TRAPALANDA (00/11/1528)

La leyenda de “Trapalanda” o de la “Ciudad de los Césares”, nació en el Valle de Conlara, desde que fuera supuestamene descubierta por el capitán FRANCISCO CÉSAR en noviembre de 1528 y a partir de entonces, atraídos por la seducción de estas  ricas y exuberantes tierras, pobladas por hombres inmortales, que las llamaban La Sal, Linlín y Noticia de los Césares, avezados capitanes emprendieron exploraciones increíbles hacia el sur de nuestro territorio.

Todo comenzó en 1528 cuando SEBASTIÁN GABOTO envió una serie de partidas de exploración desde el Fuerte “Sancti Spíritus en búsqueda de unas fabulosas “sierras de plata” que eran repetidamente nombradas por náufragos y aventureros que habían regresado de sus viajes a América, la tierra recientemente descubierta por CRISTÓBAL COLÓN. Una de estas expediciones partió al mando del nombrado Capitán CÉSAR, quien, siguiendo el curso del río Tercero en la actual provincia de Córdoba, luego de pasar la sierra de los Comechingones (sierras situadas entre Córdoba y San Luís), llegó hasta el valle de “Conlara”, donde halló un pueblo de gente con un alto nivel cultural y fue informado de sorprendentes riquezas que podrían encontrarse en Perú.

Tres meses después, ya de regreso en el Fuerte, entusiasmados por lo que habían escuchado, transmitieron seguramente magnificados, estos relatos que mencionaban las fabulosas existencias de piedras preciosas, oro, plata e increíbles tesoros que estaban al alcance de la mano de quien quisiera apoderarse de ellas. Estas circunstancias y estos relatos fueron los que posteriormente, magnificados por la fantasía, forjaron la “Leyenda de la ciudad de los Césares”, también llamada “Trapalanda”, que en 1529 al quedar asociada a “Yúngulo”, patronímico y topónimo de la región, comenzó a llamársele también “la Noticia de Conlara o de Yúngulo”, en cuya búsqueda partieron y perdieron el rumbo y en muchos casos la vida, numerosos expedicionarios que durante más de dos siglos, soñaron con este prometedor encuentro. La fama de Trapalanda se agigantó con el paso de los años y los, muchas veces fantasiosos relatos de náufragos y “avivados” y en 1579 su historia parecía coincidir con “la noticia que se tiene de la provincia que llaman de Linlín, tierra rica en minas de plata”, atribuída en 1579 a H. MONTALVO.

En su búsqueda incursionaron el Gobernador GERÓNIMO DE ABREU en 1575 desde el Tucumán, JUAN DE GARAY en 1582 y HERNANDO ARIAS DE SAAVEDRA en 1605 desde Buenos Aires. GERÓNIMO LUIS DE CABRERA en 1622 desde Córdoba y NICOLÁS MASCARDI en 1662/1673 desde el lago Nahuel Huapí, entre otros. En una prolija indagación promovida en 1587 por RAMÍREZ DE VELASCO, los testimonios señalaban hacia las sierras de San Luis. Pero cabía admitir que la quimérica “Ciudad de los Césares” estuviera más al sur (de donde llegaban reminiscencias de desembarcos europeos, como el de NARBOROUGH en San Julián, en 1670). R. MARTÍNEZ SIERRA propuso la posibilidad de que el topónimo “La Sal” aludiera a las salinas del sur mendocino, hasta donde llegaban los mapuches, en sus “jornadas de la sal” y que Trapananda o Trapalanda haya derivado de “trapal”, que en mapuche significa totora, planta de lugares cenagosos, en cuyo caso podría aludir a los bañados que hay en dicha región.

Pero la cartografía de la época, la ubicaba preferentemente al este del Desaguadero y al sur de San Luis, como lo indica la carta que en 1556 publicó SANSÓN DABBEVILLE. En 1703, DE L’ISLE sitúa “Los Césares” entre los 44° y 45°, junto a la cordillera y en 1707, S. A y . DE ROXAS, aseguraba haber visto la encantada “Ciudad de los Césares” diciendo: “la anduve y toqué con mis manos” y en 1774, un tal PIWER juraba por su vida que existía, y que sus pobladores blancos eran inmortales. Hacia 1791, se asomó desde Chile FRAY MENÉNDEZ y creyó encontrar nuevos datos reveladores de la existencia de “la ciudad de los Césares” con los que embriagó al Virrey del Perú, pero, tras afanosas idas-y: venidas, su esperanza quedó vacía. La Trapalanda no estaba en ninguna parte; a no ser en las consejas antañonas y en los sueños de imaginar hallazgos fabulosos.

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