LAS SOCIEDADES SECRETAS EN EL RÍO DE LA PLATA

LAS SOCIEDADES SECRETAS EN EL RÍO DE LA PLATA. En junio de 1807, las autoridades del Cabildo y la Audiencia observaban con preocupación que desde hacía algunos meses estaban proliferando en Buenos Aires y la Banda Oriental, esas misteriosas sociedades de complicado ritual, que desde hacía un siglo existían en Europa y atribuyen eso a que los ingleses, desde su fugaz permanencia durante la primera invasión que llevaron a Buenos Aires, en junio del año anterior, habían estado estableciendo en ambas márgenes del río de la Plata, ese tipo de “sociedades masónicas”, a las que estaban concurriendo algunos vecinos, atraídos algunos, por los misteriosos ritos que allí se desarrollaban, interesadas otros en conquistar la simpatía de los extranjeros. Pero no eran solamente estas sociedades las que preocupaban a las autoridades coloniales. Desde el gobierno del virrey de Aviles, en los últimos años del siglo XVIII, ya se sospechaba la existencia de tales logias, que se consideraban peligrosísimas, debido a que uno de sus fines era la difusión de las ideas de la Revolución Francesa. Se afirmaba que los logistas celebraban sus reuniones en la ruinosa residencia o Colegio de Bethlem, antigua propiedad de los jesuítas en las barrancas de San Telmo. Ese local, que estaba abandonado desde la expulsión de la Compañía, resultaba un marco ideal para poner a buen resguardo de curiosos y autoridades, las ceremonias que allí tenían lugar, pues hasta se aprovechaban los pasadizos secretos que los jesuítas habían excavado, para escapar en caso de peligro. Los ritos —según trascendió— pertenecían al Gran Oriente francés, y alarmaron al marqués de Avilés, que consideraba a los franceses como “sembradores de ideas sociales y políticas contrarias a los intereses del virreinato”. Iguales in­quietudes preocuparon a su sucesor, el virrey Olaguer Feliú, que acusó a los galos residentes en Buenos- Aires de intentar volar la Catedral. Las autoridades impusieron severísimas penas a los complotados y hasta se les aplicó tormento, paran que confesasen sus culpas, pero sólo fueron descubiertos cuando la compra de municiones que éstos hacían, provocaron las sospechas de las autoridades, que pudieron así desbaratar el complot. Un iniciado es decubierto y soborna al virrey. Un suceso que ocurrió durante la gestión del marqués de Sobre Monte pone en evidencia por qué las autoridades recelaban de las sociedades. Las preocupaba, no sólo por el tenor de las ideas que éstas traían a la colonia, sino porque pensaban que “…. altos funcionarios venales, jóvenes ávidos por conocer sistemas nuevos y misteriosos, extranjeros que proliferan en nuestra ciudad. . . Todos son ingredientes para que los ingenuos y los oportunistas se alucinen con esas sociedades secretas que nada bueno desean a nuestras tierras”. Y un suceso acaecido durante la gestión de Rafael de Sobremonte como virrey del Río de la Plata, les daba argumentos para pensar así. Se recordaba que en esa época, el portugués Juan de Silva Cordeiro celebraba misteriosas reuniones en una casa del barrio de las Catalinas, por lo que los vecinos estaban alarmados y por qué no, dominados por la curiosidad. Después de una semana de copiosas lluvias que sin duda habían humedecido la vivienda y petenencias de Silva Cordeiro, éste sacó al sol una serie de prendas entre las que se encontraba una capa y otras vestiduras cuyo color y signos cabalísticos llamaron la atención de una piadosa vecina, que no vaciló en apoderarse de ellas y llevárselas al cura de las Catalinas. El sacerdote, a su vez, las puso en manos del señor Obispo y cuál no sería la sorpresa de todos, cuando los eruditos de la Catedral, después de prolijos estudios, decidieron que se trataba de una “capa magna” y varios mandiles empleados por los masones en sus esotéricos ritos! El hallazgo obligó al virrey Sobremonte a ordenar el levantamiento de un sumario para descubrir a los integrantes de la logia, pero enterado Silva Cordeiro del peligro que corría, le envió un collar de piedras preciosas, como un regalo de cumpleaños a la señora Virreina. La marquesa de Sobre Monte aceptó el obsequio, lo lució en la fiesta de su aniversario y poco después el asunto quedó olvidado. La Sociedad de los Siete Durante la vigencia del Virreinato del Río de la Plata, era habitual que los criollos, los nacidos en el continente americano, se vieran relegados a un segundo plano respecto de los españoles provenientes de Europa en la toma de decisiones o las disputas por el poder. Esto cambió luego de producidas las invasiones inglesas (1806 y 1807), pues durante esa época, se formaron las primeras milicias y regimientos con criollos, que defendieron exitosamente la ciudad de dos ataques de los ingleses, sin contar con ningún auxilio de España, que sólo se hizo presente cuando todo acabó. Así y entonces, comenzaron a surgir, entre los ciudadanos oriundos, nuevos intereses de involucrarse en el gobierno de su tierra y sacudirse el yugo de la autoridad absoluta que imponía la corona española.. Pero exponer abiertamente estas nuevas posturas y aspiraciones, exponía a ser denunciado como traidor a la corona y para evitar ese riesgo, los ciudadanos comenzaron a reunirse en sociedades cuyas actividades se mantenían en secreto, bajo juramento de sus integrantes. Así nació la “Sociedad de los Siete”, integrada por Cornelio Saavedra, Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Juan Mattín de Pueyrredón, Mariano Moreno, Hipólito Vieytes y Nicolás Rodríguez Peña. Se reunían en la jabonería de Hipólito Vieytes y en la casa de Nicolás Rodríguez Peña tratando de encontrar la forma más conveniente para quebrar la preponderancia española y aunque en sus reuniones coordinaban sus movimientos ante los acontecimientos que se iban produciioendo en Buenos Aires desde principios de 1810, no se mostraban públicamente como un grupo cohesionado por un mismo fin. Pero las estrategias de la Sociedad de los Siete evidentemente resultaron acertadas, porque fueron éstas, las que condujeron a la Revolución de Mayo y lograron la epulsión del virrey Cisneros de su cargo, reemplazándolo con una Junta de Gobierno de extracción criolla. Con sus objetivos cumplidos, la Sociedad de los Siete dejó de existir como tal, cuando varios de sus miembros más prominentes ocuparon cargos de gobierno en la nueva Junta La Logia Lautaro. En Londres desarrollaba una intensa actividad lo que podía llamarse el “Grande Oriente Político” y de allí partían todas las comunicaciones, directivas y proyectos que se vinculaban con el innegable interés británico por el futuro de América y en Londres también, en 1797 el prócer venezolano FRANCISCO DE MIRANDA había fundado una sociedad secreta llamada “Gran Reunión Americana”, con los mismos propósitos independencistas En Cádiz, ya en 1808, existía un núcleo de esa asociación, correspondiente a la península que se llamaba Sociedad de “Caballeros Racionales” y que también tenía por objeto trabajar por la Independencia de América. En esta asociación, ramificada en el ejército y la marina y que en Cádiz solamente contaba con cuarenta iniciados en sus dos grados, y que estaba compuesta por americanos, entre ellos el chileno CARRERA y de algunos españoles, se afiliaron primero SAN MARTÍN y casi al mismo tiempo SIMÓN BOLÍVAR, ligándose así por un mismo juramento prestado en el Viejo Mundo los dos futuros libertadores del Nuevo Mundo, que partiendo con el mismo propósito, elevándose por iguales medios y a la misma altura, debían encontrarse más tarde frente a frente en la mitad de sus carreras. El teniente de marina JOSÉ MATÍAS ZAPIOLA, que se distinguió después en las guerras de la revolución, el capitán de carabineros CARLOS DE ALVEAR, llamado a brillante destino y el baron de HOLMBERG, destacado militar perteneciente a la nobleza alemana, siguieron el camino de San Martín y se afiliaron a la asociación de “Caballeros Racionales”. Al tener conocimiento, en 1811, de los sucesos acaecidos durante la Revolución de Mayo, San Martín pidió su baja en el ejército español y pasó a Londres, con la intención de embarcarse para Buenos Aires y ofrecer su espada y sus servicios al gobierno independiente. En Londres se encontró con sus amigos Alvear y Zapiola y se puso en contacto con MANUEL MORENO, que acababa de dar sepultura en el mar a su ilustre hermano y con el que fue, más tarde, uno de sus mejores amigos; el diplomático general TOMÁS GUIDO. Pocos meses después de su llegada a Inglaterra, en compañía de ZAPIOLA y ALVEAR, del capitán de caballería FRANCISCO DE VERA, del Capitán de milicias FRANCISCO CHILAVERT, del Subteniente ANTONIO ARELLANO y del Teniente Coronel de Guardias Valonas, el barón de HOLMBERG, se embarcó en el buque “George Canning” (recordar que este era el nombre del político, que como canciller inglés, fue quien bregó para que Inglaterra reconociera la Independencia Argentina), llegando a Buenos Aires el 9 de Marzo de 1812. Poco después de su llegada, San Martín, Alvear y Zapiola, introdujeron la masonería política en el Río de la Plata, fundando la “Logia Lautaro”, a semejanza y con similares propósitos que la “Gran Reunión Americana” fundada en Londres por FRANCISCO DE MIRANDA en 1797. Estaban decididos a participar activamente en los acontecimientos que se avecinaban en estas tierras, donde las palabras libertad y soberanía, después de mayo de 1810, ya eran más que palabras, eran una necesidad incontrolable. La bautizaron “Lautaro ” en homenaje al bravío caudillo indígena chileno destacado en la lucha contra la dominación hispánica a comienzos de la conquista de Chile. Su finalidad concreta, relacionada con el ideario americanista del patriota venezolano FRANCISCO DE MIRANDA, era asegurar el triunfo de la causa revolucionaria americana y sus objetivos eran lograr la independencia, instaurar la democracia y dictar una Constitución. Tuvo filiales en Tucumán y Mendoza y también en Santiago de Chile y Lima, Perú y pronto se incorporaron a ella, ANCHORENA, MONTEAGUDO, la mayor parte de los hombres políticos que se distinguieron durante la época del Triunvirato y en la Asamblea del año 1812 y los dirigentes de la Sociedad Patriótica creada en enero de 1812. La Logia Lautaro tuvoun comienzo de actividades verdaderamente trascendente para la marcha de los intereses del nuevo estado que había nacido el 25 de mayo de 1810.trabajó con menos estridencias que otras sociedades de la época, pero también con mayor organización y disciplina y con planes concretos. Sus miembros, abocados al logro de sus objetivos, hasta 1820 –año en que fue disuelta por grandes divergencias internas y acusaciones de traición–, ejercieron gran influencia en los acontecimientos políticos rioplatenses y tuvieron activa participación en los hechos que desencadenaron la caída del Primer Tiunvirato, órgano de gobierno al que le atribuían la responsabilidad de una política irresoluta en materia de independencia y soberaníay que por ello se había trasformado en un escollo para sus aspiraciones de prescindencia total y absoluta del poder español, hecho que produjo el aceleramiento de los proyectos para llevar adelante la Independencia, A ella se le debe también, además de la organización de la Asamblea del año 13, la unión de los que luchaban por la Independencia sobre el Atlántico y sobre el Pacífico y por ella se fortaleció la unión con Chile, que sirvió luego para libertar al Perú. Una grave crisis produjo una escisión en la Logia, en el seno de la Asamblea de 1813, reunida con el fin de concretar esos mismos objetivos de independencia y soberanía. Al llegar de España noticias del retorno de Fernando VII, un grupo, acaudillado por Alvear, consideró oportuno retrasar la declaración de la independencia y tratar de llegar a un acuerdo con el restaurado Rey, mientras concentraba poder en un solo representante del Poder Ejecutivo: el futuro Directorio. El grupo sanmartiniano continuó fiel al mandato de la Logia pero, como sabemos, no logró su propósito pues la Asamblea no declaró la Independencia ni dictó la Constitución, aunque si hizo suyo el proyecto de Alvear, creando el Directorio, concentrando por ello el poder en una sola persona, cargo que, como consecuencia lógica, recaería más tarde en el mismo Alvear. El general Zapiola, con respecto a la formación de la Logia Lautaro, dice en sus “Memorias”, que ésta se llamaba en Cádiz Sociedad Lautaro y en Buenos Aires se llamó Logia de Lautaro. Que cinco eran los grados que la constituían: El primer grado de iniciación de los neófitos era el juramento de trabajar por la independencia americana; el segundo, la profesión de fe del dogma republicano, no recordando los demás, según dice en un informe, que redactó en base a un cuestionario formulado por el general BARTOLOMÉ MITRE. Por este informe también se sabe que la forma del juramento del segundo grado era la siguiente: “Nunca reconocerás por gobierno legitimo de tu patria sino aquel que sea elegido por la libre y espontánea voluntad de los pueblos; y siendo el sistema republicano el más adaptable al gobierno de las Américas, propenderás por cuanto medio esté- a tus alcances a que los pueblos se decidan por él.” El autor de “Efemérides Sanmartinianas”, JACINTO YABEN transcribe la información del general Mitre que el historiador PAZ SOLDÁN, a su vez, reproduce en su “Historia del Perú Independiente”, diciendo: “Las sociedades secretas, compuestas de americanos, que antes de estallar la revolución se habían generalizado en Europa, revestían todas las formas de las logias masónicas; pero sólo tenían de tales los signos, las fórmulas, los grados y los juramentos. Su objeto era más elevado, y por su organización se asemejaban mucho a las ventas carbonarias. Compuestas en su mayor parte de jóvenes americanos fanatizados por las teorías de la Revolución francesa, no iniciaban en sus misterios sino a aquellos que profesaban el dogma republicano y se hallaban dispuestos a trabajar por la independencia de la América. Estas sociedades, que establecieron sus centros de dirección en Inglaterra y España, parece indudable que tuvieron su origen en una asociación que con aquellos propósitos y con el objeto inmediato de revolucionar a Caracas, fundó en Londres a fines del siglo pasado el célebre general Francisco de Miranda, quien buscó sucesivamente el apoyo de los Estados Unidos y de la Inglaterra en favor de su empresa. Sea que realmente la asociación de Miranda fuese la base de la que posteriormente se ramificó por toda la América del Sur, sea que a imitación de ella se organizase otra análoga, o que la idea brotase espontáneamente en algunas cabezas, el hecho es que en los primeros años del siglo XIX una vasta sociedad secreta, compuesta casi exclusivamente, de americanos, se había generalizado en España con- la denominación de Caballeros Racionales, contando entre sus miembros algunos títulos de la alta nobleza española. Los masones. La historiografía latinoamericana advirtió de la existencia de sociedades secretas durante las guerras de la independencia desde mediados del siglo XIX, cuando los historiadores Benjamín Vicuña Mackenna (1860) y Bartolomé Mitre (1869 y 1887), dieron cuenta de la famosa logia Lautaro. A partir de ese momento muchos fueron los historiadores que comenzaron a indagar en este tipo de asociaciones, tomando como referencia las características de la Francmasonería criolla que paralelamente comenzaba a institucionalizarse hacia la década de 1850. La presencia de “masones” en los primeros años de nuestra historia independiente, durante ese período que marcó el comienzo de las luchas entre liberales y conservadores, causó inmediato revuelo y rechazo en la sociedad vernácula, debido a la irrupción de los proyectos de separación de la Iglesia y el Estado. En esas circunstancias, la presencia de la masonería, tanto en el espacio público como en la naciente historiografía, favoreció aun más el clima de conflicto social. En cierto sentido la discusión se estructuró de forma análoga al debate europeo acerca del papel de la Francmasonería durante la Revolución Francesa, aunque en la versión sudamericana, los actores y los contextos políticos fueron determinantes para sostener tesis complotistas que buscaban frenar el avance del liberalismo, por medio de la propaganda antimasónica (González, 1990). Por su parte, las Grandes Logias sudamericanas en los inicios de su vida institucionalizada y regular, no deseaban hacerse cargo de un proceso revolucionario que contradecía la norma andersoniana de no injerencia en asuntos políticos ni religiosos, debido a que de aceptar la genealogía común con las logias de la independencia, los sectores radicalizados de la Iglesia católica utilizarían ese argumento como una prueba irrefutable de su finalidad complotista. Eso explica, en parte, la cautela con que la primera historiografía, constituida por un importante número de masones, abordó el problema. Sin embargo, con el advenimiento de la celebración del primer centenario de las independencias en América del Sur, durante el primer cuarto del siglo XX, se produjo un giro en el debate. Al momento de conmemorar el centenario, la masonería buscó hacer confluir su historia con la historia de la Nación y de este modo legitimarse como columna del republicanismo latinoamericano (González, 1990: 1043; Del Solar, 2006). Al valorar la guerra de la independencia como un evento trascendente y fundacional, la masonería reivindico para sí la filiación de los protagonistas del proceso. De este modo las logias que durante el siglo XIX eran definidas como sociedades secretas pasaron a ser masónicas y junto con ellas los “padres de la patria”.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.