MIEDO EN EL DESIERTO (1812)

MIEDO EN EL DESIERTO. Transcribimos del libro “Callvucurá y la Dinastía de Los Piedra”, de ESTANISLAO ZEBALLOS, la descripción que éste hace del viaje que realizó en su niñez por el célebre “Camino del Sur”, que llevaba desde Rosario a Córdoba y desde allí a Mendoza, bordeando el desierto donde imperaba el indio. “En marcha a la “Cabeza del Tigre”. Caminamos rumbo al oeste clavado, decía el mayoral, como quien avisa que se interna en el país de los salvajes, en plena pampa. Notan a poco de andar los viajeros, que el mayoral y los postillones escudriñan con señalada insistencia el lado del sur y como la curiosidad es da rápido contagio, todas las miradas se clavan en el horizonte, a través de un campo abierto, inmenso, triste y solitario. Son las doce del día. Arde un sol de estío que rarifica el aire y puebla de lagos y da paisajes isleños el desierto. La atmósfera tibia parece inmóvil; no se siente un soplo consolador y la calma y el solemne silencio imponen una sensación extraña a los espíritus, preocupados por la contemplación del sur. Nada ven los pasajeros. Todo lo ven, sin embargo, el mayoral y los postíllones —El campo está en movimiento—ha dicho aquél con voz sombría y a la vez saca de abajo de su poncho, un enorme y amarillo naranjero (1), con el morral de balas y de pólvora. De cuando en cuando, cruzan en desesperada carrera bandadas de avestruces y tropillas de gamas, como si un enemigo terrible amenazara la libertad grandiosa con que viven en esos campos. Vuelan aves del sur hacia las comarcas del oriente y aparecen en les caminos, las co­petudas martinetas que huyen del lejano pajonal. Tal es el “movimiento del campo” en la lengua singular y viril de los desiertos meridionales de la República Ar­gentina; y este movimiento se produce siempre por la presencia tumultuosa del hombre, las invasiones de los indios, los arreos de hacienda y las boleadas de aves­truces. Los pasajeros se preguntan si son indios, gauchos bolea­dores o manadas de baguales que recorren la llanura retozando, los que asustan y expulsan de sus guaridas a los moradores de la pampa. Diez minutos más y la zozo­bra es completa: una gruesa columna de polvo se levanta a la izquierda, hacia el sudoeste. El mayoral sube a la tolda y la examina de pie.. La galera rueda vertiginosa. Los postillones clavan la espuela en sus caballos por instinto y precipitan el aire de marcha. El vigía desciende y exclama con aire grave: —Castiguen muchachos!. Están como a dos leguas… y podemos ganar la Cabeza del Tigre. Carguen las armas, señores. Las señoras y los niños quedan heridos por el rayo del terror y en un estado de laxitud y de emoción que no es el de la vida y se acerca más bien al de la muerte. Los postillones delanteros han comprendido el peligro y, más cobardes o más libres que sus compañeros de atrás, desnudan sus facones para cortar las cuartas y fugar. El “mayoral” se yergue indignado y monta el naranjero. “—¡Picaros! —les grita—. No son hombres: y en cuantito juyan, los volteio de un tiro”. Uno logra desprenderse, sin embargo, y huye en sentido contrario al rumbo que trae la polvareda: el mayoral le hace fuego y los pasajeros le disparan sus revólveres. Se conoce que el caballo va herido. . . Las señoras lanzan gritos angustiosos. Los niños lloran abrazados a los cuellos maternales. Los postillones fieles lo serán más sabiendo que quince bocas de fuego les ofrecerán la muerte a la menor cobardía. Y la galera sigue su fuga desesperada. La nube de polvo se agranda, como cuando una columna cerrada se despliega en alas… y la posta Cabeza del Tigre parece alejarse tanto, cuanto más se desea. Pero la polvareda se disipa pocos momentos después como si hubiera desaparecido del suelo la causa que la arrojaba al aire y los pasajeros ven al fin la posta de Cabeza del Tigre en una cercana loma. Llegan y los hombres respiran con vigor como el que sale de una cueva honda y sombría, y las mujeres des­ahogan sus corazones angustiados, cubriendo de lágrimas las cabezas de sus hijos, que abrazan y oprimen nerviosamente, como si alguien pretendiera arrebatárselos. El maestro de posta sale fuera de los fosos acompañado de su mujer y de sus dos hijas. Hay en los semblantes de esta gente una expresión indescriptible de resignación y de terror al mismo tiempo. —/Bendito sea Dios Nuestro Señor y la Virgen Santísima que los ha salvado de los infieles!”, exclama santiguándose la mujer del maestro de posta (1) Especie de pistolón de un solo tiro.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.