SARMIENTO O ROSAS?

Una dura batalla por la Historia que parece no tener fin. Durante el siglo XX, en la Argentina, discutir a Rosas y a su gobierno, fue “discutir una ética de la nacionalidad”, escribió en 1995, la historiadora DIANA QUATROCCHI WOISSON en su libro ya clásico sobre el revisionismo histórico, “Los males de la memoria”. Como pocas personalidades, JUAN MANUEL DE ROSAS parece resistirse a morir, a ser historia. Lo mismo sucede con DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO, su tenaz enemigo. ¿Por qué se los invoca ahora como un emblema?. Algunos ejemplos bastarían para entender este “uso político” de la historia, que terminó por desacreditar a los fundamentalistas de cualquier color.

Rosas vivió en estos mismos jardines de Palermo que fueron reasignados por Sarmiento, luego de Caseros, para olvidarlo. Allí estaba la mansión de Rosas, una clásica “villa” romana que fue dinamitada el 3 de febrero de 1899, aniversario de Caseros, por decisión del intendente porteño. Los restos de Rosas fueron repatriados desde Inglaterra por el gobierno de Carlos Menem, recién a fines de 1989, en el mismo momento en que el ex presidente firmaba el indulto a la Junta Militar encabezada por Videla. “Facundo”, provinciano, bárbaro y valiente, audaz, fue reemplazado por Rosas, hijo de la culta Buenos Aires, sin serlo él. Un Rosas, falso, de corazón helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión y organiza lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo”, escribió Sarmiento hacia 1845 en su ensayo político “Facundo” ¿Civilización y barbarie?”. No todo es tan simple:

Sarmiento también dirá al final de su vida: “Facundo y yo tenemos la misma sangre”. “Me tocó gobernar un infierno en miniatura”, dirá Rosas, exiliado en Inglaterra desde 1852 hasta su muerte en 1877. JOHN LYNCH dice en su biografía que Rosas, entre amigos, admitía: “Para mí el ideal de gobierno feliz sería el autócrata paternal, inteligente, desinteresado e infatigable, enérgico y resuelto a hacer la felicidad de su pueblo, sin favoritos”. En su largo exilio, Rosas mantuvo correspondencia con algunos viejos amigos porteños y se burló de muchas iniciativas de la presidencia de Sarmiento –hacia 1870–, como la educación primaria gratuita y obligatoria. Otros, como JOSÉ HERNÁNDEZ en aquella misma década de 1870, se encargarían de recordar la ejecución de el CHACHO PEÑALOZA –decidida por Sarmiento– explicando que “el partido de la ilustración y de los libros, termina con sus enemigos cosiéndolos a puñaladas”.

Pero el país unificado que surge hacia 1880 con la presidencia de JULIO ROCA fue construido por los enemigos de Rosas. Se enseña una historia de próceres, con Sarmiento en el panteón. Rosas era un pasado “bárbaro” que debía ocultarse. La historiografía liberal, que nace con VICENTE FIDEL LÓPEZ y BARTOLOMÉ MITRE a fines del siglo XIX demonizó a Rosas. Aunque en esos mismos años, otros historiadores, como ADOLFO SALDÍAS y ERNESTO QUESADA, intentaron integrarlo en la continuidad histórica. En 1909, DAVID PEÑA, antepasado de RODOLFO ORTEGA PEÑA, da conferencias sobre Quiroga en la Facultad de Filosofía y Letras, que dirige Cané. Hoy, como metáfora de una impiadosa “lucha por la memoria”, el revisionismo que reivindica a Rosas se lee “en contexto”. Así, el auge del liberalismo de fines del siglo XIX, marcó a la primera generación revisionista, la de Saldías y Quesada.

La crisis de 1930 y el ascenso del fascismo marcó a la segunda generación, la de JULIO IRAZUSTA, PALACIO Y MOLINARI. En 1938 se funda un Instituto de investigaciones dedicado a Rosas. En algún momento de la década de 1950, ese instituto tendría como vicepresidente a JOHN WILLIAM COOKE, un ideólogo del peronismo revolucionario. En la década de 1960, la proscripción del peronismo jugaría un papel clave en esta cuestión. El arco de autores que iba desde Julio Irazusta por la derecha hasta RODOLFO PUIGGRÓS por la izquierda –pasando por JOSÉ MARÍA ROSA y JORGE ABELARDO RAMOS, entre otros– fue muy leído en esos años. La dictadura militar de 1976, cambió todo aquello. Rosas fue releído como un símbolo de lo siniestro, como el creador del primer “grupo de tareas”, la Mazorca. En la década de 1990, durante las marchas en defensa de la educación pública, Sarmiento volvería en los carteles callejeros. En el 2000 la Universidad de La Matanza, ubicada en un distrito bonaerense identificado con el peronismo, reedita las obras de Sarmiento en 50 volúmenes. (Fdo, Eduardo Pogoriles

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