LOS BANDEIRANTES (1628)

Los bandeirantes eran miembros de las “bandeiras” o sea compañías de aventureros organizadas en San Pablo (Brasil), desde el siglo XVI al XVIII. A estas compañías y a sus miembros se las distinguía por el estandarte o bandera que portaban. En tierras paulistas, estas partidas se organizaban y salían a recorrer hacia el Oeste, el Norte y el Sur, llegando en una ocasión hasta los límites del Perú. Ellos extendieron los límites del Brasil, que abarcaban unos tres millones de kilómetros cuadrados, a los ocho millones actuales. Estas “entradas” o expediciones de los bandeirantes buscaban metales, piedras preciosas, y capturaban indios que traían encadenados para venderlos como esclavos.

Las columnas se organizaban así: un pequeño grupo de jefes portugueses, nacidos en Europa o en el Brasil, una tropa escogida de “mamelucos” (mestizos de blanco e india), armados con mosquetes y pistolas y un cuerpo numeroso de in-dios aliados que, como auxiliares de la columna, llevaba lanzas y arcos con flechas. Sus efectivos variaban de algunas docenas a varios cientos de hombres. Generalmente realizaban sus grandes travesías a pie y llevaban chaquetas de cuero acolchado para defenderse de las flechas de los indios hostiles. Además de los grupos paulistas hubo otros bahianos y amazónicos.

Los bandeirantes paulistas devastaron las Misiones Jesuíticas en el sur del Brasil, en busca de indios para someterlos a esclavitud. Entre 1628 y 1631 devastaron la región del Guayrá en Paraguay y más de sesenta mil indios fueron capturados y vendidos como esclavos en ese pe-ríodo. Algunos jesuitas siguieron a sus indios al cautiverio para consolarlos y luego marcharon a San Pablo, para protestar ante las autoridades por la crueldad de los bandeirantes. El gobernador Hernandarias realizó tentativas ante las autoridades españolas para frenar los ataques de estos bandoleros, pero sin resultado. Los métodos de los bandeirantes eran en extremo crueles; la reducción de San Antonio (Guayrá) que intentó resistir, fue destruida y quemada, degollados al pie del altar de su iglesia varios de sus habitantes y el resto, en número de 2500, vendidos en los mercados de San Pablo y Río de Janeiro, después de una extenuante caminata de cen­tenares de kilómetros. Muchos de los indios capturados morían en el camino, agotados por el esfuerzo.

Sin embargo a pesar de sus crueldades, algunos bandeirantes pasaron a la historia como pioneros y exploradores. Uno de los más famosos fue ANTONIO RAPOSO TAVARES, jefe de la “bandeira” que asoló el Guayrá, quien realizó un extraordinario viaje hasta la a Cordillera de los Andes, en los confines del Perú y Ecuador y luego bajó hasta la desembocadura del río Amazonas. Raposo Tavares, entre 1628 y 1638, expulsó a los españoles de las cuatro provincias jesuíticas de Guayrá, Paraná, Uruguay y Tape, con 900 “mamelucos” y 2 200 indios amigos. FRANCISCO PEDROSO XAVIER, llamado “el terror de los indios”, que en 1675 continuó la obra de Raposo Tavares y BARTOLOMÉ BUENO DA SILVA, fueron otros famosos bandeirantes. FERNANDO DÍAS PAES LEME, partió con su bandeira de San Pablo en 1674 y vagó durante siete años antes de regresar, en 1681. Este jefe murió en el “sertáo”, luego de haber encontrado unas piedras sin valor que él creyó eran esmeraldas. El viejo ideal de los primeros bandeirantes, el oro, no fue hallado hasta fines del siglo XVII en el Brasil.

Relato de un martirio en tierras del Tebicuarv
“Al correr el rumor de la aproximación de los paulistas y brasileños para llevarse cautivos a los indios cristianos de las reducciones del Tape, el padre PEDRO ROMERO mandó al padre CRISTÓBAL DE MENDOZA, hombre muy santo y muy querido por aquéllos,  que acudiese a los indios más expuestos al peligro y se hiciese cargo de la defensa de la Misión. Llegado al lugar, el padre MENDOZA repartió los mandos entre los caciques, y señaló los puestos a las compañías, animándolos al mismo tiempo a defender su fe y libertad

Milagrosamente lograron rechazar a los “bandeirantes” y MENDOZA decide realizar una expedición exploradora hacia el rio Tebicury, para despejar la zona de posibles merodeadores y al llegar a la parte más peligrosa del camino, un lugar que llamaban Ibia (el río Ibity Caray, situado entre el Yacuy y el Pardo), se le fueron al encuentro algunos indios comandados por el  hechicero Yeguaporo. De inmediato comenzó el desigual combate y ya a su comienzo, el padre notó que uno de su comitiva, todavía no bautizado, había sido gravemente herido. Dio las espuelas a su caballo y se fue a galope al río para sacar agua con qué bautizar a su compañero herido. Pero hundióse el caballo en el fango, que ya no pudo salir y tuvo que bajar y regresar a pie. Como si nada tuviese que temer por su vida, volvió tranquilamente adonde estaba el enemigo. Notando que comenzaban a tomarle por blanco de sus proyectiles, dijo al indio que estaba a su lado que se retirase, y tomando el escudo de éste avanzó solo, hasta que toda su comitiva logró retirarse.

Entonces sus agresores lo rodearon como lobos hambrientos. Depuso el Padre el escudo, e indefenso se presentó a la muerte. Una lanza lo atravesó, pero quedó todavía en pie. Por atrás, el hechicero  le quitó el sombrero y en seguida otro le dio un porrazo con la macana. Un tercero le asestó un fuerte golpe en la frente, cayendo entonces el Padre, atravesadas sus espaldas con dos saetas. Viéndole los bárbaros ya derribado y teniéndolo por muerto, sin embargo siguieron a porfía, atravesándolo y despedazándolo. Los hechiceros danzando alrrededor del ya cadáver, repitiendo “ a ver si queda muerto al fin”, . le arrancado el corazón y las entrañas. Arrastráronle luego cuesta abajo, para echarlo al cercano río y según la salvaje costumbre de su tierra, se fueron a comer asados a los dos niños ayudantes del Padre (según Diego de Boroa en carta datada en Córdoba el 13 de agosto de 1637, incluída en “Documentos para la historia argentina” editado por el  Instituto de Investigaciones Históricas, de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Córdoba.

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