PARTIDO CONFEDERADO (1609)

En los primeros tiempos del Buenos Aires colonial, durante la administración del teniente de gobernador DIEGO MARÍN NEGRÓN (1609-1613),  el fuerte comerciante porteño JUAN DE VERGARA —que naciera en Sevilla en 1564 y en 1598 se radicara en Buenos Aires— logró captar la confianza de aquel mandatario y convertirse en su “eminencia gris”. Adueñando así de los resortes del poder, VERGARA formó una alianza o consorcio capitalista, destinado a enriquecer a sus componentes por encima de cualquier traba legal. Fueron, con VERGARA, los miembros de ese grupo o banda —que entonces se la llamó y la historia recuerda como “Partido Confederado”— el tesorero SIMÓN DE VALDÉZ, DIEGO DE VEGA (portugués, contrabandista y negrero),  MATEO LEAL DE AYALA (desleal personaje que llegó a reemplazar a MARÍN NEGRÓN, después de la equívoca muerte de éste) y otros vecinos influyentes.

Ese círculo de confederados”,  alcanzó a controlar el Cabildo, por medio de personeros, paniaguados y parientes, que compraban los oficios capitulares. De manera que, en un momento dado, la corporación vecinal bonaerense respondía a los intereses de los “confederados” o —para decirlo a la moderna— al “trust” de aquellos audaces traficantes enriquecidos.

Los agentes de esa camarilla intérlope, embarcaban en Africa y el Brasil distintos cargamentos de negros y mercancías. Abarrotados con esclavos y efectos comerciales entraban sus barcos de arribada forzosa al puerto de Buenos Aires, cuando no tomaban tierra clandestinamente, hombres y cosas, en un campo que poseía SIMÓN DE VALDÉZ sobre la costa del río. En seguida, alguno de los “confederados” denun­ciaba el hecho al gobierno local. Los oficiales reales procedían entonces al decomiso de las mercaderías y de los negros, los cuales resultaban malvendidos, en remate, al único comprador a quien las autoridades concedían licencia para introducir esclavos en Potosí, DIEGO DE VEGA, que luego negociaba esas “piezas” al por menor, en el Alto Perú, ganando diferencias enormes.

Desde  1612 hasta a 1615, JUAN DE VERGARA y sus compinches logran hacer abrir el puerto bonaerense al comercio prohibido, y se convierten en los negreros quizás más famosos de esta parte de América. Entretanto, el incorruptible HERNANDARIAS asume, por segunda vez, el gobierno rioplatense, resuelto a enfrentar a los contrabandistas “confederados”. Detiene a VERGARA y lo envía al Perú para su juzgamiento; mientras que SIMON DE VALDÉZ, cargado de cadenas, es remitido al Consejo de Indias a fin de su ulterior proceso. Empero, la llegada de GÓNGORA como nuevo gobernador de la provincia, trueca bruscamente los papeles. El nuevo funcionario se pone de parte del grupo “confederado”, asociándose con estos malechores. La fiscalización aduanera de HERNANDARIAS cae en la inoperancia; Vergara y Valdéz, son absueltos de culpa y cargo y reanudan sus especulaciones en Buenos Aires.

Con el poder, nuevamente  en sus manos, se dan a ejercer implacables venganzas —criminales algunas— contra los agentes de la administración anterior. Pero en 1623  fallece GÓNGORA, el codicioso gobernador cómplice de la facción vergarista y a partir de entonces, una serie de incidencias y un tira y afloja de pasiones e intereses, animan el juego político en la incipiente ciudad porteña, hasta que después de la enérgica intervención de Hernandarias, como comisionado de la Real Audiencia de Charcas, finalmente se quiebra el otrora poderoso bloque “confederado” (extraído de “Apodos y denominativos  en la Historia Argentina”, Cútolo-Ibarguren (h), Editorial Elche, Buenos Aires, 1974).

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