ORÍGENES Y DESARROLLO DE LA MEDICINA EN LA REPÚBLICA ARGENTINA (1536/1930)

En la Colonia  española del Río de la Plata, la situación sanitaria era muy deficiente, no había asepsia y menos anestesia. El mayor peligro eran las infecciones y el agua para consumo domiciliario debía ser traída desde el río o comprada a los aguateros. Mientras tanto, la Asamblea del año XIII lo disponía que había que bautizar a los niños con agua templada. Argumentaba esto por “haber conocido, con dolor y perjuicio de la población, que multitud de infantes perecen luego de nacidos del mal vulgarmente llamado de “los siete días”, un espasmo que entre otras cosas se origina por el agua fría con que son bautizados”. El mal era, en realidad, una epidemia de tétanos que se debía al poco cuidado con que se cortaba el cordón umbilical en los nacimientos. Con estos y otros muchos trastornos tenían que vérselas los pobladores de esa época.

Barberos, sangradores y algebristas. fueron nustros primeros médicos.
Durante esos tiempos la atención de la salud era muy precaria, tanto por la escasez de médicos titulados como por la inexistencia de control de los profesionales y las medicinas. A falta de médicos, la mayoría  de los enfermos acudía a barberos, sangradores, y sobre todo a curanderos o brujos.Además de los conocidos curanderos y los barberos-cirujanos, había también algebristas, que se ocupaban de las enfermedades de los huesos. También abundaban los sangradores o flebótomos, explicó en cierta oportunidad el doctor ALFREDO KOHN LONCARICA, profesor titular de Historia de la Medicina y Director del Instituto de Historia de la Medicina de la Universidad de Buenos Aires

Llegan los primeros médicos al Río de la Plata (1536)
En 1536, con el primer Adelantado, PEDRO DE MENDOZA, llegaron los médicos ABLAS, “cirujano de su Majestad”, HERNANDO DE ZAMORA, vecino de Córdoba, de 29 años de edad, licenciado y médico de PEDRO DE MANDOZA; SEBASTIÁN DE LEÓN, vecino de Bruselas, cirujano y capitán de arcabuceros que actuó durante más de 50 años en Asunción y probablemente BLAS DE TESTANOVA, cirujano genovés que en 1541 todavía se encontraba en Asunción. En 1540, con el segundo Adelantado HERNANDO ARIAS DE SAAVEDRA, llegaron el barbero y médico NICOLÁS FLORENTÍN y el cirujano de la provincia de Toledo PEDRO DE SAYÚS, quien en 1564, todavía estaba en Asunción. En 1549, con NUFRIO DE CHAVES, llegó a Asunción, procedente de Perú, el cirujano PEDRO SOTELO y en 1555, acompañando a MARTÍN DE ORUÉ, llegó el médico granadino JUAN DE PORRAS, y se quedó en Asunción hasta 1578. En 1575, llegaron con ORTÍZ DE ZÁRATE, el cirujano  ANDRÉS ARTEAGA, que durante un tiempo ejerció su profesión en Santa Fe; LUIS BELTRÁN, cirujano procedente de Turín, JUAN DE CÓRDOBA, un cirujano de 27 años, natural de Granada, DIEGO DEL VALLE, un asturiano de 48 años, “cirujano real de Su Majestad, el Rey de España” y LORENZO MENAGLIOTTO, cirujano de 25 años, natural de Parma, que ejerció su profesión en Asunción hasta 1582.

Fue así que a lo largo de todo el siglo XVI, los doctores venidos de Europa, aborígenes curanderos o hechiceros, barberos y herradores o médicos de caballos (veterinarios) asumían la responsabilidad inherente a cuestiones médicas y utilizaban tanto remedios europeos como indígenas. Sin embargo, ya desde principios del siglo XVII, casi todas las poblaciones contaban por lo menos con una persona que se hallaba registrada como “médico”,

Primera mencion de un médico reconocido como tal en Buenos Aires (1605)
La primera mención de un médico reconocido por el Cabildo de Buenos Aires apareció en 1605. El 24 de enero de ese año, comenzó a ejercer su profesión el primer médico del que se tenga noticias en la ciudad de Buenos Aires. Se llamaba MANUEL ÁLVAREZ y ese día hizo su presentación ante el Cabildo titulándose cirujano. Para prestar sus servicios pedía un salario de 400 pesos en frutos de la tierra,  y que además le pagaran las medicinas y ungüentos  que pusiera. A los cabildantes les pareció muy caro y en principio no aceptaron sus exigencias, pero pocos días más tarde llegaron a un acuerdo y el doctor ÁLVAREZ firmó un contrato por el que se comprometía  a “servir de médico cirujano “a los vecinos y moradores, indios y esclavos de ellos, en todas sus enfermedades que tuviesen de cualquier género que fuesen, sangrarlos y ventosearlos”.  Seguramente desde ese momento el médico debe haber estado muy ocupado porque las condiciones de higiene de la ciudad eran muy pobres y según las crónicas abundaban la” calentura” (tuberculosis), calentura pútrida (tifus y tifoidea) y las llagas pútridas”. A  pesar de lo necesario que resultaban sus servicios, pronto el médico comenzó a reclamar su pago atrasado ante el Cabildo, bajo amenaza de marcharse de la ciudad si no recibía lo acordado. Los reclamos se repitieron, pero al pobre Álvarez le prohibieron abandonar la ciudad. Un año más tarde, el médico fue despedido y la gente no tuvo más remedio que recurrir a los curanderos y a los métodos de curación de los indios. Es posible que en muchos casos los pacientes salieran beneficiados, porque el nivel de la medicina que se practicaba carecía casi por completo de bases científicas. La medicina, tanto de la escuela española como de la aborigen, ocupó un lugar importante en la América española y es evidente que los reyes de España, desde que JUAN DE GARAY fundara la ciudad en 1580, tomaron conciencia de la importancia de preservar la salud de los pobladores que se instalaban en las ciudades que se fundaban en estas colonias y tales efectos, dispuso la reserva de una manzana de tierra para el primitivo Hospital de Hombres.

En 1607-1608, el Cabildo de Buenos Aires otorgó a FRANCISCO BERNARDO JIJÓN (q.v.) el estado legal profesional acreditándolo como médico y fijándole un sueldo de cuatrocientos pesos por año. Otros médicos, como NICOLÁS XAQUÉS (q.v.) establecieron sus prácticas en Buenos Aires. Las órdenes religiosas, especialmente los franciscanos y jesuitas, hicieron importantes contribuciones en la práctica de la medicina y en el estudio y la experimentación con varias plantas indígenas; el jesuita SEGISMUNDO ASPERGER (q.v.) fue recordado durante mucho tiempo por los servicios que prestara en ocasión de la epidemia de viruela entre los indios guaraníes a principios del siglo XVIII y tanto él como PEDRO MONTENEGRO (q.v.) dejaron inscripciones escritas de las medicinas indias que habían usado. Recién en 1610 presentó sus credenciales un nuevo médico, el doctor JUAN ESCALERA, que era considerado una verdadera autoridad en su profesión y casi enseguida los hizo TELLES DE ROJO, para ejercer en la ciudad de Córdoba.. Desde ese entonces, debido a la seriedad con que ESCALERA y ROJO ejercieron su profesión, la medicina fue respetada en el Río de la Plata, en tanto los curanderos y demás cultores de los tratamientos empíricos perdieron gradualmente credibilidad.

El Hospital de Hombres (1709)
En 1709 se fundó un Hospital que se se conoció como el “Hospital de Hombres” y que hallaba bajo la advocación de San Martín de Tours. El Cabildo, que tenía el patronato del establecimiento, una vez por año, nombraba a los diputados que se harían cargo de su administración. Al principio fue utilizado como hospicio para militares del presidio por lo que se lo conocía como “Hospital Militar” y estaba muy mal atendido, hasta que en enero de 1685 se hizo cargo de él, la comunidad de San Juan de Dios, siempre bajo el patronato del Cabildo, pero ahora, nuevamente, con el nombre de“Hospital San Martín”. En 1745, el “Hospital de Hombres” fue puesto a cargo de los padres betlemitas y más tarde en 1757, se trasladó al Colegio de Belén o de San Pedro Telmo, quedando dicha congregación como simples “sirvientes” luego de tenerlo a su cargo durante doce años.

El Hospital de Belén disponía de una sala principal y 3 ó 4 salitas en las que caben hacinadas unas 8/10 camas en cada una, carentes de ropa, de cortinas, de privacidad y de aislamiento. En algunos momentos residían allí unos 48 enfermos y 19 asilados. Como no existían institutos para recibir a los ancianos y dementes, todos iban a parar al mismo sitio húmedo, ruinoso y mal ventilado, donde luchaba heroicamente 12 religiosos hasta el punto de tener que ceder sus propios cuartos, para alojar enfermos de urgencia. Muy diferente era la situación del Hospital San Miguel con 4 salas y 62 camas, 10 sirvientes, una directora y un administrador y la atención de los internados, estaba a cargo de una piadosa hermandad de religiosas. La alimentación era buena, las camas estaban provistas de cortinas y —aunque las rentas eran menguadas— la beneficencia aportada por muchas señoras piadosas, de la caridad y religiosas bien entendidas, hicieron mucho por el bien de esta casa y por las personas que allí padecían sus males. Por otra parte, la falta de capacidad en ambos establecimientos, era causa de que muchos enfermos pobres debían permanecer en sus domicilios, arrastrando dolorosas privaciones y los más sórdidos padecimientos y si bien se supone que los médicos que los asistían sin cobrar, por un deber humanitario, debían hacerse cargo del costo de sus medicamentos, que eran provistos, en algunos casos, por boticarios no tan humanitarios, que exigían el pago de altos costos por ellos (leemos en la Gaceta del día 12 de diciembre de 1817 una nota poniendo en evidencia que no todos estos comerciantes son así ya que es encomiable la actitud de los boticarios MARENGO, BRAVO Y ENCALADA, que en muchos casos, hasta no cobraron los productos medicinales que dejaban a algún enfermo de escasos recursos). Se agudiza el problema hospitalario.

El Protomedicato (1º de febrero de 1779)
En 1779, cuando Buenos Aires tenía alrededor de 25.000 habitantes y nueve médicos reconocidos, conforme a una propuesta del virrey VÉRTIZ Y SALCEDO, mediante una Cédula Real, fechada el 1º de febrero de 1779, se creó el “Tribunal del Protomedicato de Buenos Aires”, una especie de tribunal fiscalizador de los profesionales que puso bajo la supervisión del doctor MIGUEL O’GORMAN, (q.v.) y se mantuvo en actividad hasta 1814.

La Escuela de Medicina (14 de octubre de 1801)
Por una real ordenanza del 19 de julio de 1798, el Protomedicato del Río de la Plata fue autorizado a enseñar medicina y el 14 de octubre de 1801 se inauguró la primera “Escuela de Medicina” en el área del Río de la Plata, primer antecedente de la Facultad de Medicina de Buenos Aires y se la puso bajo la dirección del mismo doctor O’Gorman y del doctor AGUSTÍN EUSEBIO FAVRE, para que, con intervención del Protomedicato de Madrid, se iniciase en Buenos Aires la enseñanza de la medicina. Cuando el Protomedicato recibió permiso para crear una Escuela de Medicina, O’GORMAN y el médico español FAVRE, presentaron un plan de estudios de medicina y cirugía que comprendía seis años. El doctor O Gorman renunció poco después, siendo reemplazado por el doctor COSME ARGERICH, quien fue en definitiva, quien puso en marcha esta iniciativa, que más tarde, se  convirtió en el primer antecedente de la Facultad de Medicina de Buenos Aires.

Las clases se inciaron con la asistencia de aproximadamente quince estudiantes y fueron sus primeros profesores el mismo doctor O’GORMAN y los doctores AGUSTÍN FABRE y COSME MARIANO ARGERICH. La Escuela ofrecía un curso de seis años para la graduación de médicos calificados y continuó funcionando con posterioridad a la Revolución de Mayo. El primer año, estaba dedicado al estudio de  anatomía y vendajes; el segundo a elementos de química farmacéutica, filosofía y botánica; el tercero a instituciones y materias médicas; el cuarto, a heridas, tumores, úlceras y enfermedades de los huesos; el quinto, a operaciones y partos, y el sexto, a elementos de medicina clínica. La Escuela abrió las puertas en marzo de 1801 con quince alumnos. La falta de recursos y las condiciones de la época convertían la enseñanza en una tarea siniestra, tanto para los profesores como para los alumnos. Las primeras clases de anatomía, que comprendían la disección de cadáveres, se hicieron al aire libre en el camposanto de los padres betlehemitas. El primer núcleo de estudiantes tuvo ocasión de probar sus conocimientos durante las invasiones inglesas y poco después, en las guerras de la independencia

Desde 1802 hasta aproximadamente 1820 el doctor Argerich fue la figura rectora de la enseñanza médica, manteniendo y dando clases al mismo tiempo, en un instituto propio, desde donde salieron profesionales que obtuvieron luego muchísima experiencia y prestaron invalorables servicios durante las invasiones inglesas y la guerra de la independencia. En esos tiempos, gran parte de la atención médica se circunscribía al uso de nuevas vacunas antivariólicas y al tratamiento de las víctimas de las epidemias (cólera, fiebre amarilla, viruela). A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, la ciudad de Buenos Aires, tuvo también un Hospital para Mujeres que, gracias a la labor de MANUEL BASAVILBASO, halló local adecuado en la misma Casa de Huérfanos. Así pues, si exceptuamos “la Residencia” que era así llamado el Hospital Militar, la ciudad contaba desde su fundación, solamente con estos dos hospitales: el de Belén, para hombres, también llamado “Hospital Santa Catalina” y el “Hospital de San Miguel” para mujeres pobres. La situación de estas casas y de sus enfermos causaba grave preocupación a las autoridades, por lo reducido de su capacidad y por la escasez de los medios con que contaban para atender la cada vez mayor cantidad de pacientes. El Hospital de Belén disponía de una sala principal y 3 ó 4 salitas en las que caben hacinadas unas 8/10 camas en cada una, carentes de ropa, de cortinas, de privacidad y de aislamiento. En algunos momentos residían allí unos 48 enfermos y 19 asilados. Como no existían institutos para recibir a los ancianos y dementes, todos iban a parar al mismo sitio húmedo, ruinoso y mal ventilado, donde luchaba heroicamente 12 religiosos hasta el punto de tener que ceder sus propios cuartos, para alojar enfermos de urgencia. Muy diferente era la situación del Hospital San Miguel con 4 salas y 62 camas, 10 sirvientes, una directora y un administrador y la atención de los internados, estaba a cargo de una piadosa hermandad de religiosas. La alimentación era buena, las camas estaban provistas de cortinas y —aunque las rentas eran menguadas— la beneficencia aportada por muchas señoras piadosas, de la caridad y religiosas bien entendidas, hicieron mucho por el bien de esta casa y por las personas que allí padecían sus males. Por otra parte, la falta de capacidad en ambos establecimientos, era causa de que muchos enfermos pobres debían permanecer en sus domicilios, arrastrando dolorosas privaciones y los más sórdidos padecimientos y si bien se supone que los médicos que los asistían sin cobrar, por un deber humanitario, debían hacerse cargo del costo de sus medicamentos, que eran provistos, en algunos casos, por boticarios no tan humanitarios, que exigían el pago de altos costos por ellos (leemos en la Gaceta del día 12 de diciembre de 1817 una nota poniendo en evidencia que no todos estos comerciantes son así ya que es encomiable la actitud de los boticarios MARENGO, BRAVO Y ENCALADA, que en muchos casos, hasta no cobraron los productos medicinales que dejaban a algún enfermo de escasos recursos).

El Instituto Médico Militar (10 de marzo de 1813)
Pero, pasando el tiempo, lejos de mejorar la atención de la salud en estas tierras, fue empeorando. Fundamentalmente debido a la falta de profesionales que se hicieran cargo de la misma. “Escasean los galenos en esta ciudad”, es la conclusión del cirujano mayor del Ejército, doctor FRANCISCO RIVERO, autor de un informe que elevó a las autoridades en diciembre de 1815, preocupando severamente al gobierno de IGNACIO ÁLVARE THOMAS. Según los cálculos de este profesional, “en  Buenos Aires, trabajan  quince médicos, sin contar algunos ingleses (que sabe que atienden consultas, pero que no conoce) y los incorporados a los regimientos. Cinco de los quince mencionados son inútiles por demasiado viejos, otro es enemigo del régimen. En suma, el recuento final no resulta muy alentador”.

“Sería urgente entonces, aconseja,  contribuir a la formación de nuevos médicos. Para ello es imprescindible jerarquizar una profesión que no goza del respeto de la sociedad, que considera a los médicos —en especial a los cirujanos— como simples matasanos. Nuestros soldados necesitan ser bien atendidos y lo mismo ocurre con los pobres que se asis­ten en los hospitales de los Betlemitas (de hombres y de mujeres). Afortunadamente, nos llegan buenas noticias de los cursos de medicina que se dictan en el Instituto Médico Militar de Buenos Aires.

Consultada la opinión que le merecía este informe, el Director del “Hospital Militar de la Residencia”, el doctor COSME ARGERICH, uno de los promotores  de la creación  del Instituto Médico Militar, así se dirigió al Director Supremo: “No me sorprende la crudeza de este informe, que comparto en todas sus partes. Mi interés y el de los colegas que me acompañaron para llevar a cabo la creación del “Instituto Médico Militar”, fue precisamente el de impedir que desapareciera el único establecimiento de enseñanza superior que existía en Buenos Aires. Me refiero a los estudios de medicina fundados  en 1801 con el patrocinio del Protomedicato. El plan de la carrera, redactado por el Dr. O’ Gorman era muy serio v comprendía, lo mismo que el actual: cursos de seis años, el último de los cuales, se dedicaba exclusivamente a la práctica en los hospitales: La primera inscripción fue la más alta registrada hasta ahora: una docena de alumnos. En 1804 mermó —los estudiantes se inscribían cada tres años—. En 1807 fue nula con motivo de las invasiones inglesas. En 1812 sólo tres jóvenes a punto de  recibirse, cursaban medicina y realizaban sus prácticas en el ejército. El caos en la enseñanza era total. Las aulas se destinaban a almacenar material bélico y los profesores nos arreglábamos como podíamos, dictando clases en nuestros domicilios particulares. En mayo de ese malhadado año el gobierno nos suprimió los sueldos.

“Alarmado por la situación, .averigüé el estado de los establecimientos de enseñanza media de la ciudad y supe que el Colegio de San Carlos pasaba por tantas penurias como nosotros. Era evidente, como todavía lo es, que la juventud no quiere estudiar. Mucho menos medicina. Imaginé que muy distinto seria el concepto que se tendría de nuestra profesión si se nos incluyera en el ejército. En una sociedad militarizada, como es la nuestra hoy, eso atraería la atención sobre nuestros cursos. Por otra parte, es justo que el médico obtenga ciertos beneficios cuando acompaña a la tropa en las penurias del campo de batalla”.

Después de algunos tropiezos, triunfó el buen sentido y en 1813, se creó el “Instituto Médico Militar”, cuyos alumnos y profesores se incorporaron al escalafón militar. A los jóvenes les gustó eso de lucir vistoso uniforme, sentirse contenidos por una Institución prestigiosa, disponer de una buena paga mientras realiza sus estudios y todo eso los decidió a estudiar medicina.

El primer curso, inaugurado en 1814, tuvo diez inscriptos que cursaron anatomía y fisiología y en abril de este año rindieron exámenes con resultados brillantes. Todos aprobaron y debo destacar algunos nombres promisorios, como el de FRANCISCO JAVIER MUÑIZ, por ejemplo. Me parece negativa la práctica de que los estudiantes salgan a campaña acompañando a sus profesores. Eso retarda su formación científica e impide que reciban lecciones adecuadas en el hospital, a la cabecera de los enfermos. Pero por ahora resulta inevitable debido a la escasez de cirujanos en el ejército. Confío plenamente en que pronto superaremos estos obstáculos y conseguiremos un excelente plantel de profesionales al servicio de las Provincias Unidas”.

Más recursos para cuidar la salud
Se agudiza el problema hospitalario. En diciembre de 1817, se hace evidente un problema que afecta gravemente la prestación de servicios de salud en los Hospitales de Buenos Aires y el 31 de julio de 1818, el Gobierno dispone medidas de carácter impositivo tendientes a obtener los recursos necesarios para el mantenimiento de dichos establecimientos.

La Academia de Medicina (1822)
El 12 de agosto de 1821 se inauguró la Universidad de Buenos Aires, con un Departamento de Medicina que rápidamente pasó a ser una destacadísima escuela de esa ciencia. En 1822, BERNARDINO RIVADAVIA fundó la Academia de Medicina, que luego, pasó a ser la Faculta de de Medicina (véase Marcial Quiroga, La Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires, 1822-1972, publicado por la Academia en 1972 para celebrar su sesquicentenario).

Y si bien el comienzo de la enseñanza de la medicina en Buenos Aires se inició en 1801, con la inauguración de los cursos de la Escuela de Medicina, creada por el Protomedicato, debemos considerar que el inicio de esta actividad, con cursos regulares, planes de estudio funcionales a nuestra realidad y con un cuerpo de profesores de reconocida idoneidad recién llega en 1822, un año después que BERNARDINO RIVADAVIA fundara la Universidad de Buenos Aires (1821), con la creación de la “Academia de Medicina” (1), que rápidamente pasó a ser una destacadísima escuela de esa ciencia y provocó la desaparición del Protomedicato  (otros autores prefieren llamarla  “Departamento de Medicina” dependiendo de dicha Universidad).

A lo largo del siglo XIX, fueron llegando otros médicos y muchos se fueron recibiendo en nuestra Facultad de Medicina y los médicos y cirujanos argentinos pudieron recibir excelente enseñanza en su país y muchos de ellos la complementaron realizando estudios superiores en el exterior. Fueron famosos en esa época el doctor JAMES LEPPER (1785-1851), el doctor PEDRO VENTURA BOSCH (1814- 1871), el doctor TEODORO ÁLVAREZ (1818-1889), el doctor JOSÉ MARÍA FONSECA (1799-1843), quien, becado por el gobierno de Las Heras, habla sido, a su vez, discípulo del célebre DUPUYTREN en París durante 1826-1829. El mismo Rosas, en 1844, con un problema en sus sistema urinario, fue operado por el doctor JAMES LEPPER (1785-1851), médico de la marina inglesa que trató a Napoleón, a bordo del navío “Bellerophon”, cuando éste estaba prisionero en la rada de Plymouth en vísperas de zarpar para Santa Elena y que había llegado a Buenos Aires en 1822, con lord Ponsomby y se radicó en la ciudad (ver “Enfermedades de Rosas en Estampas). Lepper ejerció su profesión en el Hospital Inglés, en su primitivo local de la calle Independencia 15 y después en su segunda ubicación de Uruguay 222. Recordemos que el 18 de junio de 1848 fue empleada en este hospital, por primera vez en la Argentina, la anestesia por medio de éter y la utilizó el Dr. JUAN GUILLERMO MACKENNA al realizar una de sus operaciones. Durante Ese período de nuestra historia, los profesionales se dedicaron con especial ahínco a exigir de las autoridades mayores facilidades para importar las vacunas y medicinas que le eran necesarias, logrando que a través de conductos británicos y estadounidenses se trajeran importantes partidas de medicamentos y que se introdujera el uso del cloroformo y del éter como anestésicos para la cirugía.

En el siglo XX la medicina argentina alanzó un alto nivel de eficiencia, con tres profesionales galardonados con el Premio Nobel de investigación médica: el doctor Bernardo Houssay, fue galardonado en 1947, el doctor Luis F. Leloir en 1970 y el doctor CÉSAR MILSTEIN en 1984 (ver “El Protomedicato”, “Enfermedades Epidémicas” y “Viruela” en Crónicas).

La medicina a comienzos del siglo XX (Extraído de una conferencia del doctor Alberto Chatas, dada en 1994)
“La Escuela Médica de nuestra formación fue producto de la post reforma universitaria de 1918, lograda como consecuencia de la revuelta de los estudiantes contra malos profesores, producida en la ciudad de Córdoba ese año. En esos años, los inscriptos en la Facultad de Medicina de Buenos Aires,  no pasábamos del centenar y  la matrícula era equivalente a 150 dólares al año, cuando un auto Ford T valía 600. Con los años, el ingreso se masificó y desde 1945 en adelante, los estudiantes libres en medicina alcanzan el 70% del total del estudiantado universitario. Había exámenes mensuales y la mortalidad académica, es decir, la deserción escolar, llegó a ser del 80%. Hoy la puja política sigue entre estudiantes, egresados y docentes para dominar el manejo universitario”.

“En nuestra formación hospitalaria y en el ejercicio médico de ese entonces, dominaban las compresas, emplastos, fomentos, ventosas simples o escarificadas, sangrías, bolsas de hielo o de agua caliente, fórmulas magistrales, inyecciones diarias de aceite alcanforado o e aceite de hígado de bacalao. Como en la fiebre tifoidea que duraba de 1 a 2 meses y la neumonía lobar, que duraba 8 días, las complicaciones eran frecuentes. Se recurría a las secciones de leche tyndalizada o al abceso de fijación para aumentar las defensas”.

“Las inyecciones de sangre intramuscular, se usaron para combatir el asma, los eczemas y en otras enfermedades. Con frecuencia veíamos encías sangrantes producidas por el escorbuto o lesiones oculares por avitaminosis A.

“Veíamos también muchos casos de craneotabes (osteoporosis craneal congénita), surco de Harrison (una depresión torácica en la zona de inserción del diafragma) y rosario costal (una serie de nudos en la unión de las costillas y de los cartílagos costales), manifestaciones todas del frecuente raquitismo que debíamos atender”.

“Abundaban también las distrofias farináceas producidas por alimentar al lactante solamente con agua de mazamorra. A los niños inapetentes, algunos médicos le inyectaban insulina y muchas madres les daban a tomar yemas de huevos batidas con un vino generoso. Las enemas y los purgantes no faltaban. La amigdalectomía era frecuenta y los rayos ultravioleta, de uso común. Los hospitales de niños de nuestro país se vieron obligados a tener salas especiales dedicadas a la difteria y el tétanos, verdaderas pesadilla de los médicos internos y practicantes de entonces”.

“Cuando no había nada para reemplazar la leche materna, las diarreas y los problemas nutricionales, dominaban en la tarea médica entre los lactantes. Ya se sabía que la leche de la madre evitaba esas patologías tan graves. En muchos capítulos de los tratados de Pediatría, se desarrollaban estudios sobre desnutrición, diarreas y sobre la composición de la leche humana, aconsejando cómo manejar a las amas de leche, verdaderas dictadores en las casas donde se las empleaba, ya que comprendían la necesidad que había de ellas”.

“En Buenos Aires se instalaron “Lactarios Municipales”, donde se vendía leche materna a diez pesos el litro. Pero los niños alimentados con esta leche que vendían allí las “amas de leche”,  corrían graves riesgos, por los fraudes que se cometían, cuando, pretendiendo mayores ganancias, aumentaban el volumen,  agregándole leche de vaca o aún agua de la canilla, elementos éstos muy peligrosos para la salud, por el alto contenido bacteriano que contenían”

(Véase “La Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires”, 1822-1972, obra de Marcial Quiroga, publicada por la Academia en 1972 para celebrar su sesquicentenario)

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