PLAZA MAYOR (1580)

Así se llamó cuando el general JUAN DE GARAY levantó el plano de la traza de Buenos Aires, cuando fue fundada por segunda vez,  señalando el lugar que debía ocupar la hoy espléndida Catedral y colocando la piedra fundamental de la Ciudad de la Trinidad, el 11 de junio de 1580. Hasta el año 1881, la “Plaza Mayor”, estaba dividida por la “Recova Vieja”, en dos plazas: la “Plaza de Mayo” (antes, hasta 1810, “Plazoleta del Fuerte”)  y la “Plaza de la Victoria”, nombre que se le acordó en 1808, en conmemoración de la victoria obtenida en ella el 12 de agosto de 1806, cuando se reconquistó la ciudad tomada por los invasores ingleses. La Plaza Mayor, como es de suponer, no tenía en aquellos años ni un solo árbol; más tarde, en el centro de ese inmenso cuadro, que parecía tanto mayor por su completa desnudez, se elevaba la pirámide que simboliza nuestras glorias, pero que hoy ya forma contraste por su pobre estructura con las construcciones que la rodean. El 10 de junio de 1826 el Congreso Nacional sancionó la construcción, en vez de la actual pirámide de ladrillo, de un monumento de bronce en el centro de la plaza, con esta inscripción: “La República Argentina a los autores de la revolución en el memorable 25 de Mayo de 1810”. En lugar de la magnífica columnata, del bello y majestuoso frontis que hoy ostenta la Catedral, se veían las desnudas y derruídas paredes de un edificio a medio hacer y que parecía destinado a no terminarse jamás. El año 1822 se hizo algo para reparar este frontis, pero todo se hacía allí con tal lentitud y la obra siempre quedaba incompleta, que se hizo proverbial; así cuando alguna cosa llevaba traza de no concluirse jamás, se decía muy comúnmente: ¡Bah! esa es la obra de la Catedral!. La casa arzobispal no existía; se veían  en su lugar, un sombrío paredón construído con ladrillos de barro y sólo interrumpía esta monótona serie de ruinas, la extensa y cómoda casa de la familia del brigadier MIGUEL DE AZCUÉNAGA, exactamente en el mismo estado que hoy se encuentra; muestra de la arquitectura de aquella época. El frente llamado del Cabildo poquísimo había cambiado hasta los principios de 1879. La vieja torre conservaba hasta esa fecha en su frente el reloj, descomponiéndose con más o menos frecuencia; más abajo el escudo de armas de la patria, debajo de las armas la inscripción en letras doradas “Casa de Justicia”, y más abajo aún, “Cabildo 1711”. No sabemos con certeza cuál de estas inscripciones fue destruida por un rayo. La Cárcel y su cuerpo de guardia, situados en la parte baja del edificio, se hacían notables por su falta de aseo. En aquellos tiempos, desde temprano en la noche el centinela apostado en la puerta de la Cárcel daba el ¿quién vive? al transeúnte, obligando a todos a bajar a la plaza; es decir, no consintiendo su paso bajo los portales. La Cárcel era entonces un foco de inmundicia y de inmoralidad, y aunque hasta hace muy poco tiempo continuó siendo una afrenta para un país civilizado, mejoró indudablemente de condición en todo sentido. Seguía luego la Policía de pobrísimo aspecto y con muy poca alteración, si la hay, la casa de don MIGUEL RIGLOS, con lo que terminaba este segundo frente. No existía en la acera opuesta la gran cigarrería Olivera con sus magníficos altos, ni el elegante edificio del doctor JUAN AGUSTÍN GARCÍA, sino la casa paterna de García, que tenía un piso alto con techo de tejas (ver “Plazas y Plazoletas de antaño” en Crónicas).

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