SARMIENTO Y UNA DISCUSIÓN POR LAS EMPANADAS (1869)

Al llegar a Tucumán para la inauguración del ferrocarril, DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO no pudo ni atender las manifestaciones de los alumnos de las escuelas que le eran tan gratas, y se fue a la cama, con graves síntomas de la hipertrofia al corazón que debía abatirlo doce años después. Al primer asomo del sol, después de algunos días lluviosos, se organizó un paseo en las cercanías y luego se dirigieron hacia un primitivo trapiche que los señores Nougués habían transformado en una importante serie de construcciones, en uno de los cuales se había preparado un almuerzo para los visitantes.

Al aparecer las empanadas, Sarmiento se fijó si entre los comensales estaban representadas todas las provincias argentinas y verificando que así era, se levanto y alzando en el aire una empanada, pronunció gravemente este aforismo: “La verdad es que ninguna empanada en el mundo vale lo que la empanada sanjuanina”. Un jujeño interrumpió el silencio de estupor que causó tan insólita declaración, diciendo “que tenía en mucho la opinión del señor Sarmiento, a quien consideraba un genio, aun en achaques de empanadas; pero era de presumir que sus conocimientos no hubiesen alcanzado hasta la empanada de Jujuy, la más sabrosa y la más babosa, la que no podía comerse sino con la camisa arremangada para chuparse los dedos hasta el codo. Un correntino dijo que esas cosas no se discutían, siendo la de su heroica provincia la única empanada posible.

Siguieron luego con igual discurso los mendocinos, puntanos, catamarqueños, santiagueños, salteños, etc., declarando detestables a todas las empanadas que no fuesen las de su pago. La batahola de encontradas pasiones fue subiendo de punto, hasta que Sarmiento impuso silencio, diciendo, más o menos: “Señores: esta discusión es un trozo de historia argentina, pues mucha de la sangre que hemos derramado ha sido para defender cada uno su empanada. El ferrocarril que inauguramos servirá a la unión de la República como conductor de sus progresos y agente para la realización de sus instituciones y servirá a la unión, disipando la deplorable fascinación de la mezquindad de aldea que nos hace creer detestable la empanada del vecino. “La desasociación de nuestros pueblos proviene de las distancias intermedias, como las tonadas vienen de los largos viajes a mula, la marcha de la cabalgadura haciendo acentuar la palabra al asentar el caballo la pata. La tonada es el localismo, como la empanada. El localismo es nuestra historia: en detrimento del poder, de la dignidad y de la gloria del todo, cada rincón empezó a pugnar por zafarse de toda sujeción; y a título de amor a la independencia los unos, a nombre de un patriotismo local los otros, ambiciones pigmeas trataron de achicar a su talla el campo de la acción y de alejar hombres para que la sombra que deje tras sí el mérito real no los eclipsase y oscureciese. Merced a estos amaños, hemos visto durante medio siglo sucederse en la escena política notabilidades singulares, que, al desaparecer, han dejado Estados que hoy piden limosna para subsistir. “He aquí la historia de las empanadas; y sería bueno que alguna vez, al lado del sacrosanto amor a la empanada de nuestro terruño, tengamos indulgencia para las demás empanadas. Amemos, señores, la empanada nacional, sin perjuicio de saborear todas las empanadas…”

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