LOS CARNAVALES DEL SIGLO XX

Los carnavales fueron una fiesta popular que venía desde tiempos remotos en América y los contenidos de esta festa vinculados ancestralmente con la «madre tierra», fueron transformados por la llegada de los conquistadores españoles. Y al  incorporar así otras formas y otros protagonistas, las calles de Buenos Aires comenzaron a iluminarse con los «Corsos barriales» y los juegos con agua, reemplazantes quizás de las famosas batallas florales venecianas..

Los corsos.
A comienzos del siglo XX, eran más de una veintena los corsos que se realizaban en Buenos Aires durante los carnavales. Fueron famosos los de las calles Artes (hoy Carlos Pellegrini), que iba de Rivadavia a Córdoba; luego le seguían los de la calle Belgrano, Buen Orden (hoy Bernardo de Irigoyen), Estados Unidos, Defensa, Entre Ríos, Piedad (actual Bartolomé Mitre) del cual en 1902 el mismo Mitre fue presidente honorario, y el desfile improvisado en la joven, pero ya popular avenida de Mayo.

En las periferias, el de mayor fama era el de la Parroquia de San José de Flores; organizado con fines benéficos, contaba con la presencia de distinguidas personalidades radicadas en la zona, y otras que se hallaban veraneando en las quintas del lugar. Se destacaban además, los de La Boca, Barracas y Belgrano. En los barrios, la fiscalización y mantenimiento del orden corría por cuenta de las comisiones de vecinos, que muchas veces iban montados a caballo, vistiendo pantalones blancos para distinguirse. La gente, si bien se divertía con el juego de pomos de “agua florida” con  serpentinas “el loro”, papel picado  y flores, y se extasiaba ante el desfile de los carruajes, esperaba ansiosa el desfile de carrozas, que era en si, un espectáculo que colmaba todas las expectativas.

Los carros alegóricos que participaban en los desfiles, llevando a las Reinas y Princesas del Carnaval, que habían sido elegidas durante una espectacular ceremonia realizada la noche anterior, competían en mostrar tanto originales diseños y motivos, como cuidadosa confección, muchas veces, producto de muchísimas horas y noches de vigilia.  Grandes figuras alegóricas, un “estrado elevado”, donde la reina y sus princesas mostraban su belleza al son de la música que las alentaba a realizar  graciosas danzas y complicados andamiajes ocultos que mantienen colosales estructuras, eran  construídas sobre plataformas tiradas por caballos, aunque algunas, ya se animan a utilizar para ello, los pocos automóviles o “chatitas”, que comenzaban a circular por las calles de Buenos Aires.

El juego con agua
Pero no todo eran los corsos y los desfiles de carrozas para festejar el Carnaval. En los barrios de Buenos Aires y en todas las provincias del interior, la costumbre de las batallas con agua, fue un juego que contaba con gran número de adeptos. Bandadas de chiquilines recorrían las calles portando baldes con agua y “bombitas de colores” (globitos de látex llenados con agua) que arrojaban a los transeúntes distraídos que quedaban a su alcance o se empeñaban en “feroces combates” entre ellos o con vecinos de otros barrios que llegaba para dirinmir fuerzas, mientras los mayores, subidos a un carro o quizás a algún camioncito, llevando grandes recipientes con agua, se divertían arrojando baldazos de agua a los atrevidos o despistados, que se animaban a asomarse a los balcones para “simplemente mirar.

Sin duda, el ambiente y el respeto que se mantenía, aún en esas circunstancias, cuando los carnavales se vivían a adrenalina pura, eran características de una época que no volverá. Recordamos que estando en la provincia de Entre Ríos, la intendencia municipal de la ciudad de Paraná, como la de muchas otras provincias argentinas, había dispuesto que a las 3 de la tarde se lanzase un bomba de estruendo desde el edificio municipal, anunciando que a partir de ese momento y solamente hasta las 5 de la tarde, el juego con agua estaba permitido. Durante esas dos horas todo estaba permitido y  nadie tendría derecho a quejarse si era atacado con agua..  Lo bueno era que llegadas las 5 y un minuto de la tarde, para la autoridad, por ese día, los carnavales habían terminado y cualquier transgresión era penada con la cárcel y no había excusa alguna para evitar el castigo, que era de cumplimento riguroso.

Las murgas
Pero en los corsos y en las calles de Buenos Aires y de todo el país, no sólo había carrozas, reinas y papel picado. Grupos de desenfadados chicos y adolescentes, recorrían todo el trayecto de esa bulliciosa caravana, moviéndose y haciendo contorsiones a cada cual más extravagante, disfrazados de “cocoliche”, pintada la cara  y tocando “la tabla de lavar”,  el bombo o la pandereta. Eran las murgas, que con sus cantos y recitados provocativos, contestarios y muchas veces atrevidos y subidos de tono, no sólo participaban en el Corso, sino que recorrían las calles de las ciudades, provocando el asombro, la curiosidad y a veces el disgusto de los transeúntes por el tono de sus cantos. Las murgas son quizás,  otra de las costumbres rioplatenses que sufrió una drástica diferenciación entre las de la Argentina y las del Uruguay, país hermano donde las Murgas, han devenido en un increíble espectáculo artístico musical de buen gusto, calidad escénica, lujo, elegancia  e ingenio.

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