LA RECOLETA, PRIMER CEMENTERIO LAICO DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES (17/11/1822)

Un Decreto del Gobernador MARTÍN RODRÍGUEZ dispuso la creación de La Recoleta, el primer Cementerio laico que existió en Buenos Aires.  A principios del siglo XVIII, los frailes de la orden de los recoletos descalzos llegaron a esta zona que hoy conocemos como “La Recoleta”, en ese entonces, en las afueras de Buenos Aires. En 1732, construyeron en el lugar un Convento y una Iglesia que colocaron bajo la advocación de la Virgen del Pilar y que actualmente es la Iglesia del Pilar. Los lugareños comenzaron a denominarla “la iglesia de los recoletos” y terminaron llamando al lugar, simplemente “la recoleta”, nombre con el que se conoció por extensión a todo este lugar.

La orden fue disuelta y en 1804, las tierras que hoy ocupa el “Cementerio de La Recoleta”, pertenecían al adelantado ORTIZ DE ZÁRATE, que en un momento de apuro económico, las canjeó a su sastre por algunos trajes. Después cambiaron de dueño una y otra vez hasta que el 17 de noviembre de 1822, el gobernador de Buenos Aires, general MARTÍN RODRÍGUEZ dispuso por Decreto de esta fecha, .firmado por su Ministro BERNARDINO RIVADAVIA que la vieja huerta del Monasterio de los Monjes Recoletos, pueda ser utilizada como cementerio para enterrar laicos”. Cuando se decidió que la zona recibiera al primer cementerio laico de la ciudad, era sitio de marginales. Por eso en el mismo Decreto se recomendaba: “hay que tomar por la Calle Larga hasta el fondo y terminar aquí, en el flamante Cementerio General del Norte. Es una zona peligrosa para la gente de la ciudad, de modo que los entierros se harán de mañana, para que nadie tenga que correr el riesgo de volver hasta el centro sin luz solar, acosado por las sombras de los cuchilleros de arrabal que acechan tras los juncos de los pantanos”.

El diseño y la dirección de las obras le fueron encargados al arquitecto PRÓSPERO CATELÍN y sus dos primeros moradores fueron el niño negro liberto Juan Benito y la joven vecina de Buenos Aires, María Dolores Maciel. Ahora abundan las bóvedas de apellidos ilustres, de familias patricias y millonarias. Y si la muerte es un lugar común, el Cementerio de la Recoleta es un destino rebelde. Al menos salva a muchos de sus huéspedes eternos del olvido. Clásico y moderno, une prosapia, arte, turismo y leyenda en callecitas de baldosas que corren bajo la sombra de cipreses, araucarias y magnolias. Y que llevan al sentimiento o al “glamour”, pero seguro, a la Historia.

Allí está DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO y su odiado FACUNDO QUIROGA (dentro de su monolito está el único cajón vertical de todo el cementerio, porque Facundo pidió ser enterrado de pie). El unitario LAVALLE y el federal DORREGO, fusilador y fusilado de otro tiempo. ALEM, YRIGOYEN, ALVEAR Y BARTOLOMÉ MITRE. CARLOS PELLEGRINI Y JOSÉ HERNÁNDEZ. El boxeador LUIS ÁNGEL FIRPO y el Premio Nobel LUIS LELOIR,  ROBERTO NOBLE (fundador de Clarín), VICTORIA OCAMPO, ADOLFO BIOY CASARES y REMEDIOS ESCALADA DE SAN MARTÍN, cuya bóveda de 1828 conserva la lápida que le encargó su esposo. Está también la tumba de EVA PERÓN (la más visitada por turistas y nostálgicos seguidores) y del general RAWSON.

Hay bóvedas construídas en los estilos “art nouveu” y “art déco”, con variantes neoclásicas y góticas. Hay esculturas de LOLA MORA y mausoleos imponentes. Una mirada aérea podría darnos la imagen de un tablero de ajedrez irregular: todas las bóvedas tienen una apariencia completamente blanca o completamente negra, con las excepciones de una columna en homenaje al almirante BROWN, pintada en verde, y de una bóveda en estilo andaluz, donde el blanco juega con un amarillo chillón. Hacia el centro de las cinco hectáreas y media, donde hay un Cristo de brazos abiertos mirando hacia la entrada principal, reina el silencio más absoluto, pero en los extremos se cuelan el ruido del tránsito, la música y la vida misma, que fuera de estos muros sigue viviendo. Cuatro mil setecientas son las bóvedas que hay en este Cementerio. De ellas 82 fueron declaradas Monumento Histórico Nacional. Naturalmente, son más que tumbas: son casi dos siglos de la memoria de un país.

Pero no a todos los que están les sobraba el dinero. La pretensión de descansar por la eternidad en esas tierras puede llevarse los ahorros de toda una vida. La muerte, allí, también puede ser un anhelo. Así lo entendió DAVID ALIENO, sereno del cementerio durante 29 años. Ahorró peso sobre peso y aguantó mil privaciones hasta lograr su obsesión: una estatua de si mismo, vestido de cuidador, con moño y un enorme manojo de llaves en una mano, posando delante de una escoba y una regadera. Se hizo traer la escultura de Génova y la colocó, con la paciencia de un artesano, sobre lo que sería su tumba. Hecho esto, entonces sí, se murió en paz. Y allí sigue, aferrado a su manojo de llaves por los siglos de los siglos, arreglándoselas para provocar curiosidad entre tanta personalidad que lo rodea. Durante la década de 1870, como consecuencia de la epidemia de fiebre amarilla que asoló la ciudad, muchos porteños de clase alta abandonaron los barrios de San Telmo y Monserrat y se mudaron a la parte norte de la ciudad, es decir, a la Recoleta. Y al convertirse el lugar en barrio de clase alta, el Cementerio se convirtió en el último reposo de las familias de mayor nivel social, prestigio y poder de Buenos Aires. En esa época de dolor, también se inauguró el Cementerio de “La Chacarita” que se lo conoció como Cementerio del Oeste, por oposición al Cementerio del Norte, nombre menos común que recibe la Recoleta. En 1881, el Cementerio de la Recoleta fue remodelado hasta que tuvo el diseño y la organización actual.

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