LOS BARRIOS DE BUENOS AIRES

Buenos Aires comenzó a desarrollarse alrededor del casco histórico fundacional. Etimológicamente la palabra “barrio” proviene del árabe: “barrí”, y significa afueras de la ciudad. A comienzos del siglo pasado, muchas de esas zonas alejadas del centro eran chacras o quintas que paulatinamente se fueron diferenciando por características propias de sus espacios, actividades y población.

La cultura popular nos habla de cien barrios porteños aunque la Ordenanza N° 23.698 del año 1972, estableció que son sólo cuarenta y siete. ¿Cuáles son los barrios que reconocen los vecinos? Hay barrios con distintas cronologías y tradiciones, unos muy recientes, como Puerto Madero, otros que son reconocidos por sus habitantes pero que no existen en la nomenclatura, como “Once”, otros con nombres nuevos o no tan nuevos. Por ejemplo, en lo que hoy es Cabildo y Juramento estaba la posta de carretas que salían por un camino para el interior y se la conocía como “Barrio de las carretas”. Y había también un camino que unía la estación Belgrano con el centro: era una diagonal que cruzaba por el que se llamaba “Barrio Las cañitas”, porque parece que allí habían crecido muchas cañas y que hoy es la coqueta avenida Luis María Campos. Y también estaban el “Barrio del Tambor” y el “Barrio Cafferatta” y el “Barrio del mondongo”, que tampoco tuvieron el honor de figurar en los registros oficiales (1).

El barrio y sus orígenes
El primer asentamiento urbano en la ciudad de Buenos Aires se produjo en 1536 con la llegada de Don Pedro de Mendoza. La segunda y definitiva fundación hecha por Juan de Garay en 1580, que llegado desde Asunción con unos pocos hombres levantó un fuerte de adobe y trazó un proyecto de ciudad ya le dio forma de damero, con 250 manzanas, según las disposiciones de la metrópoli española, con previsiones para lo que serían la iglesia, el Cabildo, la plaza, y hasta la cárcel.

La modesta ciudad, a fines del siglo XVIII, pronto se transformó en capital del nuevo Virreinato creado como parte de un grupo de reformas llevadas a cabo por los Borbones con especial interés de la Corona por proteger el sur atlántico del peligro enemigo. A partir de entonces, el progreso de la ciudad no se detuvo y comenzaron a aparecer “los barrios”, como estructuras sociales independientes y circunscriptas no sólo por calles y avenidas. Sus características edilicias, el nivel social, ocupaciones y estilo de vida de sus vecindarios, marcará la impronta de ellos y en su conjunto, habrán de constituír una de las más bellas ciudades del mundo.

Un censo de 1836 daba cuenta ya de la existencia de 29 barrios con 62 mil habitantes dentro de los que se consideraban barrios residenciales. Hoy, aunque  se habla de los “cien barrios porteños”, la verdad es que son solamente 47 los reconocidos por el gobierno municipal. Son ellos (puestos en orden alfabético): Agronomía, Almagro, Balvanera, Barracas, Belgrano, Boca, Boedo, Caballito, Chacarita, Coghlan, Colegiales, Constitución, Flores, Floresta, Liniers, Mataderos, Monserrat, Monte Castro, Nueva Pompeya, Nuñez, Ortúzar, Palermo, Parque Avellaneda, Parque Chacabuco, Parque Patricios, Paternal, Puerto Madero, Recoleta, Retiro, Saavedra, San Cristóbal, San Nicolás, San Telmo, Vélez Sarsfield, Versailles, Villa Crespo, Villa del Parque, Villa Devoto, Villa General Mitre, Villa Lugano, Villa Luro, Villa Pueyrredón, Villa Real, Villa Riachuelo, Villa Santa Rita, Villa Soldati, Villa Urquiza (ver breves comentarios acerca de algunos de ellos en Crónicas):.

Barrios históricos no incluidos en la nomenclatura municipal
Barrio “Caferatta
Por error se dice que la zona inspiró el tango “Ventanita de arrabal”, cuya letra fue compuesta por PASCUAL CONTURSI y su música por el  artista napolitano ANTONIO SCATASSO y que fue grabado por CARLOS GARDEL en 1927, donde se hace referencia al “Barrio Caferata”: Nuestro aserto se funda en que en esa zona de Buenos Aires,  no había “conventillos” y que el término lunfardo “caferata”, empleado ese tango, fue empleado como un derivado de “cafishio”, o sea proxeneta.

Compuesto por blancos chalets de estilo inglés son de dos tipos: la casa individual o separada y las gemelas o semiseparadas, en ambos casos de dos plantas. Todas las casas son de mampostería, con estuco y techos de tejas españolas y francesas. Tienen un pequeño jardín al frente de la breve vereda y otro más amplio al fondo y mosaicos en damero, blancos y negros. Algunas poseen tres dormitorios: la mayoría, dos. A pesar de los intentos de modernización traducidos en los chalet de estilos disímiles, todavía esas viviendas mantienen su identidad de notoria influencia británica similar a los “community housing” de los Estados Unidos. Son viviendas alineadas alrededor de un edificio central, en este caso la escuela primaria “Antonio A. Zinny”.

Hasta comienzos del siglo XX, el Gobierno Nacional no regulaba ni intervenía en los asuntos de las viviendas ni en el de los alquileres, pero durante los años de la primera guerra mundial, debido a la proliferación de los conventillos y a las pésimas condiciones de los inquilinos, se agudizó la necesidad de dar solución a los problemas habitacionales de la Ciudad de Buenos Aires y el diputado conservador y dirigente católico  JUAN F. CAFFERATTA, fue uno de los principales propulsores de la legislación relacionada con este tema. Presentó un proyecto de ley que proponía poner en marcha un plan para construír casas baratas para familias con escasos recursos y el 5 de octubre de 1915 fue sancionada la  Ley 9.677, también llamada “Ley Cafferatta”, disponiendo la creación de la “Comisión Nacional de Casas Baratas” (CNCB),

En 1919, esta Comisión ya había construido frente al Parque Patricios, una “primera casa colectiva” para obreros, que fue llamada “Valentín Alsina” y en el año 1920 construyó el primer barrio obrero. Se conoció como “Barrio Butteler”, y tanto este como el “Valentín Alsina”, aún se mantienen en pie.

El tercer Barrio que levantó esta Comisión fue un conglomerado edilicio compuesto por 161 casas individuales, ocupando 16 manzanas del actual “Parque Chacabuco”. Son casas apareadas, en espejo, con dos pasillos a cada costado con entrada directa al jardín trasero. Sobre las esquinas, los lotes son más grandes y cuentan con jardines delanteros extensos. En la conformación del barrio se utilizaron diversos modelos de viviendas individuales apareadas, resueltas en dos plantas con tejados a varias aguas, jardines y fachadas que, en conjunto, refieren estilísticamente al chalet de tipo inglés o normando, como imagen (casi obligada en aquella época), de lo que “debía ser” una casa digna. El estudio de estas tipologías y de los elementos invariables del barrio (techos a varias aguas, fachadas revocadas, ocupación del suelo), son la base de la normativa elaborada, que busca el mantenimiento de las características arquitectónicas y ambientales que motivaron en primer lugar su declaración como APH.

El “Barrio Cafferatta” comenzó a construirse en 1918 y fue habilitado en junio de 1921, durante la intendencia de JOSÉ LUIS CANTILO, cuando el radical HIPÓLITO YRIGOYEN era el Presidente de la Nación. Se lo llamó “Barrio Cafferata” en homenaje al diputado autor de la iniciativa de crear la “Comisión Nacional de Casas Baratas”. Fue uno de los primeros proyectos de construcción estatal de viviendas baratas para personas de bajos recursos y es considerado como el tercer barrio obrero oficial.. Cuando el Barrio se inauguró en 1921, a sus alrededores todo era campo (Flores, como un pueblo consolidado, era el centro más cercano para salir de la soledad) y el lugar fue elegido, porque la idea del Gobierno era extender la ciudad hacia sitios lejanos, para ir generando nuevos espacios y polos de desarrollo, para ampliar la planta urbana.

Pronto fue evidente que por su estructura administrativa, el “Plan de Casas Baratas” no tendría buen fin. Estos primeros Barrios que hemos comentado, fueron destinados al universo de los empleados públicos y para comprar estas casas, el Banco Hipotecario daba a los interesados créditos que se pagaban en cuotas a 20 años o más, con bajos intereses, mecánica que puso en evidencia que esta política tenía un problema que será más tarde, común en todas las políticas de vivienda que se encararon a través de los años:  solamente podían obtener los préstamos, los empleados estables, quedando entonces sin posibilidad de acceder a estas viviendas, los sectores más pobres e informales de la población.

Barrio del Tambor
Agrupados en comunidades, de acuerdo con su origen o con los diversos matices de la raza,  como: Congo, Cabunda, Banguyela, Minas, Angola, Rubolo, Mozambique, etc. y gobernados por una corte compuesta de rey, reina y consejo directivo, los domingos y días feriados, los negros se agrupan en el barrio de Monserrat, en medio de danzas ruidosas y fiestas de sabor primitivo, donde recuerdan a su tierra natal.  El barrio recibe varios nombres: “del tambor” o “del candombe”, por ser estos instrumentos los más característicos y típicos de las celebraciones.  Posteriormente se lo denomina “barrio del mondongo”, porque a un matadero de las inmediaciones, los más necesitados van a pedir gratuitamente los residuos: mondongo, bofes, etc.

Barrio Las cañitas
Las tierras cruzadas hoy por la calle Luis María Campos, desde la Plaza Falucho hasta las Barrancas de Belgrano, bajo cuya superficie corre debidamente entubado el arroyo Maldonado,  hasta comienzos del siglo XX eran conocidas como el Barrio Las Cañitas, integrado por modestas viviendas permanentemente amenazadas por los periódicos desbordes de este cauce de agua, que a pesar de su trágica presencia, eran aprovechada por los niños que montados en tablas o troncos, se dejaban llevar por la corriente, viviendo una loca aventura que los depositaba allá donde hoy nace la calle Juramento.

Barrio Santo Domingo
Hubo un barrio en Buenos Aires que vivía dos vidas distintas cada veinticuatro horas. Durante el día vibra con el vivir cotidiano de la ciudad. Tiene grandes casas de comercio, lo cruzan coches, carros, automóviles y tranvías; tiene pequeños cafés donde tocan músicos ciegos; tiene grandes templos y silenciosos conventos.

El antigüo (hoy inexistente Barrio Santo Domingo”, era uno de los primitivos barrios de la ciudad de Buenos Aires. Estaba ubicado aproximadamente, donde hoy está el Barrio de San Telmo. Era un barrio aristocrático que llegaba hasta el bajo, sobre la costa del Río de la Plata, y hacia el norte llegaba hasta la actual calle Moreno, tocando los fondos del Convento de San Francisco, apoyándose entre “el Zanjón del Hospital” y el “Zanjón de Granados”, al decir de la antigüa nomenclatura

Formaba parte de la primitiva traza de la ciudad y debido a su ubicación privilegiada, (a pocas cuadras de la Plaza Mayor), creció y se pobló rápidamente, y rápidamente también, se instalaron en él, importantes comercios, y numerosos servicios. El vivir diurno de este barrio no presentaba nada de extraño. Pero, durante la noche, cuando las voces y el rumor del día iban enmudeciendo, cuando las grandes casas de comercio han cerrado sus puertas, cuando los carros y los transeúntes se han ido, este barrio ilustre, este barrio de evocación y de leyenda, es otro. Al cruzarlo en el inmenso silencio de sus noches, nadie piensa en la vida vulgar y agitada de sus días. Sus melancólicos y polvorientos palacios coloniales, sus conventos dormidos, sus silenciosas iglesias, todas sus pie­dras parecen hablar y contar al solitario transeúnte la historia de sus sombras, la leyenda inolvidable de los espectros que lo pueblan.

Hasta las escasas tabernas que permanecen abiertas parecen pertenecer a otras edades, a las bellas, románticas y gloriosas edades en que vivían sus sombras. Son las apagadas voces de un siglo y medio que hablan en el silencio de esas piedras coloniales; es la historia que vuelve y pasa de puntillas por las estrechas calles del barrio, como para no turbar el sueño de los viejos palacios que duermen. Son las sombras ilustres de las familias patricias que sembraron la semilla de la raza y escribieron con su esfuerzo, con su sangre y con su pensamiento, el libro de la patria, los anales de la nacionalidad.

En esos melancólicos palacios de carcomidas fachadas y umbrales polvorientos, nacieron poetas y soldados, héroes y estadistas. Detrás de esos muros despintados y ennegrecidos, amaron, soñaron y vivieron, allá en la edad lejana en que el siglo XVIII agonizaba y nacía, enorme y luminoso, el siglo XIX. Cuánto vieron los muros!. En los aleros coloniales resonaron los clamores de la reconquista; el tañir sordo y desesperado de las campanas de los dos templos hizo vibrar entre estas piedras, en estos patios solitarios, en estas viejas casas que duermen, el primer grito de la nacionalidad, el primer anhelo de libertad. Testigos de aquella primera gloria que hablaban con campanas y cañones, estas piedras parecen haber guardado sus ecos para siempre, en las almas dormidas, en sus sueños inmóviles; ecos eternos, entre los que parece resonar, con una vibración de inmortalidad, la voz de la campana del Cabildo en aquel amanecer del año 10. ¡Viejo barrio de Santo Domingo, donde duerme la historia.

En el día de las evocaciones, cuando los  transeúntes se hayan ida y se hayan cerrado las tiendas, cuando llegue la noche, se volverá a poblar con las grandes sombras, una confusa y agitada n multitud de sombras que pasará entre los muros coloniales y llegará hasta las cerradas puertas del glorioso convento dominicano, al pie de la torre inmortal, coronada todavía por sus cicatrices. Nadie las verá; pero allí estarán, invisibles y silenciosos, los espectros de aquella multitud que vivió la hora más grande de Buenos Aires y que duermen en el camposanto que hay detrás de uno de los templos, bajo las piedras de una calle. En los obscuros patios, en las amplias ventanas, se moverá esa muchedumbre de sombras, y el barrio, el viejo barrio dormido, vibrará con la fiebre, el dolor y la gloria de los amores, los sueños y las vidas de los patricios, los guerreros, los poetas y los estadistas que allí vivieron y murieron.

Las piedras se acuerdan… ¿Acaso no sintieron pasar con metálico ruido la espada de Belgrano? ¿Acaso no oyeron los versos de Balcarce y de Varela ? Oh, las noches del barrio colonial. Hasta los cafés y las tabernas han cerrado sus puertas y están obscuros. Todo duerme, con el profundo sueño de un cansancio de más de cien años, con la inmensa fatiga de las casas grandes, de las cosas gloriosas, de las cosas inolvidables. El viento del estuario ya no llega a cantar como antes en los viejos aleros; la espuma ya no salpica los umbrales de las casonas.

Entre ellas y el viejo río hay calles y plazas y rascacielos; hay un siglo de civilización y de trabajo, hay un siglo de gloria. Pero en la noche las casonas sueñan… Parece que hablan con cuchicheos misteriosos. Cada rumor que suena en la calle se diría que es una mano espectral de alguien que murió hace mucho, que llama a la aldaba antigua y cubierta de herrumbre de un polvoriento palacio colonial. Las voces apagadas y distantes de la ciudad nocturna no turban el sueño de este barrio, de esta pequeña ciudad de otros siglos, de estas piedras históricas y silenciosas, entre las cuales desfilan calladas caravanas de sombras. Sombras de santos y soldados, de poetas y héroes: las sombras de la patria y de la historia.

Barrio Norte (1871).
El “Barrio Norte” es una zona de la Ciudad de Buenos Aires que abarca parte de los barrios de Retiro y Recoleta, ubicado entre las avenidas Córdoba, 9 de julio, del Libertador y Coronel Díaz, siendo la avenida Santa Fe, su eje tradicional. No es un barrio oficial de la ciudad de Buenos Aires. Es únicamente el nombre que recibe una zona determinada de la ciudad que se caracteriza por estar habitado por personas de clase media-y alta y cuyo nombre deriva de que antiguamente se lo ubicaba como “al norte de la zona céntrica de la ciudad”.

Hacia el este, la zona conforma cierta unidad arquitectónica que la asemeja a París,  rasgo que se pierde progresivamente hacia el oeste, cuando linda con Palermo, donde predominan modernos edificios de departamentos, pero todo el barrio, se caracteriza por su opulencia y gran vida cultural. Empezó a adquirir identidad hacia finales del siglo XIX, a raíz de la epidemia de fiebre amarilla que se abatió sobre la ciudad dee Buenos Aires en 1871, cuando la peste se instaló en los territorios ubicados en el sur de la ciudad, que por ser zonas inundables y menos cuidadas ofrecieron mejores condiciones para la incubación de esta peste. Las familias más pudientes que habitaban el lugar, buscando alejarse del mal, se trasladaron a “tierras mas alta”, es decir hacia el norte y allí se afincaron, dando origen al “Barrio Norte”.

Dice SANTIAGO DE CALZADILLA en su libro “Beldades de mi tiempo”: “El Barrio del Norte debe todas sus mejoras a tres entidades concurrentes, de las cuales sólo una ha obrado con voluntad e inteligencia personal.  A la fiebre amarilla, a los tramways y al intendente Alvear. En 1881, éste aprovechó lo que sobre higiene hizo conocer la fiebre amarilla, sobre locomoción y la facilidad de tráfico que fue divulgada por los tranways, y ablandando  con su voluntad de fierro, la muy remisa de los propietarios, para que consintieran en la apertura de las calles, dividiendo y subdividiendo las quintas que encerraban terrenos de cuatro hasta seis y ocho cuadras cuadradas, desde la época de Garay.

Así es como los tramways, invadiendo esas calles apenas abiertas, han facilitado la edificación, valorizando los terrenos y extendiendo el Barrio del Norte, donde, al fin, las grandes como las pequeñas familias se han agrupado en edificios de mayor o menor dimensión, pero de elegante estructura y con todas las comodidades apetecibles y el confort de la época.

Lo que quería el intendente Alvear era la formación de un barrio que, contrastando con el epidérmico ya muy poblado del Sur, atrajera allí la población dando desahogo a la ciudad por el lado donde la locomoción era más fácil mediante el servicio de tramways. El intendente seguía sus obras ediles sin darse por entendido de las protestas, llegando en su última época hasta emplear $50.000 diarios para construír el terraplén de muchas calles, entre ellas la profunda de Paraguay y la de la grande avenida de Palermo”.

Barrio Norte ha sido homenajeado por el letrista de tangos HORACIO FERRER, quien cita sus calles en algunas de sus composiciones, especialmente en su tango “Balada para un loco”,  con música de ASTOR PIAZZOLLA  (ver “Barrios, calles y plazas de la Ciudad de Buenos Aires” editado por el Instituto Histórico de la ciudad de Buenos Aires).

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