PLAZA MAYOR

“Plaza Mayor” o “Plaza Grande”. Así se llamó cuando el general JUAN DE GARAY levantó el plano de la traza de Buenos Aires, cuando fue fundada por segunda vez, señalando el lugar que debía ocupar la hoy espléndida Catedral y colocando la piedra fundamental de la Ciudad de la Trinidad, el 11 de junio de 1580.

La “Plaza Mayor”, estaba dividida por la “Recova Vieja”, en dos plazas: la “Plaza de Mayo” (que hasta 1810, se había llamado “Plazoleta del Fuerte”), que era la que estaba más próxima al río y la “Plaza de la Victoria”, que era la que enfrentaba al Cabildo y que comenzó a llamarse así en 1806, como homenaje a la gesta del 12 de agosto de aquel año, durante las invasiones inglesas. Ambas eran dos amplios y áridos espacios de tierra batida donde no había ni un solo árbol ni ornamento, hasta que en abril de 1811, se construyó “el altar de la libertad”, como se llamaba a la pirámide que en ese lugar se construyó para conmemorar el primer aniversario de la Revolución de Mayo. El 10 de junio de 1826 el Congreso Nacional sancionó la construcción de un monumento de bronce (no la actual pirámide de ladrillo), en el centro de la plaza, con esta inscripción: “La República Argentina a los autores de la revolución en el memorable 25 de Mayo de 1810”.

En el costado Norte, en el mismo sitio que le fue señalado por Garay en 1580, se levantaba la Catedral. Era un edificio a medio hacer, aún sin su actual fachada, de desnudas y derruidas paredes. En lugar de la magnífica columnata, del bello y majestuoso frontis que hoy ostenta la Catedral, se veían las desnudas y derruídas paredes de un edificio a medio hacer y que parecía destinado a no terminarse jamás. El año 1822 se hizo algo para reparar este frontis, pero todo se hacía allí con tal lentitud y la obra siempre quedaba incompleta, que se hizo proverbial; así cuando alguna cosa llevaba traza de no concluirse jamás, se decía muy comúnmente: ¡Bah! esa es la obra de la Catedral!.

La casa arzobispal no existía; se veían  en su lugar, un sombrío paredón construído con ladrillos de barro y sólo interrumpía esta monótona serie de ruinas, la extensa y cómoda casa de la familia del brigadier MIGUEL DE AZCUÉNAGA, exactamente en el mismo estado en que hoy se encuentra, mostrando la arquitectura de aquella época (hoy Nuevo Banco Italiano)

En la cuadra siguiente, hacia el Este, en el solar que GARAY  se había adjudicado cuando hizo el reparto, a medio construír, se encontraba el  “Coliseo de Comedias”, un tímido antecedente del Teatro Colón, al que le seguían en la bajada que conducía a “La Alameda”  (hoy avenida Leandro N. Alem),  las casas de FELIPE ESQUIVEL, la de DOMINGO BELGRANO PÉREZ, la de ELIZALDE y la del presbítero MARTINIANO ALONSO

Atravesando la Plaza hacia el sur, nos encontrábamos frente a la “Recova vieja”. Ésta se componía de una doble fila de cuartos, ocupados en su mayor parte, con negocios que vendían ropa hecha de ordinaria confección, donde acudían los marineros para surtirse. Como todos estos tenderos comían lo que al mediodía les enviaban las fondas cercanas  en viandas, era casi imposible pasar por  ese lugar, debido a los desagradables olores y al ruidoso desorden que reinaba mientras duraban esos almuerzos, pues también los empleados de comercios vecinos consumían esas viandas, por lo que eran numerosos los sirvientes negros que circulaban llevando las viandas de lata o algunas ocas de loza, hasta “sus comensales”.

Al sector ubicado en este costado sur, se lo conocía como “la Recova nueva”. Estaba casi despoblado y también se lo llamaba “el callejón de Ibáñez”, por el parecido que tenía ese lugar con otro ubicado en la localidad de San Isidro, donde se hacía muy difícil y peligroso transitar de noche por allí, debido a la presencia de malechores que frecuentemente asaltaban a quienes se animaban a pasar por el lugar para despojarlos de sus pertenencias. Durante el día, las cosas cambiaban. Numerosas “bandolas” se instalaban sobre una ancha vereda que corría desde la esquina (hoy calle Bolívar) hacia abajo y frente a la Iglesia de San Francisco. Las “bandolas” eran unos cajones con tapa que se colocaban sobra cuatro “patas” y que abriéndolas ponían a la vista de los transeúntes, una variedad de objetos de muy poco valor, como ser fantasías, peines, pañuelos, espejitos, dedales, agujas, “aguas de olor”, etc.

En el sector de la ciudad que limitaba con el río, lugar que se conocía como “Plaza de Mayo” (Plaza del Fuerte hasta 1810) se encontraba el Fuerte, un sombrío edificio erizado de cañones, aislado por medio de un foso que era, al decir de JOSÉ A. WILDE, un eterno pozo de inmundicias” y que fue demolido en 1853. Más alla, en dirección a las actuales Balcarce e Hipólito Yrigoyen, había un terreno baldío que se conocía como “Barraca o Hueco de Campana”, donde funcionaba una especie de matadero y carnicería y donde, pasado el tiempo se instalaría el Congreso Nacional y más tarde, hasta hoy, el Banco Hipotecario. Desde la mitad de esa cuadra hasta la esquina de Defensa, se elevaban “los altos de Escalada”, una de las cuatro o cinco casas de altos existentes en la Buenos Aires de los años diez

La cuadra siguiente, Yrigoyen, entre Defensa y Bolívar, ofrecía el atractivo de la “Fonda de las Naciones, y poco más allá, la casa paterna del doctor JUAN AGUSTÍN GARCÍA, en cuya planta baja, se dice que  funcionaba una tienda o mercería, donde FRENCH compró las cintas que repartió durante los sucesos del 25 de Mayo de 1810. Ocho años desués, se construirá allí la “Recova nueva” con planos de FRANCISCO CAÑETE, también autor de la primera Pirámide de Mayo.

Muy cerca de allí, pero ya sobre la hoy calle Bolívar, otro local de rica fama, “el Café de Marcos”, colmado de patriotas, exaltados revolucionarios y curiosos, que hicieron de ese lugar, el mejor destino para saber lo que sucedía en la Colonia y opinar sobre lo que fuera. Siguiendo hacia el norte, llegando a Bolívar, entre Yrigoyen y Rivadavia, el Cabildo, con su viejo reloj que se descomponía a cada rato y debajo de él, esculpidas las armas de la patria y al pie de éstas, una inscripción en letras doradas que decía “Casa de Justicia”- “Cabildo 1711”, textos que fueron borrados, al parecer por un rayo impiadoso.

En la parte baja de este mismo edificio, estaba instalada la Cárcel, con su cuerpo de guardia donde no se veía mucho aseo. Era en aquella época un foco de inmundicia y de inmoralidad, que duró así hasta que el edificio fue derribado. Desde el anochecer, no se permitía pasar a  nadie bajo sus portales, obligando la detención de los transeúntes, a la voz de ¡alto, quién vive! del centinela, para que se desviaran hacia la Plaza. Al lado de la cárcel estaban las oficinas de la Policía, de pobrísimo aspecto y completando esta cuadra, los “altos de Riglós”, la casa de don MIGUEL RIGLOS, ubicada en la esquina, con lo que terminaba este segundo frente, que hoy ocupa el Palacio Municipal (Cabe recordar que la casa de los RIGLOS le fue obsequiada al general SAN MARTÍN y que éste nunca la ocupó, aunque si lo hizo su hija MERCEDES y su yerno BALCARCE). Siguiendo en la misma dirección se alzaban los altos de URIOSTE, la primera casa de tres pisos que existió en Buenos Aires.

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