LOS PANADEROS DE ANTAÑO (1800)

LOS PANADEROS DE ANTAÑO. Es justo que no olvidemos al panadero, o repartidor de pan de la época de la colonia. Indudablemente no se parecía en nada al vendedor o al repartidor actual, que urgido por lo perentorio de los pedidos que le hacen, acuciado por un tráfico que dificulta su marcha, preocupado porque no le arranca la camioneta, vive su trabajo, con las angustias de un hombre responsable que debe trabajar en medio de un caos, de bocinas, congestiones y gente apurada. Aquél, cuando todo era calma, y había, tiempo para todo, llevaba sus enormes árganas, llenas de crujiente pan “casero” según decía su pregón, sobre el lomo de una paciente mula, que no salía del tranco y cuando más, de un trote corto. Los repartidores eran, puede decirse, en su totalidad, hijos del país. Madrugaban, y a las diez de la mañana ya habían terminado su reparto en las casas particulares y en las pulperías. Por consiguiente, como no se conocían las necesidades que hoy apremian, y como la palabra economía no existía en su vocabulario, como buen porteño franco, desprendido, y aun derrochador, creía completamente inútil emplear las largas horas que quedaban a su disposición, después de su reparto, en cosa alguna de provecho. Las mataba, pues, comiendo, durmiendo y jugando “a las barajas”. Lo primero en que pensaba el repartidor de pan era en hacerse de un caballo trotador y de un apero más o menos lujoso, con algunas prenditas de plata; cosa que pronto adquiría, ya que estos “elementos de trabajo”, eran una especie de símbolo del gremio. Sus ganancias y algún pesito que demoraba en rendirle al patrón, alcanzaba para eso y para darse otros pequeños gustos. A la tarde, ya no era el panadero. Salía en su caballo criollo puro, tusado a la criolla, con su apero arreglado, también a la criolla, y con su mejor ropita. a recorrer las pulperías y buscar, tal vez, marchantes. Tal era el panadero de aquellos tiempos, que malgastó sus horas de ocio, y que, como muchos, muchísimos de sus paisanos, no “leyó en el porvenir…”. Hoy ha desaparecido, casi por completo, de la escena: habrá tal vez un repartidor hijo del país, entre mil extranjeros.

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