LOS BAILONGOS

LOS BAILONGOS. La palabra “bailongo” no es castellana y se ignora su procedencia. Debe de haber nacido en el lenguaje orillero de Buenos Aires que luego se extendió en todas las direcciones. La cuestión es que hoy se emplea tanto en la ciudad como en el campo y en todas partes sirve para designar a los bailes de “medio pelo”. Bailongo vino a sustituir “milonga”, palabra empleada en el concepto de baile y no de canto y tuvo su época cincuenta años atrás, en que se usaba como sinónimo de baile, porque la milonga se bailaba al estilo de la habanera — y con “corte” en la ciudad —, tomando de la cintura a la compañera, de manera que a los bailes donde ésta se bailaba se llamaron milongas, para distinguirlos de los demás, donde sólo se ejcutaban gatos, chacareras o bailes como la íirmeza, el palito, la huella y muchos otros más, ya en plena decadencia. El “Martin Fierro” es anterior a la época de los “bailongos”; por eso en él sólo se habla de milongas. Así, dice: “Supe una vez por desgracia, que había un baile por allí y medio desesperao a ver la milonga fí y también emplea la palabra en sentido figurado cuando dice: “Yo he visto en esa milonga, muchos jefes con estancia y piones en abundancia, y majadas y rodeos; he visto negocios feos a pesar de mi inorancia”. Aunque milonga sea el nombre de una música popular que se cantaba con distintas letras y se bailaba (como habanera en la campaña y casi como tango con “corte” en la capital, en los bailes, de gente de mal vivir y baja estofa), servia como sinónimo de baile, es decir, de tertulia donde se bailaba; pero a condición de que fuese algo inferior, poco decente o indecente. También en aquéllos años, con el mismo significado, se usaba con frecuencia la palabra “piringundín” para designar los bailes de gente baja o tosca, acompañados de copiosas libaciones y francachelas, casi siempre terminadas en forma deplorable. Pero esta voz, más que para bailes particulares, se empleaba para los públicos, con entrada, paga para los varones, como los de Carnaval, o gratuitos, como los que solían improvisar los domingos y días de fiesta ciertos extranjeros en algunos fondines y trastiendas de almacén donde, gracias a los vapores del alcohol, se podía prescindir de las mujeres, pues, en general, bailaban hombres con hombres, con gran jarana de los muchachos que, desde afuera, los titeaban. La palabra “piringundín”, tan usada en otros tiempos, hoy apenas se oye por ahí. También se ignora su procedencia, pero se empleaba tanto en la capital como en el campo. Las milongas fueron de la época de los bailes con bastonero. Los bailongos se iniciaron cuando aquéllos estaban a punto de desaparecer, aunque tuvieron un epílogo muy largo, ya que llegaron hasta mediados del siglo XX. En los “piringundines” no había “bastoneros” y cada cual bailaba con quien se le antojaba, y “si le daba el cuero”, como decían los paisanos, todas las veces que quería. Más tarde los bastoneros se suprimieron en los bailongos, sin duda por no tener* razón de ser. En efecto; en nuestra campaña, se hacían imprescindibles a los efectos del orden. En esos tiempos, en cada baile familiar, apenas se encontraban cuatro, cinco o seis muchachas, para quince, veinte, treinta o más hombres que acudían desde diez y más leguas a la redonda. Las chicas, en general, sólo disponían de caballos para acudir y debían, además de galopar muchas leguas, disponer de dos o tres días libres y de quien pudiese acompañarlas. El bastonero señalaba las parejas antes de la eje­cución de la pieza, tratando de contentar en lo posible a todos. Para evitar acuerdos con los interesados, ordinariamente se designaba a un anciano de ecuanimidad insospechable. Sin ese freno, todos se habrían precipitado para llegar primero, y como las niñas eran pocas y los varones muchos, por falta de cultura, resultaban inevitables las discusiones e incidentes que, casi siempre, degeneraban en riñas. La densificación de la población y la facilidad de trasladarse han traído ahora una afluencia mucho mayor de mujeres en los bailes, desapareciendo así el antiguo bastonero que, por incómodo, nadie tolerarla en estos tiempos. Sin embargo, no estarían de más en algunos lugares de la campaña, donde, por bailar demasiado con una misma chica o pretender monopolizar­la, no hay casi bailongo que no termine a puñaladas o a balazos. En aquellos viejos bailes ni los hombres ni las mujeres mismas podían violar o no cumplir las disposiciones del bastonero sin recibir alguna sanción. Como las muchachas eran pocas y no podían rehusar, al fin del baile estaban rendidas y deshechas de cansancio, y no eran pocos los enamorados que no habían conseguido, en toda la noche, bailar una sola pieza con su simpatía. Por lo demás, ios “puebleros” pagaban la chapetonada, porque los bastoneros les jugaban la mala pasada de obligarlos a bailar con las más viejas y más feas, y no tenían más remedio que hacerlo si no querían salir de los bailongos arreados a planazos. Mientras las mujeres estaban sentadas, antes de cada pieza, el bastonero en alta voz indicaba las parejas: —Ciriaco Pérez con Ramona; Rudecindo López con Juana… Y asi sucesivamente. Luego, imperativamente, decía: — ¡Adelante los nombraos!… Y enseguida comenzaba la música. Y no era cuestión de hacerse el loco o el equivocado, porque no faltaba fiscalización, sobre todo femenina, considerando toda sustitución como una ofensa grave para la persona sustituida. La orquesta se componía, ordinariamente, de acordeón y guitarra. Entonces no se conocía el bandoneón, y los modestos acordeones imperaban en los bailongos de la capital y sus alrededores; tocados, naturalmente, de oído, asi como las guitarras, aunque sus ejecutantes, antes de iniciar la pieza, a veces hablasen de tonos, citando el de re o el de sol, sin saber lo que declan, porque asi a secas nada significaban; has­ta que, cansados de no entenderse, zanjaban las dificultades aconsejando que acompañasen “por polca” o “por mazurca” y ritmos por el estilo. Y, en realidad, bastaba con el compás, porque tocaban casi todas las piezas en el mismo tono. Y cada una duraba una eternidad; nunca terminaban, sobre todo para los mirones que, impacientes, esperaban su conclusión. Además, había que bailar todo el tiempo, pues pasear del brazo resultaba, para el hombre, un papelón, o hacer el “papel del pavo”, segün la expresión campera, papel reservado a los “puebleros” que, para los paisanos, sin sospecharlo siquiera, lo solían desempeñar a maravilla. Y las piezas eran todas valses, habaneras, polcas y mazurquitas seguidoras, sumamente elementales. Rara vez se bailaban otros bailes, como “schottisch” por ejemplo. A este género de composiciones, que tienen sin duda su aire propio, se ha dado en llamarlas “rancheras”, como si hubiesen tomado su origen en los ranchos. Cierto es que se ejecutaban en ese medio y que casi todas las rancheras de hoy son las viejas polquitas, valsecitos y mazurquitas de aquellos años; pero no es menos cierto que en ellas se trata de una música completamente exótica. Con frecuencia la orquesta se componía de un solo individuo que tocaba un acordeón o ejecutaba la melodía en una armónica de boca sostenida con un palo, mientras se acompañaba con guitarra. Otras veces intervenía un sujeto provisto de dos cucharas que, opuestas una a otra, usaba a guisa de castañuelas, y no faltaron bailongos realizados sólo a mate, o a peine, con acompañamiento de las cucharas susodichas. Muy pocas veces se podía disponer de instrumentos más perfeccionados. En los pueblos de campo, para la muchachada de la clase media, los bailongos constituían la diversión, por excelencia. Los buscaban con afán, costeándose largas distancias, muchas veces en pelo y enancados, para disfrutar de ese placer. Ordinariamente, para no andar vagando a la ventura, se noticiaban en la comisarla gracias a alguno de ellos bien relacionado, pues la policía debía estar por lo menos advertida y de ese modo, con la noticia, caían en grupos, porque aisladamente no se atrevían a acudir donde no se les llamaba y donde, a menudo, no se les quería a causa de algunas travesuras generalizadas — en el fondo muy estúpidas, porque venían a privarles del bailongo, ya que su fin era deshacerlos —, como la de echar semillas de ombú u hormigas en la pava donde hervía el agua para el mate, arrojar en el suelo picapica para que, al bailar, la levantasen y la picajón obligase luego a abandonar el baile y bromitas por el estilo, des­provistas de toda gracia, que solían costar caro a los bromistas en los casos de poderlos identificar, pues aquellos dueños de casa no eran de los que recibían tales bromas sin reaccionar violentamente, y por esa circunstancia los graciosos, para hacerlas, elegían los ranchos donde no había hombrea sino pobres mujeres indefensas. En cuanto a la concurrencia femenina, los “bailongos” eran bailes de “chimangas”, o todo lo más, de familias de “medio pelo”, al decir de las niñas de la clase acomodada, que no se dignaban dirigirles la palabra. Sin embargo, en la campaña, tales reuniones nada tenían de indecente, pues en ellas no se bailaba “con corte”, ni los paisanos conocían esa manera “pueblera” de bailar. Esta moda era propia de los bailongos orilleros de la capital, frecuentados por gente de mal vivir y algunos “niños bien” y “compadritos”. Aparte de los dados por las familias celebrando cualquier acontecimiento, donde tenían confianza, los muchachos de la clase media, solían tomar la iniciativa y, “a escote” (es decir que cada uni pagaba lo suyo), organizaban bailongos con relativa frecuencia y aquello costaba, en realidad, muy poco: La música, de alguna manera, se conseguía gratis, o sólo por las copas, y lo demás se reduela a un porrón de ginebra, dos o tres litros de menta o de guindado, cuando no de caña de durazno, unas botellas de limonada y, sobre todo, yerba y azúcar para “matear” toda la noche y con los precios de aquellos años, estas diversiones se podían repetir varias veces en el mes. Para la juventud masculina de los pueblos de campo, por encima de toda otra diversión, existían los bailongos y no paraba ahí la preferencia, sino que ésta no se justificaba por ningún concepto para el elemento encumbrado femenino, ni aun por el baile mismo, o sea por el placer del ejercicio, puesto que cuando estos bailongos coincidían con algún gran baile en el salón municipal, en el club social o algún regio recibo en una casa de campanillas, donde asistía lo más copetudo de la localidad, no era raro que la mayor parte de los muchachos asistiera por compromiso, y eso después de medianoche, a la una o a las dos de la mañana — como ocurría en los carnavales —, rendidos del ejercicio en los bailongos. Esta predilección por los bailes de la plebe, perfectamente explicable entre los hombres, resultaba irritante e incalificable para las señoritas que, mirando con soberano desdén desde la altura, tales tertulias mugrientas, atribuían la preferencia a una degeneración propia del sexo masculino, o a una inclinación congénita de la enorme mayoría hacia lo inferior y degradado. Por eso, comentando la conducta de esos jóvenes, mientras los adultos y los viejos permanecían silenciosos, con una mueca de desprecio, exclamaban indignadas: — ¡”Bailongueros”, “chimangueros”, “chus mones”!. (extraído de un texto de Rodolfo Senet).

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