PARO DE VIENTRES EN LA PROVINCIA DE ENTRE RÍOS (1850)

La Historia registra que en 1850 se produjo un paro de vientres, que quizás fue el precursor de los actuales paros promovidos por quienes piensan que éste es el único camino para lograr sus objetivos.A mediados del siglo XIX, la Argen­tina estaba acosada por innumerables levantamientos, motines,  beliones y conflictos. Soldados contra indios en las fronteras; caudillos contra caudillos en las provincias;  el sitio a Montevideo, la guerra contra el Brasil, rosistas contra urquicistas. En este escenario teñido de sangre, hubo un paraje perdido en Entre Ríos en el que sólo habitaban mujeres que se negaban a tener hijos varones porque creían, les serían arrebatados por las guerras. Lograban vivir así, solamente entre mujeres, “gracias a magia guaraní”.

Los soldados que pasaban por el paraje, tentados por la abundancia de mujeres, no siempre volvían a irse. Qué pasaba con ellos es un misterio que alimentó la leyenda. La escritora Susana Bilbao, basándose en las memorias de su abuelo, MANUEL ANTONIO ALBARIÑO, aclara estas circunstancias y otras contemporáneas en su libro “Luna Federal”, poniendo en boca de éste, el siguiente relato: “A raíz de la misión que le fuera encomendada al comandante VICENTE RUEDA, debimos partir junto a un batallón de caballería hacia un caserío ubicado en medio del monte, al norte de la provincia de Entre Ríos, habitado por unos pocos viejos y un montón de mujeres, que a primer ver eran como todas, pero que de última, resultaron peligrosas por las ideas que les anidaban en las cabeza”.

“En aquel paraje llamado Tabacué (que en guaraní quiere decir “pueblo que fue”), no se había producido el nacimiento de un varón desde hacía más de veinte años y, según averi­guaron Manuel y su comandante, esto se debía a que, cansadas de llorar la muerte de padres, hermanos, hijos y esposos, aquellas mujeres decidiendo protagonizar lo que la historia llamó un paro de vientres, negándose a seguir pariendo niños que al crecer les serían arrebatados por el ejército. Indios, brujos, magia, curandería y maldiciones formaban parte del misterio que envolvía a Tabacué, y no era casual que todo ocurriese en Entre Ríos, la provincia más rebelde, habitada por hombres que desde los trece años dejaban familia y hacienda, para seguir a sus caudillos. Hombres que crecían con la premisa de “sacudirse a la sanguijuela porteña engolosinada con la costumbre de mandonear, acaparar y empobrecer”, y en pos de ese objetivo peleaban y morían “como cosas que así nomás deben ser”.

Mientras el escuadrón del comandante Rueda acampa en Tabacué con la misión de averiguar quiénes son los responsables de que aquel lugar se haya convertido en un pueblo de mujeres solas, se desata una serie de acontecimientos inexplicables, “obra de Dios o del demonio”, que alimentan el espíritu supersticioso de los soldados y aumentan el nerviosismo del jefe militar y de un cura enviado por el propio general URQUIZA para reemplazar a un sacerdote que quince años atrás encontrara allí una muerte extraña después de enloquecer de soledad. Pero ¿Tabacué existió en verdad?. Susana Bilbao dice que ese nombre no figura en las memorias de su abuelo, pero que su madre solía contarle que ALBARIÑO, cuando regresaba de largas recorridas por la provincia “trayendo mensajes para don Justo”, pasaba por un rancherío habitado por mujeres que fieles al paro de vientres, se negaban a tener hijos porque el ejército se los reclutaba. “En esa salvajada las ayudaba una curandera”, relataba el abuelo.

A esa mujer, “don Justo un buen día la mandó a investigar y se la llevaron presa”, continuaba ALBARIÑO. Según el mensajero de Urquiza, después de ese incidente, las mujeres del paraje se fueron yendo de a poco, hasta que no quedó nadie en ese poblado (extraído de una nota de Susana Bilbao).

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