PRIMEROS MÉDICOS QUE LLEGARON AL RÍO DE LA PLATA (1536)

En 1536, con el primer Adelantado, llegaron los médicos ABLAS, “cirujano de su Majestad”,. HERNANDO DE ZAMORA, vecino de Córdoba, de 29 años de edad, licenciado y médico de PEDRO DE MANDOZA; SEBASTIÁN DE LEÓN, vecino de Bruselas, cirujano y capitán de arcabuceros que actuó durante más de 50 años en Asunción y probablemente BLAS DE TESTANOVA, cirujano genovés que en 1541 todavía se encontraba en Asunción. En 1540, con el segundo Adelantado HERNANDO ARIAS DE SAAVEDRA, llegaron el barbero y médico NICOLÁS FLORENTÍN y el cirujano de la provincia de Toledo PEDRO DE SAYÚS, quien en 1564, todavía estaba en Asunción. En 1549, con NUFRIO DE CHAVES, llegó a Asunción, procedente de Perú, el cirujano PEDRO SOTELO y en 1555, acompañando a MARTÍN DE ORUÉ, llegó el médico granadino JUAN DE PORRAS, y se quedó en Asunción hasta 1578. En 1575, llegaron con ORTÍZ DE ZÁRATE, el cirujano ANDRÉS ARTEAGA, que durante un tiempo ejerció su profesión en Santa Fe; LUIS BELTRÁN, cirujano procedente de Turín, JUAN DE CÓRDOBA, un cirujano de 27 años, natural de Granada, DIEGO DEL VALLE, un asturiano de 48 años, “cirujano real de Su Majestad, el Rey de España” y LORENZO MENAGLIOTTO, cirujano de 25 años, natural de Parma, que ejerció su profesión en Asunción hasta 1582. La primera mención de un médico reconocido por el Cabildo de Buenos Aires apareció en 1605. En enero de ese año, comenzó a ejercer su profesión el primer médico del que se tenga noticias en la ciudad de Buenos Aires. Se llamaba MANUEL ÁLVAREZ y ese día hizo su presentación ante el Cabildo titulándose cirujano. Para prestar sus servicios pedía un salario de 400 pesos en frutos de la tierra, y que además le pagaran las medicinas y ungüentos que pusiera. A los cabildantes les pareció muy caro y en principio no aceptaron sus exigencias, pero pocos días más tarde llegaron a un acuerdo y el doctor ÁLvarez firmó un contrato por el que se comprometía a “servir de médico cirujano “a los vecinos y moradores, indios y esclavos de ellos, en todas sus enfermedades que tuviesen de cualquier género que fuesen, sangrarlos y ventosearlos”. Seguramente desde ese momento el médico debe haber estado muy ocupado porque las condiciones de higiene de la ciudad eran muy pobres y según las crónicas abundaban la” calentura” (tuberculosis), calentura pútrida (tifus y tifoidea) y las llagas pútridas”. A pesar de lo necesario que resultaban sus servicios, pronto el médico comenzó a reclamar su pago atrasado ante el Cabildo, bajo amenaza de marcharse de la ciudad si no recibía lo acordado. Los reclamos se repitieron, pero al pobre Álvarez le prohibieron abandonar la ciudad. Un año más tarde, el médico fue despedido y la gente no tuvo más remedio que recurrir a los curanderos y a los métodos de curación de los indios. Es posible que en muchos casos los pacientes salieran beneficiados, porque el nivel de la medicina que se practicaba carecía casi por completo de bases científicas. Recién en 1610 presentó sus credenciales un nuevo médico, el doctor JUAN ESCALERA, que era considerado una verdadera autoridad en su profesión. Desde ese entonces, debido a la seriedad con que Escalera ejerció su profesión, la medicina fue respetada en el Río de la Plata, en tanto los curanderos y demás cultores de los tratamientos empíricos perdieron gradualmente credibilidad.

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