PROYECTOS MONÁRQUICOS PARA UNA PATRIA RECIÉN LIBERADA (1814)

A fines de 1814 numeroso peligros externos e internos amenazaban a la Revolución de Mayo. Los primeros se debían al hecho de que hasta ese momento, las luchas por la emancipación americana eran desfavorables a los patriotas, mientras el monarca Fernando VII, restaurado en el trono español, pensaba enviar hacia el Río de la Plata una fuerte expedición puesta a las órdenes del general MORILLO. La frontera Norte era constantemente amenazada por el ene- migo, mientras en el litoral se tornaba delicada la creciente influencia de Artigas. La desmoralización cundía en el ejército, las facciones dividían la Asamblea General y la crisis estaba visible en los gobiernos patrios que se sucedían unos a otros. Ante la gravedad de los acontecimientos, el Directorio resolvió ir a buscar al exterior, aliados para la Revolución y con este objeto envió diversas comisiones a Europa. Sus propósitos eran obtener el reconocimiento de nuestra independencia por parte de Inglaterra, abrir negociaciones ante la Corte española para llegar a un arreglo pacífico y asegurar la neutralidad de las autoridades portuguesas establecidas en el Brasil, siempre prontas a colaborar con cualquier intento de agresión al Plata.

Las instrucciones de los diplomáticos. El Director POSADAS, previa aprobación del Consejo de Estado, confió sendas misiones diplomática a MANUEL BELGRANO y a BERNARDINO RIVADAVIA. Los plenipotenciarios recibieron instrucciones muy amplias pues quedaron autorizados para proceder de acuerdo con las circunstancias, si así se obtenían mayores beneficios. El propósito fundamental era “asegurar la independencia de América”, aunque todo lo resuelto quedaría sometido “al examen de las Provincias reunidos sus representantes en Asamblea”. Los comisionados debían proponer al monarca español el establecimiento de una monarquía, representada por un príncipe de la familia reinante, para que gobernase el Río de la Plata “bajo las formas constitucionales  que estableciesen las provincias”. Este sometimiento se aceptaba a cambio de una total autonomía en materia  administrativa, pues los cargos quedarían “en manos de los americanos”. Por otra parte, la adopción de la “monarquía constitucional”  sólo sería una “concesión transitoria  para obtener una paz ventajosa o simplemente para ganar tiempo, si todo procedimiento de arreglo fracasara”.

Belgrano y García en Río de Janeiro. El 28 de diciembre de 1814, Belgrano y Rivadavia salieron de Buenos Aires a bordo de una fragata con destino a Río de Janeiro, donde arribaron a mediados de enero de 1815. Los comisionados se entrevistaron con el embajador inglés Lord STRANGFORD, pero éste procedió con cautela y, con suma habilidad, no arriesgó una opinión definitiva. Sin embargo, RIVADAVIA llegó a la conclusión de que el Brasil —-por imposición de Inglaterra— no intervendría por el momento en los problemas del Río de la Plata. Estando en Río de Janeiro los enviados por el Directorio fueron informados acerca de la inminencia del envío de una armada por parte del gobierno español hacia el Río de la Plata y en febrero de 1815 se presentó ante ellos el joven doctor MANUEL JOSÉ GARCÍA, quien había sido designado “enviado confidencial” por el Director Supremo, CARLOS MARÍA DE ALVEAR. Era portador de dos notas: una destinada al gabinete de Londres y otra para lord Strangford, en las que solicitaba el protectorado británico para las Provincias del Río de la Plata (1). Ambos diplomáticos trataron de persuadir a García para que no diera curso a dichos pliegos, pero éste decidió retener la nota dirigida a Strangford y entregó a Rivadavia la destinada al gobierno inglés, para que procediera de acuerdo con su criterio (Rivadavia los retuvo y nunca les dio curso). Durante su permanencia en Río de Janeiro, Rivadavia y Belgrano infructuosamente trataron de que la princesa Carlota o el príncipe Regente les concediera una entrevista, con el fin de informarles sobre la partición portuguesa en los problemas de la Banda Oriental y la actitud del gobierno lusitano frente a Artigas. Llegado mediados de marzo, Belgrano y Rivadavia partieron con destino a Inglaterra, quedando García en Brasil, a la espera de novedades.

La proyectada coronación de Francisco de Paula en Buenos Aires. El 7 de mayo de 1815 Belgrano y Rivadavia llegaron al puerto de Falmouth y de allí pasaron a Londres, donde se pusieron al habla  con Manuel de Sarratea, que se encontraba allí desde mediados del año interior y que con la mediación  del conde de Cabarrás, había iniciado negociaciones con el ex rey de España Carlos IV (en esos momentos exiliado en Roma) para crear en el Río de la Plata, un “reino constitucional” que sería gobernado  por el infante Francisco de Paula, hijo menor del citado monarca, proyecto que contaba con el apoyo de Napoleón, deseoso de ayudar a Carlos IV. Belgrano y Rivadavia, de buena fe, se expresaron de acuerdo con este plan, pues les era evidente que dadas las circunstancias de la actualidad europea, les iba a ser muy difícil lograr que países de ese continente, reconocieran la independencia del Río de la Plata bajo el sistema republicano y que sólo sería bien aceptada una monarquía independiente basada “en el principio de la legitimidad. A fines de julio, CABARRÚS salió de Londres con instrucciones y documentos, llevando entre éstos, un proyecto de Constitución —redactada por Belgrano— para aplicarlo en el futuro “Reino Unido de la Plata, Perú y Chile”. Cuando llegó a Italia ya se había producido la caída definitiva de Napoleón en Waterloo y así fracaso el plan. Carlos IV se negó a continuar las negociaciones, pues “su conciencia le mandaba no hacer nada que no fuera favorable al rey de España”. Enterado de esta novedad MANUEL DE SARRATEA, propuso en última instancia raptar al Infante y trasladarlo secretamente hasta el Río de la Plata, pero Rivadavia y Belgrano se opusieron terminantemente y así concluyó este proyecto para establecer una monarquía en América.

Gestiones de Rivadavia en Madrid. En noviembre de 1815 Belgrano regresó a Buenos Aires y Rivadavia quedó en Europa para intentar una negociación ante la Corte española. A poco de alejarse Belgrano, Rivadavia dejó Inglaterra y marchó hacia París, donde arribó a fines de noviembre de 1815. Debido a los cambios políticos ocurridos en Buenos Aires (Posadas ya había renunciado como Director Supremo),  sus poderes como comisionado habían caducado y esta situación hizo que se distanciara de Sarratea, quien insistía en la validez de su representatividad diplomática. Rivadavia decidió dirigirse a España y a tales efectos se entrevistó con MANUEL GANDASEGUI, Director de la “Compañía de Filipinas”, quien —por encargo del gobierno español— le facilitó un documento con el cual podía dirigirse a Madrid  sin temer por su seguridad. Llegado a la capital española, el 21 de mayo de 1816, Rivadavia consiguió una entrevista con Pedro de Cevallos,  ministro de Estado del gobierno español y aunque la conversación se desarrolló en términos cordiales, éste le solicitó a Rivadavia que presentara por escrito su petitorio. Así lo hizo el enviado diplomático, pero imprevistamente, su situación se tornó comprometida porque corsarios procedentes de Buenos Aires habían apresado embarcaciones españolas cerca de Cádiz y naves comandadas por Guillermo Brown tenían bloqueado el puerto del Callao, enclave español en América. Fue así que el ministro Cevallos resolvió terminar con las negociaciones argumentando sus dudas con respecto a los poderes que exhibía el comisionado y la carencia de instrucciones precisas para el desempeño de su misión. Le ordenó que se retirara de España “porque el decoro del Rey no per mite que por más tiempo se prolongue la permanencia de usted en la península”. El 15 de julio Rivadavia retornó a París y un mes después, estando allí, recibió un despacho del gobierno de Buenos Aires, ahora a cargo de JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN, donde se le informaba que había sido nombrado Diputado de las Provincias Unidas ante las cortes europeas, para continuar con las gestiones que fueren necesarias, para obtener el reconocimiento de las potencias europeas a nuestra Independencia, dándose así por terminadas las tratativas vinculadas con la instalación de una monarquía, de un protectorado o de cualquier otra forma de gobierno que afecte nuestra vocación de país libre e independiente

(1). Carta de CARLOS MARÍA DE ALVEAR al embajador inglés lord STRANGFORF (1815). “Cinco años de repetidas experiencias han hecho ver de un modo indudable a todos los hombres de juicio u opinión, que este país no está en edad ni en estado de gobernarse por sí mismo, y que necesita una mano exterior que lo dirija […] Pero también ha hecho conocer el tiempo, la imposibilidad de que vuelva la antigua dominación española. Solamente la generosa na­ción británica puede tomar en sus brazos a estas provincias que obedecerán su gobierno y recibirán sus leyes con el mayor placer”. De la misión diplomática de José García, enviado del Director Supremo Alvear a Inglaterra, en 1815 (“Historia Europa Moderna y América Colonial” de Alonso H., Elisalde R. y Vázquez E. Buenos Aires, Editorial Aique, 1994). PUEDE SOLICITARSE EL TEXTO COMPLETO DE ESTA CARTA, QUE LE SERÁ ENVIADO POR CORREO ELECTRÓNICO.

EL TEXTO QUE SIGUE FUE EXTRAÍDO de “Artigas, San Martín y los proyectos monárquicos en el Río de la Plata y Chile (1818-1820)” de Joaquín Pérez. Buenos Aires, Editorial Misión, 1979).

“El propósito de coronar un monarca constitucional constituyó una aspiración compartida por la mayor parte de la burguesía criolla americana, que creyó ver en esta vía, la salida natural al problema de la guerra de la Independencia, cuyo desarrollo en profundidad amenazaba arrasar con las estructuras económicas y sociales heredadas de la colonia. El fermento revolucionario había tocado el fondo de los estratos sociales y desatado la parálisis de las masas, que emergían ahora con un impulso avasallador y aspiraban también al poder, encarnadas en sus caudillos represen­tativos. Era de la más estricta lógica que los miembros de aquella burguesía fuesen sinceros monárquicos, como un reflejo conservador de a las ideas ante aquel desajuste en el que todo elemento de orden parecía haber desaparecido. “Todo es preferible a la anarquía, aún el gobierno español”,  decía uno de los corifeos de esta clase. Por lo demás, casi todos ellos habían sido funcionarios del régimen colonial y eran propietarios de una parte de la riqueza americana. Sobre todo a partir de la restauración absolutista de Fernando VII en 1814, estos dirigentes, aunque firmes en la defensa del principio de la independencia, buscaron apoyo en Europa para la instalación de una monarquía constitucional, como el sistema ideal para una América sacudida en sus fundamentos y cuyos estremecimientos anunciaban cambios que iban más allá de lo que habían soñado los más audaces promotores de la revolución. En Buenos Aires se pensó primero en la coronación de un infante español y Belgrano y Rivadavia fueron destacados a Europa con este objeto. Los Directores Posadas y Alvear solicitaron el protectorado lusitano e inglés, respectivamente y poco después,  el Congreso de Tucumán hizo suya la idea de coronar un descendiente de la casa del Inca, enlazado con una princesa Braganza. Criollos de la Banda Oriental ambicionaban el protectorado lusitano y O’Higgins y el senado chileno apoyaron la idea de coronar a un “príncipe constitucional”.

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