LEYENDAS DEL LITORAL ARGENTINO

Las características geográficas del Litoral Argentino, hicieron que durante muchos años, sus pobladores vivieran en esas tierras, encerrados y ajenos al mundo que los rodeaba, separados de todos por los ríos Paraná y Uruguay y recibiendo una tenaz penetración de usos, creencias y costumbres de las tribus aborígenes de esos territorios y por muchos años se hizo sentir esta influencia cultural entre la gente de campo y en algunos lugares muy alejados del contacto con los grandes poblados. Así se afianzaron muchas creencias populares, donde la superstición entrelazada con la liturgia cristiana, dieron lugar a historias mágicas, que estaban siempre presentes en la vida cotidiana, especialmente en el ámbito rural. Algunas causaban terror entre lamentos y alaridos que atormentaban las noches de tormenta, otras hablaban de resucitados, de luces que perseguían a los viajeros, de degollados que vuelven buscando venganza, etc., etc.: Tradición que encierra distintas raíces con audacia gaucha que sería largo de enumerar, ignorándose su origen. El hombre de creencia abundante, gran observador, dotado de mememoría, trasmite los hechos con riquísima imaginación y van aquí algunos ejemplos de lo dicho:

El payé
Es un (llamémoslo así) amuleto que según las creencias, otorga poder sobrenatural a quien lo lleva, dotándole de  éxito en el amor, fortuna y otros “beneficios”. Entra en su confección la pluma de varios pájaros, el pedazo de una cruz de sepultura, plomo de una bala, etc.  La más dotada de mágico poderes, es la pluma del “caburé”, cuya posesión, convierte en un “don Juan” irresistible a quien la lleva. El caburé es una  pequeña ave de rapiña, a cuyas plumas se le atribuye un gran poder de encantamiento, quizás debido a la mirada hipnótica de este pequeño rapaz, causa de temores supersticiosos entre los indígenas, cuyos curanderos aprovechaban su ignorancia para poder dominarlos mejor.

La leyenda del carau.
Es quizás la leyenda más popular del folclore correntino: tiene música y canto y está  inspirada en un drama familiar. Cuentan que un hijo muy apegado a su madre, un día que ésta enfermó, le pidió que fuera al  pueblo a comprar un remedio.  Como al muchacho le gustaba el “chamamé” ( música característica de esa provincia argentina), al llegar al pueblo pasó por una “bailanta” y ahí nomás se entusiasma y entró a bailarse unos chamamés. Estando en lo mejor del jolgorio, le avisan que su madre murió y dicen que exclamó “omanó jahagüe ndesí” (en idioma guaraní “hay tiempo para llorar”.  Llegó el amanecer y cuando la fiesta terminó,  se dirigió a su casa. Llegó justo cuando sus vecinos estaban enterrando a su madre fallecida y despacito caminando con su pena, se internó por los bañados llorando y exclamando “mi madre ya se murió”. Y poco a poco, fue convirtiéndose en un ave de plumaje gris, patas y pico lar­go, cuyo canto monocorde repite y repite como un lamento  onomatopéyico, “hay tiempo para llorar”.

La leyenda del pombero
Se llama “pombero” al caluroso viento que viene desde el norte,  que sopla al caer la tarde  y que trae nubes de mosquitos, obligando a usar mosquitero. Según la leyenda para ser su amigo y evitar ser llevado hasta el infierno por él,  había que dejarle comida ya que “le gustaba el locro y mascar tabaco”, presentes que se tenían que dejar de noche y que si habían sido de su agrado, lo avisaba con un característico silbido que demostraba su amistad, y se podía seguir vivo, tras su paso. La creencia popular lo veía como un personaje petizo, morrudo, con el pelo largo, un ojo tapado y sombrero grande. El silbido estridente que perturbaba la tranquilidad, lo identificaba como un ser demoníaco.

La leyenda del yasí yateré
Voz guaraní que significa “luna menguante”. Se la consideraba guardiana de la floresta y se le atribuían diversas representaciones: podía ser un pájaro oscuro, pequeño, con plumaje similar al de las gallinas, que causa miedo a quienes “siestean” en las tórridas tardes del litoral, emitiendo un agudo y penetrante silbido. Para otros, al contrario, es la encarnación del amor y la belleza. Para el cosechero o leñador, es un genio maléfico, no así, para las muchachas del campo, que con su silbido les anuncia un sugestivo amor.

La leyenda de la Porá
Mujer flaca, alta, vestida toda de negro cuyas apariciones, causaban temor entre los pobladores. Dicen que hacía su aparición durante las horas de la siesta, lo que justificaba esta costumbre de dormir un par de horas, luego del almuerzo, pronunciando “Chaque la pora” como talismás cabalístico para no se apareciera.

La leyenda de la pitagüá.
El pájaro que hoy llamamos “bicho feo”, en idioma guaraní es el “pitogüe” y cuenta la leyenda que una madre mala, gritona, tenía a mal traer a su familia. Un día todos ellos,  cansados, la abandonaron y al verse sola, continuó gritando, ahora maldiciendo su desamparo e insultando a los pocos que todavía se le acercaban. Comenzó a vivir de la caridad de los vecinos, hasta que también  éstos, cansados de su forma de ser,  dejaron de ayudarla. Abandonada por todos, enloqueció y entró a vagar por el monte, hambrienta, maltrecha, gritando “che-pitaguá”, por lo que “Tupá” (Dios en guaraní), también cansado de sus gritos,  la transformó en un pájaro de plumaje verde oscuro y pecho amarillo, cuyo silbido es considerado de mal agüero.

La leyenda del Urutaú
El “urutaú” es un ave pequeña de color pardo cuyo grito, solamente en la noche, suena como si fuera una sú­plica de amor. Cuentan que una doncella llamada “Uru”, que era hija de un cacique “Yaguaru”, se enamoró de “Kfya”, mozo de una tribu enemiga, pero los padres de “Urú”, se oponían a tal romance, convirtiéndola así, en una desgraciada mujer. Desesperada huyó de su  hogar en busca de su amada y todos salieron en su búsqueda. Cuando al fin la encuentraron, estaba perdida y con la mente extraviada. No reconoce a nadie, pero cuando le dicen que Kfyá” murió ahogado, lanza un grito desgarrador y desaparece,  sin dejar rastro. Desde entonces la niña, convertida en Urutaú”  llama por la noche a su amado “Kjyá”.

La leyenda del chingolo
Dicen los entrerrianos de buena memoria que sus abuelos les contaron que hace muchísimos años, en uno de los pueblos de la provincia, andaba en un caballo blanco, guitarra al hombro, un muchacho rubio, de carácter difícil, solitario y sin intención de tener amigos. Solo con su alma cabalgaba por campos y caminos, bordeando ríos, cantando siempre. A veces se detenía un rato a la sombra de algún árbol, para tocar la guitarra, miraba el paisaje de cuchillas cubiertas por el cielo inmenso y seguía adelante. Nadie sabía si tenía hogar, parientes ni nada.

Una tarde de verano llegó al pueblo un hombre proveniente de muy lejos. Se sentó bajo un árbol y comenzó a cantar mientras tocaba una guitarra que traía consigo. Cantó y cantó y el pueblo entero se juntó a su alrededor para escucharlo. Su voz atrajo también al rubio arisco del caballo blanco, quien se acercó al galope, lleno de furia, gritando que él era el único cantor de aquel pago. El forastero no le hizo caso y siguió con su música. Bastaron pocos acordes para que ambos discutieran y comenzaran a pelear, cuchillo en mano. El rubio fue más rápido y el cantor viajero quedó muerto bajo el árbol, y muerta también su guitarra, destrozada por el muchacho. Lo último que el cantor viajero oyó antes de dejar este mundo, fue la voz del joven, que le repetía que él era el único cantor del lugar.

El muchacho, aún enfurecido  trepó a su caballo y trató de alejarse, pero no pudo salir del pueblo: el comisario lo atrapó antes de que pudiera escapar por los caminos e inmediatamente lo engrillaron, lo obligaron a ponerse ropa de preso y lo encerraron en un calabozo. Al cabo de unos días, ya perdidas su fuerza y su altivez, el cuerpo del joven fue haciéndose cada vez más pequeño, hasta que una madrugada, compadecido de él, “Tupá” lo transformó en pájaro, condenándolo a no caminar jamás y así pudo escapar de su encierro, pasando por entre el estrecho enrejado que protegía la ventanita de su celda.

Dicen los entrerrianos, que ese fue el nacimiento del chingolo: un pajarito con un copete que parece gorro de preso, marcas de grillos en las patas que no le permiten andar más que dando saltos, pecho de plumaje claro adornado con dos botones oscuros de su antiguo traje de presidiario, que con su canto (“che sú”, “mi madre en guaraní), parece estar llamando a su madre y con esa costumbre de levantarse al alba, más temprano que ninguno y despertarse a medianoche, que seguramente le quedó de sus tiempos de insomnio durante el encierro.

Enseñaba el titiritero y escritor JAVIER VILLAFAÑE en su libro “Historias de pájaros”, que el chingolo canta de noche para anunciar buen tiempo, que hace el nido en el suelo, que cuando pía con insistencia en la puerta de una casa es para avisar que llegarán parientes o una carta con buenas noticias, que su primo, el gorrión, lo corre de las ciudades y que el tordo le da los huevos para que se los empolle. El ave enamorada de la libertad canta y anda todo el tiempo y anda por los campos, los pueblos, los parques y los patios de las casas, a veces en soledad, otras con su compañera, seguramente sin querer repetir la experiencia de aquellos días amargos en que se alejaba de todos. Escribió Villafañe: “Y aquellos que saben interpretar el lenguaje de los pájaros, dicen que el chingolo pide en su canto que le quiten los grillos y el gorro de presidiario. Y aseguran -yo lo creo- que por eso canta” (extraído de una nota de Mercedes Salvat).

La leyenda del hornero
Consagrado como el pájaro de la patria, por su afición al trabajo y al amor. La historia de las creencias correntinas, nos cuenta que un joven que vivía con su padre, enamorado de una muchacha,  debió someterse a varias pruebas de virilidad para obtener esa prenda. La última, le imponía permanecer durante varios días encerrado en un cuero y en ayunas. Olvidados de él, cuando ya muy tarde acudieron a verlo, se encontraron con que el joven se había convertido en un pájaro, cuyo canto melodioso aumentó la pena de quienes le habían impuesto tan rigurosa pena. Con el correr del tiempo aquella muchacha, convertida  también en pájaro por clemencia de los dioses, vuela a hacerle compañía y concebida la pareja, construyen su nido de amor, una sólida casita de barro en lo alto de un árbol. Esta historia hasta ha inspirado la letra de un canto para niños, que la recuerda y que comienza así: “La casita del hornero tiene sala y tiene alcoba ….”

Sean ciertas o no éstas, u otras creencias que recorrieron nuestras tierras, lo que sí es cierto, es  que el correntino y en general, nuestros hombres de campo, las creyeron y gracias a que algunos escritores las salvaron del olvido, las tenemos presente para valorar la ingenuidad, candidez y porque no, la esencia romántica de nuestros ancestros

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