MÚSICOS INDIOS EN BUENOS AIRES (1755)

La fama de los músicos indígenas del sacerdote jesuita Florian Paucke llegó a la ciudad de Buenos Aires, donde se hallaba el padre provincial de dicha orden  y muchos caballeros, tanto eclesiásticos como seglares, solicitaron que los músicos mocovíes del padre Paucke fueran llevados a Buenos Aires, con por lo menos tres meses de anticipación de las fiestas patronales de San Ignacio.

El camino que debieron recorrer para llegar a destino era de más de cien leguas y había duda que los padres de estos músicos permitirían que sus hijos se trasladaran por un camino tan largo y a esta ciudad forastera porque ellos podían creer que se quería raptar a sus hijos y entregarlos a los españoles. Las dificultades se hicieron mayores con los hijos del cacique  CITHAALIN, que se resistió vehementemente a que sus hijos  Sebastián, Vicente y Antonio (el más joven de entre ellos), hicieran ese viaje. Todos los demás músicos eran hijos de los aborígenes más principales del territorio del Chaco, pero el resto los padres tenían en Paucke una mayor confianza, por lo que gustosamente permitieron que sus hijos se pusieren en camino.

Después de trece días de viaje llegaron a Buenos Aires y se alojaron en el Colegio de la Orden, todos juntos, músicos y sacerdotes en un mismo y amplio salón, pues los pequeños no quisieron estar separados de ellos. Y así pasaron todos los días de su estancia en Buenos Aires, siempre juntos. Donde iba uno, iban todos, como en majada. Si Paucke entraba en una casa, los jóvenes quedaban a la espera en la puerta de calle y allí permanecían hasta que retornaba a Salir el sacerdote. Justificaban esta actitud diciendo que sus padres les habían ordenado no dejarlo solo, porque estaban seguros que a la primera oportunidad que se le presentara, Paucke los abandonaría para quedarse con los españoles. Superados estas desconfianzas, inspiradas seguramente por el cacique CITHAALIN, se dedicaron a repasar sus partituras y a ensayar los temas que iban a interpretar.

“La víspera de San Ignacio, cuenta el padre Paucke, la misa con la actuación de mis músicos, fue celebrada por el mismo obispo de Buenos Aires y al día siguiente nuevamente actuaron ellos, para los cuales yo había ya conseguido una buena retribución. El pueblo se reunió en tanta cantidad que nosotros, no sólo tuvimos que cerrar el coro sino que dos granaderos armados debían estar al lado de la puerta,  para que no entrara el pueblo. Los coros laterales, que alcanzaban  por toda la iglesia, estaban  repletos por ambos lados con nobles  y villanos y también lo estaban abajo, en la iglesia, en gran apretujamiento, lo que ocurrió, más por motivo  de escuchar la música nueva que traíamos y ver a mis músicos, que atender a su devoción.

 En las iglesias de Las Indias, se hace música, pero no se halla dotada tan perfectamente con instrumentos, sino sólo por el órgano y los cantores. Cuando hay una música con instrumentos, tienen ellos acaso, un arpa y algunos violines para acompañar  “minuetes”, marchas y piecitas semejantes durante una misa chica, por lo cual, la actuación de mis músicos,  les ha parecido muy extraña, pero les ha gustado muchísimo,  que vísperas y misa  fueran cantadas conforme al orden, y esto por indios que pocos años  antes eran aún paganos y no habían oído  música en toda su vida.

Transcurridos algunos días el obispo envió al Colegio y me hizo pedir de permitir a mis indios hacer música durante su mesa. Yo los llevé con sus instrumentos y sus musicales (libros de notas), de los que yo tenía en existencia una buena cantidad y que mis músicos podían tocar muy hábil y graciosamente. El  obispo envió su carruaje y me hizo invitar también a su mesa. Si bien al principio, mis muchachos se negaron a ir sin mí, se alegraron mucho después de que yo también estaría presente. La música de mis muchachos fué para la admiración y diversión de todos los huéspedes, y éstos  no hubieran creído jamás que entre semejantes “bárbaros” se encontraría tal habilidad para un arte armonioso tan difícil, si ojos y oído no los hubieran convencido. Ellos los trataron tan afable y graciosamente como si provinieren de los padres más distinguidos. Yo noté que los sirvientes de mesa les llevaban mucha comida v con ella también vino; ellos notaban bien que yo tenía mis ojos dirigidos de continuo sobre ellos. Comían bien, pero se negaban a tomar vino, pero los sirvientes estaban empeñados en hacerles llegar vino. Yo quise salvar mis músicos del peligro y pedí al obispo de no hacerles dar vino porque ellos estaban acostumbrados al agua y no al vino y yo temía que uno u otro de ellos enfermara.

Como lamentablemente pasó con mi mejor violinista JOAQUÍN GIOCHIMBOGUI, que a los pocos días enfermara acusando una fuerte punzada al costado, que  pronto le habría aniquilado, no por causa de tomar vino, sino por otra causa que yo no pude saber de momento. Pero fué la conversación unánime que un indio guaraní, maestro de ocho instrumentos y maestro de orquesta en la aldea de “Santo Tomás”, le había pegado por hechizo esta enfermedad. Resulta que esta persona, también estaba en Buenos Aires e instruía muchos niños españoles en el violín, recibiendo general ponderación como un maestro en la música y habiendo oído entre los españoles tanta ponderación de mi Joaquín, deseoso de que nadie le fuera igual en Buenos Aires, hizo el hechizo de marras. Sea esto cierto o una simple superstición, vo estuve contento que mi Joaqum volvió a sanar” (Florian Paucke, S.J.)

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