Manea de santero

Entre los muchos personajes que circulaban por la campaña argentina en el pasado, el “santero” fue quizás, uno de los más interesantes y curiosos. En realidad era un simple “mercachifle”, un “cuentero de la legua”, que a los variados artículos de su comercio ambulante, agregaba un renglón muy particular: llevaba láminas religiosas y “santos de bulto” (pequeñas esculturas de santos hechas con madera, yeso o cerámica). En los comienzos de su negocio, solían adoptar un aire de máxima humildad: cargados con un enorme fardo, recorrían a pie largas distancias en busca de clientes. Luego, a medida que iban progresaba, se los veía a caballo y con un “carguero” de tiro llevando sus mercaderías. Después, con el correr del tiempo,  ya viajaban montado en un carrito, que hasta toldo tenía para protegerlos del sol y la lluvia. Y era entonces que decidían ampliar su negocio: compraban un parejero y un gallo de riña con los que tentaban fortuna en las muchas ocasiones que le brindaban las pulperías y otros lugares que tocaba para vender su mercadería. El parejero, por lo común muy bueno y veloz, despertaba la codicia de los hombres que lo veían y muchos fueron entonces los robos que debió investigar “la autoridad”. Desconfiando de la eficacia de estas investigaciones, el “santero”, para evitarse riesgos, decidió solucionar el problema por sus propios medios y comenzó a usar una manea especial que consistía en una barra de hierro con dos abrazaderas del mismo metal y cierre con llave, que comenzó  a ser conocida como  “manea de santero”, olvidando que ya desde la antigüedad, este artefacto se utilizaba para evitar que los animales salvajes, acuciados por el hambre, se comieran las maneas de cuero, con las que algún gaucho había dejado “maneado” a su caballo, que ante la libertad que le habían regalado huía, dejando así “de a pie”, a su jinete, a merced de los peligros del desierto

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.