LOS CABALLOS CRIOLLOS (1537)

LOS CABALLOS CRIOLLOS. El caballo no existía en América hasta su descubrimiento por Colón al servicio de España. Los indígenas a quienes, en un principio de la conquista, les estaba prohibido montarlos, con el tiempo se identificaron con él y llegaron a creer que era oriundo de nuestra tierra. LUCIO VÍCTOR MANSILLA en “Una excursión a los indios ranqueles” narra la discusión que tuvo lugar en las tolderías de MARIANO ROSAS, en torno al origen del caballo. Relata allí, que los indios sostenían que el caballo les pertenecía por ser oriundo del lugar. Mansilla les preguntó corno denominaban diversos animales de la pampa, como el tigre, el puma, etc. Y de inmediato les dieron los nombres araucanos y al preguntarles como denominaban a sus yeguarizos, le respondieron Kawallu. “Ven, les respondió Mansilla, no tienen otro nombre para darle que el que le dan los blancos”. Cabe citar como antecedente en tierra americana del caballo, la existencia en épocas remotas en nuestra tierra, de un animal de ese tipo, de sesenta centímetros de alzada, con el vaso abierto en forma de pezuña, conocido con el nombre de “Hipidiom o Plichippus” que se extinguió después de la época del Plioceno. Los primeros yeguarizos europeos desembarcaron en Haití el 29 de noviembre de 1493, eran quince entre caballos y yeguas, los que arribaron tras penosa travesía en las frágiles carabelas de la época. Inicialmente les sirvieron a los conquistadores como medio de transporte y de combate. Según consta en el Archivo de Indias, estos animales conocidos como “rocines”, eran muy rústicos, de poca alzada, ya que no superaban el metro y medio, siendo poseedores de una gran resistencia. En nuestro territorio, es Pedro de Mendoza, el primer fundador de Buenos Aires, quien introduce 72 caballos y yeguas, que tras el abandono del lugar por los castellanos, el 10 de agosto de 1541, quedaron libres en la ubérrima tierra bonaerense y proliferaron en gran número, constitu­yendo las grandes manadas de ganado reyuno, al decir del rey, pues no tenían dueño, que con el tiempo se constituirían en patrimonio de las tolderías y medio de transporte y de guerra de los indios pampas y araucanos. Estos animales eran mezcla de caballos andaluces y berberiscos o africanos. Entre los cristianos, el gaucho, mezcla de blanco con sangre india, también se familiarizó con el caballo. Pero no fueron los yeguarizos de Mendoza los únicos que entraron a nuestro suelo por esos años. En 1542 las expediciones de DIEGO DE ROJAS y ALVAR NUÑEZ CABEZA DE VACA y en 1550 la de NUÑEZ DE PRADO, penetran en nuestro territorio trayendo consigo equinos. Grande fue la sorpresa del segundo fundador de Buenos Aires, cuando en 1580, vio en las llanuras próximas a las riberas del Plata, grandes manadas de ganado caballar, que estimaron en 12.000 cabezas. En este ganado según FÉLIX DE AZARA predominaban los pelos colorados, zainos y tostados, a los que se sumaban una gran variedad de pelos y manchas, entre ellos los gateados, lobunos, overos, rosillos, bayos o tobianos. Eran características de de estos yeguarizos, que superaban ligeramente en promedio el metro cuarenta de alzada, de cuello corto, ollares amplios, crines abundantes, ancas fuertes, lomo parejo y ancho, patas fuertes y cuartillas cortas, siendo el caballo pampeano, más robusto que el serrano, quizás por las mejores posibilidades que le daba la pampa, para correr y resistir grandes distancias. El indio educó el caballo para la pelea y lo hizo arisco, en cambio el criollo que con el tiempo lo transformó en su compañero y lo empleó como instrumento de trabajo, hizo de él un animal manso, bueno y condescendiente. El caballo ha dado lugar en nuestro país a un rico vocabulario de tipo popular, que según GUILLERMO ALFREDO TERRERO, abarca alrededor de quinientas voces y que incluyen desde “Abajarse”, cuando se desciende de la cabal­gadura; pasando por “A media rienda”, cuando se corre a media velocidad; o “A media juria” , es decir correr a la mitad de sus máximas posibilidades; “Aparearse” o colocarse a la par; “Bagual”, animal chúcaro o salvaje; “Bellaco”, ariscos y corcoveadores; “Cabresteador”, manso para llevar de tiro; “Chapino”, que tiene largos los vasos o pezuñas; ” en todita la juria”, a toda velocidad; “Estrellero”, los que tienen la manía de levantar sorpresivamente la cabeza; “Hocicada” tener una caída o entregarse; “Mostrenco”, sin dueño conocido; “ore­jano”, el que no tiene marca o señal; “Retomar”, caballo que excita a las yeguas sin servirlas; “Sotreta” que tiene las manos flojas, hinchadas y a veces golpeadas; “Varear”, correr para preparar un caballo parejero y tantos otros. Uno de los símbolos de la presencia argentina en las Islas Malvinas, es que aún hoy, en los campos del archipiélago, se siguen usando muchas de estas voces, que empleaban los gauchos de LUÍS VERNET cuándo éste fue su primer Gobernador (ver “Origen de los caballos en el Río de la Plata)

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