TERREMOTOS EN MENDOZA (20/03/1861)

Llegando la noche del 20 de marzo de 1861 (miércoles santo), la ciudad de Mendoza fue destruida por un terremoto que causó más de 10.000 muertos. Esa tarde, como estaba celebrándose la Semana Santa, había predicado un prestigioso orador jesuita desde el atrio de la Iglesia Matriz, frente a la Plaza de Armas, ante millares de feligreses. El orador había incitado a la oración y a la penitencia, anunciando los más severos castigos por la impiedad y el olvido de los deberes para con Dios. A las ocho y media de la noche, cuando protegidos por una luna en creciente que alumbraba el cielo azulado, los fieles oraban en los templos o rodeaban la mesa de sus hogares, se escucharon extraños ruidos subterráneos y de inmediato el suelo comenzó a moverse y los edificios a derrumbarse. Las ocho iglesias de la ciudad, dos de adobe y seis de ladrillo, se derrumbaron sobre los fieles (Catedral, San Agustín, San Francisco, Santo Domingo, La Merced, La Caridad).

En esos momentos en el centro había gran animación, sobre todo en el recién terminado pasaje Sotomayor, lugar predilecto de la juventud mendocina de la clase pudiente. En el Club del Progreso se acababa de instalar el alumbrado a gas, novedad que también había llegado a la tienda “A la moda de París”, en el “Hotel de France” y en la casa de daguerrotipos de Alexander y otros negocios principales de la ciudad. Al primer temblor siguió un segundo que dejó en ruinas lo poco que había quedado a salvo. No se veía una casa en pie; solamente el Teatro, que por la estructura de su techo, se mantuvo, pero totalmente desvencijado. En la plaza se amontonaban los muertos y heridos y fue convertida en hospital de emergencia. Grandes incendios, provocados por el gas, se propagaron y nadie atinaba a sofocarlos. En medio de la oscuridad vagaban los sobrevivientes en el mayor desorden llamando a sus familiares.

Esa misma noche comenzó el saqueo por grupos de evadidos de la cárcel y otros forajidos. El Gobernador, coronel LAUREANO NAZAR, sobrino del fraile Aldao, perdió tres hijos en la catástrofe, abandonó sus funciones y se refugió en su finca “Tres Acequias” y se negó a regresar a la ciudad. Un joven capitán de 26 años, MANUEL JOSÉ OLASCOAGA, se hizo cargo de impo­ner el orden y ordenó el fusilamiento de los que saqueaban las ruinas. Los miembros de la Legislatura, reunidos en un barranco a falta de local, trataron de organizar comisiones de sanidad, sepultar los cadáveres y otros auxilios. El geólogo francés AUGUSTO BRAVARD que había predicho el terremoto, fue sepultado por el sismo en un hotel de Uspallata, cuando se disponía a partir para Chile. La noticia de la tragedia conmovió a todo el país y de los lugares más apartados se envió ayuda. Cinco días después del terremoto, el 25 de marzo, comenzaron a llegar los primeros auxilios desde San Juan. El día 29 llegó una comisión desde San Luis. El 31 arribó LUCAS GONZÁLEZ, desde Rosario con ayuda enviada por el Presidente SANTIAGO DERQUI, con una comisión de tres médicos, dos farmacéuticos y 60 tiendas de campaña.

El 6 de abril, desde Chile llegaron varios médicos, carpas, ropa, medicinas, etc. DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO inició una suscripción pública en Buenos Aires, donando 200.000 pesos. El Gobernador de la provincia de Buenos Aires, BARTOLOMÉ MITRE donó 5.000 pesos y envió una comisión sanitaria. El escribano POMPEYO LEMOS, que entonces contaba con 22 años, fue testigo de la catástrofe y dejó esta patética descripción: “Como a las nueve de la noche me encontraba con un amigo en el comedor del “Hotel Lessier”, situado a espaldas del convento “San Agustín”, y en el momento de recibir las tazas del café que habíamos pedido, sentimos como si el suelo se moviese, como si estuviéramos navegando. Inmediatamente se oyó un ruido terrorífico, como si miles de carros cargados de piedras fuesen arrastrados por toda la ciudad, oyéndose ruidos sordos y profundos, que parecían venir de los abismos cordilleranos. En esos momentos el suelo hacía olas, quebrándose y partiéndose; abriéndose rajaduras profundas en todas direcciones. Salvándome de la muerte, al caer el edificio del hotel, salté a la calle, donde cayó a mis pies el edificio de enfrente. En ese instante de espantosa confusión, de gritos, de lamentos, ruidos siniestros, atroces, acompañados de aullidos pavorosos, llantos desconsoladores y rodeados de llamas y escombros, me sentí enloquecer.” La totalidad de las casas cayó a un tiempo, quedando cerradas las calles por las ruinas y escombros. Una densa nube de polvo cubrió la atmósfera. El incendio estalló por doquier. El combustible de las lámparas- se extendió como reguero de fuego. Perecieron muchos jóvenes, casi toda la juventud, todo lo que era la nueva generación”.

Un año más tarde, por una Ley dictada y sancionada en 1862, comenzó a reconstruirse la ciudad, que se levantó alrededor de una plaza ubicada a veinte cuadras del asentamiento primitivo. encomendándose los planos y el trazado de la nueva ciudad, que debía abarcar lo mismo que había antes del siniestro, al ingeniero JULIO BALLOFFET. El 19 de abril de 1899, otra vez se abate la desgracia sobre la provincia de Mendoza. Un fuerte temblor de tierra destruye en las poblaciones de Vinchina, Jagüé y Hornillos. El Gobernador interino de La Rioja, doctor VERA BARROS, es informado por el Comisario de Famatina, provincia de Mendoza, de los daños producidos por el terremoto que se abatió sobre esa provincia y convirtió en ruinas las poblaciones de Vinchina, Hornillos y Jagüé. El temblor, dice el funcionario, comenzó por un ruido formidable producido debajo de la tierra, y en seguida hubo un fuerte y prolongado remezón que no dejó una casa en pie. Las de Jagüé quedaron convertidas en ruinas. En el momento del temblor el sol quedó oscurecido por una densa nube de polvo, lo que contribuyó a dar a la escena caracteres más terribles. Días más tarde, el 25 de abril, el doctor Arcadio de la Colina, Presidente del Tribunal de Justicia, que se encontraba en Vinchina, comunicó que el aspecto de esta población era aterrador. No había quedado una casa en pie, lo mismo que en Jagüé y Hornillos. Los desprendimientos de las montañas habían obstruido el curso del río, quedando muchas fincas en seco.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.