PARALELO ENTRE BELGRANO Y SAN MARTÍN

Existían muchos puntos de contacto entre JOSÉ DE SAN MARTÍN y MANUEL BELGRANO, que eran dos naturalezas superiores destinadas a entenderse, aun por las mismas cualidades opuestas que daban a cada uno de ellos, su fisonomía propia y original. San Martín era un genio dominador y Belgrano un hombre de abnegación. Obedecía el uno a los instintos de una organización poderosa y el otro a los sentimientos de un corazón sensible y elevado. Empero, ambos, al aspirar al mando o al profesar el espíritu de sacrificio, subordinaban sus acciones a un principio superior, teniendo en vista el triunfo de una idea y sobreponiéndose a esas ambiciones bastardas que sólo pueden perdonarse a la vulgaridad.

Belgrano tenía un candor natural, que le hacía confiar demasiado en la bondad de los hombres; San Martín, por el contrario, sin despreciar la humanidad, tenía ese grado de escepticismo que es tan necesario para- gobernar a los hombres. Esto no impedía que San Martín admirara la generosa elevación de carácter de Belgrano y éste, su tacto seguro y su penetración para juzgar a los hombres, utilizando en ellos hasta sus malas tendencias y aun sus vicios. Ajenos los dos a los partidos secundarios de la revolución, sin ser indiferentes a la política interna, nunca participaron de sus odios, ni se subordinaron a sus tendencias egoístas, manteniéndose siempre a una grande altura respecto de las cosas y los hombres que no concurriesen inmediatamente al triunfo de la revolución americana.

Esta identidad de ideas sobre punto tan capital, los hacía naturalmente apasionarse por los grandes resultados que buscaban y procurar que sus subordinados, poseídos del mismo espíritu, se mantuvieran ajenos a las divisiones internas, para concentrar todos sus esfuerzos y toda su energía contra sus enemigos externos. Eran dos atletas que necesitaban una vasta arena para combatir y el campo de la política interna les venía estrecho a sus combinaciones; así es que los ejércitos de San Martín y Belgrano tuvieron la pasión de la independencia y de la libertad y sólo fueron presa de las facciones, el día que ellos faltaron a su cabeza. Los dos poseían ese espíritu de orden y de disciplina, peculiar a los genios sistemáticos, que ven en los hombres instrumentos inteligentes para hacer triunfar principios y no intereses personales.

El sistema de Belgrano era austero, minucioso, casi monástico y trababa hasta cierto punto el libre vuelo de las almas “exigiendo”, según expresión de uno de sus oficiales, “una abnegación, un desinterés y un patriotismo tan sublimes como los suyos”. El de San Martín, por el contrario, aunque no menos severo, tendía a resultados generales, y, obrando sobre la masa con todo el poder de una voluntad superior, dejaba mayor libertad a los movimientos espontáneos del individuo. San Martín había nacido para la guerra, con un temperamento varonil, una voluntad inflexible y una perseverancia en sus propósitos, que le aseguraban el dominio de sí mismo, el de sus inferiores y el de sus enemigos.

Belgrano, débil de cuerpo, blando y amable por temperamento y sin ese frío golpe de vista del hombre de guerra, había empezado por triunfar de su propia debilidad, dominando su naturaleza, contrariando los sentimientos tiernos de su corazón y suplía por la constancia y la fuerza de su voluntad las calidades militares que le faltaban. Ambos se admiraban: el uno por ese poder magnético que ejercen las personalidades poderosas, el otro, por la simpatía irresistible que despierta el hombre que sobrepone el espíritu a la materia. Ardientes partidarios de la independencia, los dos estaban convencidos de la necesidad de generalizar la revolución argentina por toda la América, a fin de asegurar aquélla.

Con gustos artísticos uno y otro, pues Belgrano era músico y San Martín aficionado a la pintura, tenían algo de ese idealismo que poseen los héroes en los pueblos libres. Graves, sencillos y naturales en sus maneras, aunque en San Martín se notara más brusquedad y reserva y en Belgrano más mesura y sinceridad, había de común entre ellos, que despreciaban los medios teatrales y grandes, cada cual a su manera, se ayudaban y completaban mutuamente sin hacerse competencia. En San Martín había más genio, más de lo que constituye la verdadera grandeza del hombre en las revoluciones. Pero en cambio, había en Belgrano, más virtud nativa, más elevación moral y si éste era acreedor a la corona cívica, aquel era digno de la palma del triunfador, Fdo. Bartolomé Mitre

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