LOS MALTRECHOS SÍMBOLOS DE NUESTRA IDENTIDAD

LOS MALTRECHOS SÍMBOLOS DE NUESTRA IDENTIDAD. Vivimos en un mundo ínterdependiente en el que la tan mentada globalización barre fronteras y borra las diferencias culturales. Mientras la Argentina busca su destino en el Mercosur, los países europeos preparan el adiós definitivo a sus monedas, que en pocos años más, todas serán reemplazadas por completo por el euro. Ya no hay más liras, marcos, francos ni pesetas y tampoco habrá rublos, dracmas o goldens. En este contexto impresionante, hasta hace poco impensable, los símbolos nacionales parecen fetiches anacrónicos. Pero los hombres estamos hechos de razón y corazón. La memoria común de los ritos escolares, empañada quizá, para algunos, por la dura realidad de ser argentinos, a otros nos recuerda que somos parte de algo propio, que queremos creer noble. Una República generosa a pesar de todo, capaz de cobijar a cuantos quieran vivir en ella. Los símbolos patrios no son ni más ni menos que signos de una identidad y un cierto ideal compartidos. Quienes apreciamos lo que representan debemos padecer con desencanto la ligereza con que se los trata. Problemas del Himno Nacional. El Escudo Nacional es por suerte sobrio, bello y sugerente como pocos. Pero nuestro Himno tiene problemas. Si los franceses hablan de cambiar La marsellesa los ingleses, el God Save the Queen, y hay italianos que proponen reemplazar su himno por el magnífico Va pensiero, de Verdi, la cuestión puede ser planteada sin rasgarse las vestiduras. No se trata de discutir la melodía de Blas Parera -si aceptar o no versiones libres a la manera norteamericana, como la de Charly García- o la letra de Vicente Ló­pez y Planes, arma de combate antiespañola, que por esa razón fue después acortada, digámoslo, en forma poco feliz. El problema es otro. Fuera de las fiestas patrias, la realidad es que hoy el Himno se entona, o desentona, sobre todo en los espectáculos deportivos importantes. Es inútil debatir si una selección de fútbol o de rugby es o no el país que representa. Lo cierto es que la práctica está generalizada y tiene su lado positivo. La competencia entre naciones por medio del deporte es un entretenimiento más saludable que la guerra. Y es bueno distraer el chauvinismo malsano de cada país en juegos convencionales. En la danza de la fortuna televisiva, los tiempos del fútbol (cuarenta y cinco minutos sin avisos) parecen eternos. Las ceremonias previas al espectáculo se apuran, amenazadas por el zapping. Y el largo y lento Himno Nacional Argentino es amputado vilmente por las bandas que lo interpretan en cualquier estadio del planeta. Nuestros gladiadores de celeste y blanco enmudecen, mientras sus rivales de turno se envalentonan cantando a voz en cuello antes de la batalla. Se dirá que no es una razón suficiente para cambiar el Himno, pero el deporte es hoy omnipresente: un argentino promedio escuchará con más frecuencia el Himno trunco (que no se canta), viendo deportes, que la versión completa en las Escuelas y en los ya raros desfiles de las fiestas patrias. Abreviar la música podría ser una solución. Se necesita una versión alternativa del Himno. Y qué decir de la Bandera. En el Colegio nos enseñaban que el celeste venía del cielo. El 20 de julio de 1816, el Congreso de Tucumán estableció por ley el color que Belgrano había tomado en 1812 de la escarapela. Por otra parte, quien pueda contemplar en el Museo del Prado, de Madrid, los cuadros de Fernando VII y la familia de Carlos IV pintados por Goya verá que la banda presidencial argentina no difiere (salvo por el sol) de la de los Borbones. Todavía hoy, el rey Juan Carlos utiliza una banda celeste pleno. Derrota y consuelo. Sarmiento decía que nuestra Bandera no había sido “atada jamás al carro triunfal de ningún vencedor de la tierra”, pero aún recuerdo el día en que mi padre me mostró las banderas que pendían del techo del templo de Los Inválidos, en París, tomadas por los franceses en la Vuelta de Obligado, derrota heroica que nuestros nacionalistas se empecinan en celebrar. Era un consuelo comprobar que las banderas de la Confederación no parecían argentinas. El azul celeste de Belgrano había mudado a azul oscuro y el sol de Mayo, a sol naciente japonés (al rojo punzó, manía obsesiva del tirano Rosas). Después de la Guerra de las Malvinas, ya no hubo consuelo. Pero tampoco desesperanza. Los países ganan o pierden guerras y siguen adelante. A pedido de las Fuerzas Armadas, en 1972, la Academia Nacional de Bellas Artes se pronunció fijando los colores exactos, celeste y oro, de la Bandera (véase el “Anuario 14”, de 1986). El color celeste, dice, es el azul cerúleo (color azul del cielo despejado), “matiz 15 na” del sistema científico de Ostwald, que llegó a clasificar 30.000 colores. La prueba de color reproducida en este “Anuario”, hecha en aquel momento por Héctor Basal- dúa, muestra un celeste mucho más intenso que el de casi todas las banderas que flamean en las calles (hay al menos dos excepciones: una que a veces exhibe el Círculo Militar y otra que se iza ocasionalmente en el monumento a los caídos en las Malvinas). En 1983, cuando volvió la democracia, la Bandera recuperó el sol, que por algún misterio se había reservado sólo para las enseñas militares. El amarillo oro del sol es el “matiz 2 na” de Ostwald. Si se consultara a los mejores diseñadores profesionales, no a los chicos de colegio que diseñaron (¿para qué hay carreras de diseño?) y eligieron la bandera bonaerense, seguramente propon-drían que el sol fuera más grande. Pero el asunto no es sólo opinable y de meros matices. Fijar las caracte­rísticas de la Bandera Nacional -sus proporciones, colores y demás detalles, es una cuestión de elemental dignidad y respeto por nuestra identidad. Es preciso de­finirla de una buena vez, por ley. Variedad de cielos. Si la realidad de la economía del siglo XXI lleva al debilitamiento progresivo del Estado-nación, los símbolos subsistirán para recordarnos al menos quiénes somos. Todos esperamos que la integración y la paz sean duraderas. Todos somos sudamericanos (y algunos, “mercosureños”), pero, con el debido respeto, nosotros no somos brasileños ni chilenos. Los turistas extranjeros admiran nuestro cielo puro y claro. En verdad, hay muchos cielos argentinos: el de Rosario que vio Belgrano no es el azul diáfano de San Juan o el azul subido de la Puna. Todos son admirables por igual, pero el del pabellón nacional es uno solo. Podríamos empezar por conocer y distinguir el azul cerúleo de la bandera que Belgrano nos legó. De Tu- cumán en 1812 a los cruentos campos del Paraguay y a las Malvinas, muchos argentinos dieron su vida por ella (copia de un texto escrito por el doctor Bonifacio del Carril para el diario La Nación). Una ampliación de este tema puede verse en “Los colores de la Patria” en Temas Puntuales).

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