LOS CABALLOS “PATRIOS” (23/3/1831)

LOS CABALLOS “PATRIOS”. Entre 1825 y 1835, los usos y costumbres, las normas, los robos y la misma “campaña”, fueron cambiando la figura del caballo perteneciente al Estado y ya no era tan fácil reconocerlo. Juan Manuel de Rosas, en sus “Instrucciones a los Mayordomos de Estancias”, allá por el año 1825, ya utilizaba la denominación “caballo patrio”, diciendo: “Si algunos cayesen a las estancias, y se ve que indudablemente son patrios, en este caso se echarán a la cría, y en ella estarán sin tocarse, hasta que se presente algún soldado o algún oficial pidiendo auxilio; en cuyo caso se le dará de los patrios, sin decirle que es patrio el caballo que se le da.” En la obra “Cinco años en Buenos Aires, 1820 -1825”, escrita por un inglés, su autor nos relata: “Hubo tiempos en que los robos de caballos, riendas y monturas eran muy frecuentes, en las calles, pero la vigilancia de la policía ha dado fin a estas irregularidades, apoyados por la vigencia de una ley que establecía que todo caballo debía tener una marca de fuego que indicara su procedencia”. El 23 de mayo de 1829, el gobernador Martín Rodríguez, estableció por decreto, que el caballo era “un artículo de guerra” y poco más tarde, el 27 de enero de 1830, Juan Manuel de Rosas decreta que “Los caballos del Estado que han sido señalados con la oreja cortada, serán marcados con la letra P, en el término de cuatro meses contados desde la fecha” y a continuación expresaba: “…. vencido el plazo, la sola señal de la oreja cortada no dará derecho al Estado para apoderarse de los caballos, y se considerarán de la propiedad del hacendado cuya marca llevaren”. Posteriormente, el 26 de febrero de 1831 establece penas para aquellos que alteren las marcas de los caballos del Estado. La denominación “Caballo Patrio” nace oficialmente el 23 de marzo de 1831 con un Decreto de Rosas donde dice: “Todos los caballos del Estado, tengan o no la oreja cortada, como sean de cualquiera de las marcas de la Provincia, serán llamados en adelante caballos patrios”. Debemos imaginarnos como los caballos en plena campaña podían terminar en otra provincia o en alguna toldería, para luego ser vendidos y seguramente remarcados. Bastante gráfico, en este punto, es el “Plan de Fronteras” elevado en 1816 por el coronel Pedro A. García: “No será exceso asegurar, que en lo que ocupa la línea de frontera, exceden los robos anuales de 40.000 cabezas de ganado vacuno, y acaso igual o mayor número de caballos, yeguas y mulas; sin que basten a contenerlos las reconvenciones del gobierno, y sus reiteradas ofertas de buena amistad; porque siendo sus campos tan dilatados, como sus poblaciones en pequeñas tribus, eluden fácilmente el cargo”. Esto causó mucha preocupación en las autoridades, en pri­mer lugar porque desde 1831 no era necesario que el caballo patrio tenga la oreja cortada, cosa fácil de identificar, sino que tuviera la marca correspondiente; esta marca era posiblemente remarcada, o borrada como se decía. Entre 1833 y 1834 Rosas realizó la Campaña al Desierto con algo más de 5000 caballos, en su mayoría patrios, rescatando de las tolderías a 707 cautivos. Con el tiempo, allá por 1870, el caballo patrio sufrió algunas críticas. Recordemos que Eduardo Gutiérrez en Juan Moreira decía :”… caballo flaco, que de puro hambriento y bichoco, parecía un caballo patrio” o en similar sintonía a Lucio V. Mansilla, quien en “Una excursión a los indios Ranqueles”, dice:” ….empecemos porque le falta una oreja, lo que, desfigurándole, le da el mismo antipático aspecto que ten-dría cualquier conocido sin narices. Está siempre flaco, y si no está flaco, tiene una matadura en la cruz o en el lomo; es manco o bichoco; es rengo o lunanco; es rabón o tiene una porra enorme en la cola; está mal tusado, y si tiene la crin larga hay en ella un abrojal; cuando no es tuerto tiene una nube; no tiene buen trote ni buen galope, ni tranco ni sobrepaso” (copia de un artículo de Emiliano Tagle).

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