ABORÍGENES “LOS CHARRÚAS” (1729)

Los “charrúas” eran unos aborígenes que ocupaban ambas márgenes del río Uruguay en su zona central. Cazaban venados y ñandúes  y se ayudaban con la pesca y con la recolección de huevos de ñandúes y cogollos de seibo. Se guarecían con paravientos de esteras atadas a postes. Vestían una simple “pampanilla” (tipo de camisola) de cuero y en invierno un manto de pieles  decorado con dibujos geométricos. Los hombres usaban un largo “tembetá” y un tarugo en la nariz. Se tatuaban la cara y cuando salían a guerrear se la pintaban. Iban armados con arco y flechas de punta lítica, que llevaban en un carcaj de cuero, con una jabalina, boleadoras y honda. Cuando volvín vencedores de algún encuetro, traían las cabezas de sus vencidos como trofeo.Cada vez que se moría un miembro de la familia, los hombres se martirizaban clavándose astillas en los brazos y las mujeres se cortaban una falange. De otros pueblos, aprendieron a modelar una tosca alfarería que decoraban con incisiones.

Refiriéndose el padre jesuita Cattáneo a estos indígenas que había conocido durante su viaje por el río Uruguay, nos dice: “La nación más numerosa entre todas éstas es la de los Charrúas. Gente bárbara que viven como bestias, siempre en el campo y en los bosques, sin cama ni techo. Van vestidos a la ligera y siempre a caballo, con arcos, flechas, mazas o lanzas y es increíble la destreza y prontitud con que manejan sus caballos. Esta habilidad es común a casi todas estas naciones; de modo que, aunque los españoles sean grandes jinetes, superiores a cualquiera otra nación de Europa, sin embargo, es rarísimo el caso de que puedan alcanzar en la carrera ni acometer con la lanza a un indio. Cierto día que volvimos a pasar a la derecha del río, nos vinieron al encuentro en la plava, no sé cuántos Guaridas, que es otra nación numerosísima que habita el gran país situado entre el Uruguay y el mar, hasta nuestras Misiones.

Estaban todos a caballo, hombres y muchachos, entre los cuales observé un chiquillo que estaba acostado sobre su caballo como en una cama, con la cabeza en el cuello y los pies cruzados sobre la grupa, postura en que estaba mirándonos atónito a nosotros y a nuestros indios. No vestía más traje que un andrajo, que a manera de tahalí le venía desde el hombro derecho hasta debajo del brazo izquierdo, en cuyos pliegues guardaba sus provisiones como en una bolsa. Después de haber estado un rato mirándonos de ese modo, se enderezó de improviso en su caballo y tomando la carrera desapareció. Pero lomás maravilloso de esa ligereza en correr, era que no tenía silla ni estribos, ni espuelas, ni tan siquiera una varilla con que estimular a su caballo, sino que iba casi enteramente desnudo sobre un animal también absolutamente desnudo. Imagináos entonces que será de estos hombres, que están aún más ejercitados.

Volviendo a los “charrúas” debo insistir en que son gente verdaderamente bárbara y como se exponen casi desnudos a la lluvia y el sol, toman un color tostado; sus cabelleras, de no peinarlas jamás, son tan desgreñadas que parecen  furias. Los principales llevan engastados en la barba algunos vidrios, piedras o pedazos de lata y otros tienen apenas un dedo o dos en las manos, porque todos ellos, hombres y mujeres también, se cortan una articulación en señal de duelo, por cada pariente que muere..

Las mujeres son las que trabajan en las necesidades de la familia y particularmente en las contínuas mudanzas de sus barracas de un sitio a otro, oportunidades que cargan con todos sus bienes y además con uno o dos niños cargados sobre sus espaldas, marchando siempre a pie, mientras los hombres, todos a caballo viajan portando solamente sus armas.

No plantan ni siembran, ni cultivan los campos de modo alguno, contentándose para su alimentación con los animales que encuentran en abundancia en todas partes y que son su alimento preferido. Gustan, sin embargo, lo mismo que sus vecinos, los “pampas”, más de los porotos que de la carne. No tienen habitación fija, sino que andan siempre vagabundeando; hoy aquí, mañana allá, lo mismo que hacen sus vecinos, los “genoas” y esta característica ha sido siempre el motivo principal para no lograr su conversión: como no están estables en ninguna parte, resulta imposible instruírlos ni administrarles los sacramentos, ya que hoy han de estar en un lugar y mañana en otro, haciendo sumamente difícil el trabajo de los sacerdotes (padre jesuita Cayetano Cattáneo).

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