SEMANA SANTA EN LA QUEBRADA DE HUMAHUACA

Fiesta de sacrificios, de promesas y ofrendas es la Semana Santa tilcareña. Al norte de San Salvador de Jujuy, en plena Quebrada de Humahuaca, este pueblo de piedra y adobe, es inmensamente rico en tradiciones. La fe de sus pobladores es profunda y sencilla, tal vez por esa necesidad de esperanza que les crea el duro medio en que habitan.

Este amor a Dios y a todo lo divino, se pone de manifiesto en los festejos religiosos, sobre todo durante la celebración de la Pascua, cuyas características la hacen única en el país. En ellos participa la comunidad entera, desde pueblos vecinos llegan devotos y gran cantidad de lugareños que viven en caseríos y solitarias viviendas en medio de los cerros, a caballo o a lomo de mula, se van sumando para participar en los actos. Tilcara cobra así un movimiento inusual, debido también a la gran afluencia de turistas que acuden desde los más remotos puntos del país.

Durante todo el año, la iglesia de “Nuestra Señora del Rosario”, ha guardado la imagen de la “Virgen de Copacabana” que, según la leyenda, se le apareció a un pastor en el Cerro de Punta Corral, a fines del siglo pasado. Venerada por sus milagros, el aniversario de su aparición coincide con la Semana Santa. Por eso, días antes del Domingo de Ramos, los habitantes de Tilcara la trasladan hasta el santuario que en su honor, construyeron en el abra que lleva el mismo nombre del cerro.

La peregrinación que marcha hacia su santuario para descenderla, se inicia el Lunes Santo. Previo a la partida, la inmensa masa de peregrinos reza en la capilla, a fin de solicitar de Dios la fuerza necesaria para comenzar el ascenso al cerro, cuya altura es de cuatro mil metros. Bandas de “sikuris” —conjunto de quince a veinte personas que tocan el “sikuri”, instrumento de aire típico del lugar, tambores, bombos y triángulos de metal— encabe­zan la marcha, seguidas por los fieles. Ascienden por un angosto sendero labrado en la montaña. Lo áspero del camino, bordeado de precipicios, y la fatiga de la subida, imponen al espíritu reconcentrado misticismo. Luego de varios descansos en las “apachetas” —montículos construidos con los aporte de los peregrinos, quienes año tras año cargan hasta ellas piedras de considerable tamaño como ofrenda a la Virgen— llegan al lugar donde se ha levantado el santuario.

En la madrugada del Miércoles Santo, luego de la celebración de la Misa en ese lugar, habiendo pasado la noche en vela y rezando, comienza el descenso. Se oyen dianas a la Virgen y una bomba de estruendo marca el comienzo de la marcha. A la cabeza de la peregrinación van las bandas de “sikuris”. Les sigue la imagen de la Virgen cubierta con un paño blanco, a la que rodean los “guardianes” y “esclavos”, fácilmente identificables por !as cintas blancas que les cruzan al pecho. Detrás caminan los peregrinos, en parejas, preparados para cargar a la Virgen. En las partes llanas,  la llevan en hombros cuatro mujeres, y en las abruptas, los hombres.

Finalmente, la peregrinación llega al pueblo, pasando por debajo de coloridos arcos llenos de flores, especialmente realizados para su recepción. En un clima de profunda solemnidad, la imagen es introducida en la capilla, mientras sus fieles acompañantes la despiden con los pañuelos en alto.

Llegado el Viernes Santo, otra ceremonia de características propias se realiza en Tilcara. Repitiendo un acto que se remonta a más de cien años atrás, grupos de vecinos, durante días, se han dedicado a construír, las “ermitas”, en diversos lugares del poblado. Son éstas, enormes paneles sostenidos por troncos de álamos, cuyos motivos están realizados enteramente con elementos naturales de la zona. Virreynas, estatis, flor de cortadera, pelo de choclo, espinas de “churqui”, semillas de “tusca”, de aroma, de retama y de molle, alpiste, porotos, maíces, nueces y hojas de álamo plateado, conforman estos cuadros religiosos. Algunas tienen techo y paredes realizados con cañas entrecruzadas, adornadas con flores de vivos colores y es notable la perfección alcanzada por estas “ermitas”, que representan, cada una de ellas, las catorce estaciones del Calvario recorrido por Cristo

Por la noche, se realiza la procesión. La gente se congrega frente a la iglesia, de donde sale Cristo crucificado. En absoluto silencio, la imagen es desclavada por los “hombres blancos” —quienes representan a sus segui­dores y se hallan ataviados con túnicas de ese color— y colocado en una urna de cristal. Lo acompañan de cerca,  hombres vestidos con cascos dorados y capas de color violeta, que portan lanzas, y recuerdan a los guardias romanos que acompañaron a Cristo en su Calvario. Ellos son los “guardianes”, encargados de custodiar luego el Sepulcro divino. Comienza así la impresionante marcha por las ermitas, en cada una de las cuales se detienen para evocar el sufrimiento y dolor de Cristo. Mientras caminan,  rezan en conjunto, en un clima de fe y profundo respeto. Detrás del Cristo yacente, van las imágenes de María Dolorosa y de San Juan Evangelista, cargadas por las “verónicas”, jóvenes vestidas de blanco con una corona de espinas en sus cabezas, que representan a las mujeres que estuvieron junto al Salvador en su Calvario.

A las 24 horas del Sábado Santo, después de la Misa de Gloria y Resurrección, el clima de Tilcara se transforma completamente. Al silencio, las caras dolientes y el luto que entristeció al pueblo durante esos días, le sucede una explosión de alegría. Se arman grandes carpas y se organizan bailes con mucha música y colorido. Toda la gente en las calles, expresa su felicidad por la Resurrección de Cristo; improvisados puestos de venta en la plaza y en el mercado, ofrecen todo tipo de artículos regionales, entre ellos ponchos, chuspas, barracanes, cerámicas y objetos de cardón; mozas lugareñas vestidas con trajes típicos recorren las calles con sus canastas llenas de empanadas picantes, buñuelos, dulces y frutas mientras hombres, mujeres y niños, no dejan de cantar, bailar y saludarse unos con otros, hasta bien entrada la madrugada del día siguiente..

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