LOS GAUCHOS EN LAS INVASIONES INGLESAS (1806)

En la primera invasión inglesa, fueron gauchos los que, con más denuedo que organización y disciplina, intentaron oponer sus escasos recursos de paisanos a los aguerridos batallones de los «colorados» británicos. Fueron gauchos los que intentaron detener el avance del invasor el 26 de junio, cuando al mando de PEDRO DE ARCE, los atacaron en Puente Gálvez y al no poder hacerlo, dada la tremenda superioridad numérica de las fuerzas que enfrentaban, trataron de incendiar este Puente, sobre el Riachuelo para por lo menos demorar su avance.

Y fue uno de esos gauchos quien levantó en ancas a Pueyrredón, cuando, habiendo caído su caballo durante el encuentro librado en Perdriel, peligraba su vida.. Y Oh, cosas del destino, fue precisamente en la “Chacra de Perdriel», donde por curiosa coincidencia, habría de nacer años después (en 1834) un vástago de la familia Pueyrredón:  se llamaba JOSÉ HERNÁNDEZ, era hijo de ISABEL PUEYRREDÓN, prima hermana del héroe de la Reconquista de Buenos Aires y en su libro “Martín Fierro”, les dará un hemano inmortalizando  la figura de aquellos bravos de nuestra Historia ..

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También durante las invasiones inglesas, el entonces teniente MARTÍN GÜEMES, llegado desde  Salta con el Regimiento Fijo en 1806, acreditó su fama de jinete corajudo en las acciones de esos días. LINIERS lo nombró su edecán y lo autorizó a comandar las tropas de caballería que tomaron por abordaje un barco inglés. Una inusitado acción, que se explica,  porque una pronunciada bajante del río de la Plata varó al navio británico “La Justina” y lo puso al alcance de la valerosa destreza de esos centauros criollos que tan temerariamente se lanzaron al ataque revoleando sus lazos y adelantando sus lanzas en una carga que sorprendió a los atónitos marineros ingleses que se vieron abordados ¡¡ Por la caballería !!.  Desconcertante y premonitorio estreno para  quien habría de ser más tarde, en tierras de su Salta natal, el héroe de la “guerra gaucha”

Junto a la audacia desplegada en esos escenarios, es menester destacar otro hecho protagonizado por  aquellos bravos centauros, que producido no ya en el campo de combate sino en una simple cancha de tierra pisada, les dejó bien claro a los invasores, que no les sería fácil vencer a este enemigo que se habían creado.

Antes de aclarar cómo es que fue esto, debemos recordar, aunque es bien sabido, que luego de la Reconquista de Buenos Aires, algunos de los jefes y oficiales ingleses vencidos, fueron confinados en Luján. Allí, Beresford y algunos de los otros prisioneros que lo acompañaban, tuvieron la oportunidad de presenciar un partido de pato, protagonizado por soldados criollos pertenecientes al Regimiento de Húsares.

Formados en dos bandos, frente a frente, ceñudos y firmemente enhorquetados en sus caballos, se mostraban  dispuestos a una porfía  que causó asombro entre los ingleses. Porque el epectáculo que observaban, jamás había sido visto por ellos. Un grupo incierto de hombres bien montados pujaban antes sus atónitos ojos, para apoderarse de un pato vivo, que bien pronto nada sano de él quedaba. Entremezclados en medio de una polvareda que iba de uno al otro lado de la “cancha”, todos trataban de alcanzar a uno de ellos que llevaba el pato bien en alto y sin mezquinarlo, pero bien aferrado para evitar que alguien del bando rival se lo quitara y tratando de llegar en veloz carrera, hasta la meta contraria. Pero nadie podía lograrlo. Uno corría llevando el pato y tras él corrían todos. De pronto, cuando uno de ellos lograba aferrar el pato que llevaba el rival,  comenzaba una tremenda “cinchada” a todo galope, donde cada uno de ellos, trataba de despojar al otro del pato.

Así una y otra vez. Nadie lograba llegar con el pato a la meta contraria. Hasta que, según relatara en sus “Memorias” el Capitán Ricardo Hogg (uno de esos prisioneros ingleses): “… el capitán VICENTE VILLAFAÑE, montado en un espléndido caballo, cruzó al  galope metiéndose a puro coraje en medio de una montonera, se llevó el pato sin que nadie pudiera arrebatárselo y llegando al final de la cancha,  hizo “rayar” su pingo y tiró el pato por encima del hombro”.

Tremendo espectáculo de coraje y  habilidad ecuestre que dejó pasmados a los ingleses y quizás preocupados por el futuro de sus expectativas de dominación, sabiendo que deberían lidiar con tan formidables adversarios. El teniente Coronel Dennis Pack, donó un par de espuelas de plata, como premio al ganador de esa contienda que habían presenciado,  sin imaginar siquiera que no será recordado en nuestra Historia por ese gesto, sino porque, faltando a su palabra de no intentar la fuga ni volver a empuñar las armas contra Buenos Aires, huyó junto con su jefe Beresford  y se fueron a Montevideo, desde donde volvió a combatirnos, felizmente, sin mucha suerte.

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