LAS TERTULIAS (1814)

LAS TERTULIAS. Un extranjero, recién llegado a la ciudad en 1814, dice de las tertulias: “Por lo general son muy agradables y desprovistas de etiqueta, lo que constituye su principal encanto. La conversación es siempre viva y animada gracias a la natural alegría de las porteñas, a la gran movilidad de su imaginación y a su índole, en general bastante romántica. “Las reuniones comienzan temprano: alrededor de las ocho de la noche y terminan a las veinticuatro. Durante el invierno, en la sala donde se recibe a los invitados no es raro ver un brasero con fuego para entibiar el ambiente; casi no hay chimeneas ya que son prácticamente desconocidas aquí. Es costumbre, además, sahumar las habitaciones para hacerlas más agradables. Tanto en la mansión aristocrática como en el rancho corre el mate servido por una negra o negrito especialistas en la tarea. Si la tertulia se prolonga hasta la madrugada, se sirve además chocolate y algunas golosinas preparadas por la dueña de casa o sus hijas. Son pocos los consumidores de té o café y en su mayoría extranjeros. Organizar una tertulia no es caro, salvo algún aumento en la iluminación. Por poco dinero se contratan los servicios de un pianista o de un clavicordista, instrumentos preferidos por la sociedad de este tiempo. La gente joven se encarga de amenizar recitando versos o cantando. Caballeros galantes, damas casi etéreas, amabilidad y mucha cortesía, son las características de estas reuniones. En las tertulias es muy difícil que falte un sacerdote o algún militar pariente o amigo de la casa. Recibirlos es un signo de distinción y aristocracia. Los bailes de moda son la gavota y el rigodón. Más adelante también se empezó a bailar el llamado minué y existen otros igualmente muy difundidos como el vals lento y la contradanza colombiana. Don Antonio José de Escalada, patriota que apoyó generosamente la causa de la libertad americana, fue propietario de una de las viviendas más suntuosas del Buenos Aires de principios del siglo XIX. Famoso fue el salón de Escalada, en la mansión que alzaba sus encalados muros en la esquina de las actuales Cangallo y San Martín. Las paredes estaban tapizadas en damasco de seda – lujo desconocido por aquel tiempo en Buenos Aires – , en las amplias ventanas colgaban pesados cortinados y el piso se encontraba cubierto por gruesas alfombras importadas de Europa. Sobre las paredes lucían vistosos espejos venecianos y severas pinturas procedentes del Alto Perú y Quito, y el ambiente todo, solemne y señorial, se veía impregnado por el dulce aroma de los pebeteros. A este salón concurrió lo más representativo de la sociedad porteña, en reuniones nocturnas a las que se dio el nombre de tertulia. Los hermanos Robertson en su obra Cartas de Sud-América (carta LII), al referirse a estas reuniones a las que asistieron en 1817, manifiestan con evidente nostalgia: “La tertulia de Don Antonio de Escalada era la más agradable y por ello la más concurrida. Se componía de una mezcla feliz de elementos nativos y extranjeros; no mediaban en ella ceremonias ni preparativos; en una palabra, eran reuniones familiares. En la misma casa había media docena de parejas para la contradanza y el minué como no se encontraban otras en Buenos Aires”. Antonio José de Escalada contrajo matrimonio en segundas nupcias con doña Tomasa de la Quintana y Larrazábal. De esta unión nacieron María de los Remedios – casada con el general San Martín, Nieves, Manuel y Mariano de Escalada. Este último, oficial del regimiento de Granaderos, fue quien trajo a caballo desde Chile el parte del triunfo en Chacabuco. A la tertulia de los Escalada fueron asiduos concurrentes Carlos de Alvear, José de San Martín, Balcarce, Sarratea, Rondeau y muchos otros personajes, entre los que se encontraba el ingeniero pintor Carlos Enrique Pellegrini. Este ingeniero saboyano, a quien entre otras obras se debe el haber construido el primer Teatro Colón, pintó en 1830 una escena descriptiva titulada Bailando el minué en casa de Escalada, que en la actualidad se conserva en el Museo Histórico Nacional de la Capital Federal. En ella se ve, entre muchos concurrentes al salón, a la pareja formada por Toribia de Escalada y Antonio de los Reyes Marín bailando el minué, danza de importación europea, de pareja suelta, grave, en la que el bailarín y su compañera combinaban con gracia cumplidas evoluciones. La música ejecutada con piano, era lenta, circunstancia que favorecía los paseos, vueltas, saludos y cadenas llevados a cabo por la pareja. En el Museo Histórico Nacional se conserva un abanico de varillaje de marfil, en cuya tela se ha reproducido la misma escena que contara Pellegrini, aunque con ligeras variantes (1). Sin lugar a dudas, la pintura de referencia es un documento veraz de aquel ambiente tan expresivamente recordado por los hermanos Robertson. En el centro de la ilustración se ve a la pareja formada por Toribia de Escalada y Antonio de los Reyes Marín bailando el minué en casa de Escalada. En segundo plano, sentados de izquierda a derecha: Mercedes Demaría de Demaría, Dolores Reynoso de Pacheco (con un mate de plata en la mano), Indalecia Oromí de Escalada (al piano), Manuel de Escalada, Nieves de Escalada de Oromí, Encarnación Demaría de Lawson, Tomasa de la Quintana y Larrazábal de Escalada (entre los bailarines), Luisa Demaría de Mármol, Inocencio de Escalada y Petrona Demaría de Arana. Completan el grupo, a la derecha, el futuro primer arzobispo de Buenos Aires, don Mariano José de Escalada, y el autor de este dibujo, Carlos Enrique Pellegrini. En el ángulo derecho, una morena mira la escena desde una puerta entornada, mientras da las últimas chupadas al mate que se lleva para cebar. (1) “Bailando el minué en casa de Escalada”, litografía coloreada, dibujo de Carlos Enrique Pellegrini, 1830, mide 320 x 260 mm. Museo Histórico Nacional, Capital Federal -)

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