MENDOZA VISTA POR UN JESUITA (24/11/1698)

MENDOZA VISTA POR UN JESUITA. El jesuita italiano ANTONIO MARÍA FANELLI partió desde Buenos Aires con destino a Mendoza, viaje que entonces era una extraordinaria aventura. El sacerdote fue uno de los muchos que por razones religiosas llegó a esas inexploradas regiones en el siglo XVII. Pero a diferencia de otros, documentó sus experiencias en un folleto que escribió a su regreso a Europa. Dejó así una curiosa descripción de las tierras americanas, vistas por un europeo, que constituyen un valioso testimonio. La expedición de la que formó parte estaba compuesta de 32 carretas, una tropa de 200 caballos y mulas, y 374 bueyes. Semejante multitud levantaba tanto polvo en el camino que los viajeros debían marchar encerrados en las carretas, pero allí adentro sufrían un calor del infierno. Cuando paraban para poder descansar un poco, eran atacados por miles de tábanos y mosquitos que enloquecían a los bueyes y dejaban a los seres humanos con las caras hinchadas. Pero no todo era tan malo. Durante el trayecto, los viajeros disfrutaban con el espectáculo que brindaba la extensa llanura, donde Fanelli asegura que no se veía un árbol “ni por milagro”. En cambio, se observaban enormes manadas de ñandúes y, tanto de día como de noche, infinidad de pájaros de hermosos colores, muy distintos de los de Europa. Las perdices abundaban de tal forma que los viajeros las mataban con un palo para consumirlas enseguida. Lo que más asombraba al jesuita era la innumerable cantidad de vacas, toros y caballos que de pronto cruzaban la pampa a gran velocidad y que “no reconocen otro dueño que el Creador del Universo”. Sólo para aprovechar la lengua o una lonja de cuero, se mataba una vaca. Fanelli tuvo oportunidad de observar de cerca una toldería y luego, con mucho detalle describió la vivienda, vestimenta, comida y costumbres de los indígenas a los que calificó de sucios, perezosos y soberbios, afirmando al mismo tiempo que usaban las armas sólo para defenderse y se lavaban la cabeza dos veces por semana, seguramente mucho más que los europeos de la época. El relato fue publicado en Venecia para satisfacer la sed de información que el Viejo Mundo tenía sobre este nuevo y “salvaje” mundo.

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