RESIDENTES EXTRANJEROS

Los residentes extranjeros, es decir las personas que nacidas en otros lugares del mundo, llegaron a estas tierras bañadas por el Río de la Plata, comenzaron  a llegar junto con los primeros españoles de la conquista, como ULRICH SCHMIDEL el cronista alemán de los primeros días de Asunción, como ENRIQUE OTTSEN que vino a Buenos Aires para comerciar o bien como misioneros no españoles, tales como MARTÍN DOBRIZHOFFER y FLORIÁN PAUCKE; pero pocos fueron los que fijaron su residencia permanente en estas tierras durante el periodo colonial, a excepción de numerosos vecinos portugueses brasileños.

Con el establecimiento del virreinato y la apertura de Buenos Aires al comercio legal, el número de extranjeros residentes, se incrementó levemente y en 1810 su número ascendía a 10.000, solamente en Buenos Aires. Cuando la población de esta ciudad, era de aproximadamente 50.000 habitantes, la mayoría de los extranjeros no españoles residentes, era de origen portugués, británico, francés o italiano y poseían una fortuna e influencia totalmente desproporcionadas con respecto a su número.

Con posterioridad a la Revolución de Mayo, los gobiernos patrios estimularon la permanencia de los extranjeros en el país y que adoptaran esta ciudadanía. El tratado suscrito con Gran Bretaña en 1825 garantizaba no sólo la libertad de culto que habían solicitado, sí también la protección civil para los súbditos británicos residentes en las Provincias Unidas del Río de la Plata, prerrogativas que pronto se extendieron hacia las otras comunidades y tuvo fuerza de Ley, al ser establecidas específicamente en la Constitución de 1853.

Durante los primeros cincuenta años de la independencia, los “extranjeros” arribaron en gran número; la mayoría de ellos eran jóvenes solteros con algunos recursos, que llegaban en busca de aventuras y de fortuna; muchos lograron éxito alcanzando este último objetivo y regresaron a Europa satisfechos con lo obtenido, pero otros decidieron quedarse y mandaron llamara sus esposas o novias, o bien contrajeron matrimonio con  nativas y formaron familias criollas. En la década de 1850, los extranjeros constituían el 45% de la población de Buenos Aires (que era de 90.000 habitantes) y el 20% de las de las ciudades que bordeaban los ríos Uruguay y Paraná. Algunos —exceptuando a los pastores de ovejas— ocupaban las zonas rurales, o bien se establecían en las provincias del interior. Los comerciantes, banqueros, artesanos y tenderos, preferían las ciudades portuarias.

En el período posterior a la caída del gobierno de JUAN MANUEL DE ROSAS (1852), tanto la Confederación como la escindida provincia de Buenos Aires, trataron por todos los medios  de atraer a los inmigrantes ya sea para que ocuparan sus tierras para laborarlas o para obtener con ellos la capacitada fuerza de trabajo urbano que les era urgente obtener.

Se brindaron  incentivos decididamente atractivos y los deshabitados espacios de este país que recién nacía, comenzaron a poblarse. Hasta que llegado el comienzo del siglo XX, esta política perdió fuerza, afectada por una serie de incidentes de violencia laboral que provocada por agitadores extranjeros (anarquistas), pusieron en jaque al gobierno, obligándolo a una drástica respuesta que se tradujo en la sanción de la Ley de Residencia y de Defensa Social (“Diccionario Histórico Argentino” de Ione S. Wright y Lisa M. Nekhom, Emecé Editores, Brasil 1994, ver “Ley de Residencia” en Crónicas)

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