LA PRIMERA ESCUELA DE MEDICINA DEL RÍO DE LA PLATA (14/10/1801)

En cumplimiento de una real ordenanza del 19 de julio de 1798, que autoriza al Protomedicato del Río de la Plata a enseñar medicina, el 14 de octubre de 1801, el virrey OLAGÜER Y FELIÚ creó la primera “Escuela de Medicina” en el área del Río de la Plata (primer antecedente de la Facultad de Medicina de Buenos Aires) y se la puso bajo la dirección del mismo doctor O’GORMAN y del doctor AGUSTÍN EUSEBIO FAVRE, para que, con intervención del Protomedicato de Madrid, se iniciase en Buenos Aires la enseñanza de la medicina. Cuando el Protomedicato recibió permiso para crear una Escuela de Medicina, O’GORMAN y el médico español FAVRE, presentaron un plan de estudios de medicina y cirugía que comprendía seis años. El doctor O GORMAN renunció poco después, siendo reemplazado en 1802 por el doctor COSME ARGERICH, quien fue en definitiva, quien puso en marcha esta iniciativa, que más tarde, se  convirtió en el primer antecedente de la Facultad de Medicina de Buenos Aires.

Las clases se iniciaron el 2 de marzo de 1802, en un local ubicado en la esquina de las calles Perú y Alsina (nomenclatura actual) de la ciudad de Buenos Aires, con la asistencia de aproximadamente quince estudiantes y fueron sus primeros profesores el mismo doctor O’GORMAN y los doctores AGUSTÍN FABRE (52) y COSME MARIANO ARGERICH (43). La Escuela ofrecía un curso de seis años para la graduación de médicos calificados y continuó funcionando con posterioridad a la Revolución de Mayo. El primer año, estaba dedicado al estudio de anatomía y vendajes; el segundo a elementos de química farmacéutica, filosofía y botánica; el tercero a instituciones y materias médicas; el cuarto, a heridas, tumores, úlceras y enfermedades de los huesos; el quinto, a operaciones y partos, y el sexto, a elementos de medicina clínica.

La falta de recursos y las condiciones de la época convertían la enseñanza en una tarea siniestra, tanto para los profesores como para los alumnos. Las primeras clases de anatomía, que comprendían la disección de cadáveres, se hicieron al aire libre en el camposanto de los padres betlehemitas. El primer núcleo de estudiantes tuvo ocasión de probar sus conocimientos durante las invasiones inglesas y poco después, en las guerras de la independencia

Desde 1802 hasta aproximadamente 1820 el doctor Argerich fue la figura rectora de la enseñanza médica, manteniendo y dando clases al mismo tiempo, en un instituto propio, desde donde salieron profesionales que obtuvieron luego muchísima experiencia y prestaron invalorables servicios durante las invasiones inglesas y la guerra de la independencia. En esos tiempos, gran parte de la atención médica se circunscribía al uso de nuevas vacunas antivariólicas y al tratamiento de las víctimas de las epidemias (cólera, fiebre amarilla, viruela). A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, la ciudad de Buenos Aires, tuvo también un Hospital para Mujeres que, gracias a la labor de MANUEL BASAVILBASO, halló local adecuado en la misma Casa de Huérfanos. Así pues, si exceptuamos “la Residencia” que era así llamado el Hospital Militar, la ciudad contaba desde su fundación, solamente con estos dos hospitales: el de Belén, para hombres, también llamado “Hospital Santa Catalina” y el “Hospital de San Miguel” para mujeres pobres. La situación de estas casas y de sus enfermos causaba grave preocupación a las autoridades, por lo reducido de su capacidad y por la escasez de los medios con que contaban para atender la cada vez mayor cantidad de pacientes. El Hospital de Belén disponía de una sala principal y 3 ó 4 salitas en las que caben hacinadas unas 8/10 camas en cada una, carentes de ropa, de cortinas, de privacidad y de aislamiento. En algunos momentos residían allí unos 48 enfermos y 19 asilados. Como no existían institutos para recibir a los ancianos y dementes, todos iban a parar al mismo sitio húmedo, ruinoso y mal ventilado, donde luchaba heroicamente 12 religiosos hasta el punto de tener que ceder sus propios cuartos, para alojar enfermos de urgencia. Muy diferente era la situación del Hospital San Miguel con 4 salas y 62 camas, 10 sirvientes, una directora y un administrador y la atención de los internados, estaba a cargo de una piadosa hermandad de religiosas. La alimentación era buena, las camas estaban provistas de cortinas y —aunque las rentas eran menguadas— la beneficencia aportada por muchas señoras piadosas, de la caridad y religiosas bien entendidas, hicieron mucho por el bien de esta casa y por las personas que allí padecían sus males. Por otra parte, la falta de capacidad en ambos establecimientos, era causa de que muchos enfermos pobres debían permanecer en sus domicilios, arrastrando dolorosas privaciones y los más sórdidos padecimientos y si bien se supone que los médicos que los asistían sin cobrar, por un deber humanitario, debían hacerse cargo del costo de sus medicamentos, que eran provistos, en algunos casos, por boticarios no tan humanitarios, que exigían el pago de altos costos por ellos (leemos en la Gaceta del día 12 de diciembre de 1817 una nota poniendo en evidencia que no todos estos comerciantes son así ya que es encomiable la actitud de los boticarios MARENGO, BRAVO Y ENCALADA, que en muchos casos, hasta no cobraron los productos medicinales que dejaban a algún enfermo de escasos recursos).

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