PIRATAS EN BUENOS AIRES (1528)

Muy poco poblada todavía y sin más posibilidades de defensa que la que podían ofrecerle sus escasos pobladores, a comienzos del siglo XVI, Buenos Aires era presa fácil para los piratas y corsarios. Sin descartar totalmente que el peligro podía venir desde las costas, era lógico y más urgente que sus defensas estuvieran adaptadas a los ataques que venían desde su inmensa frontera con los aborígenes, que ya comenzaban a mostrar su belicocidad.

Habiendo dejado entonces casi en total defección  sus tierras bañadas por el Río de la Plata, vivían en constante zozobra, temiendo el ataque por parte de corsarios europeos que ya comenzaban a merodear estas costas, en busca de botines fáciles, aunque arrostrando el peligro que representaban esta aguas. La desembocadura del Río de la Plata era particularmente peligrosa para las embarcaciones muy pequeñas que se usaban en los siglos XVI y XVII. Incapaces de resistir los grandes vientos, muchas iban a estrellarse contra la costa de la Banda Oriental.

La primera en sufrir este percance, fue una que, en 1528, volvía del Brasil, trayendo víveres para los habitantes de Buenos Aires y se “hizo cien mil pedazos”, como dijo uno de sus pasajeros –el alemán Ulrico Schmidel– En el naufragio se ahogaron cinco españoles, entre los cuales se contaba un franciscano; los demás llegaron a tierra, casi desnudos y hubieron de vestirse con los recortes de una vela que el mar arrojó a la playa. Felizmente se salvó el batel y aferrados a él, pudieron llegar a la costa..

Generalmente los náufragos sobrevivientes caían en poder de los charrúas, de quienes escribió RUY DÍAZ DE GUZMÁN: “Son muy osados en el acometer y crueles en el pelear, pero después son muy humanos y piadosos con los cautivos”. Y, en efecto, a muchos náufragos mataban esos indios en el momento de tocar tierra, pero algunos eran llevados a Buenos Aires, donde daban cuenta del suceso y a cambio de bebidas y vestidos regalados por los del pueblo, entregaban a sus prisioneros. Muy poco poblada todavía y sin más defensores que sus habitantes, con armas de eficacia sólo contra los indios, Buenos Aires, transcurrió sus primeros años con el miedo constante de un ataque por parte de corsarios europeos. Varios robos se habían cometido ya en el río, cuando en 1599, se divisaron cinco buques que se dirigían hacia la costa. Inmediatamente, se trató de reunir a las mujeres, niños y ancianos en cuantas carretas se pudieron hallar y se los mandó tierra adentro, mientras los hombres se aprestaban a defender el poblado. Felizmente, luego se vio que los buques no eran de piratas. Eran cinco naves españolas que traían a un nuevo obispo y al nuevo gobernador enviado por la corona.

Pero no terminaban siempre así las cosas. En 1607, tres buques recién llegados de Brasil estaban anclados en el puerto a sólo dos cuadras del fuerte y cierta noche, mientras todos dormían en la población, dos marineros llegaron chorreando agua y sin aliento, a casa de HERNANDARIAS, “Cuentan que los piratas andan por los navíos” le informan. “Quiénes y cuántos son” pregunta el gobernador de Buenos Aires. Ellos no lo saben porque al primer ruido se han tirado al agua y han venido a dar la alarma. Hernandarias se viste apresuradamente y manda tocar a rebato. Ante este llamado, los hombres acuden al fuerte y con las armas al brazo, se espera en las tinieblas. Al amanecer, los piratas han desaparecido, pero lo han hecho llevándose uno de esos navíos que junto a otros dos estaba anclado en el puerto, cargado de mercaderías que se habían traído desde Brasil para los pobres vecinos. Otro de los navíos fue saqueado y luego destrozado, salvándose felizmente el tercero, con su carga intacta. En 1645, el fuerte recibió al fin una guarnición de cien soldados, venidos desde Chile y a partir de entonces, con una dotación que se fue incrementando de a poco, el puerto y el poblado, tuvieron quien los defendiera y el peligro de un ataque pirata, desapareció (ver Piratas en Mar del Plata).

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