MARÍA LA MADRE DE LA PATRIA (14/11/1813)

MARÍA LA MADRE DE LA PATRIA. La heroica mujer que ayudada por sus dos hijas, no vaciló en desafiar a los realistas, para dar consuelo y apoyo a los soldados de Manuel Belgrano, luego de la derrota de Ayohuma. “La victoria es nuestra”, afirmó Manuel Belgrano cuando en la mañana del 14 de noviembre de 1813 vio descender en desfilada por la cuesta del Taquiri, rumbo a la Pampa de Ayohuma a las tropas del virrey del Perú, otra vez al mando de Joaquín de la Pezuela, su reciente vencedor en Vilcapujio. Trabada la lucha, la suerte de las armas sonrió al jefe realista y Belgrano debió apurar la copa de la amargura hasta las heces, mientras el ejército independentista, soportaba heroicamente el cañoneo que barría sus filas, “manteniéndose con tanta firmeza -así lo reconoció Pezuela- como si hubiese criado raíces en el lugar que ocupaba”. Al analizar la desgraciada jornada de Ayohuma para nuestras armas, dijo Mitre: “Nunca se ha hecho un elogio más grande a las tropas argentinas y merece participar en él una animosa mujer de color, llamada María, a la que conocían en el campamento patriota con el sobrenombre de “Madre de la Patria”. Acompañada de dos de sus hijas, con cántaros en la cabeza, se ocupó, durante todo el tiempo que duró el cañoneo, en proveer de agua a los soldados, llenando una obra de mi­sericordia como la Samaritana, y enseñando a los hombres, el desprecio de la vida”. En sus “Memorias”, Gregorio Aráoz de la Madrid, quien participó de la acción, también aporta su testimonio diciendo: “Es digno de transmitirse a la historia, una acción sublime que practicaba una morena, hija de Buenos Aires, llamada tía María y conocida por “Madre de la Patria”, mientras duraba este horroroso cañoneo como a las doce del día 14 de noviembre y con un sol que abrasaba. Esta morena tenía dos hijas mozas y se ocupaba con ellas de lavar la ropa de la mayor parte de los jefes y oficiales, pero acompañada de ambas se le vio constantemente conduciendo en tres cántaros que llevaban a la cabeza, agua que sacaba de un lago o vertiente situado entre ambas líneas y distribuyéndola entre los diferentes -cuerpos de la nuestra y sin la menor alteración”. Allá por 1827, muchos porteños solían cruzarse, en la Plaza de la Victoria o en los atrios cercanos, con una morena anciana que pedía limosna apenas con un hilo de voz. Decía llamarse María Remedios del Valle y su alimento diario dependía de la caridad de los conventuales. Un día se cruzó con ella el general Juan José Viamonte, veterano de la primera campaña en el Norte. Creyó reconocerla y le preguntó su nombre. Al escuchar la respuesta, dijo a sus acompañantes: “Esta es La Capitana», la Madre de la Patria, la misma que nos acompañó al Alto Perú. Se trata de una verdadera heroína”. Valido de su condición de legislador, a poco solicitó para la pobre mujer una pensión en mérito a “los servicios prestados en la guerra de la Independencia”. La Comisión de Poderes propuso que se le diese el sueldo de capitán de Infantería, mas el despacho no llegó al recinto. Viamonte volvió a la carga un año después y debió soportar que se alegase falta de facultad de los diputados porteños para recompensar servicios hechos a la Nación. Don Juan José tomó entonces la palabra para argüir que la benemérita mujer “es bien digna de ser atendida porque presenta su cuerpo lleno de heridas de bala, y lleno también de las cicatrices por los enemigos, y no se debe permitir que deba mendigar como lo hace”. Otros legisladores lo apoyaron y fue decisivo el testimonio de Tomás Manuel de Anchorena, antiguo secretario de Belgrano en el Alto Perú. Se aprobó el pago del sueldo y también se dispuso que se escribiese y publicase una biografía de María, además de erigírsele un monumento. Pero, desgraciadamente, la “Madre de la Patria” continuó men­digando y murió en la miseria, porque, además de las balas realistas, debió sufrir en carne propia el incumplimiento de la ley aprobada. Desde 1944, una callecita cercana al parque Avellaneda lleva el nombre de esta heroína a la que nunca se le reconocieron sus indudables méritos (extraído de un artículo de Enrique Mario Mayochi).

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