LOS PARAGUAYOS VISTOS POR UN INGLES (1812)

LOS PARAGUAYOS VISTOS POR UN INGLES. Reproducimos párrafos del libro “Letters on Paraguay”, escrito por los hermanos JOHN y WILLIAM PARISH ROBERSON, comerciantes británicos que, entre los años 1812 y 1815, residieron en el Paraguay. Las observaciones transcritas fueron echas por el primero de ellos, John Parish Roberson, cuando por primera vez tomó contacto con los habitantes del Paraguay. La obra de los hermanos Roberson, editada en Londres en 1838, fue traducida en nuestro país por Carlos A. Aldao, y publicada en el año 1920 en la colección ” La Cultura Argentina”, con el titulo “La Argentina en la época de la Revolución”. “Me sorprendió mucha la extraña ingenuidad y urbanidad de los habitantes de esta ciudad. En el primer rancho donde paré para pasar la noche (y fue uno de la mejor clase), pedí, cuando bajé del caballo, un poco de agua. Me fue traída en un porrón por el dueño de casa, que se mantuvo en la actitud más respetuosa, sombrero en mano, mientras yo bebía. Fue en vano pedirle que se cubriese, no quiso escuchar mis súplicas y vi, en el curso de la tarde, que sus hijos varones estaban acostumbrados a guardar igual respeto. Las hijas respetuosamente cruzaban los brazos sobre el pecho cuando servían de comer o beber a sus padres o a los extraños. Aquí, como en Corrientes, en la clase a la que mi hospitalario casero pertenecía , el castellano se hablaba poco y de mala gana por los hombres y por las mujeres nada. Todos ellos hablaban casi exclusivamente el guaraní. La mayor parte de las últimas se avergonzaban de mostrar su deficiente español, mientras los primeros demostraban gran aversión a expresarse inadecuada y toscamente en aquel idioma, lo que podían hacer con tanta fluidez y aún retóricamente en el propio. Como todas las lenguas primitivas, el guaraní admite gran cantidad de giros metafóricos. Afortunadamente, a la sazón, tenía conmigo a un joven caballero llamado Gómez, a quien en Buenos Aires había nombrado sobrecargo de mi barco y que después de una navegación cansadora de dos meses, se me había incorporado en Corrientes. De allí venía en calidad de compañero de viaje, intérprete y guía. Era natural de Asunción, de buena familia, educado y completamente versado en el idioma guaraní. Conocía las costumbres y maneras de sus paisanos y, en consecuencia, estaba bien calificado para guiarme en una tierra remota, digna ciertamente de observación, pero hasta aquí (me refiero al tiempo de mi primera visita) no explorada por ningún súbdito británico. He de exceptuar, por cierto, el sargento escocés que habiendo desertado del ejército del general (hoy lord) Beresford, cuando por primera vez lo vi, había olvidado su idioma nativo. Nunca pudo aprender ni el castellano ni el guaraní; así es que compuso en su pobre cabeza para articular tartamudeando, una jerga de cuatro idiomas (inglés, escocés, castellano y guaraní),que era casi inteligible, abundante en frecuentes repeticiones, tartamudeos, circunloquios y aclaraciones.Pero volviendo al rancho del que os hablaba, haré su descripción y la de sus moradores. Los paraguayos son llenos de urbanidad, y la siguiente anécdota será algo ilustrará esta afirmación. Tiene, naturalmente, gran prevención contra el inglés, como nación, no solamente por ser herejes, sino por haber sitiado Montevideo, donde gran parte de la guarnición se componía de tropas paraguayas. El bondadoso anfitrión, por quien fui tan respetuosamente hospedado, que había pertenecido al destacamento paraguayo defensor de aquella fortaleza, sabiendo que yo era inglés y deseando que su familia lo supiera y sin embargo, no queriendo que yo sospechase que hablaba de mí, lo hizo en la siguiente forma: en guaraní no hay una palabra para decir inglés, y los que hablan ese idioma lo expresan en español. Ahora mi anfitrión se daba cuenta de que si usaba aquel término yo necesariamente comprendería que hablaba de mí. Por consiguiente, a los que lo rodeaban, en guaraní(evitando pronunciar la palabra inglés) les dijo que yo era paisano de los que tiraron balas en Montevideo. Esto lo supe después por Gómez.Después, cenamos copiosamente, leche, mandioca, miel y un borrego asado entero. Inmediatamente después de cenar, toda la numerosa familia de nuestro anfitrión vino a él y, juntando las manos en actitud de plegaria, dijeron en guaraní: “la bendición de mi padre”. El viejo movió su mano trazando en el aire una cruz y dijo a cada uno de sus prole sucesivamente: “Dios los bendiga, mi hijo” o mi hija , según el caso , Tenía una familia de nueve, de quienes la mayor, bella joven, rubia como europea, sería como de veintidós años; y el menor, un gauchito paraguayo de ocho. Después hicieron lo mismo con la madre y recibieron de ella igual bendición. Grande fue mi deleite al ver realizar por hijos del tiempo moderno este patriarcal homenaje a su padre…”.

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