocultos) y que para dar con éstos, basta con localizar exactamente  el lugar donde apareció la fosforescencia.  Pero como “el farol” es considerado como cosa sobrenatural que se muestra sólo de noche,  pocos son los que se animan a salir a su encuentro “para encontrar el tesoro”. El “farol” ya era mencionado en las crónicas de los conquistadores españoles, pero ellos lo llamaban “carbunclo” y eso muestra la antigüedad de esta superstición o creencia.

Garra
Al estaquear un cuero, en cada uno de los lugares donde se lo clava a la estaca que lo contendrá estirado, se produce una especie de saliente, que se va agrandando cada vez más, a medida que el cuero se seca y se contrae. Cada una de estas salientes, recibe el nombre de “garra”, por su similitud de forma y aspecto con la garra o pata armada de fuertes uñas de ciertos animales. Las cuatro “garras” que han mantenido estirado el cuero, son partes desechadas luego, cuando se lo soba y curte, porque han quedado secas y muchas veces retorcídos e informes. Por extensión, cuando en una tertulia, se referían a aquellas mujeres  que por su flacura excesiva o expresión avinagrada, estaban  secas y arrugadas, como esa parte de los cueros, se decía “es una garra”.

Gastarse en partidas
En el conjunto de diversiones gauchescas, propias de todas las regiones de la Argentina, las carreras de caballos ocuparon el lugar más prominente y de mayor relieve típico, dando origen a una numerosa terminología propia del lenguaje popular. Y es lógico que así fuera; el caballo, llamado también “flete” o “pingo”, era el compañero obligado del gaucho, porque al decir de ellos “el gaucho, sólo a caballo, es hombre entero”. Una carrera entre dos parejeros de fama, constituía el más poderoso centro de atracción para la población rural. Era una fiesta ineludible a la que se acudía desde muchas leguas a la redonda, con el cinto repleto de “patacones” o “reales”, para cuando llegara el momento de las apuestas. Esta afición era bien explotada por los jugadores profesionales que acudían a estas reuniones como moscas a la miel y por los pulperos, que hacían su gran negocio, teniendo a un costado de su “pulpería”, una cancha con los “tiros” (distancias) bien marcados para ofrecérselas a quienes quisieran competir. Era sabido que no siempre ganaba estas carreras, conocidas como “cuadreras” (porque las distancias a recorrer, se medían en cuadras), el caballo más  veloz; sólo la picardía y la habilidad de un jinete podían garantizar el éxito y una de esas habilidades consistía en saber “gastar” al competidor a fuerza de “partidas falsas”. Una hora y a veces más, amagando con salir, para provocar la salida del oponente, que debía volver porque su rival había quedado firme en la raya de partida, eran suficientes para cansar al más veloz de los “parejeros” y así, cuando ya creyéndolo oportuno el avispado jinete se lanzaba a correr, su veloz  rival, ya cansado y nervioso por los amagues, quedaba inevitablemente rezagado y perdía la carrera. De esa picardía criolla surgió el modismo “gastarse en partidas”, que se refiere a las personas propensas a largos circunloquios antes de entrar de lleno al asunto principal que deben encarar. Así se dice que se “gasta en partidas”, el guitarrero que se entretiene  en el temple y los floreos de su guitarra, sin decidirse a ejecutar lo que el auditorio espera de él; al que teniendo que solicitar algo, orilla el caso y da vueltas y vueltas, antes de abordarlo o el enamorado que se prodiga en atenciones, sin declarar francamente sus sentimientos. “gastarse en parytidas” era lo que se conoce como “irse por las ramas” (ver “partidas” en Crónicas).

Guacas
Guacas o “huacas” era el nombre que se le daba a las tumbas de los aborígenes. Éstos, en modo particular los que habitaban en los valles calchaquíes (zona ocupada hoy por la provincia de Buenos Aires), creían que sus muertos, sólo emprendía un largo viaje y por eso al enterrarlos, colocaban junto al cadáver sus prendas personales, sus armas y adornos de plata y oro que se consideraban amuletos para que le garantizarían un buen viaje, convencidos que tales elementos, le iban a ser tan necesarios como lo habían sido en la tierra. Por eso a las “guacas” también se las conocía como “tapados”, porque ellas escondían verdaderos tesoros.

Guadal
En el interior de la República Argentina, se da el nombre de “guadal” al terreno blando, movedizo; a esos verdaderos colchones de polvo o de polvo y arena, cuyas partículas, por razones propias de su naturaleza, carecen de la cohesión necesaria para compactarse y no ofrecen esa consistencia firme que caracteriza a la superficie terrestre. Estos “guadales”, que ahora sólo se encuentran por excepción, fueron en el pasado, una contingencia, muchas veces insalvable para los viajeros. Eran muchos los que se encontraban en las llanuras y era tal su extensión y su profundidad, que en el mejor de los casos, cruzarlos resultaba una tarea larga y extremadamente cansadora para los animales de tiro y para las personas que viajaban por esos lugares, trance que se agravaba, cuando esos “guadales” eran húmedos , es decir, cuando una corriente  o una filtración subterránea de agua, convertía a esa gran masa de polvo ingrávido, en un magma semi-líquido, un verdadero tembladeral, especie de ciénaga, de gran profundidad y muchas veces, capaz de absorber, por un poder de succión irresistible, a los animales y hasta los vehículos que habían osado internarse en ellos. Acción ésta, que es muy semejante a la generada por los “menucos patagónicos” y los “cangrejales”, producto de la acción contínua de una vertiente sobre terrenos arcillosos en la Patagonia el primero, y debido a la presencia de millares de cangrejos en terrenos barrosos la segunda.

Guaico
En la campaña se conoce con el nombre de “guaico”  a ciertas concavidades de mayor o menor extensión, que se producen a ve ces en las proximidades de los ríos y arroyos, como consecuencia de una creciente del mismo. Según el diccionario “guaico” es una “hondura o bajo nivel en los terrenos anegadizos”.

Guarda con la maroma
Recordando que en América y principalmente en la Argentina, una “maroma” es aquella cuerda (de esparto, cáñamo, etc.) o cable que se encuentra tensa, sujeta en ambos extremos y a cierta altura por sobre el nivel del suelo, digamos que la frase “guarda con la maroma”  tuvo su origen en los trabajos que antaño se realizaban en los campos de cría con ganado, en oportunidad de la “yerra” o la marcación del mismo. Durante esos trabajos, frecuentemente era necesario enlazar por los cuernos a los vacunos, que sintiéndose apresados, comenzaban a dar vueltas en círculo alrededor de quien lo había enlazado mediante su lazo, previamente sujeto al recado. Este movimiento del animal, convertía al lazo en una “maroma” móvil, lo que significaba un evidente riesgo, para el jinete y para todas las personas que se encontrasen dentro  del radio de ese fatal círculo móvil. Pero nuestros gauchos, familiarizados con los riesgos que sus tareas le imponían afrontar, sabía sortear el trance con admirable serenidad y coraje: Al grito “guarda con la maroma”, apreciaba rápidamente la situación y cuando el lazo ya casi iba a alcanzarlo, le hurtaba el cuerpo dejándose caer a tierra, tendido de largo a largo y sin levantar la cabeza, para que el lazo pasara por encima de él, sin tan siquiera rozarlo. Lo notable era que situación tan riesgosa, acabara por provocar la hilaridad y la jarana entre todos los testigos de esta escena, que se apresuraban a “socorrer” al jinte que prontamente se levantaba, sin haber sufrido más que un revolcón.  En la época de las luchas por la Independencia Argentina, los gauchos emplearon este procedimiento como arma de combate con indiscutible éxito: aseguraban los extremos de un lazo a la cincha de dos caballos y abriendo espacio en ambos, de modo que el lazo quedara bien tensado, cargaban al galope sobre el campo enemigo y esa “maroma”, a modo de guillotina, iba segando las filas del enemigo, que quedaba despatarrado y en muchos caso, con muchos lesionados y hasta muertos. Agreguemos otro modismo que también involucra a las “maromas”. “Estar en la maroma” significaba hallarse  en una situación difícil, en un apuro. Tal como el que debía enfrentar el gaucho que enlazaba una res chúcara.

Guasancho
Al caballo “sillón”, el que tiene la columna vertebral hundida y arqueada, desde la cruz hasta la grupa, se lo llama “guasancho” en las regiones del norte argentino.

Guayaca
La “guayaca” es una tabaquera que aún se usa en el campo. Se hace preferentemente con la vejiga o el buche de ciertos animales (avestruz por lo común) y según se afirma, es la mejor forma de conservar fresco y con buen aroma al tabaco. En algunas regiones, a esta “bolsa de tabaco” se la conoce como “chuspa”

Guazú
Los vocablos compuestos de las lenguas indígenas que poblaron el territorio argentino, los que aún se usan en el habla regional y que han trascendido como topónimos y nombres de cosas y de seres, algunas veces, suelen originar confusiones debido a que tiene diversa significación según sea la forma de su empleo. Tal sucede con “guazú”, término guaraní que puede expresar “grande”, como es el caso de “aguaraguazú” (zorro grande) y el de un ciervo, que puede ser un “guazutí”, un “guazuncho”, un “guazubirá” o un “guazupucú”, es decir ciervos pequeños. “Iguazú”, nombre de un río del noreste argentino, pertenece al primer grupo donde “I” es agua y “guazú” es grande, conformando “agua grande”, característica de río ancho que tiene en algunas partes, y que es la que le da ese nombre.

Hacer boca
Mientras chirriaba en el asador, esparciendo un vaho tibio y oloroso, la comida  principal de la gente de campo en la Argentina (un costillar entero de vaca, un cordero, un grueso y amarillento matambre de potro), era costumbre corriente en tiempos pasados, ir acomodando en la parrilla o directamente sobre las piedras calientes del fogón, algunas “achuras” (tripa gorda, chinchulines, mollejas, riñones, etc.), todas ellas de cocción más rápida que las carnes. Tales “achuras”, acompañadas por el infaltable “cimarrón (mate amargo), servían para “hacer la boca”, o sea como anticipo, como aperitivo, ya que esos bocados estimulaban el apetito y al mismo tiempo, hacían más llevadera la espera para el asado.

Hacerle la cruz
Al que muere se lo entierra, ya no cuenta entre los vivos; se ha ido para siempre. Lo postrero que se hace por él, es la cruz que se coloca con su nombre en su tumba. Eso significa que ya no ha de volver, pues nadie vuelve del otro mundo. Así, para el gaucho argentino, “hacerle la cruz” a una cosa cualquiera, a una amistad rota, a un caballo extraviado o robado, a una esperanza frustrada, era considerarla algo definitivamente perdida, tan perdida como si estuviera muerta. Por eso, se le “hacía la cruz”.

Hacerse el chiquito
Las duras condiciones de vida que le imponía la naturaleza y las tareas que debía desarrollar el gaucho, lo ponían frente a dos caminos, uno de los cuales debía tomar si quería sobrevivir: el que lo instalaba como hombre guapo, fuerte y sin miedos entre sus semejantes y el que le aconsejaba tratar de pasar desapercibido, eludiendo trabajos riesgosos y enfrentamientos personales. A este último camino se lo conocía como “hacerse el chiquito”. Un modismo que no debe ser confundido con cobardía: más bien puede relacionarse con la típiva “viveza criolla”, porque quien se hacía el chiquito, quizás adoptaba esa actitud momentáneamente, para mostrarse de inmediato y sorpresivamente, en la plenitud de sus aptitudes para enfrentar y superar a aquellos hombres o circunstancias, ante los cuales se había achicado.

Hijar
El gaucho, obligado a vivir y a trabajar en un medio inhóspito y carente de recursos, muchos de ellos elementales, debió esforzarse para ejercitar su inventiva en la búsqueda de soluciones para sus problemas más inmediatos. Así nació el “hijar”, una prenda auxiliar de su vestimenta, que se llevaba entre las dos caronas del recado. Consistía en un cuero de potro, bien sobado y con todo su pelo, al que se le daba una forma rectangular y que servía como impermeable en los casos de lluvia, para cubrir la “bajeras” (paja o pasto) que se usaba como colchón para dormir bajo las estrellas, o para improvisar un pequeño toldo que lo protegía del sol o de la lluvia. En la vida “en las casas”, el “hijar se utilizaba para cerrar puertas o ventanas, en reemplazo de la madera.

Hormiguero
Además del significado propio de “hormiguero”, que define  a un nido de hormigas, se le llamaba “hormiguero” a una infección que se produce en la cara interna del vaso o pezuña de los caballos, infección que si no es atacada a tiempo, termina por destruír los tejidos  ocasionando la pérdida total de la sustancia córnea. Es un mal que penetra por algún pequeño agujero que por accidente se produce en la parte inferior delantera del vaso y que va destruyendo sistemáticamente la pezuña y la carne, como si fueran comidas por las hormigas y de ahí el nombre que se le dio.

Hornero
El hornero, ese simpático y trabajador pájaro que es tan común en el campo argentino es quizás, el más hábil e ingenioso constructos de casas que existe. Un poco de barro y algunas pajitas, pasto seco y mucha dedicación, le bastan para hacer un nido consistente y sorprendentemente funcional. Elegido el lugar que siempre es elevado, como un poste telegráfico, la horqueta de un árbol o el poste de algún alambrado, comienza a llevar en su pico, los materiales que busca, a veces en lejanos lugares. Construye una especie de horno (de allí su nombre), cuya puerta sabe orientar de modo que la lluvia y los vientos predominantes no entren por ella y adentro lo tabica, de modo que sus polluelos, cuando los tenga, puedan acomodarse bien al abrigo. Es curioso observar que muchos de estos pajaritos, como si quisieran imitar los rascacielos que construye el hombre, han ido construyendo sus nidos (seguramente distintas parejas que encuentran apto el lugar), encimándolos uno sobre otro.

Huinca
Los antigüos aborígenes araucanos, que ocuparon la Patagonia argentina, desplazando a los “pampas”, no reconocían diferencias religiosas entre los conquistadores españoles y luego entre los criollos, Para ellos todos los hombres blancos eran cristianos, lo mismo que todos eran considerados españoles, así fueran italianos, alemanes o ingleses. Fue por eso que en su lengua, llamaban “huinca” a los cristianos de piel blanca y extranjeros, es decir a todo aquél que no fuera de su etnia. El semicastellanizado grito con el que atronaba la tierra durante sus malones: “matando huinca” expresaba “matar al cristiano” y hasta cuando rendían homenaje a la bravura de algún milico, decían “huinca toro”, como lo llamaban al coronel Lucio V. Mansilla, declarando su admiración hacia este bravo coronel. Este vocablo aborigen ha quedado instalado en topónimos tales como “Huinca-Renancó” y “Huinca Rupu” (“aguada” y “camino” del cristiano respectivamente), localidades de la provincia de Río Negro.

Humita
En la cocina criolla de los argentinos, la “humita” es una de las comidas preferidas por la gente campo. Su componente principal, y el que le da carácter, es el choclo rayado, al que se le agrega un sofrito hecho con grasa, cebolla, ají picante y especies que varían según el gusto de cada región. Preparada la pasta o guisado con estos elementos, se divide en porciones del tamaño de una cucharada grande y se las envuelve con “chalas” (hojas que recubren las mazorcas de maíz). Se las ata con tiritas del mimo material y se hierven luego en agua con sal. Así preparadas toman el nombre de “humita en chala”, que se diferencias de otra que tiene diferente proceso y que se conoce, simplemente como “humita”. El choclo se debe cocinar previamente en leche, a la que se le agrega luego el mismo sofrito de grasa, cebolla, pimientos y especies, para que sirva de acompañamiento de otras comidas, como ser pastas, carnes, etc.

Jagüel
Entre los vocablos quichuas que como “pampa”, “guasca”, “chiripá” y otros que fueron adoptados por nuestros gauchos, debemos anotar  “jagüel”, término insustituible en la acepción que hoy se le asigna en nuestro campo. En el nordeste, zona donde se originó, se llamaba “jagüey” al embalse o poza grande, donde se acumulaba y se conservaba el agua de las lluvias, de arroyos o riachos de escaso caudal o de esas pequeñas vertientes naturales llamadas “ojos de agua”. En un principio, el vocablo mantuvo en la llanura su primitiva significación y los “jagüeles” eran artificiales. Una excavación o gran pozo, algunas veces  reforzada su boca con una o dos filas de ladrillos o adobes para evitar que se derrumbara, servía para proveer de agua a la hacienda en tiempos en que no existía el molino de viento. Profundo, hasta llegar a la napa de agua potable, para sacarla, se utilizaba un balde grande, atado a una soga que pasaba por una roldana y como el balde cargado era muy pesado, esta tarea era realizada generalmente por niños, que con el extremo de la soga atado a la cincha de una mula o un caballo viejo e inservible (un mancarrón), lo elevaban y luego vertían su contenido en los “bebederos”. “Hasta la hacienda baguala, cae con la seca al jagüel”, decía una antigüa máxima criolla que hoy se utiliza para referirse a quien, luego de una prolongada e incomprensible ausencia, retorna a los lugares que solía frecuentar.

Jején
Entre las muy variadas “sabandijas” que pueblan el campo argentino, el “jején” ocupa con el “tábano”, la vinchuca y otros hematófagos, un lugar de privilegio por las molestias que ocasiona. Es una especie de mosquito muy diminuto que prolifera en las regiones húmedas y cálidas, que se reproduce en forma fabulosa, y que en algunas horas del día, sumando miríadas y miríadas vuelan a cierta altura por sobre el nivel del suelo, llegando  a oscurecer el aire. Su picadura es desagradable y muy molesta: es un suave escozor al principio, que aumenta poco a poco de intensidad,  llegando a convertirse en una verdadera tortura, más si son los ojos, las narinas o los labios, las zonas del cuerpo por donde ha andado.

La baguala
El medio geográfico, especialmente la topografía, ha influído grandemente, no sólo en los usos y las costumbres de los individuos de las comunidades, en cierto modo primitivas, sino también en la formación de su carácter. De ahí, las manifiestas diferencias que se encuentran de región a región. El antigüo viajero por la llanura, tenía y tiene, en el silbido, un compañero en su soledad. Es que el panorama, abierto a la mirada hacia todos los rumbos, permanentemente uniforme, sin secretos que muevan a imaginar fantasías y el suelo sin obstáculos naturales que se opongan a una marcha rápida, predisponen al recogimiento y el silbido, suave, casi mecánico, no altera la serenidad del paisaje ni la intimidad de quien silba mientras marcha.  Qué distinto es cuando el viajero transita entre sierras y montañas !!. Para ellos que prefieren el canto como compañero de sus soledades, ha nacido “la baguala”, voz de origen quichua, cuya grafía correcta sería “wawalla”, lo que permite suponer que “baguala”  es una simple adaptación fonética  y que en consecuencia no tiene ninguna relación  con “bagual”,  que se aplica en la llanura al caballo chúcaro o cimarrón  La “baguala” identifica a un canto muy parecido a “la  vidala” y que por eso también se lo llama “vidala coya”. “Es una canción de hondo dulzor, de extraña melodía, que envuelve  el espíritu en remembranzas,  pareciendo ecos de la tierra para la sangre; como dolor de la entraña popular que convive el recuerdo entre la soledad , el silencio, el amor y la fe en su raza. Ella le sirve de estímulo y compañía  en su largo y lento ambular  por entre cerros y picachos que lo cercan por todos lados, limitándole el paisaje”

La boca como pororó
Cuando se fríe maíz para hacer “pororó”, el grano revienta con estrépito y una serie de explosiones continuadas semejantes al tableteo de una pequeña ametralladora, preanuncian el final de la cocción. Por analogía, la gente de campo en la Argentina, dice que alguien tiene “la boca como pororó”, cuando habla permanente e ininterrumpidamente, dejando salir las palabras en montón, atropelladamente como si quisiera decir todo de golpe, pero sin terminar de hacerlo nunca.

La caronilla
Algunas piezas del antigüo apero o recado criollo, han caído en desuso, o se usan poco y a veces cumpliendo una función distinta a la que tuvieron en su origen. Tal es el caso de la “caronilla”, un cuerito bien sobado y por ello muy blandito o jerga tejida que se ponía entre el “carón” y el “lomillo” o el “basto”, para evitar la fricción entre ambos y el natural desplazamiento de estos, cuando se aflojaba la cincha. Pero los tiempos cambian y actualmente, especialmente en el norte argentino, se llama “caronilla” a una especie de alfombrita tejida y de vivos colores, que se coloca a continuación del “cojinillo”, es decir, que reemplaza al “sobrepuesto” o “sobrepellón”.

La esquila
La esquila o sea el corte de la lana que se les hace a las ovejas una vez por año, es una de las tareas que por su importancia, puede ponerse a la par de la “yerra” y la “señalada”. Los establecimientos modernos realizan esta tarea con aparatos mecánicos que ahorran tiempo y personal, permitiendo además la realización de un mejor y más prolijo trabajo. Pero antes, y hoy mismo aún, la esquila se realizaba a mano por las llamadas “comparsas”, grupo de hombres expertos en la tarea, que debían ser contratados con anterioridad por los dueños de los establecimientos ganaderos. Las “comparsas” estaban integradas por treinta o cuarenta esquiladores que manejaban las tijeras, dos o tres “agarradores”, encargados de apresar a los animales e inmovilizarlos  y un “médico” (generalmente un anciano o un niño a quien se le daba ese nombre, porque si alguna oveja era lastimada, él era el encargado de desinfectar la herida, pasándole con un isopo el remedio que llevaba preparado en un tacho. La esquila, que se hace por lo común a mediados de la primavera, al aproximarse los calores, se realizaba en un gran galpón o simplemente al aire libre, cercanos al corral donde se habían juntado las ovejas. Los “esquiladores” se formaban en hileras y los “agarradores” les traían los animales con las patitas ya “maneadas” (atadas las cuatro juntas). Con rápidos cortes de tijera, se las despojaba del grueso manto de lana y de inmediato las desataban dejándolas sueltas para que huyeran espantadas, mientras quien la había esquilado exclamaba “vellón y lata”, anunciando así que había esquilado otra oveja. Entregaba al capataz (que circulaba permanentemente entre ellos) el vellón (toda la lana que había sacado de ese animal) y recibía en cambio una chapita que le servía  luego para cobrar lo acordado por su trabajo. Al terminar la jornada, las cuentas eran muy fáciles de hacer: tantas latas correspondían a tantas ovejas esquiladas. Las “comparsas” cobraban según la cantidad de animales que hubieran esquilado y al finalizar su tarea, ellos mismos repartían lo que le correspondía a cada uno de sus integrantes. Los esquiladores ganaban muy buen dinero, pero era común que al finalizar una esquila, alguno de esos gauchos quedara sin un centavo. Es bien sabido el gusto que el hombre de campo tiene por el juego y como en los momentos de descanso y hasta las jornadas ociosas impuestas por el mal tiempo, la “taba” y la “baraja” se encargaban de hacer que las “latas” obtenidas tras duro trabajo, cambiaran muchas veces de mano hasta quedar finalmente en manos del jugador más afortunado.

La luz mala
Las materias orgánicas, especialmente las carnes y los huesos, que se encuentran en descomposición sobre la tierra, especialmente si son terrenos húmedos, producen una fosforescencia, muy visible en la oscuridad de la noche. Este fenómeno conocido como “fuego fatuo”, ha dado pie a una creencia que aún perdura en nuestras zonas rurales: se dice que esa fosforescencia, es  la “luz mala”, el alma de un difunto que recorre el campo buscando una paz que jamás encontrará. Es un “ánima en pena”, el alma de un difunto que abandona su sepultura y anda penando y errando por el mundo, muchas veces para pedir venganza porque había sido muerto en “mala ley” (a traición, o asesinado) y otras veces para reclamar porque no lo habían enterrado en “lugar sagrado”, o sea en cementerio o camposanto

La manea
La manea, ese elemento que todos los hombres de campo utilizaban y siguen utilizando hoy, evitaba que los caballos se alejasen del lugar donde habían sido liberados del control de su jinete. Es una pieza compuesta por dos abrazaderas de cuero, con un ojal y botón en cada una, unidas por un ramal corto, para que colocadas en ambas manos (patas delanteras) del animal, le impidan avanzar, a menos que lo hagan con pasos muy cortos o saltando, lo que les resulta muy incómodo, pero no les impide pastar o pacer.. Estas maneas de cuero, antiguamente eran de hierro, como una especie de grillos, de esos que se usaban para impedir la fuga de los delincuentes, porque existían muchos zorros hambrientos, que en su desesperación, se animaban a comer esas maneas de cuero, aún estando puestas en las patas de un caballo, que viéndose libre de su atadura, huía y dejaba de a pié a su jinete. Cosa que algunas veces le costó la vida a algún gaucho, porque “quedarse de a pie”, en esas inmensidades, sin agua y con la indiada y los matreros al acecho, eran una segura condena a muerte.

La papeleta
Antiguamente, en el campo solía llamarse “papeleta”  la Libreta de Enrolamiento”, documento que se usó durante mucho tiempo como documento de identidad. Los viajeros y troperos que debían recorrer grandes distancias lejos de sus hogares, visitando infinidad de pueblos y asentamientos, debían llevar siempre consigo “la papeleta” en un bolsillo del tirador o del cinto, para evitarse dificultades con la autoridad, cuando se les requería identificarse, si por casualidad se hallaban en lugares donde se presumía la presencia de algún delincuente.

La partida
De tiempo en tiempo, desde las Comisarías de Policía de campaña, salía una comisión integrada por tres o cuatro agentes, al mando de un cabo o un sargento, para recorrer la jurisdicción, es decir los territorios sobre los que debían ejercer la vigilancia. A esta comisión, a la que se le daba el nombre de “la partida”, solían agregarse algunos gauchos desocupados, grandes conocedores de esa comarca, que buscaban congraciarse con la autoridad, sirviéndoles de guía. La recorrida se hacía por lo general, con el objeto de aprehender a los individuos que hubieran cometido algún robo, asesinato u otro delito y dada la peligrosidad de algunos de ellos, muchas fueron las veces que tuvieron enfrentamientos y sangrientos combates. Estos delincuentes, a los que se los llamaba “matreros”, eran muy peligrosos, pues estaban firmemente decididos a defender su libertad y rechazaban violentamente todo intento de coartársela que viniera de parte de la autoridad.

La querencia
Así, como los gauchos se aferraban al “pago” como una necesidad de pertenencia, también los animales se acostumbran a vivir en un lugar determinado, quizás donde han nacido, quizás donde han pastado o parido en el caso de las hembras. Estos lugares son conocidos como “la querencia” (de querer, sentir atracción), término que también se usaba para designar al lugar donde vive una familia. Cuando buscando mejores pastos o lugares más aptos para la yerra, la marca, la esquila, etc. Se nota que extrañan “la querencia” y tratan de volver a ella, aunque se encuentren a muchas leguas de distancia. Este instinto animal daba mucho trabajo en los tiempos que no había alambrados, pues era muy difícil contenerlos. Las haciendas trasladadas tenían que ser vigilados día y noche, hasta que se “aquerenciaran” a su nuevo lugar. Sin embargo, en ciertas ocasiones, esa tendencia tenía sus ventajas, especialmente a la noche. Cuando se volvía a “las casas”, el ganado iba solo de regreso, instintivamente conocía la dirección y el camino que debía tomar para llegar a “su querencia” y así los gauchos que las conducían, podía ir durmiendo tranquilamente sobre su caballo, sabiendo que nada interrumpirá la marcha y que ningún animal se desprenderá del “arreo”. Este instinto también era aprovechado por el gaucho que por alguna circunstancia debía prestar su caballo. Lo hacía con total tranquilidad pues le bastaba decir cuando lo entregaba: “cuando llegue adonde va, suéltelo nomás, que él sabe cómo volver”

La rastra
De las prendas de adorno que eran usadas por el gaucho, “la rastra” es una de las que aún hoy subsisten  y quizás es la que goza de la mayor preferencia  por parte de nuestros hombres de campo. “La rastra” es un lujo que reemplaza a la hebilla en el cinturón o en el tirador. Consiste en una chapa de metal  (plata u oro), modelada de diversas formas, llevando por lo general, grabado o calado las iniciales del nombre y apellido del dueño (a veces ambos completos), adornadas con  artísticos dibujos. De una  que

La señalada
El signo de propiedad en el ganado menor (ovejas, cabras, cerdos, etc.), no es como en el ganado mayor (vacas, caballos, mulas), una marca aplicada con un hierro al rojo, sino que es un corte de diversas formas que se le hace a los animales en una de sus orejas. La “señalada” es entonces, el acto de marcar con esa señal al ganado menor y para ello se utiliza una simple tijera o un cuchillo, instrumentos que hoy son reemplazados por maquinaria que ofrece un resultado más limpio y piadoso. De acuerdo con la forma que tenga el corte, las señales tienen un nombre característico: horqueta, punta de horqueta, muesca, doble muesca, zarcillo, punta de lanza, agujero, martillo,  etc. Una misma señal puede ser usada por dos propietarios distintos, siempre que se la aplique en diferentes orejas,  o si es en la misma, puesta en sentido inverso o en diferente lugar.

La sudadera
La “sudadera”, también llamada “pelero” y “bajerita”, es un cuero pelado, una loneta o un simple acolchadito de arpillera. La pieza del recado criollo que se coloca primero sobre el lomo del caballo. Su denominación indica que está destinada a impedir que el sudor del animal, alcance a las otras jergas del recado, las “matras”, en este caso.

La tapera
Las “taperas” no son otra cosa que las ruinas de una casa que ha estado deshabitada durante mucho tiempo. El viento y la lluvia han ido destruyendo poco a poco su estructura y sus paredes, ya sin ventanas ni puertas, comienzan a degradarse y el techo termina por caerse, dejando que los pastos y arbustos invadan su interior. Las “taperas” tenían así, un aspecto muy poco agradable; cubiertas por los pastizales, utilizadas por los animales para hacer allí sus madrigueras y sus nidos, eran el escenario ideal para que la imaginería popular tejiera a su alrededor, fantásticas y terribles historias de “luces malas”, y “aparecidos”, que las inducían a evitar pasar cerca de ellas, porque les tenían miedo.

La vestimenta del gaucho
Las ropas del gaucho eran muy distintas de las del habitante de las ciudades de entonces y aún, de las del hombre de campo de hoy. El gaucho usaba “botas de anca de potro;calzoncillo cribado” (de piernas anchas como de enagua). La parte inferior de los “calzoncillos del gaucho”, la que salía por debajo del “chiripá”, solía tener bordados calados y “cribas”, y hasta flecos más o menos largos que caían sobre las botas. Esos “cribos” eran los que le daban nombre a los “calzoncillos cribados”; camisa de mangas holgadas con puños abotonados, “chiripá” (que después cambió por la “bombacha” en razón de la mayor comodidad que esta le brindaba (ver “La bombacha” en esta misma sección), una “faja” para sostener el chiripá y encima de ésta un cinto ancho de cuero, adornado con monedas de plata (y hasta de oro), que se cerraba con la “rastra”. De las prendas de adorno que eran usadas por el gaucho, “la rastra” es una de las que aún hoy subsisten  y quizás es la que goza de la mayor preferencia  por parte de nuestros hombres de campo. “La rastra” es un lujo que reemplaza a la hebilla en el cinturón o en el tirador. Consiste en una chapa de metal  (plata u oro), modelada de diversas formas, llevando por lo general, grabado o calado las iniciales del nombre y apellido del dueño (a veces ambos completos), adornadas con  artísticos dibujos.. El “chaleco” se prendía bien abajo con botoncitos, también de metal precioso y encima la “chaqueta”, corta, de cuello parado y abierta en la parte inferior delantera, dejando ver el chaleco. Un pañuelo al cuello, la vincha para sujetar la melena y un sombrero de alas cortas y copa en forma de cubilete. Completaban su atuendo llevando cuchillo (atravesado atrás, en su cintura), espuelas, un “rebenque” y el infaltable “poncho” para abrigarse o protegerse de la lluvia.

Ladero
La falta de caminos y la frecuencia de ríos, arroyos y cursos de agua diversos, pantanos, cañadones casi siempre anegados, pajonales y otros accidentes del terreno que era común encontrar en su camino, obligaban a quienes viajaban por el interior de la República Argentina, especialmente los que lo hacían en las “galeras” y otros coches destinados al transporte de pasajeros y correspondencia, a reforzar el número de caballos que tiraban de esos vehículos. Para ello, a ambos costados se agregaban otros animales, aperados con un recado sumario, que aportaban mayor fuerza de tracción eran utilizados para que sumaran sus fuerzas, tirando o cuarteando a la cincha, a fin de sacar el vehículo del atolladeros que lo había detenido. Cada uno de estos caballos auxiliares, recibía el nombre de “ladero”, en razón de su colocación en el vehículo. No llevaban riendas y para que no se abriesen o perdiesen la línea de marcha, iban asegurados por medio de un “cabestro” corto a las varas o al freno del “tronquero”, cuyos movimientos debían seguir en todo momento. “Ladero” era también la persona que secundaba a otro en el logro de un propósito, cumpliendo la función de ayudante.

Largar todo el rollo
Las frases, modismos y sentencias del gaucho, tuvieron siempre un fundamento, perfectamente conocido y palpable en el medio ambiente donde se desenvolvía. De ahí que el laconismo y la reticencia a hablar mucho, características de su conversación, no fueran tales para quienes convivían con él, familiarizados como estaban, de las costumbres que les eran comunes. Unas pocas palabras le bastaban para exponer una idea, un pensamiento o un deseo, pero como éstas tenían una estrecha vinculación con simples hechos cotidianos, la brevedad se imponía, pero el concepto quedaba claro: “Nunca falta un buey corneta”, “más vueltas que sebo de tripa”, “como lista de poncho”, “gastarse en partidas”, “tener una de a pie” y otras muchas expresiones comunes en el vocabulario gauchesco, confirman lo dicho. “Largar todo el rollo” pertenece a esta modalidad y define al acto del jinete, que después de haber enlazado a un animal, conserva en su mano izquierda, formando anillos de cierto tamaño, el sobrante del lazo. El conjunto de estos anillos, que forma un rollo de determinado tamaño, va disminuyendo a medida que se “da lazo”, o sea que se van soltando de a una, las vueltas de este rollo. Al soltar la última, el lazador ha “largado todo el rollo”, es decir, ya no le queda nada en la mano. De igual manera, cuando una persona expresa, voluntaria o involuntariamente, todo lo que sabe con respecto a un asunto; cuando en una controversia, uno de los que intervienen, aporta nuevos y terminantes argumentos ; cuando alguien, en la propia cara del afectado, le reprocha francamente sus vicios o equivocaciones; cuando en una actividad cualquiera, el que la encara o ejecuta, pone en ella todo su empeño y dedicación, o en otras circunstancias similares, se dice de cada uno que “largó todo el rollo”, es decir, que dio de si, todo lo que podía dar. La frase tiene así el significado de no dejar nada por decir o por hacer, de agotar todas las posibilidades en la solución de un asunto o en consecución de un propósito.

Las bajeras
Las “matras” son gruesas piezas  de lana o algodón que forman parte del recado o apero criollo. Se usan a modo  de acolchado para que el basto o el lomillo, no lastime el lomo del animal. Pero como van colocadas debajo de las “caronas”, se las denomina “bajeras” o “abajeras”, expresando que van debajo de aquellas otras prendas. Por igual razón la “sudadera”  y el “pelero” se convierten en “bajeritas”. En tiempos en que “dormir a campo”, era obligación frecuente, las “bajeras” resultaban imprescindibles para componer la cama del gaucho. Desaparecida esa necesidad, hoy, las “matras” sueles reemplazarse por gruesas piezas de fieltro, de más fácil manejo y que no requieren los dobleces que las otras prendas imponían para conformarlas al alrgo y ancho del recado.

Las casas
En el campo, cuando alguien se refiere a su vivienda, es muy raro que use el singular para referirse a su casa: “Me voy para las casas”, dicen, aunque se trate de un humilde rancho perdido en la soledad de la pampa. Esta costumbre, posiblemente se deba a que los primeros establecimientos que se alzaron en medio del desierto (las estancias y las “Postas”), a pesar de pertenecer generalmente a un mismo dueño, solían estar formadas por tres cuerpos de edificios destinados a usos distintos: uno era la vivienda del propietario, otro destinado al funcionamiento de la “Posta” con su boliche anexo y otro, quizás como depósito, granero y eventual alojamiento de algún cansado viajero. La “ramada”, precario techado hecho con cañas o ramas, era otro elemento que se sumaba a este conjunto de “edificios”, que se llamaban “las casas”.

Las guascas
La necesidad de contar con los elementos necesarios para su vida y su trabajo, sin tener que depender exclusivamente del “pulpero” o del “bolichero”, hizo que el gaucho se las ingeniara para fabricarlos y para ello, que echara mano a lo que más abundaba en su entorno: el cuero vacuno. Elegía uno que estuviera bien “estaqueado” (estirado mediante estacas clavadas en el suelo o colgado en un marco de maderas o cañas), para que se secara en forma uniforme y quedara uniformemente plano. Sacaba luego de este cuero unas  finas tiras de variada longitud y luego de afeitarlas bien, las sobaba cuidadosamente para darles elasticidad. Estas eran las “guascas”. Con ellas hacía lazos para realizar sus tareas o para cazar; maneas para inmovilizar a su caballo, riendas, cinchones, banquetas, tirantes para su toldo, cabestros, etc.). Estas “guascas”  trenzadas o simplemente bien curtidas, en sus hábiles manos, se transformaban en eficaces útiles de trabajo. También se llama “guasca”o “guascazo” al azote que se le da al animal (y a veces a un rival), con el rebenque o el látigo. Si a la “guasca” se le agregaba ojales, botones, pasadores, argollas, etc. Perdía su nombre original y pasaba a ser una simple “soga” y si ésta, por un deficiente sobado se endurece y pierde elasticidad, vuelve a llamársela “guascas”, pero esta vez en forma despectiva.

Las lloronas
Así se llamaba a las grandes y cantarinas espuelas con grandes “rodajas” que usaban los gauchos. El peculiar ruido que hacían al ser arrastradas por el piso, era un motivo de orgullo de quien las llevaba, porque avanzando con aire altanero, parecía decir: “presten atención, porque aquí estoy yo !!”. Y ni que decir cuando alguno de ellos, quizás más rico o con pretensiones de elegante, las había adornado con aplicaciones de plata y oro.

Lata de pobre
Muchas denominaciones populares, que en un principio chocan al oído por su fonética rústica, y que aparentemente carecen de sentido, resultan encantadoras y gráficas al extremo, cuando se conoce su significado. Tal el caso de la expresión “lata de pobre”, nombre que se le da en el noroeste argentino, a un árbol (“Piper tucumanus”), de ramas rectas, largas y muy livianas, provistas de anchas hojas. Estas ramas, con su follaje, se usan para techar los ranchos y ramadas, tal como se usan los juncos, la paja u otros similares, reemplazando a las chapas de metal (latas según el habla campesina). De ahí su nombre: la “lata de pobre” es la única que está al alcance de la gente con escasos recursos para techar su vivienda. Pero éste no es el único beneficio que brinda este árbol; sus ramas, largas y flexibles, sirven para reemplazar a las cañas en aquellos lugares donde a ésta no está disponible y además de emplearlas también en la construcción de refugios, se las utiliza como “picanas” y “picanillas”, empleadas para acuciar a  los bueyes que tiran de las carretas, arados y carros.

Le salió la viuda
Entre las supersticiones que tiñeron de tinieblas a la gente de campo en la Argentina, “la viuda“, ocupó un lugar preferente, muy cerca de “la luz mala”. Era una aparición, un “fantasma decían los campesinos, que anunciaba desgracias. ´Su aparición tenía lugar siempre de noche, en sitios apartados y bajo el aspecto de una mujer enlutada, cubierta de la cabeza a los pies, con un gran manto negro y rebozo. Jamás pronunciaba una palabra; el jinete a quien se dirigía el presagio, se la encontraba de pronto en una vuelta del camino. Venía marchando delante o a la par de su caballo, siempre silenciosa y con la cabeza agachada. Está demás decir que semejante aparición producía, tanto en el hombre como en su caballo, el terror lógico de lo sobrenatural y que, superada apenas la sorpresa, el pobre jinete huyera desesperadamente. Por eso, cuando los o aspiraciones de una persona se ven frustrados, en particular por l intervención de otros, se dice irónicamente que al perdidoso, “le salió la viuda”, es decir, lo inesperado, lo malo, lo que no se desea ni espera. A un guapo, “le sale” o “se le aparece la viuda” en la forma de otro más guapo que él, que se le impone, que lo domina; a un enamorado “le sale la viuda”, cuando aparece otro que conquista a su pretendida dama y a un comerciante, “le sale la viuda” en la persona de otro comerciante que le hace competencia y que progresa mucho más rápidamente que él.

Lo quisiera merecer
En el habla de los pobladores de la campaña argentina, la caballerosidad y el respeto que les eran propios,  se reflejan perfectamente en los eufemismos con el que nuestros gauchos suavizaron la aspereza y hasta la procacidad de algunos de los términos y giros frecuentes heredados del vocabulario español de la conquista. Esta cortesía innata de su personalidad, porque el gaucho no tuvo otra escuela que la rueda del fogón en la vieja estancia criolla, se manifiesta también en otras varias formas de su lenguaje. Así es que cuando las “mentas” ensalzan la capacidad o habilidad extraordinaria de un individuo, en cualquier actividad que ésta sea: juego, esgrima, coraje, doma, canto, guitarreando, manejando el lazo o las boleadoras y otras muchas más, puede ocurrir que uno de los oyentes, que a su vez se considere con especiales condiciones en aquello que se le está elogiando a otro, exprese sus dudas o su humilde desacuerdo, con una fórmula carente de agresividad y llena de modestia: “lo quisiera merecer” dice. Pero lo que en realidad quiere decir es  “me gustaría que me hiciera el honor”, el favor de medirse conmigo, para que de esa “topada” o encuentro, pueda dilucidarse quién es el mejor.

Lobizón
El gaucho creía firmemente, como aún se cree en algunos poblados del interior, en la existencia de seres humanos que por diversas causas pueden transformarse en animales, especialmente en lobos (“licantropía”). El “lobizón” o “lobizonte” era, según la leyenda popular un hombre que se convertía en cerdo y que se aparecía de noche, causando temor. Se decía que atacaba a quien lo viera, pero que si se lo enfrentaba, logrando herirlo, de inmediato perdía su aspecto de animal y recobraba el de ser humano. También se afirmaba que había unos tigres muy feroces, a los que se les dio el nombre de “uturuncos” y unos tigres que llamaban “capiangos”, ambos,  hombres transformados en bestias por la fantasía popular. De acuerdo con esta leyenda, el “uturunco”, hombre tigre, era el producto de un trato hecho con el diablo en la “Salamanca” (escuela de brujería), y en pago del terrible don, el hombre debía entregar su alma, pues éste, era el precio fijado por “el malo”.

Los bastos
La palabra “bastos” con la que se designa a la pieza del recado criollo que hoy reemplaza al antigüo “lomillo”, no es un modismo argentino, sino que deriva del latín “bastum”, cuya definición es: “cierto género de aparejo o albarda que llevan las caballerías de carga”. En el Diccionario Enciclopédico de la Lengua Española, en el artículo referido al primitivo atalaje de los caballos de montar, dice: “le habían de cubrir primero (al caballo), con una manta y después con una colchoneta, que entre los griegos estaba rehenchida de bastos, para que el animal ni el jinete se lastimasen en sus movimientos”. Es por lo dicho, que es permitido decir que “bastos” es el relleno protector, sea de junco, esparto, crin u otro material semejante y también la propiedad con que el gaucho argentino empleó el vocablo al denominar así a esta prenda, cuyas características exteriores fue modificando, a medida que se lo exigían las necesidades de su ambiente.

Los tientos
Los tientos son tiras de cuero crudo, generalmente muy delgadas y siempre muy parejas de grosor, que se cortan con un cuchillo bien afilado de una cuero vacuno. Sirven para trenzar botones, pasadores y otros adornos  de ciertas partes del apero, para hacer riendas, cinchas estribos y hasta, con los muy delgados,  para coser piezas de cuero. Se usan, atados a los bastos, para sostener las boleadoras, el poncho y cualquier otra cosa que deba llevarse “atada a los tientos”, para que el jinete quede con las manos libres.

Los vicios
El gaucho podía privarse de comer y a veces lo hacía por largo tiempo, por carecer de dinero o por estar ocupado realizando tareas que le imponían un forzoso ayuno, pero había cosas de las que no podía privarse: estas eran los “vicios” y entre ellos estaba el vino, el mate, el tabaco y la caña, todos productos de los que no podía prescindir, sin que se resintiera su aptitud y voluntad para el trabajo.

Lunarejo
Se llama “lunarejo” al animal, especialmente al caballo,  cuyo pelo , pelaje o color, presenta manchas de color distinto , redondeadas y más o menos pequeñas. “Lunarejo” deriva de lunar , que no otra cosa resultan ser esas manchas, dentro de la uniformidad  de la capa o color predominante (ver “Pelajes del caballo criollo” en Temas Puntuales)

Lunar
En una tropilla, además de la “yegua madrina”, a veces solía mezclarse exprofeso, un animal de color absolutamente distinto al de los demás, al que se lo llamaba “el lunar”, para utilizarlos como referencia en los distintos movimientos que se le imponía a la tropilla (ver “Pelajes del caballo criollo” en Temas Puntuales)

Machado (Nombres para una borrachera)
El borracho y la borrachera, reciben en la Argentina varios nombres a cual más original y adecuado a ese deplorable estado: Además de ebrio y beodo, es común escuchar entre los norteños, que fulano está “machado”o “achumado”. En la región andina se dice que está “curado”, porque al beber  se lo llama “matar el gusano”. Estar “punteado” o “puntino” significa hallarse en los comienzos de la embriaguez, o sea mareado a medias, es decir “alegre”. “Tranca” y “peludo” son también sinónimos de borrachera y “agarrarse un peludo o una tranca es emborracharse.

Madera de hierro
Así se la llama a la madera del quebracho, árbol de gran tamaño que abunda en el norte argentino (especialmente en las provincias de Chaco y Misiones) y su nombre, ya está indicando el porqué del mismo, ya que quebracho significa “quiebra hachas”, una cualidad que le otorga su extremada dureza, y que obliga a los “hacheros” a tener que afilar continuamente sus hachas, melladas con toda facilidad por esta tenaz madera. Hay dos clases de quebracho: el colorado y el blanco y la madera de ambos es muy apreciada para la fabricación de durmientes para las vías de los ferrocarriles, la construcción de “tablestacados” para la defensa de las costas contra la erosión del agua, para la construcción, etc. De la corteza del  colorado, también  se extrae el “tanino”, un producto que es fundamental para el curtido de pieles y cueros.

Madrejón
En los territorios norteños llaman “madrejón” al cauce seco de los riachos y arroyos, cuyo caudal de agua, por alguna razón (erosión, obstrucción, desvío, prolongada sequía, etc.), se ha desviado de su lecho primitivo, definitiva o temporariamente. Los “madrejones” se producen especialmente en épocas de sequía o calores extremos, cuando las elevadas temperaturas hacen que desaparezcan los cursos de agua que no tienen afluentes propios, es decir que no cuentan con el aporte de agua que les sería necesario para compensar las pérdidas que le ocasionan estos factores climáticos. También se llama “madrejón” al arroyo que ha quedado sin entrada de nuevos caudales ni desagüe y que por esa circunstancia, siempre tiene muy escasa agua.

Mama Quilla
En el vocabulario regional, tanto en el cancionero, como en viejas crónicas del noroeste, es frecuente encontrar la palabra “quilla”, que no es otra cosa que “luna” en idioma quichua. Y como el sol, fuente de calor que le da vida al mundo, según la interpretación de ese pueblo, que lo invocaba con el respetuoso tratamiento de “Tata Inti” (Padre Sol), a la luna, señora de la noche, que disipa los peligros de la oscuridad, se la llamó “Mama Quilla” o sea Madre Luna, pues la creían esposa de aquél y por consiguiente, debían asignársele las mismas condiciones divinas.

Manea de santero
Entre los muchos personajes que circulaban por la campaña argentina en el pasado, el “santero” fue quizás, uno de los más interesantes y curiosos. En realidad era un simple “mercachifle”, un “cuentero de la legua”, que a los variados artículos de su comercio ambulante, agregaba un renglón muy particular: llevaba láminas religiosas y “santos de bulto” (pequeñas esculturas de santos hechas con madera, yeso o cerámica). En los comienzos de su negocio, solían adoptar un aire de máxima humildad: cargados con un enorme fardo, recorría a pie largas distancias en busca de clientes. Luego, a medida que iba progresaba, se lo veía a caballo y con un “carguero” de tiro llevando sus mercaderías. Después, con el correr del tiempo,  ya viajaba montado en un carrito, que hasta toldo tenía para protegerlo del sol y la lluvia. Y era entonces que decidía ampliar su negocio: compraba un parejero y un gallo de riña con los que tentaba fortuna en las muchas ocasiones que le brindaban las pulperías y otros lugares que tocaba para vender su mercadería. El parejero, por lo común muy bueno y veloz, despertaba la codicia de los hombres que lo veían y muchos fueron entonces los robos que debió investigar “la autoridad”. Desconfiando de la eficacia de estas investigaciones, el “santero”, para evitarse riesgos, decidió solucionar el problema por sus propios medios y comenzó a usar una manea especial que consistía en una barra de hierro con dos abrazaderas del mismo metal y cierre con llave, que comenzó  a ser conocida como  “manea de santero”, olvidando que ya desde la antigüedad, este artefacto se utilizaba para evitar que los animales salvajes, acuciados por el hambre, se comieran las maneas de cuero, con las que algún gaucho había dejado “maneado” a su caballo, que ante la libertad que le habían regalado huía, dejando así “de a pie”, a su jinete, a merced de los peligros del desierto

Mangrullo
Los riesgos propios del desierto, particularmente los temidos malones indios y los ataques de las montoneras en el período de las guerras civiles que azotaron a la Argentina, durante casi 40 años, obligaban a los escasos habitantes de esos territorios alejados, a mantener una casi constante vigilancia, con el objeto de prevenir con tiempo,la defensa o la fuga, si ello era necesario. En las pequeñas ciudades y poblados, esto era posible, porque la altura de las casas o edificios públicos, les permitían construír en sus techos y terrazas, atalayas  (miradores), desde los cuales se podía  avizorar a mayores distancias la llegada de estos indeseables. Pero en el interior de la llanura, esto era distinto: el rancho, bajo y con techo de paja a dos aguas, no admitía obra ni estructura alguna encima de ellos. Así nació el “mangrullo”: una especie de torre construída con palos  atados de forma similar a la del esqueleto metálico de los molinos, cerca de “las casas”, en el límite más vulnerable del poblado. Una pequeña plataforma ubicada en lo más alto del “mangrullo”, a la que se llegaba mediante una rústica escalera, admitía la instalación de un vigía, que atenta su mirada hacia lo lejos, podía anunciar con mucha anticipación la llegada del atacante. Conocido también como “vichadero” (de “vichar”, es decir  espiar, vigilar), en los fortines, donde esta vigilancia debía hacerse permanentemente, de día y de noche, los mangrullos tenían un rústico techo de paja, para preservar al centinela de los rigores del sol y la lluvia.

Mara
Es el nombre con el que se conoce a la “liebre patagónica”, un mamífero roedor oriundo de la Argentina, cuyo cuerpo es algo más grande que el de sus congéneres de otras regiones de este país. Como la desproporción entre sus patas traseras y delanteras es también mayor que la de éstos, sus movimientos o saltos, guardando las distancias debidas, son semejantes a los que dan los canguros. Es un animal fácil de domesticar y aún en estado silvestre, no huye ante la presencia del hombre, si no se siente verdaderamente amenazado. En épocas pasadas, fueron indiscriminadamente cazadas por nuestra gente de campo, ya que era muy apreciada su carne, que comían asada y en guisos, corriendo verdaderos peligros, pues las cazaban a caballo y con boleadoras y las mil artimañas y violentos virajes que realizaban para huir, obligaba a los jinetes a descuidar su galope, quedaban expuestos a una rodada, por tropezar su caballo con algún pozo o “vizcachera”.

Marchero
Los caminos de las regiones serranas y montañosas, obligan  a los jinetes  a regular muy cuidadosamente el paso de sus cabalgaduras, ya que el trote o el galope, andares muy comunes en las llanuras, son allí muy ocasionales, debido a las características del suelo, generalmente de piedra y a la presencia de barrancos y cuevas, que hacen muy difícil y peligroso transitarlos. Es por eso que a los caballos y mulas destinados a ser “de andar”,  se les enseña un tipo de marcha  especial,  que es conocido como “marchado”. En el “marchero”, nombre que se le da al animal así enseñado, las manos se mueven con el braceo  y ritmo propios del galope, mientras que las patas, lo hacen con el del trote. Esta aparente disparidad locomotiva, entre los remos delanteros y los traseros, determina un andar suave, rápido y descansado, brindando seguridad para el jinete, como para la misma cabalgadura. Todos los aires de marcha: el tranco, el trote y el galope son cansadores y sólo el “marchado” no deshace el cuerpo, ni produce dolores en la espalda o la cintura, permitiéndole dormir cómodamente al jinete, mientras viaja sobre el lomo de un animal así adiestrado”, dice LUCIO V. MANSILLA en su obra “Una excursión a los indios ranqueles”. Conviene aclarar que el “marchero” nada tiene que ver con sobrepaso característico de los caballos “pasucos”, típicos de la campaña peruana.

Maroma
En castellano “maroma” es el nombre que se le da a las cuerdas de esparto, cáñamo u otras fibras textiles que sean apropiadas para fabricarlas.  Por extensión, antiguamente se aplicaba a los cables metálicos  y cadenas que desempeñaban funciones similares a las de aquellas, tales como las de amarre de los barcos. Pero en América, principalmente en la Argentina, una “maroma”, es sólo aquella que se encuentra tensa, sujeta en ambos extremos y a cierta altura por sobre el nivel del suelo. Así que una “maroma” es el grueso cable aéreo, que asegurado en ambas orillas de un río, permite el desplazamiento regular de las balsas, que construídas en forma más o menos rudimentaria y sin impulsión propia, sirven para trasladar de una a otra margen de un curso de agua, personas, animales y carga en general, mediante el simple recurso que aporta el esfuerzo de un hombre,  que va tomando entre sus manos extendidas esta “maroma”, para que al flexionarlos sobre sí, la vayan impulsando hacia su destino. También se llamaba “maroma” al conjunto de sogas o “guascas” que ligaban  la parte superior de los postes o “principales”, que limitaban la abertura de la tranquera, en los corrales de “palo a pique”.  Desde ese lugar, se realizaba una riesgosa prueba que solían realizar los domadores criollos y que se llamaba “salto de la maroma”. Para realizar esta prueba, los domadores, ubicados en lo alto de esta “maroma”, esperaba la salida de un potro , sobre cuyo lomo debía dejarse caer, cuando pasaba debajo de él. Un arriesgado y matemático salto que realizaba sin otra ayuda que su rebenque y sus espuelas, para dominar luego al “bagual” que había así montado y salía disparado sin control hacia el campo abierto. Por último, esta denominación es también utilizada para nombrar a los hilos de los alambrados, en cuyas “maromas” suelen degollarse al alzar vuelo, las espantadas perdices, que huyen del cazador que las persigue.

Martineta
El grupo de las “gallináceas”  denominado con el genérico “perdíz”,  comprende individuos de tamaño y características distintos entre ellos. En la Argentina, se da el nombre de “perdiz” únicamente a un ave de menor tamaño que abunda en todas las regiones del interior. A las otras, pertenecientes al mismo grupo,  se las llama a todas “martinetas” y dentro de esta denominación particular se establecen también diferencias que hacen más fácil el reconocimiento de cada especie o variedad. Así, en las llanuras hay “martinetas coloradas”, que son perdices de volumen aproximado al de una gallina y en cuyo plumaje priva el color rojizo. Después están las “copetonas”, un poco más chicas que las “coloradas”, de colorido más claro y con un fino y largo copete en la parte superior de la cabeza y por último tenemos las “martinetas de monte”, más escasas que las “coloradas” y las “copetonas”. De color grisáceo, su carne tuerna y sabrosa es la más apetecida, pero es muy difíciles de encontrar porque viven en los montes y donde es más tupida la maleza, allí hace su nido.

Más fácil que sacarle el poncho a un borracho
Un pasado con la bebida, es decir un borracho no está en condiciones de razonar; su cerebro, oscurecido por los efectos del alcohol, no se lo permite. Por eso, en todos los tiempos y lugares, se lo ha tomado como objeto de burla y escarnio. Una de las formas frecuentes de diversión en las “pulperías”, era la de quitarle el poncho a un borracho que estuviera en ese lugar, lo que se lograba sin ninguna dificultad, contando además con la colaboración del mismo borracho, que participaba en la broma, riéndose tambaleante, sin percatarse de lo triste y vergonzoso de su situación. Así, cuando se le encargaba a alguien, una tarea fácil de realizar, se decía “es más fácil que sacarle el poncho a un borracho”.

Masaguagua
A través del análisis de ciertos vocablos populares en uso en determinadas regiones del país, puede determinarse su mayor o menor autóctomía y en muchos casos, hasta cuál fue la época de su aparición como elementos fonéticos dentro de la lengua que los posee. Esto se explica,  recordando que los conquistadores españoles introdujeron en América usos y costumbres, animales y comestibles absolutamente desconocidos por los aborígenes y con esas novedades, vinieron también las palabras que tenían para nombrarlas, en idioma castellano. Muchas de ellas, fueron obligadamente utilizadas por los nativos, pues como es lógico, en sus idiomas, no existían palabras que definieran esas cosas nuevas. Pero por dificultades de pronunciación, tuvieron que modificarlas, adaptándolas, a veces en su totalidad y a veces en algunas partes de estas palabras para que, junto con las que ellos conocían, conformaran las nuevas que se utilizarían para llamar a esas cosas nuevas que les traían los hombres blancos. Por el ejemplo, la palabra  caballo, animal que ellos no conocían, pero que pronto adoptaron, comprendiendo la utilidad que les traía para la caza y para la guerra, se transformó en “cavayú” para los guaraníes, en “cahuel” para los araucanos, “cawal” y “cavallú” para los pampas  de la pampa y finalmente “cawul” para los tehuelches. Con “masaguagua” sucedió lo mismo. Esta palabra es una hibridación porque está formada por una palabra del idioma castellano: “masa”  a la que se le agregó otra de origen quichua: “guagua” o “huahua”. Masa quiere decir amasijo hecho con harina, sal y agua y “guagua”, para los nativos era una criatura de corta edad. Así se formó “masaguagua”, palabra que en el noroeste designa a un pancito al que se le da la forma de una criatura. Este, en realidad un bizcocho, desempeña un importante papel en las fiestas regionales, en el “topamiento de las comadres” que se realiza en vísperas del carnaval (o “chaya”), para elegir  la que será madrina de los festejos, a cuyo término se reparten las “masaguaguas” entre todos los asistentes, como preanuncio de las fiestas y bailes que se acercan.

Mataco
En el norte y el noroeste argentino, existe un “armadillo”, con cierta condición especial, que lo diferencia del “peludo”, “la mulita”, “el piche” y otros de la misma familia. Es el llamado “mataco” o “quirquincho” o “tatú bola”, nombres estos dos últimos, que se refieren a las características propias de este animalito, que, cuando se siente amenazado, se arrolla dentro de su caparazón (cuyas placas están especialmente articuladas) y forma una esfera hermética que lo defiende  de casi todos los peligros que puedan amenazarlos. Ni el zorro con su picardía, ni el tigre con la fuerza de sus afiladas garras, logran forzar esta protectora coraza. Y cuando no, es el hombre quien logra hacerlo para saborear su rica carne.: simplemente lo estrella contra una roca y el golpe atonta al animal, que pierde así el dominio de sus músculos y no puede abroquelarse dentro de su caparazón. “Mataco” es además, en su origen, la denominación de cierta etnia aborigen que habita en el norte argentino y también  la de un árbol cuya madera, de gran dureza, era utilizada por esos aborígenes para hacer las puntas de sus flechas, lanzas y arpones para la pesca. “Quirquincho” en el idioma quichua y “tatú” en idioma guaraní significan “armadillo”.

Matrero
Se llamaba “matrero” al gaucho que andaba huyendo de la justicia, por haber cometido algún delito. Se escondía en los montes y como en la mayoría de los casos, contaba con la ayuda de los pobladores, que por miedo a estos delincuentes o por temor a la justicia, lo amparaban y lo proveían de comida, lo que había muy difícil aprehenderlos.

Maula
Quiere decir cobarde. Cuando un hombre se dejaba insultar sin responder  ni castigar al ofensor, o por lo menor “pelearlo”, los gauchos decían de él, que era “un maula” o también “un mulita”, “un  morado”, “un amargo” o “un flojo”, todos calificativos que todavía se escuchan en el campo.

Mazamorra
La mazamorra es uno de los platos típicos en la campaña argentina. Se prepara poniendo a hervir en agua, durante varias horas, maíz blanco o trigo, previamente puesto en remojo ´durante 12 horas. Mientras está hirviendo, se agrega a la cacerola bicarbonato de sodio o una preparación que se llama “lejía”, que es una mezcla de cenizas con agua.

Mburucuyá
Este es el nombre en idioma guaraní, que se emplea en gran parte de la Argentina, para nombrar a la “pasionaria”, una planta, cuya flor, admite también el nombre de “flor de la pasión”, porque la fantasía popular establece una relación entre sus estambres y pistilo, con el martillo, los clavos y la corona de espinas utilizados en la crucifixión de Jesucristo. La planta, de la que existen diversas variedades, es una enredadera de hoja perenne, cuyo fruto,  una baya ovoide de color anaranjado, en su madurez, es comestible y con cuya pulpa se hace un dulce que goza del favor  de la gente. El “mburucuyá” tiene también algunas aplicaciones en la medicina casera, pero otra de sus características, no le agrega virtudes: la atracción particular que esta planta ejerce sobre las moscas y la proliferación de éstas alrededor de la misma, son la razón de su nombre, pues “mburucuyá” significa “juntadero de moscas”, segín el botánico Julio S. Storni.

Mensuales
Así se llamaba a los peones que vivían en la misma estancia. Para ellos, en todos los establecimientos había construcciones con varias habitaciones, baño y cocina, que eran ocupadas por la peonada fija y allí, todas las mañanas al salir el sol, iba el capataz  o el mayordomo, para distribuir el trabajo del día.

Mistol
En el noroeste argentino abunda un árbol al que se lo conoce con el nombre de “mistol” (Zizyphus mistol), muy estimado en tiempos pasados, junto con  el algarrobo ( “tacú” de los quichuas). Suele elevarse hasta los diez metros de altura, su follajes es grisáceo  y las flores, que se abren en primavera, son pequeñas y verdosas. La preferencia que tiene por parte de los pobladores, reside en sus frutos: una especie de drupa; carnosos, del tamaño aproximado al de una guinda, rojo oscuro cuando está maduro  y con un hueso muy grande, que reduce notablemente el volumen de su pulpa. Con estos frutos se prepara el “arrope” (un dulce con gusto muy especial y único), aguardiente y los “bolanchaos” (una especie de bocadillos dulces) muy apreciados por la gente. Afirma la imaginería popular que, como otras plantas, el “mistol” tiene la virtud de anunciar lluvias con cierta anticipación, segregando, en esas circunstancias, una especie de goma o resina de color y características especiales.

Mistol del zorro
Este arbusto, nativo y muy abundante en los “montes criollos” del noroeste argentino, no tiene nada que ver con el majestuoso “mistol”, que se yergue hasta 25 metros de altura en las selvas misioneras, produciendo un fruto dulce y comestible. El “mistol del zorro”, en cambio,  tiene un fruto amargo, que solamente es aprovechado por algunos animales de gustos muy rústicos, especialmente por las cabras. Esta diferencia de sus frutos con los del “mistol” a secas, le ha sugerido a los lugareños su nombre, basándose en una vieja leyenda que narra las picardías de “Juan el zorro”, sobrino del tigre y prototipo de la astucia en casi todas las regiones de la Argentina.  Según esa leyenda, en el comienzo de los tiempos, don Juan, engañó a unos pájaros golosos, vendiéndoles “una rica y abundante cosecha de mistoles”, que luego, lejos de ser de frutos ricos y sabrosos, eran los de este arbusto, amargos y desagradables, quedando así bautizado este arbusto, como el “mistol del zorro” y dando origen al modismo criollo  “es como mistol del zorro”, sinónimo del clásico “dar gato por liebre”.

Monte criollo
En la República Argentina “monte criollo” tiene dos acepciones muy distintas. Una se refiere a un juego de naipes comúnmente practicado en las pulperías y fiestas criollas y la otra a las plantaciones forestales, típicas de las regiones serranas. La primera le asigna genuina pertenencia al acerbo criollo, para diferenciar a este juego del “monte inglés”, de características parecidas, pero no iguales. La segunda tipifica al monte, cuyo acceso se hace difícil por la presencia de árboles achaparrados (diferentes a los gigantes de las selvas), y de arbolillos y arbustos espinosos, tales como el “churqui”, el espinillo, el chañar, el piquillín, la jarilla, el alpataco y otras variedades similares.

Mortero
Así como en todas las casas de nuestro campo, existía el horno de barro, donde se cocinaba el pan casero, las empanadas y a veces, hasta el asado (de carne, lechón o cordero), también el “mortero” era infaltable. Se lo utilizaba para “pisar” (romper, moler y descascarar) el maíz o el trigo, usados para hacer “mazamorra”, “locro” y otras comidas criollas. Los más comunes eran de madera dura, aunque también los había de piedra. Un tronco de madera dura  se ahuecaba hasta cierta profundidad y se le alisaba el extremo opuesto a la boca, para poder apoyarlo verticalmente en el suelo. En ese hueco, se echaban los granos del cereal, que luego se “pisaban” con la “mano de mortero”, un palo de madera dura redondeado en una de sus puntas, a semejanza del fondo del mortero, para que ambas superficies se coincidan, permitiendo la fricción de ambas, para triturar el cereal.

Muchacho
Las carretas y los carros antigüos, tenían sólo dos ruedas  y éstas eran siempre muy altas, para facilitar  el cruce de los ríos  y arroyos que frecuentemente debían vadear en su marcha llevando su carga. Por esa causa, al desatar los bueyes, las mulas o caballos que llevaban, estos vehículos caían sobre alguno de sus dos extremos y eso hacía muy difícil el poder enderezarlos para no desparramar la carga. Para evitar esto, en la parte inferior del piso, adelante y atrás, se ponía un palo de madera (“el muchacho”)  sujeto a la caja con “guascas” (tiras de cuero crudo). Cuando se llegaba a destino y se desataban los animales, estos maderos, sirviendo como patas auxiliares, impedían que la caja se desnivelara.

Muerto
Así se llamaba a dos palos unidos en cruz o en forma de “T” con un tiento, que se enterraban en la tierra, dejando afuera el extremo de uno de ellos, para poder atar a él, el cabestro con el que el gaucho mantenía sujeto a su caballo cuando no quería que se alejara, durante su descanso nocturno. La eficacia de este sostén radicaba en que luego de hacer un pozo, se introducía en él estos palos, poniendo uno de ellos de tal forma, que quedara horizontal con el nivel de la tierra, para que el otro,  emergiendo verticalmente hacia la superficie, permitiera atar el caballo en su extremo. La posición del quedaba enterrado horizontalmente, le otorgaba una absoluta firmeza a esta verdadera “ancla” del desierto.

Nahuel
El “yaguar” o “yaguareté”, conocido como “tigre americano”, pese a sus diferencias con el felino de igual nombre que vive en otros continentes, tenía entre los araucanos que habitaron la Patagonia argentina, un nombre propio de su lengua: lo llamaban “Nahuel”. La palabra ha quedado como gentilicio y topónimo, especialmente en la Patagonia, zona que fuera invadida por esta etnia. Así se conoce como “nahuelquir” al tigre overo; “nahuelmilla” al tigre de oro y “Nahuel-Huapi” a la isla del tigre. Por su parte, el “uturunco” quichua y el “capiango” de la región andina, eran el mismo animal, un “yaguareté” al que la leyenda popular, le asignaba un carácter fantástico: se trataba de hombres, que merced a misteriosas razones extranaturales, en ciertos y determinados momentos, podían transformarse en tigres, cuya ferocidad, los hacía aún más temibles que los “yaguareté” o los “Nahuel”

Nales
Durante gran parte del siglo XIX, los valores que circulaban en el interior de la Argentina, eran monedas de oro o de plata, extranjeras muchas de ellas: libras esterlinas, onzas, reales, etc. La aparición de los billetes o pesos papel, emitidos por el gobierno nacional, hizo que a éstos, para diferenciarlos de los otros, se los llamara “nacionales”, o más simplemente con el apócope “nales”, muy generalizado en esa época.

Nochero
El “nochero” era el caballo que se dejaba durante la noche en las casas, ya sea encerrado en un corral o atado con un cabestro, para disponer de él, rápida y seguramente en caso de urgencia. Era además el que se utilizaba, cuando despuntaba el día, para traer a las casas, las lecheras para ser ordeñadas o la hacienda que se hallaba desparramada por el campo.

Noque
El “noque” era un recipiente de cuero de formas muy variadas que se usaba mucho en el campo, especialmente para guardar sustancias semilíquidas, como se la leche cuajada (empleada para fabricar quesos), la miel, el arrope (jarabe de algarrobo). Los “noques” se colgaban  de las ramas de algún árbol cercano “a las casas” o de los palos que sostenían el techo de los ranchos y así se los defendía del ataque de las hormigas u otros bichos.

Nunca falta un buey corneta
En alguno de los tiros de una de las carretas que componían una “tropa de carretas”, había siempre alguno de los bueyes, que no era tan manso como el resto de ellos. No era fácil de manejar y esos mañeros o resabiados, daban trabajo para uncirlos al yugo y como los peones no se destacaban por su paciencia ni por la suavidad de sus modales, solía ocurrir, que una “embramada” un poco brutal, un garrotazo mal calculado o la furia de una topada, hiciera saltar uno de los cuernos del arisco, una de aquellas “guampas” características de los vacunos criollos. El defecto así adquirido, surgía a la vista del más despreocupado: era el “buey corneta” (o carente de un cuerno), era una mancha en el conjunto; era distinto al resto de los animales. Por extensión, en las familias dignas de respeto, sobre todo en las muy numerosas, suele suceder que uno de sus componentes sale malo, con inclinaciones desdorosas: era haragán, jugador, pendenciero o mujeriego, difereciándose  por eso, de los demás. Ëse era el “buey corneta” de la familia y eso dio lugar a la frase “nunca falta un buey corneta”, es decir, alguien que altere lo que es regular, tradicional y normal.

Ñaco
En la región cordillerana de la Patagonia argentina, se llama “ñaco” a la harina de trigo tostado que los aborígenes y luego muchos blancos, hechos a las costumbres locales, usaban como alimento, en forma similar a la del “gofio” (trigo o maíz tostado y molido). El “ñaco”, preparado con agua o leche fría o caliente, equivale, en todo sentido al “chilcán” del norte, ya que sólo varía el cereal que se emplea, maíz en este último caso.

Ñacurutú
“Ñacurutú” es el nombre de una especie de lechuza o búho que abunda en la República Argentina, especialmente en las selvas del norte del país. Esta denominación es la onomatopeya del grito de esta ave, grito melancólico, un poco lúgubre que se oye desde que aparecen las primeras sombras de la noche y que da lugar a diversas leyendas entre la gente simple y crédula, que le adjudica la triste virtud  de presagiar desgracias, olvidando la utilidad de su presencia  en los campos, pues es un gran cazador de ratones, víboras y otras sabandijas, de las que se alimenta.

Oculto
El “tucutuco”, pequeño roedor conocido en todas las regioes de la República Argentina, recibe también en nuestro campo, el nombre de “oculto”, denominación que se inspira en las costumbres de este animalito: la mayor parte de su vida la pasa escondido, es decir “oculto”, en el interior de los larguísimos túneles subterráneos que cava para que le sirvan de cueva. Los guaraníes, en su lengua lo llamaba “anguyá-tutú” (“anguyá” es ratón y “tutú” es un término onomatopéyico) y los quichuas “tojo”.

Ombú
Entre los árboles de la llanura argentina, ninguno tiene tanto derecho al nombre de “árbol gaucho” como el ombú (aunque según la ciencia Botánica, no es un árbol, porque pese a su tronco grueso y su gran porte, ya que alcanza una altura de 10 a 15 metros de altura, con una amplia copa y grandes raíces visibles, es  una hierba gigante. No es originario de la Argentina y todavía no se ha determinado cómo llegó aquí ni quien lo trajo, pero lo que todo el mundo sabe es que desde que el gaucho se hizo dueño de la Pampa, siempre buscó su sombra para levantar a su lado, su rancho o para descansar de sus fatigas laborales o durante un alto en su camino. Para el viajero que cruzaba las pampas enormes y desoladas, verdadero mar de pajonales amarillentos, distinguir a lo lejos la silueta oscura  del ombú, era como distinguir a un viejo y querido amigo y nadie pasaba de largo, y hasta se desviaba el rumbo, con tal de disfrutar de su fresca y reparadora sombra, durante algunos minutos. Este “árbol”, que protege a hombres y animales del sol durante el verano y de las crudas tormentas del invierno, se alza solitario en medio de los campos. Allí se lo ve durante años y más años (se afirma que vive durante siglos), con su gigantesca y ancha copa, siempre verde y eternamente erguido, porque sus monstruosas raíces lo mantienen como encadenado  a la terra; y no hay huracán ni tornado que logre derribarlo, ni rayo que pueda fundirlo, ni plaga que llegue a vencerlo. Sin embargo, entre las ramas del ombú, el árbol que amparó a los gauchos y fue amado y cantado por ello en infinidad de versos, jamás se verá el nido de un pájaro. Existe la creencia, de que durante la noche, las emanaciones de sus hojas (ciertamente un purgante eficaz, si se las hierve en agua), son nocivas y perjudiciales para la salud. Por eso, al hombre de campo, ni se le ocurrirá dormir debajo de sus ramas. Descansar, si. Refrescarse bajo sus sombra,  si. Construír su rancho a su amparo, si. Pero dormir jamás.

Oreja de negro
El árbol que los guaraníes llamaban “timbó” y los quichuas “pacará”, es uno de los gigantes de las selvas argentinas, ya que ha habido ejemplares que alcanzaron hasta 25 metros de altura y cuyo diámetro llega en ocasiones, hasta los dos metros. Pero no es su elevada altura ni el grosor de su tronco, ni la hermosura de sus pequeñas flores en ramillete, ni el tanino que de él se extrae, ni su liviana y útil madera, usada para fabricar canoas, lo que hizo que los campesinos lo llamaran “oreja de negro”. Fueron sus frutos: una especie de vaina chata y de forma arriñonada, que en su madurez, se tiñe con un intenso color negro, lo que lo llevaron a bautizarlo así, por su semejanza con la oreja de los afrodescendientes, que eran sus compañeros de tareas.

Pachiquil
En algunas provincias andinas (Catamarca, La Rioja, Neuquén, Mendoza, etc. Las mujeres que deben llevar canastos con verduras, frutos u otros productos, se lo ponían sobre la cabeza, pues así les resultaba más cómodo y menos cansador el transporte. Pero como entre el canasto y el cuero cabelludo, se ponen una almohadilla para evitar el roce entre ambos. Es una torzada circular de gruesos bordes (almohadilla de una sola pieza, en forma de anillo), que hacen simplemente con un pedazo de género. A esta torzada, que con otros nombres se usa en otras muchas partes del mundo, entre nosotros, se llama “pachiquil”, de acuerdo al idioma quichua.

Padrinazgo
Para la gente de campo, el nacimiento de un hijo traía aparejado un serio compromiso: elegir a la persona que sería el “padrino” del recién nacido. De acuerdo con las costumbres de tiempos ya idos, no cualquiera servía para desempeñarse como tal. Los padrinos, por el solo hecho de serlo, entraban a formar parte de la familia. Eran, en realidad, los segundos padres de la criatura y el ahijado le debía el mismo respeto y obediencia que a éstos y si llegaba a suceder que los padres biológicos murieran, el lugar era ocupado por los padrinos, que heredaban por entero las autoridad y las responsabilidades paternas. Teniendo en cuenta la importancia que tenía para el futuro del nuevo vástago, debía ponerse especial cuidad en la elección del padrino, al que se llamaba “compadre” y de la madrina, a la que se la llamaba “comadre”.

Paila
“Paila” es el término quichua que se aplica a todos los recipientes del menaje de la cocina: ollas, cacerolas y sartenes. Pero en el campo argentino, especialmente en el centro y el norte del país, una “paila” es una olla de hierro o cobre de gran tamaño, provista de patas, que sirve para ser colocada directamente sobre el fuego. Cuando se carece de éstas, se usa una “trebe” o “trébede”, que es aquel recipiente que se cuelga de un gancho suspendido con alambre o cadena de uno de los tirantes del techo del rancho criollo

Paisano y gaucho
Muchos opinan que el modismo “gaucho” puede reemplazarse con el sustantivo “paisano” y nada está más alejado de la realidad. La palabra “gaucho” sea cual fuere su etimología, es un genérico tradicional que determina, de modo único, a una individuo del pasado argentino. Al hombre del caballo, el lazo y las boleadoras; del cuchillo, el mate y “las lloronas”. Al obrero insustituible de las tareas de campo; de los rodeos, del aparte, las yerras, las domas  y todo cuanto con ellas tenía relación en el campo abierto de antaño, las famosas “pampas argentinas”. “Paisano”, en cambio, es término común en todos los países de habla castellana. El Diccionario de la Real Academia Española, dice: “Paisano: que es del mismo país, provincia o lugar  que otro”, dando como segunda acepción la de “Campesino” y como tercera, “Que no es militar”. Hecha esta salvedad, debemos reconocer que en el interior de la República Argentina, muchas veces se llama “paisanos” a los que habitan en la campaña, fuera de las ciudades.

Pajonal
En nuestro antigüo campo, casi despoblado, ciertas plantas alcanzaban un gran desarrollo, sobre todo en lugares húmedos, cañadones y esteros, es decir, donde se acumulaba agua de lluvia o del desborde fluvial. La “paja cortadera” y todas aquellas que se aprovechaban para la construcción de viviendas y su techado, como ser el junco, la totora, la biznaga, el espartillo, la espadaña, la paja brava etc., alcanzaban una gran altura y cubrían grandes extensiones. Ese conjunto de plantas, llamadas “pajas” por ser todas largas, delgadas y muy livianas, eran las que formaban “los pajonales”. En ellos, tenían sus madrigueras la mayor parte de nuestra fauna silvestre de la zona y en medio de ellos, quizás también buscaban refugio seguro, quienes iban huyendo de la justicia o de los indígenas.

Palangana
En los ranchos del gaucho, no había agua corriente ni baños como los conocemos hoy.  Para las abluciones matinales se usaba una “palangana”, jofaina o recipiente donde se ponía agua para lavarse. En la pobreza campesina de antaño, estas palanganas no tenían mueble que la contuviera ni ubicación definida; por eso se la dejaba en el suelo, en algún rincón de la pieza o junto al pozo. En uno u otro lado que estuvieran, era común que las personas frecuentemente tropezasen con ellas provocando un rezongo o una injusta exclamación “palangana del diablo” y un masaje en el empeine golpeado. Y la palangana quedaba allí. Nadie la cambiaba de lugar para que otros no sufrieran el mismo percance. Les era útil, pero nadie le prestaba la más mínima atención ni cuidado. Esa “mala onda” de las palanganas y su permanente desubicación, hizo que el nombre de este artefacto adquiriese una significación popular: se llamó “palangana” a las personas que aburrían, que cansaba, ya sea por zoncera natural, ya por ser demasiado conversadora o charlatana, ya por exceso de curiosidad, zalamería u otras características de las que resulta difícil deshacerse a ciertas personas.

Palenquear
Palenquear un potro es atarlo al “palenque” antes y durante el período de la doma, para que se vaya acostumbrando a estar sujeto y tranquilo. En estas ocasiones se lo ata con un bozal y un cabestro muy gruesos y reforzados, llamados “potreadores”, pues de otro modo no aguantarían los tirones que dan “los bagüales” al comenzar su atadura.

Palenque
En todas las casas de campo, solía haber un poste, enterrado a cierta altura, que se destinaba exclusivamente para atar los caballos de quienes llegaban al lugar. En las “pulperías” o comercios donde se reunía mucha gente, como no bastaba este palenque para atar los caballos de quienes se reunían allí, al frente del local, con el mismo propósito, se acostumbraba a clavar dos o más  palos, separados unos dos metros entre sí y unidos por otro palo horizontal, asegurado con “guascas” También era llamado “palenque” a un poste muy grueso y fuerte que se clavaba en el centro de un corral, para atar allí a los animales, caballos o vacunos muy “chúcaros”, costumbre que se llamaba “palenquear”.

Palo borracho
Así se lo llama a un árbol conocido en todo el mundo como “yuchán” y que es propio de las regiones cálidas y secas, por lo que en la Argentina, se encuentra principalmente en las provincias de Santiago del Estero, Tucumán y Salta, aunque también los hay en la misma ciudad de Buenos Aires, por su fácil aclimatación a cualquier medio. El troco le sirve como depósito de agua en previsión de escasez de la misma. No es cilíndrico, sino casi ovalado e hinchado en el medio, a veces monstruosamente, lo que le otorga un aspecto grotesco, que justifica su nombre. En época otoñal se cubre de bellísimas flores grandes y de color azul, rosa, blanco, amarillo pálido o crema, colores únicos para cada ejemplar. Su fruto, una especie de cápsula alargada, parecida a un pepino, contiene en su interior, protegiendo las semillas, un pelillo corto y sedificado (en el comercio lo llaman “paina”), que se usa para rellenar colchonetas y almohadones, pero que no tiene uso textil porque es demasiado corto y frágil. Igual que el ombú, el “palo borracho” no sirve como leña, debido a lo inconsistente de su estructura celular, pero los aborígenes lo utilizaban, como lo hacían con el timbó y el ombú, para hacer sus canoas (que llamaban , partiéndolos longitudinalmente y ahuecándolos

Partidas
Puestos en la cancha, los “parejeros” dispuestos a correr una carrera, necesitan entrar en calor, entonarse y prepararse para rendir al máximo de sus fuerzas. Con ese fin, se les hace realizar una serie de paseos previos al lance definitivo y para ello, los dos caballos apareados recorren una cierta distancia (cuarenta, cincuenta o más metros), al paso o al tranco las primeras veces, al galope luego y a “media rienda” o “media furia” finalmente. Estos ejercicios se llamaban “las partidas” y su número puede ser ilimitado, según fueren las condiciones del desafío. En un momento oportuno, cuando los dos animales corren en una misma línea, sin ventaja para ninguno de ellos, uno de los corredores convida “Vamos?” y si el otro está de acuerdo, responde a su vez ¡Vamos!. Y ambos caballos, espoleados por sus jinetes, pican violentamente en procura de la “raya” donde ha de definirse quién es el ganador.

Payé
Con este nombre se conocen a los amuletos o talismanes que conceden a quienes lo llevan, éxitos en el amor, en el juego, en los negocios o en cualquier otra actividad del hombre, una creencia de origen guaraní que se afincó en la imaginería popular argentina. El payé se lleva colgado del cuello y consiste generalmente en una bolsita que contiene una heterogénea cantidad de elementos que incluye trozos de la madera de una cruz de cementerio, plumas de diversos pájaros (las de caburé son principalísimas), piedras, plomo de una bala (especialmente si con ella se ha matado a un hombre), imágenes de santos, semillas, hierbas, etc. Dicen que para que el “payé” no se enoje, hay que alimentarlo y para ello, de vez en cuando, hay que ir agregando en la bolsita, algo más de los elementos que contiene u otros, que se cree que le darán más poder al talismán.

Peinar
Los caballos excesivamente vivaces, llamados “prontos”, “aviados” y “ladinos”, según modismos de diversas regiones de la Argentina, no necesitan ser acicateados para responder de inmediato y con todas sus energías, a las exigencias del jinete. Más aún, tanto en una marcha sostenida, como en el trabajo con la hacienda o en una carrera, el empleo de las espuelas o el rebenque, puede resultar contraproducente para esta clase de animales. De ahí, que los hombres de campo, conocedores de las condiciones de sus cabalgaduras, cuando tiene necesidad de estimularlos para que den “hasta su último aliento”, no usen ni unas ni el otro, sino que se limitan a “peinar” al animal. Le pasan suavemente por las tablas del cogote, las paletas o las ancas, de arriba abajo y a favor del pelo, la lonja del rebenque doblada sobre el mango, tal como se pasa un peine por el cabello. A veces, hacen esta maniobra,  directamente con la mano, si el caballo es receptivo ante este contacto menos riguroso. La “peinada” con la mano, también se usa para tranquilizar o quietar a los “silleros”, animales de silla o “de andar”, excesivamente nerviosos o asustadizos.

Pellón y sobrepellón
El “cojinillo”, ese cuero de oveja con toda su lana, que se coloca encima del “lomillo” o los bastos del recado criollo, cuyo objeto es brindar una siento más blando y cómodo al jinete, recibe el nombre de “pellón”. Del mismo modo, el “sobrepuesto”, pieza de diversa factura que se pone a continuación de aquél, se llama “sobrepellón”.

Pelón
En la región andina de la República Argentina (Mendoza, San Juan, Neuquén y La Rioja), se desarrolla una industria desde hace muchos años, aprovechando los excepcionales rindes de la cosecha de duraznos que se realiza anualmente. Allí se desecan estos frutos, habiéndoles quitado previamente el carozo, para obtener lo que en el comercio se conoce como “orejones”. Su nombre se funda en que para sacar el carozo, se debe pelar la parte superior de la pulpa, por lo que el fruto queda así pelado o “pelón”.

Pelucona
La “onza de oro”, o “doblón de a ocho” (llamado así porque se descomponía en ocho escudos), fue una moneda que circuló en la época de la colonia (siglos XV al XVI) y que después, fue conocida con el nombre de “pelucona”, denominación en cierta forma satírica, que tuvo su origen en la enorme peluca que usaba el rey de España, cuya efigie, se acuñaban en una de las caras de dicha moneda.

Perico ligero
Algunos nombres regionales, suelen ser excelente índice para medir la capacidad para la ironía y el oportunismo del pueblo que los crea. Sirva como ejemplo, lo que sucede en el noroeste de la República Argentina, tierra, donde al perezoso, ese mamífero plantígrado que vive casi toda su vida, aferrado a un árbol con sus fuertes garras, se lo llama “Perico ligero”. Recordemos primero que el perezoso es un animalito de tamaño mediano, de más o menos cincuenta centímetros de longitud, por veinticinco de altura, cuyo cuero gozaba de gran favor para la confección de esa pieza del recado criollo, llamada  “sobrepellon”. Este animal vive, come y duerme en los árboles y por tal razón sus cuatro extremidades están armadas con poderosas uñas que le permiten aferrarse firmemente a la corteza de los árboles, para colgarse de alguna de sus ramas, donde permanece largas horas inmóvil. Esta actitud es la que le ha valido también que se lo llame “perezoso” (“aí-aí” es también la voz onomatopéyica con que se lo nombra en otras regiones) y “Perico ligero”, por la torpeza y lentitud de sus movimientos cuando en contadas ocasiones está en tierra, dificultado su andar por el tamaño y la ubicación de sus uñas, aptas para trepar pero no para caminar. Fue entonces, que debido a esa extremada lentitud, irónicamente se lo bautizara “perico ligero”.

Perro pila
En el norte argentino puede encontrarse un curioso ejemplar de perro, de tamaño más bien chico, que carece totalmente de pelo y por eso se los llama “perros pila”, que quiere decir “perro pelado”. Muy sensibles al frío, en invierno, estos perros duerme en la misma cama de sus dueños, acurrucados a sus pies. Pero esto no sólo en conveniente para el animal, sino que lo es para su dueño, pues el calor de su cuerpo ayuda a mitigar el frío de la persona que comparte la cama. “pata pila”, se les dice además a los “changos” (niños) que caminan descalzos.

Petizo de los mandados
En las casas más o menos alejadas de los pueblos, solían tener un petizo para que los muchachos de la casa hicieran los mandados con mayor rapidez. A este pobre caballito, le tocaba galopar a cada rato y por cualquier necesidad que se presentara. En él, los pequeños jinetes iban al almacén, al correo, a la tienda, a buscar leña y siempre a la disparada. Era costumbre además que después de haber hecho todos los mandados,  los muchachos fueran a visitar a sus amigos o se juntaran  para correr con sus petizos. Los peones cuando eran ocupados para hacer diversos trabajos de apuro, se quejaban diciendo “… me tienen como petizo de los mandados”.

Pollas
Nuestro hombre de campo llamaba “carrera” solamente a la justa o competencia entre dos caballos. Hubo cierta época, en la que las autoridades quisieron combatir la práctica de este deporte que ya alcanzaba características de “vicio nacional”, en razón de las sangrientas peleas a que solían dar lugar la parcialidad de los “rayeros” (jueces de llegada), o las malas artes de algunos de los competidores. Como medida previa a la prohibición total que se pensaba aplicar, se dispuso que sólo podrían realizarse esas competencias, cuando interviniesen en ellas, tres o más caballos y que los propietarios debían pagar un derecho de participación, cuyo producto total (conocido como “la polla”), se acordaría como premio para el ganador. A esta clase de carreras se las llamó “pollas”, nombre que quizás hacía referencia a la competencia librada entre dos o más galanes aspirantes a los favores de una joven (“polla” se llamaba a una joven bonita, hacendosa y soltera), cuyo ganador se llevaba “la polla”. Como aquella disposición significaba quitarle toda su esencia a las “cuadreras”, el gaucho discurrió una trampa para eludirla y con suma habilidad burlaban lo dispuesto en las mismas barbas de la autoridad, en los contados casos en que ésta no se allanaba a “hacer la vista gorda”: Seguían corriendo solamente dos caballos, pero otros dos, montados por peones, corrían atrás, a una prudencial distancia para no molestar a los verdaderos competidores.

Pombero
En el noreste argentino, el “pombero”, también llamado “el señor de los pájaros”, por ser amigo y protector de las aves, es según una creencia popular, un duende o personaje fabuloso, al que se le asigna el aspecto de un hombre de corta estatura, tocado con un sombrero de anchas alas. Este sombrero es una prenda que tiene el valor de un símbolo en la creencia,  pues se dice que el “pombero” lo usa obligado para protegerse del sol, ya que sus apariciones se producen a la hora de la “siesta”, cuando en esos territorios el calor del sol es abrasador y todo el mundo duerme en sus casas. Esta costumbre de aparecerse cuando son más potentes los rayos del sol, hizo que al “pombero”, también se lo llamase “cuarahú-yará, nombre guaraní que significa “dueño del sol”, ya que sólo él se atreve a desafiarlo en el momento de su mayor poder. Como todas las creaciones de superstición, el “pombero”, distribuye  su antojo el bien y el mal; es enemigo declarado del amor y favorece a sus amigos (o sea a los que creen en él), mientras  lanza temibles conjuros a los demás. Tener propicio al “señor de los pájaros”, es contar con el más seguro “payé” o amuleta de la buena suerte. Su amistad, según esta creencia, se logra y se mantiene con ofrendas que se le brindan, siendo el tabaco, la que más le apetece, pues se dice que le gusta “mascarlo, al estilo correntino”. De esta preferencia, deriva el nombre de “mascadita” con que conocen al “pombero” , los isleños que habitan la laguna Iberá en esa provincia y los “mariscadores” (cazadores furtivos) que medran en esos territorios.

Poncho
El “poncho” es una prenda típica de Sudamérica, cuyo origen aún está en discusión, aunque existe un amplio consenso en que es una prenda de origen andino, que formaba parte de la vestimenta habitual de los pueblos originarios de esa región, y que pronto fue adoptado por los criollos y que indudablemente es, entre las prendas de vestir del gaucho, quizás la más importante para él, por los servicios que le prestaba en su vida errante.  Si lo llevaba  puesto, lo preservaba del frío y de la lluvia; lo usaba de frazada cuando hacía su cama poniendo el apero como almohada o tendido con cuatro ramas, le servía de toldo para escapar a los terribles calores del desierto pampeano. Pero cuando le era más útil y hasta su vida dependía de esta prenda, era cuando tenía que responder por alguna ofensa dicha en un momento de “calentura”, o defender el honor que algún atrevido hubiera puesto en duda, circunstancias éstas que lo obligaban a “pelar el facón” para pelearle “al que raye”. Se lo envolvía en uno de sus brazos (según fuere diestro o zurdo) y formaba así una cubierta protectora que le permitía bloquear los tajos y puñaladas que le tiraba el contrincante en un duelo criollo. Se trata de un abrigo de diseño sencillo, consistente en un trozo rectangular de tela pesada y gruesa, en cuyo centro se ha practicado un tajo para pasar la cabeza. La tela se deja caer sobre el cuerpo, disponiendo los extremos de manera que permitan mover con facilidad los brazos. En muchos lugares de la República Argentina se fabrican artesanalmente los “ponchos”, que según su color y su diseño, reciben distintos nombres, todos ellos en alusión a la región que representan. En la provincia de Catamarca, los ponchos de “Belén”, tejidos con lana de vicuña, de color marrón son altamente cotizados; el “poncho mapuche”, es usado en las tierras andinas y son característicos sus colores rojos y azules oscuros; los de Jujuy, con bandas de color marrón, ocre y beige en franjas verticales son otra muestra de la habilidad de las tejedoras que combinan sus colores utilizando tinturas elaboradas con maderas, hojas y tierra de la zona. Tenemos también  el “poncho pampa”, “el poncho federal”, que identifica al hombre entrerriano, “el calamaco” (que quiere decir colorado) y algunos, que hasta intentan mantener viva la memoria de sus habituales usuarios, como es el caso de aquellos “calamacos” que tienen una banda negra a todo lo largo, recordando con ella, la muerte de MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES, caudillo salteños que era el más famoso de los que lo llevaban durante la “guerra gaucha” (ver “Poncho” en Wikipedia).

Porcalano
En algunos caballos, especialmente en aquéllos cuyo pelaje está totalmente cubierto por pelo blanco, se da el caso, de que la piel  o manta (el cuero, propiamente dicho), sea de color oscuro, lo que determina en el conjunto  exterior, un suave reflejo azulado, semejante al de las finas porcelanas. Esta semejanza es lo que le dio pie al gaucho argentino, para llamar “porcelano” a estos animales.

Puestero
Los establecimientos de campo, por la extensión y el gran número de animales que tenían, no podían ser eficazmente vigilados desde el casco de la estancia, así llamado el conjunto de edificios donde vivían los propietarios, los mayordomos, capataces y “mensuales”. Por esta razón, en distintos lugares del campo, se levantan pequeñas viviendas que reciben el nombre de “puestos”. En cada uno de ellos, vive un peón con su familia, que tiene a su cargo la vigilancia sobre un sector determinado del campo, debiendo recorrerlo periodicamente, controlando el estado de los alambrados, de las aguadas, de los molinos, tanques y bebederos y muy especialmente al ganado consignado en su sector. Estos peones, que deben gozar de la más absoluta confianza del “patrón” por su honradez y laboriosidad, se llaman “puesteros” y están una escala por encima de los “peones.

Pujllay
Los naturales de las regiones el noroeste argentino, por influencia de costumbres anteriores a la conquista por parte de los españoles, tuvieron creencias y supersticiones en las que, con frecuencia, se mezclaban y confundían lo religioso y lo pagano. El “pujllay”, también llamado “pujllay” quichua, parece ser, que originalmente fue una especie de divinidad protectora de la agricultura, del cultivo del maíz, con mayor exactitud, cereal que dio vida y fundamento a la civilización incaica  Con el correr del tiempo, el mito fue debilitándose y se transformó en símbolo o patrono del carnaval, llamada “chaya” en esos territorios. Esta transformación se explica mejor si se recuerda que  el carnaval o “chaya”, cierra el tiempo de la cosecha del algarrobo, que ha sido durante muchos años alimento capital de los pobres en varias regiones de la Argentina y que con la harina del algarrobo, se hace el “patay”, especie de pan barato y una bebida alcohólica llamada “aloja”, ambos productos que eran generosamente consumidos durante esas fiestas. La “chaya” es una fiesta anual de muy larga supervivencia y acaso la que mayor entusiasmo despertaba y despierta aún entre los nativos de aquellas regiones. El “Pujllay” es personificado en un muñeco vestido con ropas estrafalarias, de vivos colores, que inaugura los festejos, preside luego las ceremonias que se celebran mientras éste dura y cuando termina, es su víctima propiciatoria. “El entierro del carnaval”, no es otra cosa que el “entierro del pujllay. Llevan el muñeco a lomo de mula o burro acompañado por una multitud de “celebrantes” hasta el lugar de un descampado, donde han cavado un pozo o sepultura y allí acude todo el pueblo y gentes que se acercan desde lejanos lugares, para enterrar al muñeco, en medio de una loca algarabía. Al paso de la caravana que lo lleva, los espectadores, cuyos rostros reflejan claramente las huellas que han dejado esos días de desenfreno, alcohol  y lujuria que han vivido durante la “chaya”, cantan una copla tradicional que dice: “ya se acabó el carnaval, ya lo llevan a enterrar, Échenle poquita tierra, que se vuelva a levantar !!.  A esta caravana festiva y alborozada se la conoce con el nombre quichua de “cacharpaya”, derivado de “kachar” (hacer ruido, tocar música, producir sonidos) y “paya” (hacer compañía en una demostración de dolor, pero con exceso y desorden o remedo). En esta despedida melancólica, va explícita la ilusión de un retorno que ha de realizarse a plazo fijo, “al año cabal” como lo dicen en otra copla que cantan. A veces, el papel del “pujllay” es desempeñado por un hombre de carácter alegre que se presta complacido para reemplazar al muñeco, pero como se comprenderá, en esas oportunidades, el entierro era solamente simbólico.

Pulpería
La pulpería o “casa de negocios” del antigüo campo argentino, vendía todos aquellos artículos que los pobladores podían necesitar: géneros, remedios, comestibles y los “vicios”, como el tabaco, papel para armar cigarrillos, yerba, caña, vino, etc. Allí se reunían a beber y conversar los hombres que vivían en los alrededores, mientras el “pulpero” los atendía tras una reja que lo protegía de los peligros de un borracho pendenciero o de un asalto. En las pulperías siempre había una o dos  guitarras  para que se lucieran los cantores o para que se trenzaran en épicas “payadas” quienes con sus picantes versos, hacían las delicias de un público siempre ávido de diversiones (ver “Los payadores” en Crónicas). Allí se jugaba a los naipes (la malilla y el truquiflor eran los juegos preferidos)   y a “la taba”, se concertaban y se corrían “carreras cuadreras” y se recibía la correspondencia que llegaba “al pago”,

Pupo
Es el nombre familiar y corriente del ombligo en toda la República Argentina. Es una simple adaptación del vocablo quichua “pupu”, que se usaba entre los incas, para designar a esa parte del cuerpo humano. En el noroeste argentino, a los niños que tiene el ombligo muy prominente y desarrollado, les llaman “pupilos” que significa ombligudos.

Pura espuma como el chajá
Las plumas del “chajá”, ave oriunda de la Argentina, tienen unas cámaras de aire, que a pesar de su peso, le permiten volar. Estas cámaras, hacen que el volumen del ave, visto exteriormente, resulte sumamente abultado y que de la impresión de ser un ave grande y carnuda. Sin embargo, cuando se lo despluma, se descubre que su cuerpo es apenas huesos y piel. De ahí la frase “pura espuma como el chajá”, que se aplica a los que aparentando ser una cosa, resultan en la realidad, otras muy distintas, ya que carecen de las condiciones que ellos mismos se arrogaban o que los demás, equivocadamente les concedía. El que se las da de valiente y en el momento oportuno, resulta ser un cobarde o un “maula”; el afirma saber algo y cuando llega la ocasión se pone en evidencia su ignorancia; el que dice “haré tal cosa”, y luego se muestra incapaz de hacerla; todos y cada uno de ellos, son “pura espuma como el chajá”, es decir, son apariencia y nada más.

Quillango
A los guanacos, mientras son mamones, es decir, durante los primeros meses de vida, se los llama “quillangos” o “chulengos”. Y así también se llama “quillango” a una manta que hacían los aborígenes, especialmente los habitantes de la Patagonia (comarca donde abundan esos camélidos), uniendo mediante una costura muy especial, varios cueros de guanaco para confeccionar esa prenda que les servirá de abrigo, de manta para echarse a dormir o para cubrirse de la lluvia y el sol. Hoy, debido a exigencias del mercado que han descubierto el alto valor comercial de estos productos, se utiliza la piel de zorro y hasta de zorrino, para combinar con las de guanaco, logrando una prenda muy vistosa.

Quillay
En la lengua de los indios pampas, se daba el nombre de “quillay” a la corteza de un árbol, cuyos efectos eran similares a los del jabón de lavar que usaban sus mujeres para lavar y aunque parezca mentira, ellos para lavarse de vez en cuando, aunque no sabían que podían hacerlo, porque el producto que obtenían cuando hervían esas cortezas era “saponina” , un glucósido de esteroide, con propiedades semejantes a las del jabón). Parece ser que el vocablo en realidad, pertenece al idioma araucano y que el “quillay” es un árbol oriundo de Chile, datos que confirman la “araucanizaión” que sufrieron los indios pampas, auténticos pobladores nativos de nuestra Pampa, que fueron colonizados por los aborígenes chilenos, que atravesaron la Cordillera de los Andes, en busca de mejores pastos para su ganado y de mejores condiciones de vida para sus tribus.

Rancho cola de pato
El techo de los ranchos primitivos de la campaña argentina, era siempre “a dos aguas”: una “cumbrera”, o línea divisoria de altura máxima, y dos planos rectangulares, inclinados, a derecha e izquierda, que formaban los aleros  en ambos costados y los mojinetes o ángulos en los extremos de la construcción. Pero a medida que las técnicas constructivas fueron mejorándose, se perfeccionó este tipo de techado y comenzaron a verse “ranchos” en los que “los mojinetes” habían desaparecido, dando lugar a dos nuevos planos, triangulares e inclinados, uno de cuyos vértices arrancaba en la cumbrera. Ya no bastaba la denominación de “rancho”, para determinar con exactitud el tipo de construcción a la que se refería el gaucho y éste, siempre gráfico y propenso a las comparaciones, lo bautizaron  como “rancho cola de pato”, porque la forma y la posición de los nuevos planos del techo, eran muy semejantes a la cola de éste palmípedo y en ciertos movimientos que le son característicos. El techado “cola de pato” es ahora frecuente en galpones, ranchos, ramadas y glorietas.

Rancho de terrón
Aunque no tan común como el de “chorizo” o el de “quincha total”, el “rancho de terrón”, fue también, un tipo de construcción común en las llanuras argentinas. Para construírlo, se cortaban de la capa superior de la tierra, panes rectangulares de gran tamaño por lo general,  conservándoles la raigambre natural de los pastos que contenían, para darles mayor solidez y cohesión, (llamados “terrones” entonces y “tepes” hoy en día por los jardineros). Con estos “terrones”, apilados como si fueran adobes o ladrillos, pero sin argamasa, pues su propia humedad les otorgaba la consistencia necesaria, se levantaban paredes. El techado por su parte, no difería del de los otros ranchos y era de paja quinchada. Una mano de revoque con barro, paja fina y estiércol bien mezclados, ponía término a la obra. El “terrón” se empleó, del mismo modo, para hacer corrales destinados a las ovejas, cuya mansedumbre hacía innecesarias mayores medidas de seguridad o solidez para contenerlas.

Ratona
Casi todas las regiones de la República Argentina disfrutan con la presencia de un simpático pajarito, muy pequeño y confiado, de color pardo cuyo nombre común es “ratona”, pero que también es conocida como “ratonerita”, pititurria”, “tacuarita” y “curcucha”. El nombre “ratona” es el que mejor le cabe, debido a su aspecto, tamaño y vivacidad de movimientos, que son semejantes a los de las lauchas o ratoncitos, esos roedores tan comunes en nuestros campos. Pero “ratonera” también le viene bien, debido a su costumbre de andar siempre corriendo de aquí para allá, metiéndose en cuanto agujero o recoveco halla a su paso, dando la impresión de que anda buscando ratones para comer. “Pititurria” hace referencia a la pequeñez de su cuerpito, modismo que también se aplica a las personas de físico esmirriado. “Tacuarita” (diminutivo de “tacuara”, especie de caña sumamente resistente y flexible con las que se hacen las lanzas),  es otro de los nombres que el ingenio popular le aplicó, ya que se “aquerencia” frecuentemente en aquellos lugares donde se estiba y guardan cañas tacuaras para ser empleadas cuando fuere necesario. Finalmente digamos que “curcucha” es un derivado de la voz quichua “hucucha”, nombre que en el noroeste argentino se le da a las lauchas o ratoncitos.

Rayar
Una frenada violenta, brutal en muchos casos, hace que el caballo se detenga de golpe, inmovilizando sus patas delanteras y sentándose casi sobre sus jarretes o garrones traseros, hace que, por la fuerza del impulso, trace unos profundos surcos sobre la tierra. En la sentada súbita, sus vasos “rayan” la tierra, como si araran con una gruesa reja sin filo y sin puntas. Eso era “hacer rayar” al caballo, verdadera suerte ecuestre que no todos los jinetes se animaban a hacer, por los riesgos que corría su montado, posesión preciosa para el gaucho.

Redomonear
Desde las primeras ensilladas que sufre, el potro pierde su condición de tal, para convertirse en “redomón”, o sea, una animal a medio amansar. Ya empieza a conocer lo que que le espera y va sometiéndose al rigor de las “palenqueadas”, al manoseo que le quitará las cosquillas del miedo, el antes jamás sentido peso del jinete sobre su lomo y el imperativo y poco agradable rigor del bocado y las riendas. En un principio, eso fue “redomonear”, pero en el habla del campo, este vocablo ha extendido su alcance y se emplea también para para expresar que en la ejecución de un trabajo, una empresa, o un aprendizaje cualquiera, se han vencido las primeras dificultades, que sueles ser las mayores y más difícil de superar, como ocurre, cuando se doma a un caballo chúcaro. Es decir que, en lenguaje campero “redomonear”, significa  cumplir la etapa primera de una actividad cualesquiera.

Retranca
En los arneses o arreos de los caballos de tiro, se llama “retranca” a la pieza  de cuero que pasa por detrás de las corvas (ancas o muslos del animal),  que sujetas por sus extremos, a uno y otro lado de las varas, permiten el retroceso del vehículo en movimiento, cuando se quiere arrimarlo de culata a un lugar determinado. Por la similitud de la posición que ocupa, la gente de campo, le dio el mismo nombre de “retranca” a la cinta, cordón o elástico que cosido por las puntas a ambos costados del sombrero, en la unión del ala con la copa, pasaba por la nuca del que lo llevaba, impidiendo así que el sombrero se volara, ya sea por efecto del viento o por los bruscos movimientos que a veces le imponía el andar a caballo,. La retranca era en realidad nada más que el conocido “barbijo”, colocado en otra posición, para darle a su usuario una mayor comodidad, tanto para sacarse, como para ponerse el sombrero. También se decía “sentarse a la retranca”, cuando algún obstinado se negaba a discutir una idea y se afirmaba en su convicción sin aceptar su análisis.

Rienda arriba
La mansedumbre y docilidad de sus caballos de silla, o de “andar” como se los llamaba, era el mayor orgullo de nuestros gauchos. A través de esas virtudes, se juzgaba la habilidad de un jinete, para enseñar a su montado. En la pulpería o en cualquier otro lugar al que se llegara, lo común era atar los caballos en el palenque que siempre había en las puertas de entrada  de éstos y aquellos. El bozal o “cabestro” tenía esa función y si no se lo ataba, se lo maneaba, para evitar que el animal escapara, dejando de a pie a su propietario.. El caballo que se dejaba “rienda arriba”, quedaba, en realidad suelto. Las riendas, algo tensas como si estuvieran empuñadas por el jinete, se calzaban por sus extremos en el cinchón o en la parte trasera del recado y eso era suficiente para que el caballo aguardara pacientemente el regreso de quien lo había dejado así, tan asegurado como si estuviera atado o maneado.  El modismo que se apoya en esta frase “es de dejarlo a rienda suelta”, aplicado a las personas, expresa que éstas son merecedoras de confianza, tal como en el caso de los caballos, cuya mansedumbre, lo hacen merecedores de la confianza  de su jinete, hasta el punto de dejarlo prácticamente suelto.

Rodeo
El rodeo es uno de los trabajos que se realiza en las estancias y que consiste en juntar la hacienda que estaba desparramada  por el campo, en busca de mejores pastos, para conducirla a un lugar preestablecido. Para ello, los jinetes,  a veces con la ayuda de los perros, la rodean y luego la arrean hacia su destino.

Seguridá
Con este nombre (por seguridad), era conocido el certificado de propiedad de los animales que había sido extendido por la autoridad competente. Era la certificación que el o los animales que llevaba, le pertenecían legalmente. Nadie emprendía un largo viaje, ni transportaba ganado o caballos de un lado a otro, sin llevar en su bolsillo, junto con “la papeleta”, la “seguridá”, ya que ambas constancias, podían serles requeridas en el momento menos pensado.

Señuelo
Cuando había que trabajar con hacienda arisca, chúcara, resultaba muy difícil el rodeo y el aparte, o hacerla entrar en un corral, o cruzar  el vado de un arroyo, de un río u otro obstáculo y para lograrlo se utilizaban los señuelos. Éstos eran animales mansos, ya acostumbrados a las órdenes del hombre y a entrar en los corrales. Se mezclaban con la hacienda cimarrona y lograban que lo siguieran, entrando mansamente detrás de ellos a los corrales, o dócilmente encolumnados para sortear el obstáculo que los detenía en su marcha.

Sotreta
Entre las formas despectivas usadas en el campo argentino, para expresar que una persona era poco merecedora de confianza por sus procederes, la palabra “sotreta” es quizás, las más gráfica y elocuente. “Sotreta” es la denominación  del caballo resabiado y lleno de mañas, tan profundamente enquistadas, que ya nadie puede sacárselas. El caballo lerdo, por cálculo, el bellaqueador imprevisto, el mordedor o pateador, etc. Es un “caballo sotreta”. De allí, el término y su significación, cuando se aplica a las personas caprichosas o de mala fe. “Sotreta” se usa también como sinónimo de “matungo”, “macarrón” o animal inútil, en razón del desagrado que producen éstos, en las personas que se ven obligadas a emplearlos.

Surí
Es el nombre quichua del “ñandú” o “avestruz americano”, pero también se lo llama así a un tipo de alpaca en el noroeste argentino. El “alpaca surí” es un rumiante de la familia de la llama, el guanaco y la vicuña que produce una lana larga y sedosa, tan suave y ligera como la más fina pluma de avestruz.

Tamal
Es una comida característica del noroeste argentino que rivaliza con la “empanada” en las preferencias de nuestra gente de ampo. Como en ésta. También se requiere carne para su preparación. Carne hervida previamente en agua con sal, ají picante y comino. Esta carne ya hervida, se fríe con grasa, mucha cebolla y más ají y comino, pasas de uva, rodajas de huevo duro y a veces un poco de carne de cerdo en trozos pequeños. Por separado se hace una masa con harina  de maíz, el agua donde se hirvió la carne y una buena cantidad de zapallo. Con “hojas de chala” (lo que cubre las mazorcas de maíz), se termina de armar los tamales. Para ello, se coloca en cada “chala” un poco de la masa, encima la carne y luego otra capa de masa. Se envuelve la “chala”, se la ata con tiritas de las mismas chalas y se ponen a hervir.

Tamanduá
Tamanduá es el nombre del oso hormiguero en idioma guaraní. Este curioso, lento y ávido comedor de hormigas, que habita el norte argentino. Usa como “herramienta”, su larga lengua vertiforme (con forma de gusano), cubierta con una sustancia sumamente viscosa, para sacar a las hormigas de sus refugios y llevarlas pegadas a ella, hasta su boca.

Tapados
Según las leyendas que se murmuraban junto a los fogones, en muchas regiones del norte argentino, existen tesoros escondidos por los conquistadores españoles, obligados a ello, ya sea para salvarlos de la codicia de sus compañeros o porque tuvieron que huir ante alguna amenaza. A estos tesoros ocultos se los llama “tapados”

Tata Inti
Los quichuas adoraban al sol, que era para ellos, un Dios todopoderoso, puesto que era él el que le daba vida al mundo, mediante la luz y el calor, elementos éstos, de los que no podían prescindir los seres vivientes, sean humanos, animales o vegetales. Para testimoniarle su devoción y respeto, así como para merecer sus favores, le ofrecían sacrificios invocándolo por su nombre “Tata Inti”, que en su idioma quería decir “Pâdre Sol”.

Té de yuyos
El campo argentino es riquísimo en plantas medicinales: poleo, menta, yerbabuena, carqueja, ruda, manzanilla, y muchísimas especies más. Como se reproducen solas y abundan tanto se los llama “yuyos”: A pesar de que cada una tiene un nombre propio se llama “te de yuyos” a cualquier infusión que se obtiene  haciendo hervir sus hojas o sus flores en agua.

Tejido a pala
En toda tela o tejido, la urdimbre está formada por los hilos longitudinales y la trama, por los que se cruzan o entretejen con los de aquella, es decir, la “urdimbre produce el largo y la trama, el ancho. En los telares domésticos de las regiones andinas y del noroeste de la República Argentina, para ajustar los hilos de la trama, se emplean dos elementos: el “peine” y la “pala”, excluyentes el uno del otro, porque ambos desempeñan la misma función. El “peine” es un instrumento dentado, de estructura similar a la del peine común utilizado para peinarse los cabellos. Es de manejo rápido y simple, pero produce unun ajuste menos perfecto que el de la “pala”. Ésta es una pieza de madera achatada, con un chanfle o bisel, especie de filo, a lo largo de uno de sus lados. La “pala” entra en la urdimbre y con la parte afilada golpea cada hilo de la trama en toda su extensión, haciendo que el tejido, resulte así más compacto. Un poncho o cualquier otra prenda tejida así, resulta de una calidad muy superior, por lo que la “pala” sólo se la utiliza para tejer materiales de primera calidad, como lo son la fina lana de vicuña, de guanaco y otras semejantes. . De ahí, que el modismo “tejido a pala”, sea en esas regiones,  sinónimo de “muy bueno”, de muy buena calidad y confección.

Tener una de a pie
Para un gaucho argentino, no podía haber situación e mayor apremio, que la de encontrarse “de a pie”, es decir sin su caballo, que era su compañero obligado en sus tareas, en sus largos viajes llevando un rodeo, en sus diversiones, en fin, en todas las actividades y circunstancias de su vida dura y esforzada. Estar o “quedarse de a pie” en los campos de otros tiempos, significaba caer en el desánimo y en el infortunio, a merced de los innumerables peligros que acechaban desde esas inmensas soledades. El diario comer, las exigencias del trabajo, las diversiones, todo se resolvía, teniendo un buen “flete” a mano.  Esta realidad dio nacimiento al modismo “tener una de a pie”, para referirse a la circunstancia que obligaba al gaucho a sostener una pelea, un duelo criollo, “fierro a fierro”, con la muerte acechando en la punta de un “facón”. Era cuando imprescindiblemente debía prescindir de su caballo. Echar pie a tierra y sacándose las espuelas, ya que éstas podían dificultar sus movimientos, enfrentarse con un rival que sólo quería quitarle la vida.

Tercerola
Las armas largas de fuego, como lo son el fusil, la carabina o la escopeta, lle resultaban inapropiadas al gaucho argentino para llevarlas a caballo o a pie. Para salvar este inconveniente, solían cortarles la tercera parte del cañón y otro tanto de la culata, con lo que el arma podía acomodarse fácilmente en el recado y hasta en la cintura. Estas fueron las “tercerolas”, llamadas también “recortados”, armas que fueron de uso común por las “montoneras gauchas”.

Tereré
En toda la República Argentina, pero especialmente en el noreste del país, en las épocas de grandes calores, a modo de refresco, los pobladores beben “tereré”, una bebida que se obtiene mediante la maceración de yerba mate en agua fría. “Tereré” es una voz guaraní que permite diferenciar a esta bebida con el tradicional “mate cocido”, que es solamente parecido con aquella, en que ambas bebidas utilizan la yerba mate y el agua. El “tereré” se bebe frío y el “mate cocido” es una infusión de yerba mate con agua caliente a la que a veces, se le pone también azúcar y/o  leche.  En ocasiones al “tereré”, se le agrega un poco de caña u otra bebida alcohólica, con lo que asume el papel de energizante, necesario para recuperarse de los rigores de una dura faena.

Terne
Muchos vocablos usados en el campo argentino, han sido desnaturalizados en su esencia por quienes ignoraban sus raíces, significado y uso. “Terne” es uno de ellos y se lo ha dado como sinónimo de “guapo”, valiente; es decir, hombre que se muestra capaz de afrontar cualquier situación de fuerza. Sin embargo, la verdad es que el término “terne” definía al pillo, astuto, aprovechador. Lo que hoy se conoce como el “vivo”, “el ventajero” y podía ser reemplazado por otras dos palabras del vocabulario campero que expresaban lo mismo: “peje” y “liendre”. “Qué terne!!”, “!qué peje!” y “!qué liendre!”, eran sinónimos absolutos en su momento y en su ambiente y lo siguen siento aún hoy, en algunos lugares del país. Claro está que en los viejos tiempos del campo argentino, nadie podía presumir de “terne”, “peje” o “liendre” sin estar respaldado por un verdadero coraje personal.

Tipa
Todos conocemos el árbol que se conoce con el nombre de “tipa”, pero la tipa a la que nos referiremos aquí, da su nombre a una especie de cesto hecho con juncos u otra paja de semejante cuerpo y consistencia, entretejida con hilo, lana u otras fibras vegetales delgadas. Dichos cestos, que por lo general  tienen la forma de un cono truncado es razón de que esa forma hace muy sencilla su confección, resultan muy livianos y fuertes, condiciones que lo hacen el preferido, especialmente de las mujeres, para la recolección y transporte de frutas y otros productos. Una vez llena la “tipa”, se la carga sobre un hombro o sobre la cabeza (ver “pachiquil” en esta misma sección). De este ato monótono y cansador  de llevar los canastos llenos hasta el borde, surgió la frase “cargar la tipa”, de evidente sentido irónico y picaresco, que se refiere a todo aquel que se ve obligado a desempeñar tareas para exclusivo beneficio de los demás.. Así “cargar la tipa”  es cebar el mate durante una reunión con numerosos contertulios. “Cargan la tipa” los músicos para que otros bailen y se diviertan y las madres de niñas solteras, que deben aguantar estoicamente esas largas veladas, donde se impone su presencia para controlar las efusiones de su hija enamorada con algún pícaro galán, “cargar la tipa” o “aguantar el choclo” son expresiones afines, como lo son también “”tener la vela”  o “calentar el agua, para que se la tomen otros”.

Tirador y chanchero
El ancho cinturón de cuero, a veces con bolsillos y casi siempre con adornos de monedas de metal precioso, usado por los hombres de campo en la Argentina, recibió el nombre de “tirador”. Lo común fue el “tirador” de una sola pieza, cerrado adelante con la “rastra”, el clásico lujo gaucho que aún subsiste, pero no faltaban otros modelos con correas y hebillas para su ajuste. Un tipo especial de “tirador” era el llamado “chanchero”, que tenía amplios bolsillos y adornos, que las talabarterías confeccionaban con cuero de chancho (de ahí el nombre que recibían), cuya vistosa superficie graneada y su larga duración, le otorgaban el favor de quienes podían adquirirlo.

Tirarle el chico lejos
El juego de bochas, pese a su origen (nacido quizás en el imperio romano y difundido luego desde Italia hacia todo el mundo ),  contó desde siempre, con el favor de nuestra gente de campo y en todas las estancias, chacras,  pulperías y hasta en alguna casa perdida en medio de la llanura, era costumbre encontra una cancha y bochas para practicarlo. Pero como es lógico, tanto las reglas del juego, com la denominación de los elementos que lo componían, tuvieron que sufrir modificaciones  y adecuaciones, algunas por imperio de una fuerza mayor y otras por exigencias naturales de su medio ambiente. Así, como la falta de maderas apropiadas, en muchos de los casos, obligó a la supresión del cerco construido con ese material, que limitaba las medidas de la cancha y nuestros hombres de campo usaban como “cancha” el campo abierto, las bochas, en vez de ser reconocidas como “rayadas” y “lisas” o “marcadas” y “sin marcar”, fueron llamadas “herradas a las primeras y “orejanas” a las lisas. En lo que respecta al “bochín” o “mingo”,  esa bochita más pequeña alrededor de la cual gira todo el juego, se la llamó “chico” y es en esta denominación y en la  supresión de los límites de la “cancha”, es que se fundamenta el modismo criollo “tirarle el chico lejos”. Es que el jugador con mayor vigor, potencia física y quizás seguro de su maestría, al iniciarse el juego, tiraba el “chico” bien lejos, para anular de esta manera, las posibilidades de un rival más débil o inepto, que sí se veía en figurillas para tratar de acercar sus bochas al “chico”que había quedado bien lejos. “Le tiró el chico lejos”  quería significar entonces que lo había sobrado desde el vamos.

Tiro
La primera condición cuando se concertaba una carrera, era fijar el “tiro”, es decir la distancia que debían recorrer los caballos. El “tiro” tenía una importancia fundamental en esas competencias, pues estaba en relación directa con la mayor o menor resistencia del animal, condición que como es de suponer, era bien conocida por cada uno de los contrincantes. Por eso, se consideraba tan importante fijar el “tiro”  que tendría la competencia. Correr “dos ochenta” significaba que había que correr doscientos ochenta metros desde la largada hasta la “raya” o meta. El “tiro” podía ser modificado por cierto convenio auxiliar llamado “partir de adentro”, que significaba disminuír la distancia fijada en los cuarenta o cincuenta metros que se fijaban para las “partidas”. La distancia total, solo se recorría cuando se “partía de afuera” o con abanderado.

Topada
Para los aborígenes que poblaron el territorio argentino y más tarde para nuestros gauchos, el término “topar”, no define exactamente las carreras que emprenden los carneros, los machos cabríos, los ciervos, los vacunos y otros animales que se topan o dan topetazos usando el testuz en un combate con algún congénere. En nuestro campo, “la topada” era un divertimento en el que intervenían dos grupos de individuos a caballo, que separados por una prudente distancia, emprendían una furiosa carrera hacia el oponente, para detenerse abruptamente, frente mismo a las narices del otro, siendo la mejor “topada”, la que había terminado con una mínima separación entre ambos grupos, pues así se demostraba  la serenidad y la baquía del jinete y la excelencia del adiestramiento del caballo. “Topada” se llamaba también al encuentro que reunía  a las “comadres” y “compadres” en los carnavales, donde un duelo de coplas  mal intencionadas  y llenas de picardía y humor, no sólo daban animación a la reunión, sino que establecía el derecho a ejercer la jefatura del grupo. Para el gaucho, “una topada” también era la reunión de dos o más personas entendidas en algún asunto, que competían para dirimir la superioridad o el mayor conocimiento entre ellas. Cantores, guapos, domadores, bailarines, tomadores de ginebra que se encuentran para decidir quién es el mejor, hacen que se diga “se juntaron Topate con Toparías”.

Topo
Las mujeres araucanas que vinieron con las tribus que invadieron y luego se afincaron en la Patagonia Argentina, se sujetaban el “chamal” (especie de manta o vestidura), a la altura del pecho, con un alfiler grande, de diversas formas, cuya cabeza o remate, solía ser un hermoso medallón de plata, trabajado por sus hombres. Este alfiler, era conocido con el nombre de “topo”, vocablo de origen quichua, pues “tupo”, en ese idioma, significa exactamente lo mismo: alfiler grande que ya usaban y todavía usan las “coyas” o sea, las nativas de ciertas regiones del noroeste argentino.

Toro
Para los indígenas, sobre todo los que habitaban en la frontera sur de Buenos Aires, el toro era la expresión máxima de la fuerza , resistencia y valentía, condiciones éstas, que apreciaban con frecuencia, en los tremendos combates que los toros cimarrones sostenían en la época del celo. Eran luchas feroces que duraban horas y horas, de días algunas veces, entre dos contrincantes y que sólo terminaban con la muerte o la fuga vergonzosa de uno de ellos. Sus roncos bramidos se escuchaban desde largas distancias, los retumbantes topetazos y las nubes de tierra que levantaban sus pezuñas en su preparación para el ataque. Provocaban el entusiasmo de los indígenas, cuyos métodos de pelea eran también ruidosos y ciegos, como el de aquellas bestias. Por eso, los “pampas” hicieron de “toro”, un calificativo aplicable, tanto a los seres humanos, como a  los animales, en todas las ocasiones que implicasen una superación del nivel común. El coronel LUCIO B. MANSILLA fue uno de los que fueron reconocidos como tal por los ranqueles que lo llamaban “coronel toro”, expresando así su admiración, cuando rivalizaba con ellos en fuerza física o cuando aceptaba renovados convites de caña, sin que esa fuerte bebida alcohólica lograra vencer su lucidez, aún después de haber volteado al más famoso de los bebedores indios. “Huinca toro” era otra expresión que se oía en las tolderías, cuando regresaban de un malón, derrotados por los “milicos”.

Torta
En los obrajes o establecimientos productores de leña en la antigüa campaña argentina, se llamaba “torta” a las secciones, más o menos circulares y de altura variable, que se obtenía cortando transversalmente el tronco de un árbol. Esta denominación tiene su origen en la similitud de forma que tenían  estas secciones con las tortas de la repostería casera.

Tortillas
En casi todas las provincias argentinas, se llama “tortilla” a una torta circular, de tamaño y grosor medianos hecha con un amasijo de harina, grasa, agua y sal, que se cocina al horno, pero “los que saben”, las prefieren cuando son las que se asan directamente sobre las brasas o el rescoldo de un fuego.

Trato pampa
Es conocida, a través de muchos antecedentes, la insaciable codicia de algunas tribus aborígenes (especialmente los araucanos que invadieron la Patagonia argentina y cuyas tribus ocuparon durante el siglo XIX gran parte de los territorios al sur de la provincia de Buenos Aires). “Estos indios, dice ALCIDES D`ORBIGNY, quizás el cronista que más directamente y a fondo estudió sus usos y costumbres en la década de 1830, “así como todos los miembros de esa nación, son los mayores pedigüeños que existen; no cesan de quejarse de su pobreza, exagerando la riqueza de los cristianos a fin de provocar su compasión y tiene siempre en la boca la palabra “prestando”. Si no se les da, saben decir “mezquino” y por el contrario, se satisface su pedido, responden con un “buen corazón”. Es de los más raro que un indígena de algo y si uno de ellos obtiene alguna cosa, no lo comparte jamás con sus compañeros. Sin duda, los españoles los han hecho  así, muy egoístas e interesados, pues para ganarse su confianza, los colmaban de regalos, sobre todo al acordar la paz, cada vez que se producía un entredicho, sin recibir jamás algo de ellos. De esta costumbre, la de pretender mucho a cambio de poco o nada, fielmente mantenida por los araucanos (mal dicho “pampas”, pues éstos fueron expulsados de sus tierras por aquellos), surgió el modismo “trato pampa”, que se aplica a esas transacciones o acuerdos, en los que una de las partes se adjudica, a expensas de la otra, un exceso de ventajas y beneficios, lo que se llamaría “un contrato leonino”.

Tropero
El argentinismo “tropero” (de “tropear”, conducir una tropa o conjunto de animales o de vehículos), reúne las acepciones de varios vocablos, algunos castizos y otros que se usaron y aún se usan en el campo. “Troperos” eran los los arrieros o arreadores de las “muladas” que se mandaban periódicamente desde nuestros territorios hacia el Alto Perú; los e las recuas que traían y llevaban los productos del tráfico entre las provincias andinas y las del centro y la costa: los carreteros y carreros y los boyeros (llamados también “maruchos”), de las caravanas de carretas que surcaban  las principales rutas del país, llevando carga y pasaje; los “reseros” (derivación de “res o animal vacuno). Y en un orden menor, pero también afín, “troperos” deben llamarse a los “remeseros” del altiplano o conductores de una tropa o tropilla de llamas cargueras.

Tropilla
Muy pobre tenía que ser un gaucho para no poseer, al menos, una tropilla de caballos y mejor si todos eran de un “mismo pelo”, es decir de semejantes características morfológicas e igual pelaje y color. Puros, alazanes o tordillos; bayos, zainos o doradillos, todos del mismo color eran el orgullo del hombre de campo de tener “una tropilla de un solo pelo”

Una desgracia
El gaucho culpable de una muerte, se veía obligado a “ganar el monte”, convirtiéndose en un “matrero”, para huir de la justicia y entre la gente de campo, cuando se hablaba de ese hombre, no se decía que había cometido un crimen, sino que había tenido “una desgracia”. Una desgracia era, pues, en el leguaje corriente, matar a un semejante. Si esta “desgracia” se había producido en “buena ley”, es decir defendiendo su honor o el de alguno de sus allegados, peleando lealmente en un “duelo criollo”, este hombre podía contar con el respeto y la ayuda de cuantos lo conocían. Por eso le era fácil conseguir refugio, víveres y “vicios”, y nunca le faltaba un aviso oportuno de la llegada de “la partida” y un buen caballo para huir.

Uturunco
El gaucho creía firmemente, como aún se cree en algunos poblados del interior, en la existencia de seres humanos que por diversas causas pueden transformarse en animales, especialmente en lobos (“licantropía”). El “lobizón” o “lobizonte” era, según la leyenda popular un hombre que se convertía en cerdo y que se aparecía de noche, causando temor. Se decía que atacaba a quien lo viera, pero que si se lo enfrentaba, logrando herirlo, de inmediato perdía su aspecto de animal y recobraba el de ser humano. También se afirmaba que había unos tigres muy feroces, a los que se les dio el nombre de “uturuncos” y unos tigres que llamaban “capiangos”, ambos,  hombres transformados en bestias por la fantasía popular. De acuerdo con esta leyenda, el “uturunco”, hombre tigre, era el producto de un trato hecho con el diablo en la “Salamanca” (escuela de brujería), y en pago del terrible don, el hombre debía entregar su alma, pues éste, era el precio fijado por “el malo”.

Valear
Este es  un término que no diferencia la “v” de la “b” y se refiere a un acto, que está muy lejos de lo que parece nombrar. Hasta hace muy pocos años, en los establecimientos rurales (estancias, establecimientos rurales, obrajes, etc.), se pagan los sueldos y jornales con “órdenes de compra” o “vales” contra una determinado comercio del pueblo más cercano, donde se hacían efectivos, se depositaban a cuenta o se utilizaba para pagar alimentos, ropa, herramientas, etc. .Era un sistema perverso que enriqueció a muchos empresarios y comerciantes, ya que lo más frecuente, era que la mayoría de los peones y empleados que tenían crédito en esos comercios, el “debe” era siempre muy superior al “haber”. Al acto de entrega y recepción de estos vales, se lo llamaba “valear” y cuando alguien decía “me han valeado”, quería decir que lo habían despedido, extendiéndole el último vale que cobraría allí.

Ventosas
Eran un remedio que se aplicaba en nuestro campo para curar los males del sistema respiratorio: Tos, resfríos, anginas eran curados mediante la aplicación de ventosas al paciente. Estas eran por lo general, un pequeño vaso de vidrio al que con un isopo se mojaba con alcohol por todo su interior. Acostado boca abajo el “paciente”, el encargado de la cura, encendía el alcohol de cada ventosa y rápidamente, cuando se apagaba la llama, aprovechando el vacío que se producía en el interior de la ventosa, lo aplicaba contra la espalda, a la altura de los pulmones del enfermo, convencido que así extraería el mal que había entrado en ese cuerpo.

Vistear
La llamada esgrima criolla, que derivaba en el clásico duelo a cuchillo del gaucho, implicaba una técnica que no era definida en una escuela formal, como en el caso de la esgrima europea, sino que respondía a un criterio instintivo, desarrollado con el juego del “visteo” y una rara habilidad para dirigir los lances, desviar los golpes contrarios con quites o sacando el cuerpo para evitar un corte o la herida mortal. En los “duelos criollos” se enfrentaban dos hombres armados sólo con cuchillo (algunos de grandes dimensiones, que se llamaban “facón”) y para salir con vida de estos trances, no sólo era necesario tener valor, agilidad y destreza en el manejo del arma, sino que era fundamental “el visteo”: una capacidad adquirida tras largas prácticas, que permitía al duelista, anticiparse a los movimientos del adversario. Un ligero movimiento de ojos, un bajar de hombros o un paso a destiempo, eran suficientes para adivinar lo que se venía y contrarrestarlo. El arma firmemente tomada, el brazo desarmado envuelto en su poncho y la mirada fija en el oponente, era la posición del duelista que a la postre, vencerá en el lance. Y era tan importante saber “vistear”, que desde niños, nuestros hombres de campo dedicaban largas horas a la práctica de esta habilidad. Armados con cuchillos de madera, eran el orgullo de sus padres, cuando simulando un duelo, tiraban puntazos o planazos, paraban una estocada y “visteaban” intentando adivinar el movimiento del rival. El visteo era un juego de niños que se practicaba, incluso, cuando se llegaba a la adultez. Era una preparación para la pelea con cuchillo, en la que se adquirían la velocidad de la vista y la habilidad para adivinar el destino del golpe contrario, y cómo evitarlo.  Moviendo velozmente el cuerpo o efectuando un quite con rapidez. Se practicaba con palitos, con vainas vacías o, simplemente, “a dedo tiznao”, pasando el dedo por el fondo de una olla, con el objeto de  “marcar” al contrario, preferiblemente en el rostro, como, cuando ya mayores, quizás lograrían hacer con un cuchillo “de verdad”,  en caso necesario.

Vizcacheras
Uno de los mayores peligros para los jinetes que cruzaban los campos, eran las “vizcacheras”, agrupación de cuevas donde vive o había vivido una colonia de vizcachas. Este mamífero roedor era muy abundante en antiguamente, pero ha ido desapareciendo debido a la caza que se practica con él, debido a la utilidad de su carne y su piel y a que ha sido tenazmente perseguido por ser una verdadera plaga para los sembrados. Cuando el gaucho “paraba rodeo” o se dedicaba a bolear avestruces, estaba expuesto a que su caballo rodara y hasta se “voleara” (darse vuelta para atrás y caer), porque había metido sus patas delanteras en alguna cueva de vizcachas, accidente que podía provocarle algún hueso roto a él y el sacrificio de su montado, si éste resultaba con alguna quebradura y en el peor de los casos la muerte.

Volear el anca
“Voltear el anca” es uno de los modismos más simples del habla gauchesca en la República Argentina. Significa dar media vuelta, girando rápidamente sobre uno o los dos pies, de modo que la parte delantera del cuerpo, quede donde antes estaba la trasera, identificada como el “anca”, así llamada  por el hombre de campo esta parte de la anatomía humana. Como otros muchos giros comunes en la campaña del siglo XVIII, este también se originó en uno de los movimientos que practicaba el gaucho para subir a su caballo: “voleaban” la pierna para montar de un salto y a la inversa, “voleaban el anca” para descabalgar. Con los caballos que se usaban en aquellos tiempos, redomones con frecuencia, estos dos movimientos, requerían agilidad y rapidez ya que en ambos casos, el jinete describe en el aire, una media vuelta exacta para quedar en posición opuesta a la que tenía inicialmente. En el caso del jinete, “volear el anca” significaba desmontar y en el caso del hombre de a pie, significaba lisa y llanamente, dar media vuelta.

Yaguareté
“Yaguar” o “jaguar” es el nombre guaraní del tigre americano. El sufijo “eté” en esa lengua es aumentativo, de donde “yaguareté” significa “tigre grande” o “el más grande de los tigres”. De este modo,  diferencian el “jaguar” de otros felinos autóctonos de Sudamérica (gato montés, onza, ocelote, puma, tigrillo, etc.),  que pueden parecérsele en el color de la piel o en las costumbres, pero que jamás alcanzan el tamaño ni tienen la sanguinaria bravura que hace del “yagureté” el más temible de los carniceros. El “yturunco” y el “capiango” son también jaguares, pero éstos pertenecen al mundo de la leyenda y la superstición, pues se cuenta en los fogones, que se trata de hombres, que por un sortilegio mágico se convierten en tigres y salen a cazar.

Yapa
Pocos vocablos de nuestras lenguas vernáculas, han alcanzado tanta popularidad como “yapa”, palabra quichua que significa añadidura, agregado, aditamento, es decir, porción de algo que va demás o que excede la totalidad de algo. En los almacenes de campo, como en los comercios urbanos, fue norma habitual, la de tener a mano una lata con galletitas o un frasco con caramelos, destinados exclusivamente a satisfacer el reclamo de “la yapa”, formulado por las criaturas, después de haber efectuado una compra. En nuestros tiempos, no es raro escuchar algún imperativo “déme la yapa” o el voluntario “esto va de yapa”, con que los comerciantes se refieren al regalo que le hacen a sus buenos clientes, a los que gastan generosamente. En otro orden, “yapa” es también la parte del lazo que va junto a la argolla, donde se cierra “la armada”, parte que, en una longitud variable de entre uno y dos metros, suele trenzarse más gruesa y reforzada, a los efectos de darle mayor resistencia para aguantar la áspera fricción que se produce en ese lugar, al enlazar animales, especialmente, vacunos con cuernos. “yapa” se denominan también a todas las añadiduras de “guascas” o tiras de cuero, ya estén montadas o superpuestas y cosidas en sus extremos, que aumentan la longitud del lazo.

Yegua madrina
Cada tropilla de caballos o manada de vacunos, aceptaba sumisamente la presencia de una guía entre ellos. Era un animal de pelo o colores distintos al de la generalidad, que llevaba pendiente de su cuello una campanita de metal,  a cuyo son, todos la seguían mansamente.

Yunta
La “yunta” (par de algo), era una rastra o hebilla simple, que se hacía con dos patacones unidos por su parte central a los extremos de una traba o cadena metálica de determinada longitud. El “patacón” o “real de a ocho”,  era una moneda antigüa acuñada en plata novecientos que tenía un gran tamaño (3 centímetros de diámetro). Se usaban una, dos y hasta tres “yuntas”, según fueran las posibilidades de cada uno. Los hombres ricos solían reemplazar los “patacones” por “onzas” y otras monedas de oro, que circulaban en aquellos para exhibir su importancia y riqueza. El mismo nombre de “yunta” se aplicaba a la pareja de jinetes o peones que trabajaban juntos y en forma coordinada, en los apartes de hacienda.

Zapucay
En el noreste argentino, principalmente en la provincia de Corrientes, ya sea en el trabajo, en las fiestas populares o en otras oportunidades que lo hacen propicio, la gente de campo suele dar salida a sus buenos estados de ánimo, por medio de un grito sostenido y de tonos cambiantes, un verdadero alarido al que se lo llama “zapucay”. Un desahogo que se ha convertido en característica de ese pueblo, descendiente de los guaraníes, que juegan su honor y valía, compitiendo para dirimir quien lanza un “zapucay” más vibrante, sostenido y modulado.

Zupay
“Zupay” o “Supay” es el nombre autóctono que se usaba y se usa actualmente, para nombrar al diablo; el “mandinga” clásico de otras regiones o el “gualichu” o “huecuvu” de pampas y luego de los araucanos.

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