ORÍGENES DE LA VITIVINICULTURA EN LA ARGENTINA (1600?)

La elaboración del vino o vitivinicultura, era una actividad que llevaba ya muchos siglos en el viejo mundo, cuando los españoles y los misioneros desembarcaron en estas tierras de América, trayendo su cultura, sus creencias, sus ideas y sus esperanzas. Las primeras estacas de vides, llegaron traídas por los jesuitas y se plantaron en las actuales tierras de Méjico, pero el camino de esos pioneros siguió andándose y mientras iban descubriendo soledades y fundando pueblos, la vid iba con ellos. Así, viajando hacia el sur, llegaron al Perú, donde el Cabildo de Lima tasó la primera cosecha de uvas que se realizó en América. En las actuales provincias del noroeste argentino existen registros de actividad vitivinícola desde antes del 1600 y en el siglo XVIII llegaron a Salta, de la mano de los jesuitas, las primeras viñas, cuyas estacas fueron plantadas “a cuatro leguas” del pueblo de Molinos (hoy La Angostura). Para esa época, la vid también llegó a la región de Cuyo y relatos de lugareños, afirman que fue el padre mercedario JUAN CIDRÓN el encargado de descargar las primeras cepas. Todo se hacía con asombrosa paciencia, sin mayores esperanzas que las de obtener el vino suficiente para la misa, sin expectativas ni proyectos que contemplaran la expansión de este cultivo.

Pronto, un grupo de visionarios, temerariamente, apostó su futuro a una actividad simplemente prometedora. Dedicaron sus vidas a darle forma a sus sueños, allí, donde todo estaba por hacerse, donde nadie antes hubiera imaginado un futuro brillante. Decidieron hacer patria y comenzron a hacer vino. Ese vino que hoy seduce desde las copas donde se lo vierte en todo el mundo, que ha recorrido un largo camino para llegar adonde hoy llegó y que demandó enormes sacrificios de sus creadores, los que a través de generaciones pusieron todo su saber, su entusiasmo y sus bienes al servicio de ese sueño y así comenzó la viniticultura en la Argentina.

 

Primeros datos estadísticos.
En 1910 el Centro Vitivinícola Nacional publicó, probablemente como homenaje al Centenario de la Revolución de Mayo, el primer informe estadístico referido a esta actividad y ya esas primeras cifras muestrn la pujanza de la misma y permite avizorar el futuro que le aguardaba. En este trabajo se ofrece una recopilación de la información existente sobre la vitivinicultura en las distintas provincias argentinas en esa época. La obra contenía datos referidos solamente a los socios de la entidad empresaria que nucleaba a los bodegueros, vitivinicultores y grandes comerciantes de vinos y los datos aportados, resultan un buen retrato de la situación de la agroindustria en esa fecha, marcando  la presencia de explotaciones vitivinícolas en solamente cinco  provincias argentinas ya que parece no tener en cuenta las existentes en otras provincias cuya actividad vitivinícola no era tan trascendente ni sus cifras de producción alcanzaban a insidir en el total de todas las consideradas en el informe.

Según esta fuente, el capital total invertido en viñedos en el país alcanzaba la suma $204.165.500. De ese monto correspondía a Mendoza el 66%, es decir $135.530.500; en segundo lugar aparecía San Juan con una inversión de $47.325.000, equivalente al 23%, luego La Rioja (2,4%) y en cuarto lugar Buenos Aires, representada por $4.200.000, equivalente al 2% de la inversión total. Salta y Entre Ríos figuraban más atrás, mientras la actividad en Río Negro era apenas incipiente. Ese mismo año, el total de la superficie cultivada con viñas en el país era de 63.878 hectáreas (119.391 en 1922 y 140.814 en 1930); Ese mismo año en Mendoza había 38.723 hectáreas (71.649 en 1922 y 100.619 en 1930); en San Juan 15.775 (25.542 en 1922 y 29.175 en 1930); en La Rioja había 2.590 (3.010 en 1922 y 2.156 en 1930); en Río Negro 240 (1.773 en 1922 y 8.279 en 1930) y en Buenos Aires 1.500 (4.081 en 1922 y 2.149 en 1930)

Pero si bien los datos estadísticos y las cifras que hemos presentado son importantes para una evaluación de la vitivinicultura en la República Argentina y su realidad como vigoros motor de nuestra economía, es nuestra intención destacar la gestión de quienes hicieron posible esta realidad. Nos referiremos entonces, no a cifras, sino a hombres. Nos referiremos a aquellos hombres que hicieron posible que la vitivinicultura se desarrolle en la forma que lo hizo, llegando a ser, ya a mediados del siglo XX un pilar fundamental de nuestro comercio exterior y orgullo del país, por la calidad de los productos que exporta al resto del mundo, multipremiados y reconocidos como unos de los mejores vinos, especialmente en sus variedades Malbec y la Mascota Cabernet Sauvignon.

Los pioneros en Mendoza
La región de Cuyo y la provincia de Mendoza en especial, son desde el siglo XIX sinónimos de vitivinicultura. Hacia allí se dirigieron los primeros pioneros que creyeron en la uva como fuente productora de riquezas y bienestar. Y así llegaron José Benito González Muleiro (1840), Honorio Barranquero, quien en 1870 construyó una de ls bodegas más grandes de la época, con túneles subterráneos que que la comunicaban directamente con un ramal del ferrocarril, Felipe Rutini (1880), Lorenzo Vichchi (1886), Pascual Toso (1890), Segundo y Francisco Correas (1890), Luis Tirasso (1891), Franceso Calise (1893) uno de los primeros en exportar sus vinos, Miguel Escorihuela (1900), Francisco Gabrielli (1904), José Orfila (1905), Sami Flichman (1910), Ángelo Pulenta (1914), Juan de la Cruz Castillo, Juan de Godoy, Ventura Guevara, Clemente de Godoy , Ignacio Zapata, Fernando de Alvarado, Juan Gregorio Molina, Juan de Corvalán, Juan Gregorio Lemos, Miguel Molina, Simón de Videla, Ángelo Francisco de Mayorga, Jorge Gómez Araujo, Juan de Molina, Juan Pardo, José Albino Gutiérrez, Felipe Antonio Calle,  y algunos pocos más que con sus viñeditos y sus tropas de carretas para hacer la ruta Mendoza-Buenos Aires, fundaron la industria vitivinícola en la provincia de Mendoza.

Plantaron esas tierras las primeras estacas y comenzaron una lucha que no supo de rennciamientos.  Fueron años duros y debieron hacerlo todo, porque nada se les brindaba fácilmente. Solamente la tierra se les abrí generosamente y las primeras parras comenzaron a fructificar y las primeras prensas empezaron a dar sus primeros vinos. Pero llegada la primera mitad del siglo XIX, la vitivinicultura ingresó en una vigorosa etapa de expansión y el gran acelerador de estos cambios fue la llegada del ferrocarril a la provincia. Se incorporaron entonces nuevas tierras al cultivo y el gobierno de la provincia propició una fuerte política de diversificación estimulando pasar del cultivo tradicional en esas tierras del trigo a la vid. Entre los emprendedores que ya cultivaba la vid, comenzaron a destacarse algunos de ellos, casi todos inmigrantes europeos. Y esos fueron los pioneros de la vitivinicultura en la Argentina: aquellos que se adelantaron con su visión a los demás; aquellos que vieron antes que otros el gran potencial oculto que tenía el cultivo de la vid y no todos ellos tenían viñedos ni todos eran bodegueros. Hubo también  profesionales y funcionarios que aportaron lo suyo para que la actividad creciera y se hicieran realidad los sueños de aquellos pioneros. Son un ejemplo de esto, el ingeniero CÉSAR CIPOLETTI, el artífice de las obras que permitieron la regulación de las aguas del río Mendoza (1888) y el ingeniero CARLOS FADER, un referente en el desarrollo hidroeléctrico de la zona, dos pilares fundamentales de este crecimiento,  porque comprendiendo la importancia que tiene el agua para este tipo de cultivos, hicieron el aporte de su profesionalidad (y también entusiasmo), para que el esfuerzo de los vitivinicultores se viera coronado por el éxito.

Trabajo, si. Mucho trabajo y noches de vigilia sospechando tormentas y granizos, pero también mucho ingenio les fue necesario a estos pioneros: Ingenio para superar problemas e imprevistos, para desarrollar sistemas y equipos que mejoraran la cantidad y la calidad de su producto, que optimizaran las condiciones de trabajo de los operarios, etc. , etc. Recordemos a este respecto,  lo hecho en materia de construcción y equipamiento de las bodegas, cuestiones en las que se reivindicaron antigüas técnicas para el bombeo y el movimiento de los vinos. Recordemos que en la bodega “Faraón”, de General Alvear (al sur de Mendoza), un edificio que llamaba la atención por su estilo egipcio (con esfinges, jeroglíficos y esculturas), el ingeniero VÍCTOR CREMASCHI puso en práctica muchas innovaciones y productos de su inventiva. A él se le atribuye la primera “vasija de descube automático” (un invento que alejó para siempre el peligro de muerte que acechaba a los operarios que debían introducirse en las cubas para retirar el orujo de la uva ya fermentada), la primera línea de fraccionamiento en damajuanas, un equipo de pasteurización y trabajos sobre termovinificación. También, concibió la idea de buscar una sucesión de operaciones que le permitiera introducir la uva en un extremo y, en el otro, recibir el producto elaborado. Y lo logró: patentó su torre de fermentación continua y muchos equipos construidos en otros países se valen del principio que ideó Cremaschi.

Aún hoy es reconocida la visión de TIBURCIO BENEGAS (1880), resaltando su tino en la elección de los terruños donde estableció sus viñedos y, más tarde, su bodega. Las zonas de Maipú y el actual Departamento de Godoy Cruz, surgieron como verdaderos hitos de un gran potencial cualitativo para la vid. Importó cepajes de alta calidad enològica. Con las estacas y las yemas traídas, su hijo PEDRO BENEGAS,- continuó su gran obra y construyó bodegas y viñedos “El Trapiche” y como su padre, él también sintió el llamado del vino y viajó a Francia, desde donde importó más de 50 variedades de vid y trajo vasijas de roble desde Nancy. Su curiosidad parecía no tener límites y en 1922 emprendió una gira por Europa y Argelia para aprender la técnica de elaboración del champagne. En 1932 viajó a los Unidos, donde se informó; acerca de los sistemas de conducción utilizados en California.

Es imposible imaginar las empresas que se fundaron vinculadas con esta esta industria sin referirse  ls familias de inmigrantes que trajeron consigo, además de sus esperanzas de progreso, técnicas, y tradiciones laborales heredadas de sus ancestros, hacedores todos de vino:  Los hermanos SANTIAGO y NARCISO GOYENECHEA (1868), inmigrantes españoles que en 1868 siendo dueños de un almacén de ramos generales, se iniciaron en la actividad, con unas plantaciones en Villa Atuel que recibieron en pago de mercaderías que la familia ARIZU había comprado en su negocio y que luego, junto a éstos, entre 1930 y 1940 formaron el mayor viñedo del mundo; la familia española de JOSÉ LÓPEZ (1898), cuya bodega nació en 1898 de la mano de JOSÉ LÓPEZ  RIVAS quien había llegado al país a los 22 años buscando salvar sus vides de la filoxera, una plaga que azotaba los viñedos europeos de aquel entonces y que desde Maipú fueron los promotores de un estilo comercial que fue reconocido en otros países, cuando supieron cómo exportar, cuando hacerlo parecía imposible; Los ARIZU, cuyo ancestro LEONCIO ARIZU (1891) con apenas 18 años de edad, en 1901, inauguró sus primeros viñedos de uvas finas y fundó la bodega “Luis Bosca-Familia Arizu” que incorporaron a su explotción maquinaria y equipos a vapor, una avanzada para la época; LUIS FILLIPINI (1900), con sus innovadores conceptos de arquitectura y el primero en envasr  y comercializar el vino en botellas; la familia de ÁNGEL FURLOTTI (1893) que no dudaron cuando plantaron sus estacas a la vera del río Mendoza, también en el Departamento Maipú; ANTONIO TOMBA (1895) que construyó una de las bodegas más importantes de la época; JUAN GIOL (1888), conocido como “el bodeguero más grande del mundo”  y su cuñado, BAUTISTA GARGANTINI (1890), empresarios vitivinícolas que también erigieron una empresa cuyo legado perduraría por décadas, junto a los palacios afincados en Maipú. En el Valle de Uco, hubo precursores de los vi­ñedos que buscaron la calidad en la altitud y las propiedades de la familia BOMBAL demostraron la nobleza de la vid en esos terruños y develaron las notables cualidades de los vinos que se podían obtener en la zona, como lo pudieron comprobar luego, muchos otros productores que se afincaron allí.

Con las vías del ferrocarril también llegó a Mendoza el ingeniero EDMUNDO JAMES PALMER NORTON (1895) y aquí formó una familia y descubrió un terruño donde se estableción definitivamente. Fue pionero en el cultivo de la vid al sur del río Mendoza (en las localidades de Agrelo y Perdriel) y en la construcción de su bodega junto al trazado ferroviario, lo cual facilitaba el transporte, tanto de los insumos como de la producción de su empresa. Otras familias apasionadas por el cultivo de la vid, se instalaron al sur de la provincia de Mendoza y entre ellas, es muy recorda la del alemán  OTTO SUTER (1900), otro gran pionero en las técnicas de elaboración, en las que aplicaba la meticulosidad y el orden propios de su origen. Tampoco se pue de dejar de mencionar a RODOLFO ISELÍN y a RAMÓN ARIAS (1880), legendarios vitivinicultores de San Rafael, dos pioneros que apostaron al sur cuando la infraestructura de caminos era muy precaria, tierras  que VALENTÍN BIANCHI 1925), también se se atrevió a cultivar con sus viñedos.

Los pioneros del noroeste.
Paralelamente con lo que sucedía en la región de Cuyo,  otras provincias fueron exponiendo condiciones para el desarrollo de la vitivinicultura. Extensos viñedos comenzaron a verse en Salta, San Juan, La Rioja, Catamarca y Río Negro, todos en manos de emprendimientos familiares. En San Juan fueron los hermanos JOSÉ y SANTIAGO GRAFIGNA, quienes desde sus respectivas empresas, entre 1865 y 1870, dieron un fuerte impulso a la actividad en esa provincia, siendo acompañados en esa tarea más tarde por JAIME COLOMÉ (1900). En Salta, las familias de SILVERIO CHAVARRÍA (1880) y de los PEÑALVA (1895), que  fueron las que pintaron con vino el carácter de la zona al establecerse en Cafayate. La primera, propietaria de bodega La Rosa, y la segunda, encargada de construir los cimientos de la bodega El Recreo, dos modelos para la época y el lugar. En Catamarca fue JUAN JORBA ((1892) quien apostó a la vitivinicultura en un meioque se consideraba nada propicio para ello y prosperó. Otro emprendedor de la zona fue JOSÉ F. LAVAQÉ (1882), quien instaló su empresa en el centro mismo del pueblo, frente a la plaza, y desde allí expandió sus vinos más allá de los límites de esa bella provincia del norte argentino. Los relatos también re­cuerdan los viñedos de “Yacochuya”, zona cuya altura por sobre el nivel del mar desafió todo pronóstico y finalmente demostró sus virtudes para la vid.

Los pioneros de la Patagonia.
A principios del siglo XX, cuando  la Patagonia era aún un paisaje poco explorado. HUMBERTO CANALE (1913) eligió esas tierras para establecerse con viñedos. Entusiasmado con las condiciones ecológicas del lugar, luchó contra el frío, los vientos, la defivciente red caminera, la pobre infraestructura y otros contratiempos no menores para fundar, en 1913 la bodega que hoy lleva su nombre. La aventura se inició en General Roca, provincia de Río Negro y debieron pasar varios años hasta que otros emprendedores se decidieran a acompañarlo y plantaran sus estacas en esas tierras, que aún hoy se muestran hostiles y solo se brindan a quienes con grandes esfuerzos y sacrificios la trabajan con amor.

La vitivinicultura del Litoral.
Aunque se dice que en la Argentina recién nacida, gran parte del vino que se consumía era elaborado por viñateros entrerrianos, casi todos, emprendimientos familiares, hubo un interregno durante el cual nada se sabe sobre la actividad vitivinícola en esa provincia, hasta que las primeras constancias de su presencia organizada datan de 1870, año en que comienza su explotación  JESÚS VUILLEZ y otros pioneros que se atrevieron a cultivar la vid en lugares que se pensaba poco propicios para ello y JUAN JÁUREGUI fue uno de ellos. Nacido en Concordia, provincia de Entre Ríos y amante de los vinos franceses, decidió plantar vides en su ciudad natal y para ello viajó a Francia. Trajo algunas estacas con la esperanza de elaborar en su ciudd el mismo vino que había degustado en Europa y sin pensarlo, logró un producto absolutamente nuevo y desconocido. Las cepas que había traído, al adptarse a las condiciones climáticas, el suelo y las aguas de riego, originaron una variedad hasta entonces desconocida que por ello, fue nombrada con el apodo con el que se conocía a don JÁUREGUI. Había nacido así el “Lorda” y se dice que ese pequeño viñedito dio origen a las plantaciones que hicieron de la Provincia de Entre Ríos y el Litoral uruguayo, los grandes productores que hoy son. Recordemos que en 1907 esta provincia llegó a ocupar el cuarto lugar en el censo Nacional de Viñas con una extensión de 4.900 hectáreas, contando con más de 30 bodegas, siendo los departamentos donde mejor se desarrollaban las uvas, Colonia San José, Concordia, Victoria y Federación y que en 1934, mediante la Ley Nacional Nº 12.137 se desalentó esta actividad en esos territorios, para promover su desarrollo en las provincias cuyanas.

La vitivinicultura en la provincia de Buenos Aires.
Los primeros intentos de afincar viñas y desarrollar la agroindustria en la provincia de Buenos Aires fueron casi contemporáneos de los inicios de la actividad en Mendoza y San Juan. En las últimas décadas del siglo XIX ya se registraba la presencia de plantaciones y bodegas en algunos partidos tradicionalmente cerealeros porque a pesar de que clima y el suelo bonaerenses no eran aptos para este tipo de cultivos, hubo dos factores que incidieron para que esto sucediera:  la cercanía de los principales mercados consumidores que obraba como un poderoso acicate sobre agricultores e industriales, incitándolos a invertir esfuerzos y capitales en estas tareas y la fuerte presencia de inmigración italiana y española en la región, comunidades para las que el cultivo de viñas y la elaboración del propio vino resultaban actividades cargadas de valores afectivos y era un signo de prestigio. Así comenzaron a llegar los primeros vitivinicultores, don DORFILIO CAMPORAE entre ellos, que plantaron sus estacas en pequeñas parcelas, junto a otras producciones agrícolas.

Hacia 1920, en las localidades de Escobar, San Nicolás, Bahía Blanca, Patagones y Quilmes comenzaron a asentarse los primeros vitivinicultores con proyectos de mayor envergadura, aceptando el desafío que les presentaba una actividad riesgosa. La mayoría de ellos se dedicó al cultivo de uvas de mesa, pero hubo algunos que se atrevieron a la fabricación de vino, que fue el conocido como “vino de la costa”. Se recuerda el “Viñedo Franklin”, de FRANCISCO BARROETAVEÑA, un orgulloso viñatero que se jactaba de sus vistosos parrales de la variedad “Isabel” que alternando sus surcos con naranjales, ofrecían un hermoso espectáculo.

 (Datos extraídos de la Revista “Master Wine”, del archivo de los diarios  “El Litoral” de Concordia, “Los Andes de Mendoza”, “El Chubut” de Comodoro Rivadavia, “Río Negro” de Neuquén, de la “Asociación Vitivinícola Argentina” y de diversas Cámaras del sector; de la obra “Los jesuitas vitivinicultores mendocinos: a 400 años de su presencia en Mendoza, de la Profesora  Silvina Carbonari y de diversas páginas web. Ver “Los pioneros de la vitivinicultura” en Crónicas)

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