LOS GAUCHOS DE GÜEMES DETIENEN A LOS VENCEDORES DE NAPOLEÓN (1817)

Terminada la guerra con Napoleón, diez mil veteranos que se habían batido contra el primer capitán del siglo, fueron enviados por el rey de España, bajo las órdenes del general Morillo, a pacificar las colonias rebeladas de América. En 1815, vencieron a Bolívar, logrando desalojarlo de Caracas y así cumplieron su primer cometido en esa parte del Continente. Reunidos luego estos efectivos en Tupiza para reorganizarse, completar equipo y preparar el plan de operaciones, inician desde allí la segunda etapa de su campaña, dispuestos a sofocar ahora, la revolución iniciada en 1810 por Buenos Aires.

El plan era marchar sobre Jujuy, Salta, Tucumán, con un primer destino en Córdoba antes de proyectarse sobre la sede del gobierno patrio y a esta invasión, la tercera en orden cronológico, se le llamó la de “los sarracenos.

El ejército realista. En ocho meses, a contar desde su arribo a Tupiza, el ejército realista estuvo listo para iniciar su ofensiva sobre Buenos Aires. Lo constituían una mitad de españoles pertenecientes a las de tropas peninsulares y otra mitad americana integrada con efectivos peruanos. Catorce cuerpos de línea repartidos por igual según las armas. Siete batallones de infantería y siete escuadrones de caballería. A saber: el Regimiento de Gerona; el 1 y el 2 de Extremadura; los Granaderos de la Guardia; los Húsares de Fernando VII; los Dragones de la Unión; una brigada de artillería, y una brigada de zapadores, en lo que al grupo europeo se refiere. Y los Partidarios del Rey; los Cazadores; el Castro; el Uno del Cuzco; el San Carlos; los Cazadores a Caballo; los Dragones Americanos, y el Chichas en lo referido al grupo americano. Dieciséis cañones formaban la dotación de artillería. Y la fuerza total, según los mejores datos, alcanzaba a unos siete mil hombres, tal lo demostrado en la “Historia” del doctor Bernardo Frías. Este poderoso ejército contaba, además, con un escuadrón de arrieros que conducía quinientas mulas aparejadas, por cuyo flete se pagaba cinco mil pesos fuertes mensuales. Más de mil caballos de batalla traídos a diestro desde la costa del Pacífico, y otras tantas mulas de silla. Un poderoso parque, abundantes municiones, vestuario, equipaje, hospitales de campaña y una caja de setecientos mil pesos fuertes en reserva, estando la tropa pagada al día, debiéndosele agregar a esta suma, los envíos mensuales que se le hacían desde el Perú y que no fueron nunca inferiores a los ciento cincuenta mil pesos fuertes por remesa.

Su jefe era JOSÉ ÁLVAREZ DE LA SERNA E INOJOSA, Mariscal de Campo de los ejércitos de Su Majestad, Caballero de la Orden de San Hermenegildo, un militar de sólido prestigio. Su segundo jefe, JERÓNIMO VALDÉS, futuro conde de Torata. Y sus mandos estaban integrados por nombres como el de OLAÑETA, CARRATALÁ, VIGIL, VILLALOBOS, FERRAZ, SARDINA, LATORRE, CAMBA, GABRIEL PÉREZ y BALDOMERO ESPARTERO, entre otros.

El 3 de enero de 1817, luego de haber tomado Humahuaca el 24 de diciembre del año anterior, se dio la orden de invasión rumbo a Jujuy. Y allá fueron, en el decir popular, los sarracenos, la fuerza realista más poderosa que viera esta parte de América. Venían dispuestos a pelear contra un ejército regular, armado con fusiles, bayonetas y cañones. Dispuestos a matar, pero no muy dispuestos a morir. Con jefes conocedores, de elementales reglas tácticas y estratégicas y en un medio al que consideraban adicto a su Rey. Pero con qué se encontraron?. Contra quién tuvo que pelear tan selecta, numerosa y bien pertrechada tropa?

Los gauchos de Güemes. Pues contra un ejército que no era como los demás ejércitos. Contra dos provincias, Salta y Jujuy, levantadas en armas por sus jefes populares y puestas bajo las órdenes del caudillo MARTÍN MIGUEL GÜEMES, y sin más recursos que los propios y los que le acercaban pobladores y vecinos que los amaban. Esta tropa carecía de armas reglamentarias y de uniformes. Eran hombres que iban a la guerra con lo que poseían. Su caballo, su facón, su lazo, sus boleadoras y sus ponchos, haciendo la guerra con métodos que no eran precisamente los enseñados en los cuarteles y en las academias militares y que por eso mismo, no guardaban religiosamente, las leyes de la guerra y más que dispuestos a matar, iban al combate, dispuestos a morir.

El general La Serna, antes de iniciar la invasión, los calificó de bandidos y, en un principio, no respetó a los prisioneros que tomaba, haciéndolos fusilar. “¿Cree usted por ventura —escribía el general español— que un puñado de hombres desnaturalizados y mantenidos por el robo, sin más orden, disciplina, e instrucción que la de unos bandidos, puede oponerse a una tropa aguerrida y acostumbrada a vencer a las mejores de Europa?” Y no solo eso: “Tenía por una ilusión la relación que les hacía de la clase de enemigos, su multitud, las operaciones de los gauchos y su manación de los sitios menos pensados”, decía el comandante Báez en carta a Pezuela. ¿Sus jefes? Improvisados militares criollos. Civiles obligados por las circunstancias a tomar las armas enfrentando a la flor y nata de la oficialidad española: Cortez, Álvarez Prado, Iriarte, Coyechea, Portal, Medina, Pastor. los Quintana, Lanfranco, don Pachi Gorriti, que, por pro­mesa, vestía un hábito talar, Zabala, Zerda, Morales, apodado El Costeño, Velarde, Burela, el hombre de los cien combates, El Chocolate Saravia, con el alias referido al color de su piel, el capitán Ontiveros, jefe de una partida del comandante Arias, Rodríguez y tantos otros.

Y la taba echó desgracia. Sin embargo, “a los maturrangos la taba les echó desgracia”. Al poco tiempo, no más, tuvieron que reconocer que peleaban contra un verdadero ejército, quizás no como los que habían enfrentado en el pasado, pero si, con un alto espíritu de lucha, conocedor del terreno, traductor de la noche y de sus silencios, amado por los pueblos por donde pasaba, decidido a imponer “sus reglas” en esta guerra. Valga como ejemplo, la mención de una de las medidas que tomó Güemes para terminar con la innoble orden de La Serna, de fusilar a los prisioneros que tomaba en combate: Autorizó a los gauchos a sacarles a los prisioneros españoles una tira de piel, de dos dedos de ancho, desde el cuello a la cintura, y devolverles en el acto la libertad. Solo cuando La Serna dejara de fusilar a los criollos que apresaba, ellos dejarían de desollar.

Y así fue. El pánico se apoderó del invasor. La llegada de una tromba humana, salida de quién sabe donde, la emboscada letal, la carga suicida a lanza y sable, la mortífera de trabucos y naranjeras, la hostilidad que los rodeaba, fueron sumando sus efectos y a partir de ese momento comenzó la derrota efectiva del invasor. Derrota material que ya venían trayendo a la rastra desde que entraron, y derrota moral que concluyó el 5 de mayo del mismo año cuando los godos dejaron Salta de regreso al Alto Perú. Los recursos de apoyo que había pedido Güemes al Gobierno de Buenos Aires para enfrentar al enemigo finalmente llegaron, pero llegaron después de haberlos echado hacia el Alto Perú. Cuarenta fusiles y 300 caballos flacos que, en definitiva, no fueron para Güemes sino para el jefe de la comandancia de San Carlos, don Gaspar López.

A Güemes le sobraba pueblo y coraje y ese abandono al que lo sometió el gobierno de Buenos Aires, no le impidió triunfar y pasar a la Historia como el hombre que con sus gauchos, ganó el tiempo y la tranquilidad que necesitaba San Martín, para terminar de organizar su expedición libertadora de Chile. “A este pueblo no lo conquistaremos jamás”, dirá más tarde La Serna, y esas palabras serán el epílogo de un viejo relato que recuerda aquellos días de las hazañas de Güemes y sus gauchos: “El caserío perdido en la espesura figuraba como un borrón en la selva salteña. Las ráfagas de viento traían por momentos bochornoso calor mientras el sol radiante iluminaba el paisaje con trazos vigorosos. Ni un solo hombre.a la vista. Sólo mujeres, niños y ancianos habitaban el paraje. Los demás, los fuertes, se habían ido con Güemes. De vez en cuando se oía allá a lo lejos, detrás de monte, el rápido galopar de caballos. Los gauchos preparaban la emboscada… Cerca del arroyo está el sendero, que sólo ellos conocen, por el que han de cortar la retirada de la patrulla realista después de atacarla de frente.

En las casas ha llegado la hora del mate cocido. Doña Juana tiene en sus faldas a Francisquito, de apenas cuatro años de edad, y lo riñe porque “corcovea” ante el brebaje demasiado caliente. El General Valdez, jefe de las fuerzas realistas, llega por un atajo y se detiene ante el tierno cuadro… “Es la naturaleza misma; gentes sencillas…” comenta con su ayudante. Casi se apena de ser enemigo. Sin embargo, allí vienen con él tres mil hombres aguerridos. Francisquito lo mira: ¡el invasor!. Exclama la madre y alcanza a decirle unas palabras al oído. El chicuelo, como luz, monta en pelo en un zaino y parte a la disparada a avisar a los hombres de Güemes la llegada de los “gringos”. Valdez comprende la estratagema. Sabe que en el primer recodo volverá a perder varios de sus hombres…“A este pueblo no lo conquistaremos jamás!” exclama.

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