LOS MATEOS

LOS MATEOS. Los últimos cinco años del siglo XIX y los doce primeros del siglo XX, fueron la edad de oro del coche de caballos, llamados “Mateos” en Buenos Aires. Ser cochero de plaza en 1900 era ser ambicioso y picar alto por tratarse de una de las ocupaciones más rendidoras. “Cuando los coches llegaron al país, a mediados del siglo XIX, se llamaban “victorias” -cuenta Juan Bernárdez, un cochero de 78 años, el más veterano de los cocheros en actividad. “Fueron traídos por la alta sociedad para usarlos en sus viajes y traslados y en 1900, ya había más de 10 mil. En 1952 quedaban 300 y hoy tan solo quedan 15”. Las pocas unidades que aún pelean contra el tiempo en la vertiginosa Buenos Aires, se han ganado un lugar en la historia con el nombre de “mateos “. “No se sabe si se los bautizó con ese nombre porque el primero que subió a un carro se llamó Mateo, o si ése era el nombre del caballo” -dice Tito López, un porteño alegre y bonachón de 55 años, que lleva 38 de paseos, al paso acompasado del caballo, por los lagos de Palermo. ¿Cuál es la historia de estos aurigas que junto a sus carruajes se defienden de los avatares de los adelantos tecnológicos, cómo resistieron a las ordenanzas municipales en 1917?. Era en sus comienzos un gremio tan rebelde que a sus miembros un escritor los denominó “jacobinos de cuatro ruedas”. “Hoy somos 14 pelagatos que hacemos esto por el gran amor que les tenemos a los caballos. Crecimos andando de corralón en corralón buscando el mango desde muy chicos -dice con gesto sincero Rodolfo Loreta, de 61 años- y seguimos en este camino, que es nuestra forma de vida”. El corralón también es historia. El sol apenas raya la mañana porteña y un señor con el torso desnudo abre el amplio portón verde de la avenida Dorrego al 400. Ocho mateos, 10 caballos, 9 petizos, 3 cabras y decenas de gallinas, dan sus buenos días, y el toque casi exótico del corralón nos quita el sueño. Pascual Galati, 37 años, 4 hijos, empieza la charla hablando de su padre y su abuelo: “Mi abuelo fue un pionero de los mateos y de él heredó mi padre los carros. Mi viejo, Esteban Galati, estuvo 61 años en el pescante; empezó a los 13 años y a esa misma edad, yo me inicié acompañándolo.” Con un crique de muescas largas, casi de museo, Pascual levanta el carro y quita las ruedas traseras. “Para mí este trabajo forma parte de una tradición y quizá por eso cuido tanto a los coches; no se trabaja por lo que se gana, que es muy poco; se lo hace por lo que uno siente. . . ” La fila de mateos cubiertos con nylon para protegerlos del rocío de la madrugada, le trae a Pascual una imagen de su infancia. “Cuando era pibe -dice- conocí el corralón de la calle Constitución: ocupaba toda una manzana y tenía dos entradas: allí guardaban 100 carruajes y había más de 100 caballos. Era algo indescriptible”. Hoy apenas quedan dos corralones en todo Buenos Aires, y esta peculioar forma de ganarse la vida, atrapa a estos personajes. “Tengo 4 hijos -dice Pascual- y a ellos también les gusta venir a quedarse mirando los caballos y los mateos.” Pascual reparte sus días entre los mateos y una camioneta con la que hace fletes, “creo que voy a morir cuidando los mateos, y quizás alguno de mis hijos los siga cuidando. Pero si no fuera por la camioneta, éste no es un trabajo que permite mantener a una familia. Antes sí: con los mateos nos crió mi padre.” El malevo y el cine. Juan Ramón Bernárdez lleva más de 40 años como cochero; para sus compañeros se llama “el Malevo”. Vive en el corralón donde guarda su mateo y sus caballos, en una pequeña pieza. Su mesa de luz es una silla destartalada con tantas quemaduras de cigarrillos como soledades hay en su vida. Su ropero es un viejo clavo donde descansan el saco y la corbata. Su vida es un enigma que se pierde entre las canas y las arrugas de su rostro. “Si los caballos hablaran sabrían más que yo de mi vida; son tantos años juntos” -dice Juan, mientras un pollo se arrima a la charla-; “me crié entre carros y caballos” -prosigue-, “era la forma de ganarse el pan en mi infancia. A los 17 años empecé con los mateos. No me han dado plata, lo más lindo son los recuerdos”. “Me di el lujo de filmar junto a Carlos Gardel “El día que me quieras”. Tito López, que se acerca para correr al pollo, no le cree, pero el Malevo se ríe orgulloso y continúa. “También participé en algunas escenas en “El conventillo de la Paloma, que filmó Hugo del Carril”, afirma. Pero Juan no tiene carruaje propio. “Yo soy peón, siempre lo fui. Tampoco tengo hijos, soy soltero. Lo único que tengo es una pensión a la vejez que no me alcanza para nada, pero por suerte me las rebusco con el mateo”. Con su voz apenas audible, Juan recuerda sus épocas de botellero, los carros tirados por cuatro caballos, y después del silencio necesario para encender un cigarrillo se queda en el presente. “De 9 de la mañana a 6 de la tarde hago viajes por Palermo -agrega- Pero no me gusta hablar mucho con la gente, yo soy chofer y punto. . . Otra cosa que hago es ir al cine, eso me gusta; también me gusta sentarme en el boliche y tomarme un vinito, eso sí, siempre solo, o con el diario. . . ” “En 1921, con la llegada de los autos norteamericanos y europeos, el trabajo de los cocheros pasó a un segundo plano; se popularizaron los autos. El drama de aquellos cocheros de plaza fue motivo para que Armando Discépolo hiciera su obra Mateo” -recuerda Rodolfo Lo reta, casado, 1 hija y 2 nietos. Su carruaje es uno de los mejor cuidados; la yegua y el caballo que se turnan para tirarlo, están recién bañados y esperando que Rodolfo decida quién sale. “Hace 20 años que estoy sobre un mateo, pero desde muy chico estuve entre los caballos. Mi universidad ha sido andar de corralón en corralón”. Estos aurigas, que llevan una vida de campo en el corazón de la cosmopolita Buenos Aires, hoy no están agremiados, ni cuentan con caja de previsión específicade ellos, ni beneficios sociales. “Estoy próximo a jubilarme, pero como también fui ordenanza municipal durante nuchos años, podré acceder a una pequeña jubilación. Pero por más que jubilen al mateo no lo dejo, es todo el capital que tengo”, afirma Rodolfo. Confiesa que su mundo son los caballos. “El trabajo no es mucho pero deja. Hay días que nos va muy bien y otros más o menos y otros muy mal –sintetiza-, “Pero nos gusta de alma, como de alma nos gustan los los caballos y eso hace que sigamos con el mateo y no lo cambiemos por otro trabajo. Tito, el rey de los Mateos. Manuel Tito López tiene 55 años y 38 de experiencia con los Mateos. Por naturaleza, es un personaje que desborda alegría y optimismo y nada oculta la prótesis que reemplaza su pierna izquierda, para ayudarlo a caminar. Ël con su mateo fue el primero que se avino a salir al asfalto al ritmo del paso acompasado de “Chispa”, una yegua tan acostumbrada a la ciudad, como al sombrero que luce sobre su cabeza, para dirigirse hacia rdín Zoológico. Con igual ritmo, Tito va dejando su historia: “Mi viejo tenía un reparto de leche y siempre me decía que me lo iba a dejar cuando yo fuera grande. Yo tenía 17 años entonces, y como no me lo dejó, me compré un coche y ahí empezó mi historia con los mateos. El mateo avanza y se multiplican los saludos; a Tito lo conoce todo el mundo y le brinda su afecto. “Esto lo vivo todos los días, no se paga con nada; tiene el valor dei cariño. . . “, enfatiza y se acomoda la gorra. Tito cuenta que cuida más su carro y su yegua que su propia vida. “Es más, son mi familia y de estirpe. El coche es un “París Dos Estrellas” que tiene más de 100 años. La yegua sabe hasta cuando estoy triste; cómo no la voy a cuidar, si mientras yo paseo ella es la que trabaja ! . . ” Tito, además de sentirse orgulloso por haber participado con su mateo en la serie “El Oriental’, con Alberto de Mendoza, se siente un guía turístico cuando sus pasajeros son extranjeros. “Es un trabajo para hacer sentir bien a la gente, pero nunca hablo si el pasajero no empieza a hacer preguntas o saca algún tema. . . ” Hoy casi todos los mateos, que quedan tienen su “parada” frente al Zoológico de Buenos Aires, en Plaza Italia y desde allí parten para efectuar los paseos que ya tienen organizados o los recorridos que se les indica. Las paseos, tienen diferentes tarifas y sus servicios son requeridos por gente joven, parejas maduras y hasta ancianos que gustan recorrer la ciudad, recordando tiempos idos. “También nos toman muchos extranjeros que buscan la novedad de nuestra oferta y hasta los novios para ir hasta la iglesia a casarse”- dice Tito, mientras hace un guiño y nos aclara que en esas ocasiones él y su yegua Chispa, “se visten de gala”. El viaje ha terminado. Tito acomoda su mateo en dos pocitos que ya tiene de parquímetro en la puerta del Jardín Zoológico, le da dos terrones de azúcar a Chispa, y mientras abre el diario empieza a pregonar: “Paseíto en mateo. los Lagos, el Rosedal….. ” (Texto completado con material extraído de una nota de José Leandri, publicada en Clarín Revista, el 26 de enero de 1986).

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.