PRIMER SUBTERRÁNEO QUE CIRCULA EN BUENOS AIRES (02/12/1913)

En 1911 Buenos Aires vuelve a conmoverse con el inicio de las obras del primer subterráneo que circulará bajo sus calles.  Miles de obreros remueven las entrañas de la avenida de Mayo, para instalar el “tren bajo tierra”.  Los tranvías, único medio de transporte público de pasajeros que circulaba en la ciudad de Buenos Aires, ya no conformaban suficientemente las necesidades de una población en constante aumento y se hizo perentorio buscar otras alternativas para descongestionar el tránsito y para brindar un servicio de transporte más veloz. Se estudió profundamente el problema y luego de muchas discusiones, se llegó a la conclusión que la medida más acertada para solucionarlo, pasaba por la construcción de túneles subterráneos, para que se desplazaran por ellos los trenes, que ya eran de uso corriente en muchas ciudades del viejo mundo. La primera línea que se decidió construír debía unir Plaza Mayo con Plaza Once, un recorrido que según los estudios realizados, concentraba la mayor cantidad de pasajeros. Se inauguró el 2 de diciembre de 1913 y era el duodécimo subterráneo que se instalaba en el mundo y el primero en América Latina.

La velocidad que se estimaba iba a desarrollar este subterráneo asustó a los porteños: ¡45 km por hora!. El plan de la “Compañía de Tranwys Anglo Argentina”, empresa que se encargó de su construcción, era muy ambicioso y prometió dotar a Buenos Aires de una red tan útil como necesaria, capaz de transformar la fisonomía de la ciudad, tal como, pasando los años sucedió. Decidieron para ello, poner en práctica un proyecto basado en cuatro puntos: A. Unir Plaza de Mayo y Plaza 11 de Setiembre. B. Prolongar luego la línea hasta Plaza Primera Junta, en Caballito. C. Construír otro tramo entre Retiro y Plaza Constitución. D. Completar el plan construyendo la línea que uniría Plaza de Mayo con Palermo. Pero lo cierto es que lo primero que se hizo, comenzándose los trabajos el 14 de setiembre de 1814, fue solamente el primer tramo de los aquí se enumeran. Las excavaciones que comenzaron a practicarse con toda celeridad, se iniciaron simultáneamente en tres puntos distintos: en Plaza de Mayo, en Congreso y en la Plaza 11 de Setiembre y se hicieron en toda su extensión, mediante zanjas abiertas, empleándose para ello enormes máquinas excavadoras que se conocían como “dragas a cuchara”, capaces de cavar cada una de ellas, no menos de 5 toneladas de tierra, que se retiraba del lugar en vagones especialmente construídos, que la llevaban hacia distintos puntos de la ciudad para rellenar terrenos bajos. Luego de excavar los túneles y de instalar las vías, introdujeron en esas enormes profundidades, los vagones que venían desde Bélgica. Cada uno pesaba 30 toneladas, medía unos 16 metros de largo y tenían una capacidad de 40 pasajeros sentados y otros tantos de pie. Cuando comenzó el servicio, se pusieron 50 coches en circulación, por los que se había pagado $ 50.000 de aquella época por cada uno. Estaban dotados de un “sistema de unidades múltiples”, que era como se llamaba a una moderna técnica constructiva que consistía en dotar con un motor independiente a cada coche, para darles mayor seguridad en el frenado y en el arranque, al evitar que la inercia de los acoplados (utilizados en los coches comunes hasta ese entonces), generara accidentes. Las estaciones distaban unos 400 metros entre cada una de ellas y a los porteños les parecía mentira contemplar esas enormes orugas de 96 metros de largo, compuestas por 6 vagones que transportaban 17.000 pasajeros por hora, a una velocidad de 45 kilómetros por hora. Más adelante, en 1930, nació el que va de Chacarita a Leandro N. Alem, en su tramo hasta Callao y a partir de allí, consagrado como el medio de transporte urbano más cómodo, eficiente, rápido y seguro, fueron desarrollándose más y más líneas de subterráneos hasta cubrir, prácticamente todos los barrios de la ciudad de Buenos Aires.

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