ROSAS JUZGA A ROSAS (1873)

En el mes de febrero de 1873 —más de veinte años después de la batalla de Caseros—, JUAN MANUEL DE ROSAS realizó un extenso análisis de su propia vida y su política. Ese testimonio fue recogido por el historiador ERNESTO QUESADA de labios de Rosas, cuando lo visitó en compañía de su padre, VICENTE G. QUESADA, en la chacra situada en las afueras de la ciudad inglesa de Southampton, donde el caudillo federal pasó los años de su exilio y terminó su existencia. Éstas son las palabras con que Rosas, en el ocaso de su vida, juzgó a Rosas, el jefe de la Confederación Argentina:

“Subí al gobierno encontrándose el país anarquizado, dividido en cacicazgos hoscos y hostiles entre sí, desmembrado ya en parte y en otras en vías de desmembrarse. Sin política estable en lo internacional, sin organización nacional, sin tesoro ni finanzas organizadas, sin hábitos de gobierno. Convertido en un verdadero caos, con la subversión más completa en ideas y propósitos, odiándose furiosamente los partidos políticos: un infierno en miniatura. Me di cuenta de que si ello no se lograba modificar de raíz, nuestro gran país se diluiría definitivamente en una serie de republiquetas sin importancia y malográbamos así para siempre el porvenir, ¡pues demasiado se había fraccionado ya el virreinato colonial!.

La provincia de Buenos Aires tenía, con todo, un sedimento serio de personal de gobierno y de hábitos ordenados. Me propuse entonces reorganizar la administración, consolidar la situación económica y, poco a poco, ver que las demás provincias hicieran lo mismo. Si el partido unitario me hubiera dejado respirar, no dudo de que en poco tiempo, habría llevado al país hasta su completa normalización. Pero ello no fue posible, porque la conspiración era permanente y en los países limítrofes, los emigrados organizaban constantemente invasiones. Fue así como todo mi gobierno se pasó en defenderse de esas conspiraciones, de esas invasiones y de las intervenciones navales extranjeras: eso insumió los recursos y me impidió reducir los caudillos del interior a un papel más normal y tranquilo. Además, los hábitos de anarquía, desarrollados en veinte años de verdadero desquicio gubernamental, no podían modificarse en un día.

Era preciso primero gobernar con mano fuerte para garantizar la seguridad de la vida y del trabajo en la ciudad y en la campaña, estableciendo un régimen de orden y de tranquilidad que pudiera permitir la práctica real de la vida republicana. Todas las constituciones que se habían dictado habían obedecido al partido unitario, empeñado —como decía el fanático AGÜERO— “en hacer la felicidad del país a palos” y jamás se pudieron poner en práctica. Vivíamos sin organización constitucional y el gobierno se ejercía por resoluciones y decretos, o leyes dictadas por las legislaturas: mas todo era, en el fondo, una apariencia, pero no una realidad; quizá una verdadera mentira, pues las elecciones eran nominales, los diputados electos eran designados de antemano, los gobernadores eran los que lograban mostrarse más diestros que los otros, e inspiraban mayor confianza a sus partidarios. Era, en el fondo, una arbitrariedad completa.

Pronto comprendí, sin embargo, que había emprendido una tarea superior a las fuerzas de un soIo hombre y tomé la resolución de dedicar mi vida entera a tal propósito y me convertí en el primer servidor del país, dedicado día y noche a atender el despacho del gobierno, teniendo que estudiar todo personalmente y que resolver todo tan sólo yo, renunciando a las satisfacciones más elementales de la vida, como si fuera un verdadero galeote. He vivido así cerca de 30 años, cargando solo con la responsabilidad de los actos de gobierno y sin descuidar el menor detalle. Vivos están todavía los empleados de mi secretaría que se repartían por turnos las 24 horas del día, listos al menor llamado mío y yo, sin respetar hora ni día, apenas daba a la comida y al sueño el tiempo indispensable, consagrando toda mi existencia al ejercicio del gobierno. Los que me han motejado de tirano y han supuesto que gozaba únicamente de las sensualidades del poder, son unos malvados, pues he vivido a la vista de todos, como en casa de vidrio y renuncié a todo lo que no fuera el trabajo constante del despacho sempiterno.

La honradez más escrupulosa en el manejo de los dineros públicos, la dedicación absoluta al servicio del Estado, la energía sin límites para resolver en el acto y asumir la plena responsabilidad de las resoluciones, hizo que el pueblo tuviera confianza en mí, por lo cual pude gobernar tan largo tiempo. Con mi fortuna particular y la de mi esposa, habría podido vivir privadamente con todos los halagos que el dinero puede proporcionar y sin la menor preocupación: preferí renunciar a ello y, deliberadamente, convertirme en el esclavo de mi deber, consagrado al servicio absoluto y desinteresado del país. Si he cometido errores —y no hay hombre que no los cometa— sólo yo soy responsable. Pero el reproche de no haber dado al país una constitución me pareció siempre fútil, porque no basta dictar un cuadernito, cual decía QUIROGA, para que se aplique y resuelvan todas las dificultades. Es preciso antes preparar al pueblo para ello, creando hábitos de orden y de gobierno, porque una constitución no debe ser el producto de un iluso soñador, sino el reflejo exacto de la situación de un país. Siempre repugné a la farsa de las leyes pomposas en el papel y que no podían llevarse a la práctica.

La base de un régimen constitucional es el ejercicio del sufragio y esto requiere no sólo un pueblo consciente y que sepa leer y escribir, sino que tenga la seguridad de que el voto es un derecho y a la vez, un deber, de modo que cada elector conozca a quién debe elegir. En los mismos Estados Unidos dejó todo ello muy mucho que desear, hasta que yo abandoné el gobierno, como me lo comunicaba mi ministro, el general ALVEAR. De lo contrario, las elecciones de las legislaturas y de los gobiernos son farsas inicuas y de las que se sirven las camarillas de entretelones, con escarnio de los demás y de sí mismos, fomentando la corrupción y la villanía, quebrando el carácter y manoseando todo. No se puede poner la carreta delante de los bueyes: es preciso antes de amansar a éstos, habituarlos a la coyunda y la picana para que puedan arrastrar la carreta después. Era preciso pues, antes que dictar una constitución, arraigar en el pueblo los hábitos de gobierno y de vida democrática, lo cual era tarea larga y penosa.

Cuando me retiré, luego de Caseros —que no se diga que me fugué, porque ya de antes (como lo habrían podido atestiguar todos aquellos que trabajaban conmigo), tenía todo preparado con anterioridad para ausentarme, incluso encajonando papeles y poniéndome de acuerdo con el ministro inglés, el país se encontraba quizá ya parcialmente preparado para un ensayo constitucional y tengo la conciencia tranquila y se que la posteridad hará justicia a mi esfuerzo, porque sin ese continuado sacrificio mío, aún duraría el estado de anarquía, como todavía se puede observar hoy en otras naciones de América.”. Por lo demás, siempre he creído que las formas de gobierno son un asunto relativo, pues monarquía o república pueden ser igualmente excelentes o perniciosas, según el estado del país respectivo; eso es exclusivamente el nudo de la cuestión: preparar a un pueblo para que pueda tener determinada forma de gobierno y para ello, lo que se requiere son hombres que sean verdaderos servidores de la nación, estadistas de verdad y no meros oficinistas ramplones, pues, bajo cualquier constitución, si hay tales hombres, el problema está resuelto, mientras que si no los hay, cualquier constitución es inútil o peligrosa.

Nunca pude comprender ese fetichismo por el texto escrito de una constitución, que no se quiere buscar en la vida práctica sino en el gabinete de los doctrinarios. Si tal constitución no responde a la vida real de un pueblo, será siempre inútil lo que sancione cualquier asamblea o decrete cualquier gobierno. El grito de constitución, prescindiendo del estado del país, es una palabra hueca. Y a trueque de escandalizar a usted, le diré que para mí, el ideal de gobierno feliz sería el autócrata paternal, inteligente, desinteresado e infatigable, enérgico y resuelto a hacer la felicidad de su pueblo, sin favoritos ni favoritas. Por esto jamás tuve ni unos ni otras: busqué realizar yo solo el ideal del gobierno paternal, en la época de transición que me tocó gobernar. Pero quien tal responsabilidad asume no tiene siquiera el derecho de fatigarse… Es lo que me ha pasado a mí y ahora me considero feliz en esta chacra y viviendo con la modestia que usted ve, ganando a duras penas el sustento con mi propio sudor, ya que mis adversarios me han confiscado mi fortuna, hecha antes de entrar en política y la heredada de mi mujer, pretendiendo así reducirme a la miseria y queriendo quizá que repitiera el ejemplo del Belisario romano, que pedía el óbolo a los caminantes.

Son mentecatos los que suponen que el ejercicio del poder, considerado así como yo lo practiqué, importa vulgares goces y sensualismos, cuando en realidad no se compone sino de sacrificios y amarguras. He despreciado siempre a los tiranuelos inferiores y a los caudillejos de barrio, escondidos en la sombra. He admirado siempre a los dictadores autócratas que han sido los primeros servidores de sus pueblos. Ése es mi gran título; he querido siempre servir al país y si he acertado o errado, la posteridad lo dirá, pero ése fue mi propósito y mía, en absoluto, la responsabilidad por los medios empleados para realizarlo. Otorgar una constitución era un asunto secundario; lo principal era preparar al país para ello, ¡y esto es lo que creo haber hecho!”  (Gobiernos de Juan Manuel de Rosas).

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