SARMIENTO, DOMINGO FAUSTINO (1811-1888)

Nacido Domingo Faustino Valentín Sarmiento. Escritor, educador y estadista argentino, ejerció la Presidencia de la Nación entre 1864 y 1874. Nació en San Juan el 15 de febrero de 1811 (1) y su partida bautismal lo reconoce como Faustino Valentín: el nombre de Domingo se lo dieron en el seno de su hogar, formado por José Clemente Sarmiento, hombre patriota y emprendedor, y Paula Albarracín, verdadera columna del modesto hogar, construído y luego mantenido gracias a su trabajo y abnegación. “Mi hijo no tomará jamás una azada”, fue la frase brotada por el amor de su padre, cuando su pequeño hijo nació. Fue así como, a la edad de cuatro años, el futuro y gran Presidente de los argentinos empezó el aprendizaje de la lectura, dirigido por su tío el obispo de Cuyo y después capellán del Ejército de los Andes, JOSÉ MANUEL EUFRASIO DE QUIROGA SARMIENTO. Hombre ya, recordará su infancia, el retrato de sus padres, su hogar y los primeros recuerdos de esa época feliz en los capítulos ‘La historia de mi madre” y “El hogar paterno’, que forman parte de su obra de “Recuerdos de provincia”. “Yo creía desde niño en mis talentos, como un propietario en su dinero, o un militar en sus actos de guerra.”, confiesa después en un recuerdo autobiográfico que pinta por entero el espíritu ambicioso de superación que, “a modo de consuetudinaria embriaguez”, habría de llenar de fantasías todo el camino de su vida y de obras fecundas toda su existencia. En 1817 ingresó en una modesta escuelita, la “Escuela de la Patria”, donde se distinguió como el alumno más aventajado. Su primer maestro fue Ignacio Fermín Rodríguez, pero quien lo orientó en los momentos decisivos para la formación de su personalidad, dándole a leer libros y enseñándole latín, geografía y religión, fue su tío, el presbítero José de Oro.

Cuando contaba tan sólo quince años. Desde niño demostró pasión por la enseñanza, de la que sería durante toda su vida, un verdadero apóstol. Sembrador de ideales, defendió el futuro de la nacionalidad por el camino de la cultura popular. Fundó escuelas por doquier y extendió las luces del conocimiento a todos los hogares de la República, dejando a la Patria un legado de infinito amor por la niñez y por los libros. A él pertenece esta invocación a nuestra enseña: “La bandera azul y blanca, ¡ Dios sea loado!, no ha sido atada jamás al carro triunfal de ningún vencedor de la tierra.

En 1826, fundó en San Luis, en San Francisco del Monte de Oro, su primera escuela. A sus alumnos, jóvenes de su misma edad o mayores que él, Sarmiento les contagió el deseo de aprender y su gran amor a los libros. En 1827 trabajó en la tienda de su tía, Ángela Salcedo, en San Juan, y poco tiempo después se trasladó a Chile por asuntos de negocios. En 1830, horrorizado por la actitud de los caudillos, se hizo unitario y se alistó con el grado de ayudante y se incorporó al Batallón del Orden en Mendoza bajo las órdenes de Nicolás Vega, que se había sublevado contra Facundo Quiroga, e intervino en varios encuentros. Derrotadas las fuerzas unitarias en la batalla de Chacón, huyó a Chile acompañado de su padre.

En Chile fue maestro y  en Valparaíso trabajó como dependiente de tienda y en Copiapó y Chañarcillo como minero. Allí enfermó gravemente de tifus y sus compañeros decidieron enviarlo rápidamente a San Juan, pues temían por su vida. Instalado en esa ciudad es protegido por el doctor Antonio Aberastáin y en 1836, una vez que recuperó su salud, fundó la Sociedad Literaria, filial de la Joven Argentina, que era una verdadera logia, en la cual se leían y discutían libros y las ideas más avanzadas de la época.

El 20 de julio de 1839 fundó en San Juan el periódico “El Zonda”, del que fue su primer Director. Aparecieron tan sólo seis números, pero tiene el valor de ser el primero de los periódicos que fundó Sarmiento. También en el mismo año fundó el Colegio de Pensionistas de Santa Rosa, para mujeres, cuyo Reglamento redactó y del que fue su primer Director; éste fue el comienzo de su intensa política educacional, pues poco o nada se había hecho en el país, hasta ese momento. Los artículos que publicaba en “El Zonda” lo malquistaron con el gobierno de Benavídez, caudillo que respon­día a Rosas, quien lo encarceló y mandó castigar brutalmente. Consecuencia de estos hechos fue su segundo destierro a Chile que realizó en 1840. Al alejarse de su suelo natal, grabó en los Baños del Zonda, sobre una piedra de la Cordillera de los Andes, las célebres palabras de Fortoul: On ne tue poínt les idées, o sea “Las ideas no se matan”.

Durante su segundo destierro en Chile que duró desde 1840 hasta 1851, con el paréntesis de un viaje a Europa que realizó entre 1845 y1848, formó su hogar con doña Benita Martínez Pastoriza (2) y sin más ayuda que su talento, realizó una obra portentosa. Luchó con todo y con todos hasta lograr los altos fines que se había impuesto. En Chile dirigió la Escuela Normal de Preceptores, colaboró en el diario “El Mercurio” y maduró su talento de escritor. Puede decirse que mucho de lo que Chile fue después como país culto y emprendedor, se lo debe, aunque en menor proporción que al gran venezolano Andrés Bello, a este gran argentino y americano. Allí fue redactor en el diario “El Mercurio”, desde donde combatió al tradicionalismo y a los resabios de la colonia. En 1841 fundó la “Crónica Contemporánea de Sud América” y empezó su amistad con el entonces ministro chileno Manuel Montt, quien en cierta oportunidad le dijo a Sarmiento: “Salvo presidente, usted puede ser todo en Chile”.

En 1841 volvió a cruzar la cordillera para incorporarse al ejército de Aráoz de Lamadrid que luchaba contra Rosas. En plena montaña, en Rodeo del Medio, se encontró con los restos del ejército vencido; organizó entonces lo que fue una jornada memorable, el salvamento de los varios centenares de soldados fugitivos y perdidos en la nieve. Regresó a Chile y fundó junto con Manuel de la Barra el diario “El Nacional”. Luego fue nombrado por Montt Director de la Escuela Normal de Profesores de Santiago de Chile. En 1843 publicó su primera obra: “Mi Defensa”, apunte autobiográfico, para responder a los ataques de los que era blanco y luego “Recuerdos de provincia”. En 1845 publicó El general Félix Aldao” y ese año apareció su obra cumbre “Facundo”, que desde el 5 de mayo de 1845 había comenzado a publicarse como folletín en el diario “El Progreso” en Santiago de Chile, bajo el título “Civilización y Barbarie”. En julio de ese año, terminadas esas publicaciones, el “Facundo”, se editó en un volumen de trescientas veinticuatro páginas impreso por la imprenta del mismo diario. En esta obra, que refleja la psicología profunda de Sarmiento, resulta evidente que fue forjada como un arma de combate y de defensa. En 1846 se publicó “Método gradual de lectura”, uno de sus más simpáticos y amenos textos vinculados con la educación de los niños.

Para estudiar los problemas relacionados con la educación y salvarlo de los encarnizados enemigos, Montt lo envió a Europa y Estados Unidos (1845-1848). De este viaje regresó muy rico en experiencias y se vinculó a grandes hombres del extranjero. En 1849 publicó “De la educación popular”, en el que informaba lo que había visto sobre el particular en todos los países que había visitado, y casi de inmediato publicó “Viajes por Europa, África y América”. En Estados Unidos conoció personalmente y fue su amigo, al igual que de la segunda esposa Mary Mann, del educador, estu­dioso, revolucionario de la organización y enseñanza pública de su país natal, Horace Mann (1796-1859). En 1850 se embarcó para Montevideo (el sitio ya había sido levantado) con Mitre y otros argentinos para ponerse a las órdenes de Urquiza y el 3 de febrero de 1852 intervino en la batalla de Caseros, que puso fin al poder de JUAN MANUEL DE ROSAS.

Después del triunfo, disgustado con Urquiza, por creerlo orientado hacia la dictadura, se expatrió voluntariamente. Primero viajó a Río de Janeiro y luego regresó a Chile. En 1852 publicó allí “Campaña con el Ejército Grande”, dedicada a Alberdi y en cuyas páginas critica fuertemente a Ur­quiza. Por ese hecho tuvo una vio­lenta polémica con el mismo Alberdi, la cual fue origen de “Las ciento y una” (colección de las cartas de Sarmiento) y las “Cartas quillotanas” (colección de las de Alberdi). En 1852 también inició en Santiago de Chile la publicación de “El Monitor de las Escuelas Primarias”, primera revista de educación que apareció en América.

En 1854 renunció a la diputación en Buenos Aires y en Paraná; en la lucha que se entabló entre Buenos Aires y la Confederación (lideradas por Mitre y Urquiza respectivamente), Sarmiento dijo que él “se sentía provinciano en Buenos Aires, porteño en las provincias y argentino en todas partes”. En 1855 se trasladó a Buenos Aires, abandonando Chile. Es el comienzo de la etapa más gloriosa en su destino de constructor de la nueva Argentina.

Fue Concejal de la ciudad, jefe del Departamento de Escuelas, Senador, Diputado a la convención provincial, Ministro del gobierno de Mitre y Gobernador de San Juan (1862-1864), donde desarrolló un gobierno progresista, pero se vio hostigado por la impopularidad que le habían creado las dificultades financieras ocasionadas por su obra de gobierno y por su condición de responsable de la guerra que se había emprendido contra las montoneras de los caudillos federales.

La situación se hizo insostenible y en abril de 1864,  aceptó el ofrecimiento de Mitre para viajar a Washington en representación del país. Llegó a Estados Unidos en 1865, en el mes de mayo, un mes después del asesinato de Lincoln. Permaneció en los Estados Unidos tres años, los que aprovechó para acrecentar conocimientos y observaciones. Mary Mann y Horace Mann, Director de educación y diputado en el Congreso de su país, fueron muy amigos de Sarmiento. Ya viuda, Mary Peabody de Mann, siguió siendo su amiga y tradujo al inglés su libro “Facundo”. Conoció  al  escritor y  filósofo  Emerson (1803-1 882), al poeta Longfellow (1807-1882), asistió a congresos pedagógicos y quedó maravillado por el espectáculo de la  democracia norteamericana. Quiso informar a los países del continente sobre las cosas de Estados Unidos y con ese objeto fundó la revista “Ambas Américas”. En julio de 1867 la universidad de Michigan le otorgó el título de doctor en leyes, en un acto solemne, según fue descripto por Bartolomé Mitre y Vedia, que oficiaba de su Secretario.

Mientras estaba en Norteamérica cumpliendo esas funciones diplomáticas, resultó electo Presidente de la República por el período 1868-1874. Recordemos que en 1868, a causa de la guerra del Paraguay y de la hostilidad abierta de sectores importantes de la población de las provincias, la situación política interna del país era tensa. Al aproximarse la renovación de las autoridades nacionales se postularon distintos candidatos. Y como el Partido Nacionalista sostenía a Elizalde, Adolfo Alsina contaba con gran popularidad como jefe del porteñismo autonomista y el federalismo del interior apoyaba a Urquiza, a Lucio V. Mansilla se le ocurrió el nombre de Sarmiento, ausente en los Estados Unidos para postularlo a la presidencia.  Sarmiento era un hombre sin partido y apoyada por el diario “La Tribuna” de los hermanos Varela, surgió la fórmula Sarmiento-Alsina. Mitre no apoyó a ninguno abiertamente, pero se mostró contrario a las candidaturas de Alsina y de Urquiza y encontró objeciones a la de Sarmiento y dentro de su partido simpatizaba con Elizalde. Como Alsina se sintió anulado por Mitre para el primer término de la fórmula presidencial, puso entonces su partido y su influencia a favor de Sarmiento y así se cristalizó la fórmula Sarmiento-Alsina. Sarmiento aceptó la postulación sin hacen ilusiones acerca de las perspectivas que le ofrecían. No quiso trabajar en los preparativos electorales y permaneció en los Estados Unidos hasta julio de 1868, preparando nuevos libros, uno de ellos sobre la vida de “El Chacho”.  Se proponía escribir además una historia del Paraguay y una biografía de Rosas. En el ánimo colectivo influyó el emotivo entierro en Buenos Aires de su hijo Dominguito, caído en la guerra del Paraguay lo que  suscitó simpatías hacia el padre ausente.

Las elecciones se realizaron el 12 de abril y como todas las de su tiempo, no se distinguieron por la espontaneidad del electorado, pues el general Arredondo encauzó dos revoluciones para sostener a Sarmiento y Mitre tuvo que procesarlo y destituirlo. El 16 de agosto se reunió el Congreso para proceder al escrutinio. Sobre 156 electores votaron 131. Sarmiento recibió 79 votos para Presidente y Alsina 82 como Vicepresidente. Los adversarios de Sarmiento argumentaron que no había tenido la mayoría absoluta de electores, pero la Cámara de diputados se había reunido antes para determinar qué había de entenderse por mayoría absoluta y resolvió que ésta se calcularía sobre el total de los votos y no sobre el total de los electores.

Sarmiento se enteró de su elección al llegar a las costas brasileñas y el 30 de agosto de 1868 llegó al país como Presidente electo. Al día siguiente de su llegada a Buenos Aires, una manifestación de maestros y niños fue hasta su casa en la calle Belgrano, entre las de Bolívar y Defensa, para cumplimentarlo como merecía y el Journal des Débats de París, al conocer la elección de Sarmiento, escribió: “El pueblo argentino se honra a sí mismo eligiendo para presidente a un maestro de escuela, prefiriéndolo a un general”.

El 12 de octubre de 1868 asumió la Presidencia de la Nación. Su gobierno fue uno de los más fecundos y responsables que tuvo el país y durante su mandato se realizaron numerosas obras y hubo un notable progreso. Se dio gran empuje a la enseñanza popular, y se creó el Observatorio de Córdoba, el primero que haya tenido el país. Reorganizó la Escuadra nacional, comprando los primeros buques modernos que poseyó la República Argentina. Dio gran desarrollo a la construcción de vías férreas y telegráficas. Hizo levantar un censo general que arrojó cerca de dos millones de habitantes. Creó la Escuela Naval y el Colegio Militar. Fomentó la instalación de Bibliotecas públicas.

Cumplida una gran obra como estadista, bajó de la presidencia para entrar al Senado de la Nación y finalizar su honrosa carrera pública con el modesto cargo de Director de Escuelas de la provincia de Buenos Aires y viejo, sordo, enfermo, siguió escribiendo y hasta su último momento, intervino en la cosa pública. En 1887 viajó a Asunción del Paraguay buscando un invierno más cálido que el de Buenos Aires y allí falleció el 11 de setiembre de 1888 y al enterarse de su muerte, el Vicepresidente de la Nació Carlos Pellegrini dijo: “Sarmiento fue el cerebro más poderoso que haya producido la América y en todo tiempo y en todo lugar, habría podido tender sus alas de cóndor y morado en las alturas”. De él  se ha dicho que como estadista fue más práctico que Bernardino Rivadavia y como periodista más ilustrado que Mariano Moreno. La infausta noticia llegó con retraso a su patria. Las últimas novedades habían confirmado la gravedad de su estado de salud y su muerte conmovió a la Nación. De inmediato se constituyó una comisión para organizar la manifestación pública con motivo de la inhumación de los restos del ilustre estadista, ex presidente de la Nación y talentoso escritor. Los gobiernos de Chile y de Paraguay, y los de las provincias y gobernaciones argentinas, se adhirieron al duelo. Instituciones de todo orden hicieron lo propio.

El prócer murió con serenidad; en afectuosa recordación de su familia, en medio de la mayor pobreza, escaso de recursos, llegando hasta el extremo de lo necesario para pagar los remedios, y más aun, para abonar la asistencia médica. El cadáver fue embalsamado y embarcado en el vapor “San Martín”, que lo condujo a la República Argentina. Todo el pueblo de Asunción, autoridades, intelectuales, escuelas, gente humilde, concurrió al puerto a despedir al ilustre muerto. Con su muerte el país había perdido una de sus figuras más representativas y uno de los entendimientos más penetrantes en materia de gobierno, de educación, de derecho internacional. El 12 de septiembre de 1889 fueron trasladados los restos del ilustre patricio desde el panteón de la Recoleta a la cripta en que definitivamente habían de quedar inhumados. Durante el trayecto llevaron los cordones del ataúd Aristóbulo del Valle, M. Varela, Torcuato de Alvear y  A. Belín Sarmiento. El emperador del Brasil y el Alcalde de la ciudad española de Santiago de Compostela enviaron sendas coronas de flores que llamaron la atención del público, entre otras muchas otras. Al llegar a la cripta habló el doctor Varela y el doctor Aristóbulo del Valle dijo: “Su obra literaria vivirá en América mientras se hable en ella la lengua española”. Posteriormente concurrieron al lugar las alumnas de todas las escuelas de la capital para colocar flores. En diciembre de 1899 el intendente municipal de la ciudad de Buenos Aires acompañado del presidente de la Nación General Julio A. Roca y de varios legisladores nacionales, eligieron en el parque Tres de Febrero de la ciudad el sitio para la estatua a Domingo Faustino Sarmiento.

Maestro de escuela, dependiente de comercio, mayordomo de mineros, periodista, escritor fecundo, “boletinero” del Ejército Grande, autor de textos escolares, viajero infatigable, jefe del Departamento de Escuelas, Senador, Ministro del General Bartolomé Mitre, Auditor de Guerra, Gobernador de su provincia natal, Director de Guerra en las provincias de Cuyo, Ministro plenipotenciario en los Estados Unidos, creador de la Escuela Naval y del Colegio Militar de la Nación, General del Ejército Argentino y presidente de la República, todo lo fue, por su personalidad desbordante y su capacidad genial. En su memoria, en toda América, el día de su muerte, se conmemora el Día del Maestro.

Las obras completas que nos ha dejado Sarmiento, suman 51 volúmenes incluyendo biografías, apuntes de viaje, narraciones, obras sobre educación y sociología, artículos, crónicas de libros y de teatro, polémicas, discursos, epístolas, etcétera y fueron publicadas en Buenos Aires por su nieto Augusto Belín Sarmiento. “Hombre de su siglo”, como le ha llamado un autor, su vida fue un ejemplo de acción, energía y trabajo. Fue, por vocación irrenunciable, maestro. Y fue soldado cuando la Patria lo necesitó como tal. Supo enfrentar la vida desde la ocupación más modesta hasta el cargo más encumbrado. Sembrador de ideales, defendió el futuro de la nacionalidad por el camino de la cultura popular.

Fundó Escuelas por doquier y extendió las luces del conocimiento a todos los hogares de la República, dejando a la Patria un legado de infinito amor por la niñez y por los libros. “Vibrante de energías, vivió en lucha permanente con las dificultades y, contradictorio y turbulento, como los rayos en la diestra de Júpiter, cayó por tierra a veces y se levantó más enhiesto para seguir luchando y vencer, hasta vencerse a sí mismo, que es el más noble de los triunfos”. Sarmiento fue en nuestro país el hombre más injustamente denigrado y calumniado. La frase que repitió con obstinada paciencia durante toda su vida fue “Educar al soberano” (el pueblo) y por ello luchó denodadamente.

Decidió ser maestro en todos los órde­nes de la vida. Mostró con el ejemplo que no había oficio desdeñable: siendo Gobernador de San Juan encaló personalmente su casa; plantó mimbres en el Delta y enseñó a los isleños a hacer cestos para colocar la fruta. Sonreía desdeñosamente cuando oía que se le tildaba de extranjerizante y siguió trayendo sabios y maestros de Europa y Estados Unidos. Consideraba que todos tenían las mismas necesidades y aspiraciones; había que difundir los valores humanos dentro de un régimen democrático. Propugnó la educación de la mujer para me­jorar su posición en el hogar y la sociedad. Merced a que la acción de Sarmiento abarcó todos los ámbitos del saber, la Argentina pudo mantener un diálogo con los países más adelantados del mundo. Refiriéndose a Sarmiento escribió Unamuno:“criollo que en el campo de la literatura marcó la mayor genialidad, el escritor americano de lengua española que hasta hoy se nos ha mostrado con más robusto y poderoso ingenio y más fecunda originalidad”.

(1). La tradición y muchos historiadores dan el 15 de febrero como fecha cierta del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento.  Algunos han sostenido que nació el día 14, porque su fe de bautismo dice: “En el año del Señor de mil ochocientos once en quince días del mes de febrero;  en esta Iglesia Matriz de la Frontera, y Parroquia de San José; yo el teniente de Cura puse óleo y crisma a Faustino Valentín de un día, legítimo de Don José Clemente Sarmiento y Doña Paula Albarracín.  Bautizólo el otro teniente Fray Francisco Albarracín.  Padrinos Don José Tomás Albarracín y Doña Paula Oro a quienes advertí del parentesco espiritual y para que conste lo firmamos.  José María de Castro. Más tarde, en “El profeta de la pampa”, Ricardo Rojas considera que la frase “de un día” significa que era “el primero de esa vida”, y no que hubiera nacido el día anterior y recuerda otros hechos que fijan el día 15 como el del nacimiento del gran sanjuanino.  En cuanto al nombre, la tradición simplemente dice que el de Valentín fue olvidado y que el Domingo se adoptó por ser tal santo una devoción de la familia.  Con este nombre lo llamaba su madre y él mismo firmaba Domingo F. Sarmiento; y muchas veces hasta cartas a su hija, firmaba sólo con el apellido. (2). El 12 de junio de 1959, el ex presidente de la Cámara de Diputados de Chile, René Benavídez, en su viaje a San Juan, entregó al Museo Sarmiento una copia autenticada de la partida de matrimonio, boda que según consta en la partida de referencia,  se realizó en la parroquia de San Lorenzo, en Santiago de Chile, el 19 de mayo de 1848.

 

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