TEMPORALES Y BAJANTES EN EL RÍO DE LA PLATA (00/07/1810)

Nuestro Río de la Plata, está sujeto a variaciones remarcables. Bajantes ha habido en que personas a caballo y aun a pie, han penetrado por la arena o playa hasta más de una legua. Otras veces las crecientes han sido alarmantes y aun destructoras. En julio de 1810, debido a la bajante, faltó poco para que un grupo de osados patriotas de Buenos Aires montados a caballo, pudieran capturar la fragata española “Mercurio”, que bloqueaba nuestro puerto y había quedado “en seco”. En esa oportunidad, se había iniciado un “viento pampero” (1), tan continuado y violento, que en las primeras 48 horas, era un verdadero huracán, aumentando por momentos su fuerza. La bajante que provocó esta “sudestada”, fue tan grande en esta ocasión, que al día siguiente se veían caminando por la playa tripulantes de los buques que se encontraban en la rada exterior.

Viendo a la “Mercurio” en seco se resolvió atacarla con infantería y artillería y sólo fracaso el plan por demoras y recelos por parte de Saavedra, quien con órdenes y contraórdenes perdió la oportunidad que se le presentaba a los patriotas, pues al tercer día, el río, que en esta ocasión se había retirado más de tres leguas, comenzó a crecer y las aguas volvieron a ocupar su lugar. El 19 de agosto de 1820, una fuerte sudestada destruyó parte del puerto de Buenos Aires, cincuenta buques que se hallaban allí y numerosos edificios de la vecindad quedaron totalmente destruídos y hubo una gran cantidad de victimas.

A diez años de la Revolución de Mayo, la Argentina pasaba por uno de sus años más críticos. En el plano político, la Constitución unitaria de 1819 había sido rechazada, generando un irracional clima de odio y desconfianza entre distintos sectores, que llevó al país al borde del caos. Este conflicto encubría otra cuestión fundamental: el enfrentamiento entre los intereses económicos de Buenos Aires y las demás provincias y como si la naturaleza quisiera participar en el descalabro general, se produjo una de las peores inun­daciones que recuerda la historia. Desde siempre la presencia de una sudestada en el Río de la Plata fue un anuncio de tragedia, y ese día el augurio se cumplió.

Por la mañana del día 19, el viento comenzó a soplar levemente, pero al transcurrir las horas se hizo cada vez más fuerte y su furia persistió hasta el día 21. Las aguas embravecidas del río cortaron las amarras de más de cuarenta buques, desde fragatas a balandras, apostados en el puerto y, muchos de ellos, a la deriva, se estrellaron contra las rocas quedando parcial o totalmente destruidos. Las instalaciones portuarias fueron duramente barridas por el temporal, así como varios edificios ubicados en la costa y toda la ribera. En medio del desastre hubo un número nunca establecido de muertos, pues muchos fueron tragados por las aguas, sin que se les pudiera brindar ningún auxilio.

La Gazeta de Buenos Aires reflejó este drama en sus páginas centrales, sumando a la información una curiosa reflexión que invitaba a la resignación: “Respetemos los planes sabios de la naturaleza: ella por lo regular destruye en una parte por edificar en otra, y quizás donde creemos que destruye es que edifica en realidad. ¿Quién se atreverá a formar quejas sobre el orden del universo? Esto sería el extremo de la audacia: sería querer dictar lecciones a su autor. Cada hombre es un átomo en el mundo, sus intereses individuales son imperceptibles en la suma total de lo creado, y es a no menoscabar ésta que tienen los fenómenos que asustan nuestra pequeñez”. En 1828 nuevamente se produjo una gran bajante de las aguas del Río de la Plata, que dejó en seco la escuadra brasileña, y que nos costó la pérdida de la “Hércules”, célebre fragata en la que tantas proezas llevó a cabo nuestro bravo almirante Brown y que en aquella época, nos servía de pontón. Por la bajante quedó tumbada y en vez de apuntalarla y dejarla en condiciones de poder ponerse luego a flote, se dejó y la creciente, encontrándola de costado, la cubrió de agua y se la llevó”.

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